Capítulo 10: ¿Qué te han hecho?
Lo primero que sentí fue una punzada a la altura del corazón. Un miedo espantoso me agarró del cuello, estrangulándome con manos invisibles. Me aferré a la mesa. La preocupación me arrolló con su fuerza abrumadora. ¿Cómo debía reaccionar? Las dos palabras se repetían en mi mente como fúnebres tonadas. Está hospitalizado. Está… hospitalizado.
No hay combinación más terrible que un sollozo y la palabra hospitalizado. Rubén. Qué te pasó. Tenía la pregunta pegada en los labios pero no podía enunciarla. ¿Por qué? No quería saber la respuesta.
La línea seguía en silencio; lo único que interrumpía era la respiración quejumbrosa de Mangel. Él no estaba bien. También se escuchaba un sonido ahogado; algo así como miles de voces peleándose, aunque enmudecidas detrás de una pared o algo contundente.
Una milésima de segundo me bastó para maquinar la peor situación: Está muerto, en coma, estado vegetal. Lo han atropellado, alguien le disparó, algún fanático se le tiró encima y lo hirió.
Supliqué que no. No podría soportar otra pérdida. No él.
—Dime qué pasó, Mangel— pronuncié serenamente. El pecho me ardía, o el corazón, o los sentimientos, quién sabe. Pero algo dolía intensamente y presentí que no disminuiría. ¿Qué era lo que lastimaba en circunstancias así? Deseé arrancármelo.
Apoyé el codo en la mesa y sujeté mi frente. Mangel suspiró un par de veces antes de hablar. Casi podía visualizarlo: alejándose, caminando en círculos, llorando y limpiándose las lágrimas dispersamente con las manos. Se aclaró la garganta y yo me preparé para el golpe. La tragedia; esa que jamás se espera.
Entonces me contó que, poco después de bajar del tren, unos chicos de apariencia amistosa los interceptaron. Pensaron que se trataba de fans, ya que muy amablemente les habían pedido fotos y autógrafos. Bromas, risas, abrazos. Uno de ellos se acercó a Rubén y lo estrechó calurosamente. “¡Tío, me encantan tus vídeos!” Disimuladamente, y pegándose a él, sacó un cuchillo de su pantalón y se lo clavó en las costillas. Fue un movimiento tan rápido, preciso e inesperado, que el castaño no lo esquivó ni pudo evitarlo.
Algo rojo se expandió por su sudadera. Todo había pasado tan rápido que su cerebro tardó en asimilarlo. No existía la pausa, el descanso, la rendición, otra oportunidad. Eso era la vida real, y él estaba muriendo. Observó su sangre con los ojos desorbitados, incrédulo. Eso no podía estar ocurriendo, quizá era una pesadilla. Entonces, el atacante hundió más la navaja. Rubén se encogió y gritó de dolor. El agresor lo golpeó en la cabeza, dejándolo medio inconsciente. Su cuerpo cayó secamente; la sangre emanó rápido y formó un pequeño charco. El líquido no tardó en fluir por su boca y manchar de carmín sus labios. El cielo despertó y puso atención a la breve y brutal escena. Los extraños sujetos comenzaron a tirar patadas hacia el cuerpo inerte de Rubén. ¡Parad! Gritaba Mangel, ¡¡¡parad!!! Desesperado, intentó alejarlos y armar un escudo en torno a su amigo, pero un tipo fortachón lo lanzó lejos y lo mantuvo estático. Insultó y gritó tanto que la garganta se le desgarró en una combinación de súplicas y sollozos. Los transeúntes (que por lo general son ciegos y hacen oídos sordos) se percataron de lo que sucedía y algún que otro valiente interrumpió con la intención de ayudar. Los entes, después de haberse ensañado con Rubén, huyeron corriendo, perdiéndose entre la multitud. Mangel gemía y lloraba como única defensa, como si no supiese hacer nada más. El impacto le había destrozado la mente y no podía moverse. La gente se arremolinó en torno a ellos. Sacó el móvil y llamó a urgencias. Luego se arrodilló y observó la cara ensangrentada del muchacho, de su hermano, de su amigo eterno. Acarició su cabello, percatándose de la gravedad de la herida. ¡¡¡Rubén!!! ¡¡¡Rubén!!! Gritó como nunca antes lo había hecho. Gritó porque Rubén tenía la respiración débil y temió lo peor. Gritó porque eso jamás, en ningún tiempo ni lugar, debió haber ocurrido. Gritó porque en ese momento deberían estar riéndose mientras compartían un momento agradable con sus seguidores. No eso. Se aferró a su cuerpo, sujetándolo a la vida. ¿Qué le habían hecho a su mejor amigo?
Bajé la mirada hacia mis uñas. No podía creerlo. La historia que Mangel me contaba era ilógica, grosera. Cosas así no le tenía que pasar a gente que no hacía ningún daño. Dios mío. Mi pecho se ahuecó, volviéndose oscuro y helado como una cueva. Desosiego.
No sé. Acaban de llevárselo a urgencia'. Estoy esperando a que me digan algo— se sorbió la nariz y suspiró.
Fruncí los labios y cerré los ojos. El miedo seguía aplastándome y hundiéndome. No se podía respirar así. Intenté pensar frío.
— Mangel. Necesito que me digas si aún respiraba antes que se lo llevaran— fui al grano.
—Sí... cuando lo cogí estaba respirando.
Necesitaba saber más detalles, pero no quería atiborrarlo con más preguntas. Un tumulto de imágenes se proyectó en mis ojos; Rubén ensangrentado y moribundo tirado en el suelo; una ambulancia llevándoselo en una camilla. Visualicé a la gente acercándose curiosa, esparciendo el rumor, alimentando los monstruos morbosos que escondían en el interior. Observé a los hombres riéndose, felicitándose por la victoria de la misión. Misión que seguramente habían estado planeando desde hace mucho.
La habían planeado desde que Rubén había dicho que iría a Málaga.
De pronto quise vomitar, tirarme al suelo y llorar, destruir la humanidad, comérmela, masticarla, pisarla y macharla hasta que no fuera más que una mancha que se pudiera lavar.
Me vi a mí misma, aquí, sentada en una silla insignificante de Madrid. Lo tuve más que claro, ni siquiera me atreví a cuestionarlo.
Mangel, voy para allá. ¿En qué hospital estás?
Lo que me impulsó a moverme superó mi volutad. No pensé, no me detuve a hacer un análisis de las consecuencias que podrían traer mis acciones. Mecánicamente improvisé un bolso, desperté a Sebastián y dije que me tenía que ir a Málaga. No había tiempo. Me vestí, peiné, cepillé. Sentía a la muerte riéndose detrás de la ventana, después de cada respiración y antes de cada palpitar. La angustia y el temor a la pérdida me pesaban como un océano y mil planetas. El próximo tren salía en dos horas. Seguía siendo mucho. ¿Por qué simplemente no podría teletransportarme?
—¿Que te vas a dónde? — Sebastián se había levantado y miraba hacia mí con las cejas alzadas. Aún vestía mi ropa. Grandes ojeras enmarcaban sus ojos negros que ala de cuervo.
—Tengo que ir. Es urgente —determiné firmemente. Él no protestó y leyó cuidadosamente mi rostro.
Aunque no había especificado, supe que se refería a él. Asentí. Seguía pareciéndome raro hablar de Rubén con Sebastián. Me confundía la enorme diferencia que existía entre los dos. Sebastián me abrazó.
—No tienes que ir. No conoces esa ciudad. Te estás poniendo en riesgo por alguien que aún no conoces del todo— intentó convencerme.
—Jamás se conoce a alguien completamente. Y me necesita allá— mentira. Yo lo necesito conmigo. Lo necesito más que a nada y es tan doloroso e inevitable que no sé a qué obedecer. No intentes confundirme más.
Me abrazó fuerte y sentí el roce de su mejilla en la mía. Me llenó el rostro de besos tiernos y delicados, pero que en mí no surtían ningún efecto.
—Yo te necesito aquí. Dije que merecías ser feliz, pero no soporto que tu felicidad esté en otro. Ya nos perdonamos, ¿no? Todo quedó atrás. Podemos hacer que todo vuelva a ser como antes—se esforzó en no temblar y mantener la vaga ilusión de que podía convencerme.
Mi determinación flaqueó, pero la decisión volvió en cuanto recordé la situación de Rubén. Supe que él era lo más importante para mí en ese momento. Secretamente— y de una manera que desconocía— él se había ganado mi devoción y toda esa materia incorpórea e intangible, más conocida como alma. Yo no podía desobedecer a un sentimiento superior a mí. No podía cortar la profunda conexión que me unía a ese chico tan simple, idiota y adorable. Era tan impensable como pedirle al viento más suavidad, al mar más tranquilidad, a los pájaros más silencio. Todo en mí se movía al son de desconocidas líneas, melodías, razones. Y todo eso lo indicaba a él. Ahora, más que nunca, mi dirección era él.
Lo abracé de vuelta e intenté calmar el dolor de ambos acariciándole los cabellos.
—Estuve contigo demasiado tiempo. Te quise y te querré mucho, pero hay cosas que no se pueden recuperar, Sebastián — murmuré.
Sollozó fuerte y se arrimó a mí como si estuviera hundiéndose y yo fuese un salvavidas. Salvavidas. Eso habíamos sido el uno para el otro durante todos estos años. Yo me sujeté a él, después él a mí. Intentamos cuidarnos, ignorando que ambos éramos débiles y necesitábamos más para vivir. Una persona débil no puede apoyarse en otro débil, así como el ciego no puede dejarse guiar por otro ciego.
Era cierto; nos habíamos perdonado. Pero en el perdón no hay olvido, por más que exista amor y buena intención. Nuestra relación había sido víctima de maltratos imborrables que siempre saldrían a la luz. Era hora de hacerlas descansar; de tenderlas al sol y dejarlas cicatrizar. A veces sólo el tiempo tiene el antídoto para las heridas en las que la medicina humana no puede intervenir; las del corazón.
Llamé rápidamente a Bianca y le expliqué la situación. Le rogué que cuidara a Simón y a Raspy en mi ausencia; era la única en quién podía confiar. Sebastián insistía en observarme con expresión triste y abstraída. Sabía que su mente reproducía las múltiples veces en las que lo arrastré al hospital cuando él estaba inconsciente. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Parecían siglos.
Tomé el bolso, me despedí de los felinos y le dejé la llave a la encargada, dándole los datos de Bianca para que esta pudiera recogerla más tarde. Sebastián me acompañó a la estación en un total silencio que deseé que se prolongase. No quería volver a discutir. Su mirada despojada me aturdía. Pensé que si alguien intentaba matarlo, él no se defendería. Incluso le estarían haciendo un favor.
Estábamos esperando. Hacía un día lindo. Tan lindo que no pude más que odiarlo. Mis pensamientos iban y venían, chocándose y generando contradicción. En un segundo estaba Rubén grave, muriéndose, y después estaba Sebastián desangrándose internamente. Él lo sentía como una especie de abandono; una derrota. ¿Era así? Claro, estás prefiriendo estar con Rubén que con él.
—Oye, volveré en unos días y querré seguir viéndote. No pienses que con esto pretendo eliminarte de mi vida o algo así. Al contrario, siempre serás un parte inolvidable de ella—le sonreí— no quiero que hagas nada estúpido—entorné los ojos— Puedes ir a mi departamento. Bianca estará allá el tiempo que yo me quede en Málaga.
Noté que mis palabras tenían un buen efecto en él.
—De acuerdo.
—Y oye... Siento no poder acompañarte en el duelo.
—Calla. Tú solo ve hacia tu corazón y tu felicidad.
Fruncí los labios y me dejé vencer por la compasión.
—Sabes que una parte de ese corazón siempre te va a pertenecer.
—Lo dañé mucho, ¿no? Dale mi espacio a quién pueda repararlo.
Se me anegaron los ojos lágrimas.
Llegó el tren y nos despedimos con un abrazo. Lo estreché con todo lo que tenía en ese momento; miedo, preocupación, ansias. El tren pitó fuerte, marcando nuestra separación.
—Procura que tu felicidad sea siempre la prioridad. Siempre. Como dijiste, el sobreponerte fue tu mayor error.
Asentí apenas y le di un beso en la mejilla. Ya en mi asiento, desde mi lugar, pude observar a Sebastián a través del vidrio. El bullicio general se apagó. Desde mi asiento, y en ese instante, una parte de mí se silenció y desechó el tiempo. Ante mí, sólo estaba el chico con el cabello revuelto que intentaba no perderse a sí mismo en el huracán descontrolado que sacudía su vida. Nada más. Estaba ante mí mi mayor tribulación, sacrificio y aprendizaje. Estaba ante mí lo que en algún momento deseé tener para toda la vida. ¿Cómo algo que creías tu destino podía desvanecerse así de rápido? Creo que ya me cansé de revolcarme y encontrar solución a esas preguntas. Está bien, me abato, me dejo vencer. Nunca sabremos qué rol cumplirá cada persona en nuestra vida, ni qué rol cumpliremos en la vida de otros. Podemos ser la casualidad, lo espontáneo, la reflexión final, la razón de reír, vivir o llorar. Lo importante está en tomar todo eso; aprovecharlo con la conciencia de que después se irá y que será doloroso, tan doloroso que no te dejará respirar por días o incluso años. Es necesario desprenderse de lo que ya no nos está haciendo bien. No madurar, sólo ver y saber elegir lo que es mejor para nuestro bienestar. Me alivia pensar que todo está entretejido y que nada es porque sí. Que todo está premeditado, en su lugar, pasando como debería de pasar. Pero esa suerte de línea ya trazada no justifica la crueldad que se hace cada vez más grande. No justifica lo que le pasó a Rubén y a la hermana de Sebastián. No justifica que lo más inocentes estén siendo dañados.
No puedo aceptar que el destino tenga espíritu de niño y le guste envilecer así la vida.
Hay cosas que no se olvidan, que no se recuperan. También hay cosas que no se aceptan.
Sebastián alzó la mano y trazó una despedida con los dedos, acompañándola con una sonrisa leve y un semblante que contenía guerras, explosión y caballos. El sol se derretía en su cabello, transformándolo en un punto brillante y dorado. Habría sido un momento precioso para eternizar en una fotografía; hermoso, pero más impactante en su desolación. La tristeza le abrazaba el rostro y palidecía la sonrisa.
Me despedí también. Agité mi mano hasta que no quedo ningún vestigio de amarillo. Recordé las conversaciones eternas, las noches en vela, las promesas eufóricas, lindas y placenteras. Todo había pasado, tan destrozado, violado, que dudé poder sanarlo.
Él también recordó todo eso; lo sé.
Por alguna razón tuve la vaga sensación de que jamás volvería a verlo. Era una desazón que siempre invadía mis viajes. Viajar se sentía como morir, como abandonar, como dejarse a sí mismo sin saber cómo empezar ni rearmar. No sé si se debía al cambio, el desplazare, u otra cosa. Simplemente se sentía mal.
Acomodé el bolso en mis piernas y me encogí en el asiento. Por suerte, me había tocado ventana. Dejé descansar mi mente y me ensimismé en el paisaje que iba difuminándose suavemente. La gente de la estación pasó rápidamente delante de mí. Sus rostros se hacían deformes y borrosos. Tantas, tantas caras caídas. No me gustaba ver a mucho gentío aglomerado. De cierta forma, me invadía el mismo sentimiento angustioso que me estremecía cuando paseaba por inmensas librerías; la certeza de que jamás llegaría a leer todos esos tomos. Así mismo, nunca podría conocer a toda la gente que habitaba el mundo. Qué extraño. No era que quisiera ser más social, pero me frustraba pensar en todas las historias, anécdotas y experiencias que me estaba perdiendo. Me molestaba el límite, la corta vida y la pronta muerte. Deberíamos venerar más a la muerte, y es que es la única que, abrazándonos, se queda para siempre.
Me pregunté qué propósito perseguía toda esa gente que me hacía compañía en el tren. Me pregunté cuántos de ellos cargaban con cadáveres de sueños, ilusión y promesas. Me pregunté cuánto dolor soportaban en el corazón; cuántas decepciones y lágrimas habían acumulado en el retorcijón constante de la vida. Me despegué de la ventana y observé a mi izquierda. Unos cuantos ojos me devolvieron una mirada curiosa; quizá también se preguntaban hacia dónde iba una joven tan demacrada y envejecida.
Un anciano de aspecto simpático me miraba insistentemente. No me incomodó, ya que no había perversión en su mirada; sino algo que se acercaba más a un mínimo afecto. Al cabo de un rato, me dedicó una sonrisa de pocos dientes. No sé cómo pasó, pero creí percibir la desdicha que lo envolvía como otra piel. Y ocurrió que de pronto estábamos consolándonos en el lenguaje cómplice de dos almas en aflicción. Le sonreí un poco, asustándome por la familiaridad que él me inspiraba. Se parecía a mi padre: viejo, cansado. Me gustó la idea de que tal vez yo le había evocado algún recuerdo grato y mágico de la niñez, o a su hija pequeña que, en la adultez, se había vuelto un muerto viviente como tantos otros.
Está bien traer buenos recuerdos. Es agradable lo que causa cuando alguien te sonríe sin razón. Debería hacerse más seguido. Somos miles en la tierra y aun así vivimos en una soledad como de abismo.
Volví a concentrarme en la ventana, en la infinita extensión y lejanía de esas tierras que desconocía. Ignoraba en qué parte nos encontrábamos, pero el paisaje verde me relajó la cabeza y los músculos. Verde. Se había convertido en mi color favorito. ¿Cómo estarás, Rubén? Saqué el móvil para llamar a Mangel, deteniéndome de golpe. Vacilé y volví a guardarlo. La verdad es que no quería saber nada; simplemente llegar allí y estar con él. Que pasara lo que tuviera que pasar.
—Niña — me llamó una voz de acento latino. Era cálida, casi maternal— tu aura está muy inquieta— me giré, encontrándome con una señora de aspecto casual. Fruncí el ceño.
—Sí, puedo verla. Es una cosa que te rodea y manifiesta tu estado de ánimo. Tu esencia— me explicó. Asentí levemente y desvié la mirada. La señora parecía a punto de darme una charla sobre materias esotéricas.
—Si estás preocupada por alguien, deberías cambiar tu mente— ¿cómo lo supo? La miré interrogante.
—La única manera en la que puedes ayudar a alguien, es pensar más que positivamente. Tus pensamientos deben estar llenos de convicción. Desprendes energía, cariño. Tu mente tiene el poder de cambiarlo todo; es fuente tremenda de poder.
Sus palabras me dejaron pensativa.
—Gracias— no atiné a decir otra cosa.
El resto del viaje transcurrió rápido. Y aunque me mantenía escéptica sobre lo que la señora me había dicho, envié a Rubén todas mis energías positivas.
Salí del tren rápidamente, esquivando los cuerpos calurosos y aún dormidos por el viaje. Seguí a la muchedumbre y, después de un rato, tomé un taxi.
No pasó mucho hasta que el taxi se detuvo. El conductor me dirigió una mirada de: "Bájate, no me hagas perder el tiempo". Le pagué con el último dinero que me quedaba y salí como una bala.
Las piernas me temblaron a medida que avanzaba. Nerviosismo, tensión. Fuera del hospital había gente. Mucha. Una energía enrarecida se expandía por el lugar, como una bomba en contención. Aceleré el paso con el pecho apretado y la respiración entrecortada. No sé cuánto habré caminado hasta que llegué a la sala de espera y divisé a otro gran grupo. Eran muchísimos, hablaban histéricos, incluso discutían y reñían entre ellos, pero no me detuve a escucharlos. Nadé entre las personas, el mal olor y el aire viciado. Algunos estaban cabizbajos, sentados en el suelo o mirándose de forma intranquila. Tragué costosamente mientras buscaba a Mangel y me entreabría a los empujones. Odiaba aquel ambiente. Odiaba las paredes blancas; la expresión fatídica de los médicos que se paseaban de acá para allá como fantasmas intocables. Se podía palpar la enfermedad, era como una nube tóxica que te envolvía los pulmones y te hacía sentir igual de enfermo y sucio.
Mangel, ¡dónde carajo estás! Saqué el móvil y lo llamé, pero no tenía señal.
No podía esperar más. Necesitaba saber cómo estaba. Lo necesitaba.
Estuve alrededor de quince minutos en la sección de urgencias, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. A mi lado tenía a tres jóvenes muy calladas, intranquilas y con los ojos llorosos. Seguro eran fanáticas que no creían lo que estaba ocurriendo.
—Malditos haters… — susurró una.
—Como me gustaría matarlos a todos— se le unió otra.
Paré a una enfermera en medio del pasillo. Me observó temerosa.
—Disculpe, hace algunas horas internaron a un paciente de urgencias por... ¿puñalada en el estómago?— hizo un gesto afirmativo— ¿Dónde está?
Frunció el ceño y me ofreció una de esas irritantes sonrisas tranquilizadoras que hacen de todo, menos tranquilizar.
No puedo darte esa información. Espera aquí, el médico no tardará en dar noticias.
Hizo ademán de irse, pero la tomé del brazo y la miré directamente a los ojos.
—Espere. Alguien importante para mí está herido y necesito verlo. Si me lo prohíbe, armaré un escándalo muy desagradable para usted y toda esta gente— pronuncié seriamente. Desconocí mi voz y mi actitud. Pensé en pedirle perdón y retirarme con la cabeza gacha, pero había algo más fuerte que me mantenía ahí.
Una pizca de irritación y entendimiento saltó en sus ojos. Después de unos segundos, me dijo:
Pasamos la puerta de "Urgencias" y me guió por el tétrico pasillo. No llegábamos nunca. Traía el corazón en un puño. Temor, impaciencia. Algo punzante recorría mi estómago y subía hacia mi pecho, moviéndose en círculos.
Se detuvo ante una puerta. Antes de que ella abriera, me adelanté y crucé el marco como una exhalación.
Y ahí lo vi. Estaba medio sentado en una camilla, con un tubo en la nariz y en los brazos. Tenía los ojos entrecerrados y miraba en mi dirección.
— ¡Rubén! — debería haberme callado, ser más silenciosa, pero la emoción era mucha como para contenerla. Me precipité hacia él para abrazarlo, entonces recordé su herida y me limité a tomar su mano. Tranquilidad. Vivía. La sorpresa se evidenció en la débil curva de sus labios.
¡Eh! Has venido. Pensé que Mangel estaba jodiéndome.
Aunque apenas podía modular, escucharlo fue una cosa mágica que disipó toda la angustia. Claro que he venido, no podía hacer otra cosa.
— ¿Cómo estás? — era una pregunta estúpida. Sus ojos opacos y el tono grisáceo de su piel lo decían todo. Lo analicé con más detalle. Tenía el rostro hinchado, pálido y sudoroso. Un montón de rasguños le cubrían la zona de las mejillas y la nariz, más un gran moretón que ocupada parte del párpado izquierdo. Dios mío, qué destrozado lo habían dejado.
—Más o menos. Estoy todo deforme, a que sí. Las personas en la calle me tirará monedas en plan: ¡váyase de aquí, váyase!
Reí, más por nervios que por la gracia que me había hecho. No podía creer que aún conservara su buen humor.
— ¿Te duele la herida? —otra pregunta estúpida.
—Néh, no siento nada. Me han aplicao’ morfina de una forma… Madre mía. Estoy re-dopao’— se removió, se quejó y soltó una maldición — Joder, macho. Ese tío me la puso bien, debo reconocerlo.
Me contó que la estocada le había perforado el pulmón y roto algunas costillas. Su salvación había sido un milagro; si hubiera llegado segundo más tardes, probablemente habría muerto. Y aunque intentaba mostrar ánimo, su rostro evidenciaba el dolor insoportable que sentía. Sufría y aun así intentaba parecer bien ante mí. Acaricié su mano y aguanté las lágrimas. No sabía qué decir; no tenía palabras de consolación. Supuse que hacer preguntas sobre lo ocurrido lo perturbaría más de lo que estaba.
— ¿Necesitas algo? — se me trabó la lengua.
Nadita de nada, no te preocupes.
— Dejé a Raspy y a Simón con una amiga— comenté.
—Vale— hizo una pausa. Noté que quería decir algo, porque su boca vaciló y se cerró. Se quedó inmóvil unos segundos. Contrariado, tomó mi mano y la tiró hasta tenerme cerca. Me abrazó, o eso pretendió. La simple acción me quebró. Lo rodeé cuidadosamente y me desaté en lágrimas que contenían tristeza, alegría y alivio.
—Imbécil, tienes que ser más precavido y menos confiado. Dios mío, prométeme que jamás... — suspiré, ahogada— No merecías que te hicieran un daño así. Perdóname por no estar ahí, perdóname por no poder protegerte. Perdóname, perdóname...
— Ya sé pero... Te quiero tanto, tanto que no puedo soportar que estés sufriendo. Eso es lo que pasa— haría cualquier cosa para sanarte, cualquier cosa. Hundí mi rostro en la hendidura de su cuello, procurando no causarle más dolor.
Escuché que él también lloraba. Era su primer llanto después del accidente. Lo supe porque lloró con vergüenza e incomprensión, desahogándose y soltando lo que no había podido en presencia de otros. Conmigo no es necesario que siempre seas fuerte.
— Que estés aquí hace todo más llevadero. Cómo te quiero...
Nos mantuvimos así un rato, hasta que los dos nos liberamos de la tensión y lo acumulado.
—Joder, es que esto es… no sé, una puta locura. No pensé que podría llegar a tanto, ¿sabes? No sé si seré capaz de salir de casa después de esto, en serio.
Alguien entró. Me volteé para ver a una enfermera con algo en las manos. Era la misma mujer que había “amenazado” en el pasillo. Me sentí un poco avergonzada.
— Permiso. Debo cambiarle la venda al paciente.
Me corrí hacia atrás y me afirmé en la pared.
— Necesito que tú salgas. Se acabó el tiempo de visitas.
No moví ni un pelo. Me reprendió con un gesto, pero decidió ignorarme. Ya había quedado como la tía loca-pedante que no se iría de allí por nada del mundo.
La enfermara inclinó a Rubén en la camilla, le sacó la camiseta que le ponían a todos los que pacientes, dejando a la luz la venda qué le cubría toda la zona del estómago. Estaba roja.
¿Puedo ayudar en algo? — pregunté con nerviosismo.
La enfermera, sin mirarme, insinuó:
Más vale que le metas conversación, porque esto dolerá.
Rubén colocó una cara de espanto que en otra situación me habría hecho gracia.
Me acerqué, me senté a un costado de la camilla y tomé sus manos, buscando sus ojos para que también me mirase.
— Oye, ¿te acuerdas cuando nos conocimos?
— Sí — sonrió — tenías cara de querer darle hostias a todo el mundo. Qué gracia me causó en ese momento.
— Yo estaba fastidiada porque no quería hablar con nadie. Ya sabes, seguir en mi mundo de autismo.
—Pero llegué yo y…
—Tu incapacidad de callarte la boca me tocó la moral.
—Me aventaste una palomita de maíz que me dejó ciego.
—No recuerdo por qué, pero te la merecías.
—Estabas enamorada de mí, admítelo
—Te golpearía si no estuvieras en calidad de lisiado.
— ¡Soy un maldito lisiado! ¡Ay! — medio exclamó, imitando a la trágica escena reconocida como “la maldita lisiada”. Me carcajeé.
La enfermera terminó de sacar la venda ensangrentada después de varias vueltas. Dejó al descubierto una horrorosa perforación en su piel, abierta y palpitante. Me mordí los labios y desvié la mirada hacia los ojos de Rubén. La mujer, en posición de concentración, apartó ligeramente la vista hacia mí. Hizo un gesto que prevenía lo doloroso que sería a continuación. Luego tomó los objetos para limpiar la herida y así evitar infecciones. El castaño interpretó lo que pasaría y apretó mis manos con más fuerza.
—Mi primera impresión de ti fue que eras un tío con tremendo puterío encima.
—Venga ya, algo bueno tendrás que haber pensado de mí.
—Pensé que estabas bueno— bromeé —Qué va. Me pareciste muy dulce y gracioso.
—Con las babas que me echaste. Madre mía.
— ¿Yo? ¿Tengo que recordarte que me intentaste violar en sala del cine? — sonreí al recordar cómo había intentado tocarme la mano.
— Estaba de coña y necesitaba calóh.
La enfermera limpió primero con algodón y alcohol. Rubén se estremeció y gimió, mordiéndose el labio para no gritar.
Su cuerpo se retorcía, sacudido por las intensas oleadas de dolor. Cerró los ojos, apretándolos fuertemente. Me torturó oírlo gritar y soltar lágrimas de dolor. Apretó tanto mi mano que pensé que me quebraría los huesos. Pasará, pasará. La sanitaria le cubrió el torso con vendas nuevas y limpias.
—No quiero más esta mierda. Quiero ir a casa, por favor…—balbuceó como ido. Una nebulosa cubría sus ojos, haciéndolos como lejanos, arrastrándolo lejos de aquí. Supuse que la inconciencia se apoderaba de él para aliviarlo.
— ¿Puede aplicar más morfina? — sugerí nerviosa.
No me respondió, pero actuó. Inyectó más de ese líquido al tubo que se pegaba al brazo de Rubén. Sus párpados poco a poco comenzaron a decaer.
—No te vayas, no me dejes aquí. Los doctores… van a violarme— apenas logró modular. Reí al escuchar sus últimas palabras.
—Me quedaré contigo. Descansa… —con un dedo rocé sus mejillas hasta que cerró los ojos y se desvaneció. Silencio.
— ¿Quién le hizo esto? —alcé la mirada hacia la voz femenina.
—No sé. Personas que lo odiaban sin razón.
Meditó, como debatiéndose si en darme o no cierta información.
—Quién sea que lo haya hecho, lo hizo con la intención de matar. Es una suerte que tu chico esté vivo.
Se me revolvió el estómago. Preferí no decir nada. Me concentré en la respiración de Rubén; lenta y apacible.
La puerta abriéndose me sobresaltó. Entró Mangel con otras personas y una niña. Me apresuré hacia él y lo abracé.
— ¿Cómo estás? — pregunté.
Tenía las manos vendadas; imaginé que al amortiguar el golpe con los brazos, se había magullado las palmas. Me contó que había estado calmando el escándalo y los malentendidos que se habían generado en Twitter y en las afueras del hospital. Muchos expandían el rumor de que Rubén estaba muerto, lo que tenía a los fanáticos en luto, consolándose y dando un adiós emotivo hacia su ídolo. El poder maligno del internet. Seguimos hablando un rato más, aunque ya no había mucho que decir, sólo esperar a que todo se recuperara y volviera a su cauce natural. La niña que había entrado acariciaba la mano de Rubén. ¿Quién sería? Quizá era su hermana o prima.
No pintaba nada allí, así que me escabullí silenciosamente. El ambiente estaba más relajado. Más bien, yo me sentía más relajada. Muchísimo más después de ver que Rubén estaba fuera de peligro.
Me senté en el suelo del pasillo, apoyando la cabeza en la pared. Analicé las imperfecciones del techo y vagué sin ningún pensamiento. Un gruñido me recordó que tenía hambre. El reloj indicaba las seis y media de la tarde. Me pregunté cómo es que el tiempo pasaba tan rápido. Qué cosa tan desesperante y molesta. Decir que me encontraba feliz, sería una falacia. Sentía la paz que tanto había anhelado, pero un desgarro la ensombrecía. Supongo que toda alegría debe tener una pizca de tristeza.
De pronto salió una mujer que hacía un rato había ingresado con Mangel a la sala. Caminó hasta donde yo estaba y se arrodilló frente a mí. Vestía ropas formales y su rostro manifestaba ese tipo de serenidad y sabiduría que te hacen sentir cómodo y a la vez algo intimidado. Sus ojos me sonaban muchísimo, entonces caí en que era la madre de Rubén. Compartían ciertos rasgos, como la nariz y la forma del rostro. Y lo más importante: los hermosos ojos verdes, profundos y enigmáticos. Era fascinante identificar esos parecidos. Hasta sentí la necesidad de agradecerle por haber dado a luz al ser humano que ahora lo era todo para mí (lo que habría sido algo psicópata de mi parte).
Me preguntó quién era y hace cuánto que conocía al castaño. Su voz era amable, agradable, y con un particular acento latino. No identifiqué su procedencia ya que parecía una mezcla de muchas pronunciaciones. Después de responderle, una chispa de reconocimiento saltó en sus ojos.
Asentí de manera automática y confusa. ¿A qué se habrá referido con ella?
—Gracias por venir. Mangel me ha dicho que les has ayudado muchísimo a sobrevivir.
Reí. La primera risa verdadera del día.
—Ellos también me han ayudado a sobrevivir —solté sincera. Se arregló el cabello, analizándome.
—Rubén no dejó de llamarte ahí dentro. Me imagino que lo haces sentir muy bien y por eso te quiere cerca.
Oh. No supe qué responder. Mi reacción le permitió adivinar mis sentimientos fácilmente.
—Tenle paciencia a Rubén, a veces puede ser bastante despistado.
Después me contó que había tenido que volar desde Noruega. El accidente había ocurrido en un momento de mucho trabajo. Ante la noticia, debió dejarlo todo y tomar el primer vuelo hacia España. Imaginé el pánico que debió haber experimentado y sentí compasión.
Se quedó unos minutos más, simplemente acompañándome. Aprecié el gesto en lo más profundo.
—Deberías ir a comer algo cariño, estás muy pálida.
—No tengo mucha hambre— la verdad es que sí. No sabía cómo decirle que no tenía nada de dinero.
Se retiró, volviendo hacia donde se encontraba Rubén. ¿Estaría dormido? Deseé que se encontrara bien, más estable emocionalmente. Deseé que la conversación con su madre fuera cálida, comprensiva e enriquecedora. Intuí que así sería. Después de todo, las madres siempre tienen esas palabras exactas que son como bálsamo para las heridas.
Me levanté y fui a caminar.
Después de sacar un poco de dinero del cajero, volví al hospital y compré cosas varias para comer, aunque nada que pudiera igualar un almuerzo. Me senté en una esquina, mirando el móvil distraídamente. ¿Cómo estaría Bianca? ¿Sebastián habría ido a mi departamento? ¿Rasp y Simón vivirían?
A unos cuantos pasos de mí había un niño de apariencia tímida apoyado en la pared. Su tierna soledad me recordó a mí. En sus manos sostenía un casco con cuernos. Lo identifiqué como el que llevaba el personaje de Rubén en Skyrim. Me acerqué a él, sintiendo inmediata simpatía hacia el menor.
—Hola— saludé con una sonrisa amable — ¿Estás aquí por Rubius?
Que alguien se le acercara tan de repente lo descolocó, pero pronto se soltó y siguió mi intento de conversación. Se llamaba Tomás y tenía catorce años. Había viajado desde granada para ver a su "ídolo". Se había enterado del accidente por rumores expansivos en Twitter. Él no había creído hasta que una fuente confiable lo confirmó. Todos lo sabían.
—Lo que le pasó fue espantoso —comentó.
— Sí. ¿Sabes quién pudo haberlo hecho?
— Pero... ¿No te parece una exageración hacerle tanto daño a una persona sólo porque no te agrada lo que hace?
—Hay gente que no soporta el éxito de los demás y está dispuesta a todo para herirlos.
Eso seguía sin encajarme.
—Deberían enfocar el odio hacia los que sí lo merecen; políticos corruptos, violadores, asesinos, psicópatas, estafadores. ¿No te parece?
— ¿Desde cuándo la gente hace lo que debería? — me miró como sí ya nada pudiera sorprenderlo —Tengo una teoría: el noventa por cierto del mundo está poblado por perfectos idiotas. El otro porcentaje, no lo sé.
Sus palabras me hicieron sonreír. Este chico me caía bien.
—Llevas razón. ¿Eso lo hiciste tú? — apunté hacia el casco, cambiando de tema
—S-sí- se ruborizó— lo que le daba un toque más inocente. Tenía el pelo negro revuelto y ojos almendrados, muy lindos.
—No creo que pueda dárselo— comentó tristemente.
—Podrás— me prometí internamente que haría llegar ese regalo a Rubius.
— ¿Tú qué eres, una fans?
Vacilé.
— ¿Lo conoces personalmente?
Nuestra mini conversación fue interrumpida por una repentina explosión de voces y ruido. Mangel estaba en el medio de un montón de gente que parecía echar chispas. ¿Qué había pasado? Atraje su atención con un grito. Se volteó y camino hacia mí. Tomás estaba flipando a mi lado.
— ¿Por qué tanto alboroto?
—Me han dicho que afuera ethán lo' hijoeputa que agarraron a hostia' a Rubiu'.
—Al parecé' ethán armando más jaleo entre lo’ fans.
— ¿Y no hay policía que esté controlando?
—Creen que etha' cosa' son simples juergas de adolescente'. Ya fuimo' a lo' carabinero', pero se pasaron el caso de Rubiu' por el culo.
—¿Cómo estaban vestidos? — ataqué con otra pregunta.
Me dio una amplia descripción de lo que recordaba de sus vestimentas y rostros.
—Vale— y salí disparada hacia la salida.
Caos total. Ya no era simple bullicio; lo único que podía escucharse eran los gritos que se desprendían del círculo que formaba la inmensa masa humana. Me acerqué a husmear, descubriendo que hombres corpulentos y altos discutían con una adolescente que no tenía más de dieciséis años. Tenía la pinta de ser una disputa de bandos. Me integré y repasé los rostros. El tipo en la delantera obedecía a la descripción de Mangel.
Sudadera roja, gorra blanca, nariz aplastada.
Entonces, algo se soltó: un chasquido, una chispa.
Una ira jamás sentida barrió con todo mi autocontrol.
La razón me explotó; una cápsula de rabia, una bomba de poderío me retumbó en los huesos y me dobló en dos. Por primera vez deseé dañar a alguien. No sólo golpear; dañar, dañar de verdad.
No tienes nada más en la cabeza. Avanzas. La mandíbula te cruje, tus pies retumban.
Empujé a todo aquel que se me cruzó por delante, hasta que llegué al centro del huracán. Todos se voltearon hacia mí. El grandulón me observó burlesco.
—Vaya, ¿tenemos aquí a una mojabraguitas más madura? — sus amigos, que estaban detrás de él, rieron.
Me le acerqué tanto que nuestras caras estuvieron a punto de chocarse. En mi interior se desplegó un odio que tomó formas de afiladas cuchillas lanzándose desde mis ojos. El desprecio y la repugnancia me hacían querer vomitar.
—¡¡¡Grandísimo hijo de puta!!! — vociferé, dándole puntadas en el pecho con un dedo. Mi voz estaba fuera de control — ¿Cómo te atreves a mostrar tu pútrido rostro aquí? ¿Qué os ha hecho él para que vosotros le hicierais algo así de bajo? Bola de críos bastardos. ¡No tenéis más que materia fecal en la cabeza! —le clavé la uña en la sien. No sentía miedo, sólo un odio que me hacía querer matarlo, insultarlo, sepultar su cuerpo bajo toneladas de tierra.
El grandulón se echó hacia atrás. Apenas dejó asomar una mueca tensa y nerviosa.
—¡Cría estúpida! ¿Por qué te preocupas tanto por un tío que se limpia el culo con el dinero que le dais? Aceptadlo, ustedes no la importáis nada.
Cerré los puños y los mantuve a cada costado de mi cuerpo.
—¿Tan triste y patética es tu vida que tienes que ir jodiendo la de los demás? ¡Me das asco, puta pena y asco! — le grité en la cara— Desaparece de aquí, anda, gusano asqueroso — agregué asqueada, con el cuerpo presionando sobre el de él.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos contenidos.
—Claro, nena, me iré. Pero… —se lamió los labios y sonrió con sorna— Mejor me quedaré y esperaré aquí hasta que salga para darle el golpe final a ese puto.
Eso me sobrepasó. Quebró la ínfima barrera de control, compasión y humanidad. La adrenalina me recorrió los brazos y me inyectó poder en las manos. Sentí los puños cosquilleando, anticipándose.
Me lancé sobre él, impactándole un golpe en la mejilla. Dolor, qué dolor tan intenso me estalló en las manos.
En rehabilitación me habían obligado a tomar clases de defensa personal por si algún día debía defenderme de algún abusador. Cosa inservible, ya que todos los movimientos estratégicos se borraban de tu cabeza en cuanto te pasaba algo así.
Y aquí estaba. No tenía nada en mente; ni estrategias, ni movimientos premeditados. Sólo una ira irracional que estaba dominándome.
El tipo demoró en reaccionar. Sorprendido, se alejó un poco. Estaba analizando si su moral le permitía pegarle a una mujer. Alcé los puños, desafiándolo.
—Puta de mierda — murmuró, lanzándose contra mí. Gruñí mientras esquivaba a penas un puñetazo y le clavaba otro en el mentón. Le hundí el puño en el estómago, sintiendo en mis nudillos cómo algo se quebrara allí dentro. Me asestó un golpe en el labio inferior y salí disparada. El dolor atrapó toda la zona de la boca. Mareo. Intenté enfocarme, pero era difícil. Me pateó una pierna y la quemazón trepó rápidamente mis extremidades. Hice un último esfuerzo, junté los pies y envolví sus piernas para hacerlo caer. El sujeto se desplomó en el suelo. Aproveché que estaba indefenso y me monté encima como una desquiciada. Golpeé su rostro a la velocidad que mis fuerzas lo permitían. No podía parar.
Alguien me sacó de ahí, sujetándome autoritariamente. Comencé a escuchar voces, muchas voces. Una en especial que intentaba tranquilizarme: Mangel.
—Jodéh, tranquilízate. Mírame, respirah— eso hice. Lo miré a los ojos y respiré lentamente.
Después me arrastró y me alejó a la fuerza. De reojo divisé que el tío se levantaba y escupía sangre, fulminando a todos los espectadores e insultándome mientras los otros intentaban contenerlo. Algunos aplaudían o se mantenían estáticos, mirándome fijamente.
El dolor nubló mis pensamientos. Zonas específicas del cuerpo me ardían como si estuvieran calcinándolas a fuego vivo.
Mangel me sentó en el interior del hospital. Me trajo hielo y un refresco.
— ¿Pero qué' coño ha pasao’? Te pudo habeh’ matao’— me reprendió sentándose a mi lado.
— Perdón… —me disculpé con voz ronca y con las lágrimas acechándome los ojos. Suspiré hondo, calmándome— Perdí el control. Dijo que esperaría a Rubén para rematarlo y eso me enfureció muchísimo— la voz se me quebró. Aún sentía mucha impotencia. Mangel me observó. Su rostro pasó de enojo a comprensión. Finalmente, me sonrió.
—Joer macho… Qué susto me has dao’.
—Lo siento— me disculpé otra vez, abrazándole. Suspiró, frotándose la frente.
—No pasa nada. ¿Cómo te siente’?
—Bien, la verdad. No siento nada.
Después de un breve silencio, volvió a hablarme.
—Que esta mierda pase rápido, por favóh.
Suspiró, cansado. Besó mi frente y me envolvió en un cálido abrazo. Sentí alivio.
Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos.
Un fuerte pitido me taladró los oídos. Desperté de un salto. Mangel dormía a mi lado. Lo sacudí, pero no despertaba. —¡Mangel! — grité, pero seguía inmóvil. ¿Qué estaba pasando? Repasé el escenario. Una luz rojísima y lúgubre se fundía en las paredes, vertiéndose en la piel de las personas y volviéndolas aterradoras. ¿Por qué nadie se movía? Todo parecía muerto, sucio y estático. Caminé y miré el suelo. Había huellas de sangre, como si alguien herido hubiera estado arrastrándose. Pedí ayuda, sofocándome con una materia invisible. Nadie vino. El sonido aumentó, aumentó tanto que tuve que tapar mis oídos. Seguí la mancha de sangre, aterrorizándome al ver que se hacía más grande y más grande y más espesa. Comencé a correr, pero el pasillo se alargaba, oscureciéndose y alargándose y oscureciéndose más. Resbalé, intenté en vano levantarme, así que me dispuse a gatear en el líquido. El camino de sangre me llevó a la habitación en donde estaba Rubén. No, no, no. “Está muerto” susurró una voz que resonó por todas partes. “Está muerto, está muerto…” repitió esa voz formal que solía llamar a los pacientes por un micrófono. ¿Era normal que te dieran noticias así? No, eso no podía ser. Tendrían más respeto, serían más delicados para anunciarte una noticia así.
Abrí la puerta y un Rubén ensangrentado y gris y muerto y desfigurado se me presentó en la camilla. Una figura se cernía sobre él: el grandulón de la riña. Blandía un cuchillo y se lo enterraba una y otra vez en su estómago, una y otra vez, sin parar, abriéndolo, enloqueciéndome, un dolor atravesándome, desgarrándome… Me observó escuetamente, echando chispas, regocijándose. Después se acercó, rápido, alzó el cuchillo, me esforcé por alejarme, en escapar, pero me sujetó del cuello, posicionó la punta afilada en mi corazón y yo supliqué, me revolqué en sus brazos, mordiéndolos.
Desperté en un grito, aún con las fuertes imágenes atormentándome. Me llevó un minuto desprenderme de la horrible sensación que había dejado la pesadilla, y mucho más tranquilizar mi corazón. Gracias a Dios aquello no había sido real. Noté que había una almohada debajo de mi cabeza y una frazada cubriéndome. Limpié el sudor de mi frente, aún adecuándome a la realidad. Imaginación, jamás vuelvas a hacerme algo así. Estaba acostada, ocupando dos sillas. La sala de espera estaba considerablemente más vacía. ¿Cuánto había estado durmiendo?
En ese momento apareció Mangel, haciéndome gestos que no comprendí. Un grupo pequeño le seguía los pasos. Una chica se adelantó, dirigiéndose a mí.
—¿Tú eres la de la pelea?
Miré insegura a Mangel antes de dirigirme hacia la voz. Vergüenza. ¿Podía esconderme?
—Creo que sí— respondí con una vocecita que no hacía combinación con la actitud violenta que había demostrado horas atrás.
— Eh... gracias. ¿Presenciaste la pelea? — ella negó.
¿No lo sabes? Te han grabado y subido a Youtube. El vídeo ya tiene más de un millón de reproducciones.
Me quedé boquiabierta. ¡Un millón!
La chica sonrió con aún más entusiasmo.
—Créelo, ahora eres muy famosa. Te han hecho memes y todo. Todo el mundo está hablando de ti. Te adoran.
— ¿Puedo sacarme una foto contigo?
—Claro— respondí como ida, aún pasmada por lo acababa de decirme. Yo, ¿conocida?
Luego se acercaron más chicas y chicos a pedirme fotos, peticiones que acepté por educación. Era una situación incómoda, más cuando eres alguien que se esfuerza por permanecer anónima.
En las fotos habré salido con una mueca de pánico y un labio inhumanamente hinchado, sin contar la bonita cara de recién-despertada-de-una-pesadilla. Dios.
Esperé que todo aquel revuelo pasara rápido. Pero el vídeo seguía en internet y eso me producía terror. ¿Rubén ya lo habría visto? Y si ya lo había visto… ¿Qué reacción habrá tenido? Se me revolvió el estómago de sólo pensarlo.
Estaba agotadísima y quería irme de allí, pero Mangel me arrastró para que nos despidiéramos de Rubén. Su familia seguía acompañándolo, lo que me avergonzó aún más. El castaño, mucho más animado y saludable, me sonrió y se tapó la boca en un gesto de “no puedo creer lo que has hecho”. Yo me encogí de hombros y ofrecí una disculpa mordiéndome los labios. Esperé los reproches, los: “no debiste haberlo hecho”, “loca”, “podrías haber muerto”. Pero lo primero que salió de sus labios, fue esta frase: “Ha sido épico”.
Mangel insistió en que me quedase a dormir en la casa de uno de sus amigos. Me sentía una intrusa, pero no podía rechazar la oferta (y es que tampoco tenía dinero para darme más lujos). La primera noche fue un poco extraña: ser la única entre tantos tíos no era de lo más agradable. Mangel adoptó una actitud protectora y durmió conmigo, espantándolos a todos. Me protegía y eso me enterneció. Lo curioso es que allí me trataron como si fuese una más de la familia. Me reconocían como la tía de las hostias. Supuse que toda esa gente estaba acostumbrada a ser así de amable y acogedora con los desconocidos, no sin razón tenían fans. Aun así, y para molestar lo menos posible, a las ocho de la mañana me levanté y desocupé la casa con todas mi cosas en la espalda. Caminé sin dirección y aproveché de comprar una edición baratísima de Hamlet para mantener mi atención ocupada en las horas muertas. La espera se hacía eterna en esa sala; la tragedia del lunático Hamlet adormeció mis preocupaciones. Finalmente, la enfermera salió y me hizo un gesto que me indicaba que podía pasar a ver a Rubén. El grupo de amigos llegaron unas horas más tarde. Me sorprendía que, a pesar de que tenían pinta de ser críos que vivían tomándose todo en broma, poseían cierta madurez. Se notaba en cómo hablaban, en el carácter, en la forma de expresarse.
Ese día pasaron horas con el castaño, gastándole bromas sobre lo que había pasado. Ellos tenían la capacidad de superar rápido los inconvenientes y reírse de sí mismos, cosa que los hacía especiales y dignos de admiración. No se detenían a lamentar, o a llorar por lo que ya estaba hecho. No devolvían la vista hacia atrás, sino que estaban constantemente lanzándose hacia adelante, frenéticos por la vida. Pensé que esa la actitud correcta; la actitud con la que todos deberíamos enfrentar el mundo y sus obstáculos.
A Rubén le habían puesto una televisión para que no muriera del aburrimiento. Aunque no servía de mucho.
—COÑO, necesito salir de aquí, en serio—espetó Rubén, interrumpiendo mi lectura. Le miré.
—Y yo quiero una pizza—suspiré— Hay cosas que son simplemente imposibles...
—O no.
Ese tono de voz sugería algo. Analicé sus ojos y su expresión traviesa, percatándome enseguida de sus oscuras intenciones.
—No. Estás loco— negué con la cabeza.
—Oh sí, nena.
—No— recalqué.
—Vamos— me sacudió de los hombros — Sácame en… esa silla de ruedas y vamos una pizzería. Hay una cerca de aquí— rodé los ojos ante la sugerencia.
—Podríamos pedirlas aquí, no es necesario salir.
Juntó sus manos y me observó suplicante. Bufé. A este hombre no se le podía decir que no así de fácil.
—Ya, ya. Pero conste que es una locura—me rendí, cerrando el libro— ¿Cómo lo hacemos?
Rubén terminó poniéndose el abrigo de su madre, más una gorra rosa y una bufanda floreada que cubría la mitad de su rostro. Tenía que ir lo más tapado posible; la gente y las enfermeras no podían reconocerlo. Le pasé el libro.
—Tápate la cara con esto. Finge que estás leyendo.
—Vale— concordó en una risa.
Lo ayudé a levantarse de la camilla. Se sujetó de mis hombros y yo le rodeé por la cintura. Se quejó un poco, pidiéndome que lo hiciera más despacio. Lo senté en la silla y coloqué una manta en sus piernas. ¡Voilá! Parecía una real anciana. Reí fuerte y arreglé algunos detalles.
—Ojalá pudieras verte. De hecho, te grabaré— saqué el móvil y lo enfoqué.
— ¡Ustéh, ustéh! — pronunció con voz estúpida— ¡Sáqueme de aquí ahorita mismito! — soltó con voz de abuela. Aguanté la risa, guardé el móvil y salí con la gorra puesta.
Ya en el pasillo, apresuré el paso hacia la salida. Intenté parecer normal, pero no se podía. Algunos se voltearon a mirarnos, extrañándose por la escena. Comencé a trotar, sintiendo cierta tensión generándose a mi espalda. Ya podía escuchar la voz de la enferma reprochándome. Joder. Traspasé la entrada corriendo y tomé una calle a quién sabe dónde.
Rubén emitió una exclamación de alivio, alzando los brazos y moviéndolos como subnormal.
—¡Corraaaaan hacia allá! — me indicó, y eso hice. Corrí por la vereda con él a cuestas. Tardamos unos minutos en llegar a una pizzería.
—Dios mío, soy una abuela prófuga— reía con ganas, lo que le generó dolor en su estómago. —No, no, no. Herida estúpida— la apuntó. Bravo, te dejará de doler si la insultas.
—Seguro nos han tenido lástima y nos han dejado salir para que creamos que estamos haciendo algo emocionante.
Lo dejé en una mesa y fui a pedir la pizza. La chica que atendía me dijo que demoraría veinte minutos en hacerse, por lo que volví a sentarme con Rubén. Nos miramos, acariciándonos sin tocarnos y hablándonos sin abrir la boca.
—Sácate eso, por favor— pedí riendo, refiriéndome al gorro rosa que traía. Gracias a Dios que no había casi nadie en el local.
— Me queda hermoso, a que sí— respondió, aunque sacándoselo y revolviéndose el cabello— Cuando mi madre se entere que estoy aquí con su ropa…
—Tu mamá debe estar tan acostumbrada a tu anormalidad que le dará igual.
Sonrió de lado, apoyando los codos en la mesa y sujetándose el mentón con ambos puños. Me observó fijamente. De pronto se puso muy serio.
— ¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
—No, no pasa nada. Estoy bien.
—¿Por qué tan serio, entonces?
—En ti y en mí — su tono de voz, su pronunciación y su mirada seria provocó un aumento en mis latidos.
—Nosotros— nos conjugué en una palabra. Una sonrisita tímida bailó en el extremo de sus labios, apenas visible, pero haciéndose notar. Era una expresión hermosa; mínima, pero preciosa viniendo de él.
—Vale… no sé cómo decirlo, soy un gilipollas— agachó la cabeza, tocándose el pelo con una mano— ¡Ah! … Ok, bueno. Eh… —soltó una risa— No sé expresarme joder. Lo siento— tenía la mirada en la mesa, evitándome. Su adorable nerviosismo me derritió de amor. Sonreí.
—Sólo di lo que tengas que decir, échalo afuera. Soy toda oídos.
—Pues nada, que me hace feliz tenerte aquí. Joder, no, no sólo feliz. Es que no sé cómo explicarme, coño. Eres… No sé, una tía genial —recitó con dificultad, moviéndose inseguramente. —Soy un retrasado.
—Sólo quería agradecer que estuvieras aquí, acompañándome y esas cosas bonitas (¡ay qué mono!). Eres una gran, GRAN persona. No sabes el bien que me haces… Además, joder, has hecho cosas que nadie más habría hecho por mí: viajaste sin conocer nada, te liaste con un tío… Eh, que me estoy desviando. ¡El punto es…! Que te quiero mucho. (¡Gaaay!) — sonrió — Puede que no nos conozcamos hace mucho pero…
—Se siente como si fueran años— concluí por él— Habría hecho más por ti, mucho más. Rubén… — tomé sus manos, llevándolas a mi boca para besarlas. Él suspiró, acariciándome las mejillas y los labios con la yema de los dedos. Sonreía. Aquello, sólo ese gesto, era un milagro que deshacía el mundo en un trillón de pedazos, burlándolo, minimizándolo a una partícula burda que no podía hacer daño. Con él, nada hacía daño.
—Te quiero— profesé, con la mirada llena, el corazón desbordando.
Y me observó con una agitación sublime en la mirada, una vibración que nacía del alma y hacía más intenso el verde de sus ojos. Me miró de la forma que lo había hecho en la despedida en Madrid; evoqué ese momento, volví a él, deseándolo otra vez. En un mutuo acuerdo, acercamos nuestros rostros, rozándonos la nariz de forma juguetona. Esta vez yo busqué sus labios y le besé dulcemente.
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Hola mis criaturitas lectoras <3. No saben cómo las extrañé. Primero que nada les pido perdón por la tardanza del capítulo, sé que esta vez me excedí ;_; Y por eso es que escribí 21 páginas para compensar la larga espera (?). Ojalá no las aburra (sé que me quedó aburrido y cursi). Me gustaría culpar completamente a la U por mi ausencia, pero últimamente he estado deprimiéndome seguido y eso me quita la inspiración a la hora de escribir :c. Espero encontrar el perdón en sus hermosos corazones (?). Quería, además, aclarar unas cosas del fanfic Si se dan cuenta, la protagonista no habla completamente como española (?). Hay escenas en las que hablará como tal, pero mi propósito es que se mantenga neutral. ¿Por qué? Quiero generar la sensación de que ella no pertenece a un lugar/país reconocible, sino que aún está buscando su identidad. Su procedencia específica es un enigma (incluso para mí) y no creo que se resuelva aquí. También quería ofrecer mis disculpas a las personas de Málaga, y es que al no conocer la ciudad ni el hospital ni sus alrededores, seguramente di una descripción equivocada (es por eso que intenté describir lo menos posible).Por último, decirles que las amo y que jamás dejan de sorprenderle. El apoyo y la constancia de sus mensajes me hace inmensamente feliz. ¡Muchísimas gracias! -las abraza a todas-. Perdón si tardo contestar. No piensen que desprecio sus mensajes o que me darán igual; es todo lo contrario. Sin ustedes yo no seguiría aquí. Son la razón de todo, las lectoras más hermosas y fieles:'). ¡LAS AMO!
Espero de todo corazón que les guste el capítulo. Sé que quedó algo trágico (ESPERO QUE A RUBIUS JAMÁS LE PASE ALGO ASÍ DE TERRIBLE, EN SERIO) .
No olviden en dejarme su opinión <3. Un abrazo grande a todas.
PD: Perdón los erroes y las falasde ortografía D: