Café frío (31)
Hace unos meses atrás pude experimentar el miedo. Y no ese que se siente cuando ves una película tenebrosa, o uno momentáneo. Sentí miedo, miedo de verdad. Y nunca en mis años, y pese a creer haberlo sentido, lo vi como en aquellos días.
El miedo ahora para mí tiene otro significado. En aquellos días se apoderó de mí, me hizo su esclava. No les miento cuando les digo que era algo constante, no se iba, no daba tregua. Una vez se instaló en mí ya no podía sacarlo (o al menos eso yo creía). No pude manejarlo. El miedo me transformó en alguien que no era, me hizo pensar e imaginar cosas que no existían, me alargó los días, me cansó, me hizo llevar una carga que no era mía.
Pasé semanas sin dormir, porque el hecho de cerrar los ojos era dejar ganar el miedo (según yo). Pasé semanas sin comer, el miedo me cerró el apetito, tenía un nudo en la garganta que no se me iba. Lloraba todas las noches, el miedo me recorría por dentro. Yo lo sentía como se apoderaba de mis manos, de mis pies, de mi cuerpo. Lo llevaba conmigo a todas partes. Seguí todos los consejos para manejarlo, pero a mí no me funcionaban. Hablé de lo que sentía de lo que me pasaba. Trataba de no pensar, de esconderlo bajo la cama. Pero, ahí estaba como una sombra. Con hastío, dije que eso no era vida, que no quería condenarme a vivir así, mirando sin mirar, atada a un miedo que me volvía pequeñita, a una incertidumbre del mañana.
Y elevé una oración al cielo, me aferré a la fe y me abracé a quien sé que tiene mi mundo en sus manos y los miedos en su presencia se van. Y sin mentir, les digo que cuando le entregué lo que me daba miedo, fui libre.
Entonces comprendí que el miedo es una gran cárcel, te pone cadenas muy pesadas, te cierras los ojos a la realidad, te abre precipicios, te hace escenarios que no son reales. Que el miedo te transforma en lo que no eres, que aunque conoces lo que te atormenta, no es hasta que le pones un freno, hasta que tienes la valentía de decirle hasta aquí llegas conmigo, que puedes sentirte liviano. El miedo generó en mí ansiedad, estrés y dejé que se me fuera la vida en sobrevivir. Luego de eso, a veces se asoma por mi ventana, pero sonrío triunfante al saber que ya no volverá a ser parte de mí, ahí estará, pero ya no soy esclava del miedo, porque soy libre.
Eso era.
Sean felices.
-Mar.









