Era su tiempo de cambiar de hogar, prudencialmente lo hacía, solo para así no levantar sospechas del por qué no envejecía en lo absoluto, aunque siempre le dolía las amistades que dejaba atrás era algo por lo que debía pasar, ahora, después de pasar unos años por España, la mujer se aventuraba de nuevo por el continente americano, había conseguido una hermosa casa y aunque el precio no era lo de menos, le resultaba inquietante el hecho de que al ser esparciosa y sumamente hermosa estuviese a mitad de precios en comparación de otras casas.
Esa era la ultima caja que llevaba adentro de la locación, se encargó de pagar a los ayudantes que contrató para llevar toda su mudanza, tal vez ahora podría descansar un rato, quien sabe, tomar algo de té, pasar un momento tranquilo entre su ocupada semana de llegada a la casa, más su cuerpo se paralizó por completo al notar que no estaba sola, un hombre rubio un poco más alto que ella estaba dentro de su casa. “No creo en verdad que sea de buena educación entrar a las casas así, ¿no?” Inquirió la rubia cereza, mas dedujo que se trataba de algún vecino por lo que intentó mostrarse amable. “¿Eres de alguna casa cercana? Me hubiera gustado recibir vecinos con... bueno, ya sabes, la casa un poco más limpia, pero bueno, ya ves.” Encogió sus hombros y estiró su mano al hombre. “Candice Edwards, un placer, ¿tu eres?”