-"No lo entiendo Kent, mucha gente ve mis estados, pero los giles no me siguen." 😂 - -Los simpsons (1989-2001) - #lossimpsons #ordeñanratas #temporada10 #capitulo11 #homero #tonyelgordo (en Buenos Aires, Argentina) https://www.instagram.com/p/CA4ElyFj6S5/?igshid=1g7zelr9x9o3k
¿Era real toda esta relación que tenía con esta mujer que enamoraba a cada revelación, a cada reto? De nuevo me venía con esas locuras de que mi percepción me engañaba al punto de trasladarme a otra realidad, y eso me enloquecía. De hecho me trataba de loco. Y me había asaltado con el cuento de que la entrevista había sido un delirio. ¿Un delirio? Un entrenador hablando de su trabajo, nada más. ¿Qué hay de extraño? Le argumenté que a las preguntas de la rutina diaria del club que Mike me había hecho, yo contesté con lujo de detalles cómo había progresado el Port Vale con la incorporación de nuevos instrumentos de entrenamiento. Ahora, ella me dijo que todo eso no se vió en la entrevista, y que lo uncio que se pudo apreciar fueron mis palabras cortadas, editadas, y armadas de cierta forma en que parecía una entrevista coherente. ¡Pero si lo fue! Según ella lo que se vio pareció tan forzado que a veces parecía que habían armado frases nuevas con mis palabras. Frases que no dije. Sinceramente no quería ver tal atropello. Por eso apagué la televisión esa noche. Preferí ignorar todos los noticieros que se hacían eco de mi paso por “Talking to the Mister”, por SkyBet.
En una cosa tenía razón mi ex-traductora: El club me estaba dando muchas oportunidades. No estaba consciente de que mi imagen fuera tan controvertida de cara al público, pero si lo era realmente entonces debe haber sido un esfuerzo enorme para una institución tan mediática y grande como un club de fútbol profesional, mantener a alguien que no hace mas que ponerlos en el tapete por cuestiones que exceden lo futbolístico. ¿O acaso les convenía? Nunca había llegado a pensarlo. Quizás la notoriedad que les daba mi ridículo comportamiento les servía a nivel ventas, o marketing. No lo sabía, ni lo sabría después. Lo único que me interesaba era poder llevar tomo el tumulto de sensaciones que se agolpaban en mis encías y mandíbula, a un papel que pudiera contenerlas. Pronto tendría la devolución de un profesional de las letras de España, y eso me entusiasmaba. Mientras tanto había producido en cantidad: Cuatrocientos poemas (algunos empezados, otros terminados) en las ultimas dos semanas. Nunca volvería a producir en esa cantidad, pero tampoco lo buscaba. Había faltado dos veces al trabajo en estas semanas y había tenido que soportar las palabras de Smurthwaite diciendo que no me darían muchas mas chances. Evidentemente el interés por el marketing tenía un limite. Necesitaban un entrenador probo y yo estaba dejando el trabajo demasiado en manos de Brabin y Norman, mis ayudantes. Cuál era mi función entonces ¿una figura mediática? No lo creo. Sea cual fuere la respuesta, se estaban cansando de mi.
No tenía forma de solucionar esta situación. Quizás demasiado evidente para el lector: Ir a trabajar y listo. Pero en mi caso, lo fácil era complicado. Casi que podría asegurar, de manera inversa, que lo complicado era fácil, pero no en todos los casos. Paso a explicar la afirmación en su anverso y su reverso. Lo fácil me era sencillo, en primera instancia, porque el simple acto de ir a cumplir con los entrenamientos… bueno, no podía hacerlo. Debo admitirlo, había desarrollado una especie de debilidad por el alcohol y las resacas no me permitían moverme de la cama. Eran como un estado de parálisis. Al otro día no recordaba nada. Me llegaron a decir que había un grupo de hinchas que habían armado un grupo de comunicación por el cual se organizaban para ir a recogerme al Clayhanger y llevarme a mi casa. Alguno se fijaba si yo estaba y otros me iban a recoger. Y se turnaban. Así es que llegaba a mi casa, casi siempre de forma mágica. Nunca supe si esta gente era subvencionada por el club o si lo hacían por motus propio, aunque prefiero quedarme con la segunda opción.
Otro de los motivos por los cuales me era imposible cumplir con la cristiana responsabilidad de cumplir mi horario de trabajo, era mis “arranques de inspiración contenida”, los AIC. Yo los llamaba así porque sentía que toda la inspiración que me salía en aquellas épocas, era a causa de haber pasado casi toda mi vida abocado al deporte, una actividad no creativa. Entonces, luego de años de no expresarme, las palabras, las imágenes, estaban pulsando desde dentro para salir, y salieron. Como no paraban de salir, y yo no les iba a impedir que salieran, me pasaba tardes enteras tirado en cualquier rincón de la casa escribiendo. No atendía el teléfono, ni el timbre de la casa, ni salía cuando escuchaba gritos. ¿Porque iba a salir yo si podía salir otro a ver, o a ayudar? Yo estaba ocupado, seguramente los demás no. Por eso y mucho mas seguramente me era mas difícil, lo que a los demás le era tan fácil.
Y por otra parte, lo complicado se me hacía accesible, si hablamos estrictamente de lo futbolístico. No voy a entrar en detalles que agobien a los lectores que no son seguidores de este deporte, pero lo resumiré diciendo que donde los demás entrenadores dudaban, por miles de motivos ajenos al fútbol, yo estaba seguro. No estaba seguro de que fuera a salir bien, pero al menos estaba seguro de lo que quería hacer. “¡Pero que seguridad!” me había dicho una hincha desde las gradas en un partido de local, a lo que contesté dándome vuelta al instante “si me voy a equivocar, me voy a equivocar seguro”. La acotación vino por un cambio arriesgado que hice faltando veinte minutos para que termine un partido que estábamos perdiendo dos a cero. Lo terminamos perdiendo tres a dos, pero los dos goles los hizo el juvenil que introduje en cancha y que despertó la mencionada sorpresa. En fin. Poseía una desfachatez a la hora de hacer mi trabajo (el remunerado, no el ad honorem que era la escritura sin limites) que alegraba a algunos pero incomodaba a otros. Descolocaba a veces a mis jugadores también, pero entraban a la cancha seguros. No los retaba ¿para qué? Ellos eran adultos, sabían lo que habían hecho mal. En algunas ocasiones me venían a preguntar (a veces a reprocharme) porqué no les hacía una critica. Les contestaba que se las haría si me la venían a pedir, ya que en ese único caso yo me daría cuenta de que no lo estaban viendo claramente. En caso de que nadie me preguntara, significaba que no tenían dudas al respecto. Mis palabras se limitaban siempre a decirles lo que haríamos en el siguiente partido. En el caso de que haya estado metido en el asunto, durante esa semana. En el caso contrario, no podía hacer mas que pedirles que hagan lo de siempre, diciéndoselos de otra forma. ¿Sentía a veces que les estaba faltando el respeto? Si, quizás, pero mas hubiera sentido faltarme el respeto a mi y a la humanidad, si no sacaba de mi cuerpo esos poemas, que mal o bien, representaban una parte de la conciencia global.
Por supuesto que todo tiene un limite, como se imaginará el lector lúcido. El limite llegaría pronto. Esa noche, del día en que recibí impactos de lata en mi espalda por parte de la traductora barra bailarina, sería el motivo de una de mis peores mañanas y tardes. Pasé a la tardecita por el club por cuestiones administrativas, tratando de ocultar mi rostro lo mas posible para que nadie me reconociera ni me reclamara no haber ido al entrenamiento de ese día, y me quedé charlando con uno de los “cancheros”. Nunca supe el nombre de esa profesión en England, pero yo les decía cancheros y a ellos parecía gustarles. El caso es que los vi haciendo su trabajo con las maquinas esas, cortando y emparejando el césped natural de nuestra cancha y seguí hasta las oficinas donde debía firmar unos papeles. Al volver por el mismo sitio se habían acercado a esta parte por la cual debía volver y uno de ellos me preguntó cómo andaba. Le dije que bien y seguimos hablando del equipo y de algunos jugadores en particular. Sobre todo Julius estaba mas interesado, el mayor y mas experimentado de los tres. Los demás aprovecharon el parate para descansar y limpiar las escobillas de las maquinas. Juluis era un hombre que tenía las marcas de su trabajo en el rostro, y la marca de años que aun no había vivido. Como si cada uno de sus años le hubiera valido por mil. Me hablaba y sus ajadas y oscuras mejillas bailoteaban con la holgura que da la experiencia. No le faltaba razón a lo que me decía pero le entreveía un aire de sermón. Le expliqué cómo me había conectado con la poesía y le presté un libro de Rilke que estaba leyendo pero que no podía terminar de digerir. Me dijo que no prometía leerlo, pero que lo intentaría. Me dijo que no agarraba un libro desde la década del ochenta, cuando tuvo que aprender como funcionaban las nuevas maquinas de cortar césped a través de los anchos manuales. Me sugirió, sobre el final de la charla que el alcohol también lo había atrapado a él, pero a fuerza de apoyo familiar había salido adelante. “Y el Club también me apoyó” agregó. El también quedó resonando en mi interior un rato largo hasta que comenzó a sugerirme que probara algo diferente. Julius era yankee, y su color mestizo se debía a que era descendiente de apaches. Allí, según me contó, había hierbas que permitían conectarse con la “inspiración” (dijo esto haciendo las comillas con sus dedos) que había en otros lugares, y que sin esa hierba era imposible de alcanzar para un ser humano. Para sumar un condimento a favor de esta hierba, agregó que no generaba dependencia como el alcohol y ese era su principal motivo para recomendarmela: “Para que te alejes de los vicios destructivos, esto no te aferra, y te eleva” En ese momento moría por saber qué palabra hubiera usado en lugar de “inspiración” de haber estado hablando con alguien en total confianza. Aunque supongo que de no haber confiado en mi no me habría recomendado esa hierba. Lo acompañé hasta el cuarto de ellos, los cancheros, donde dejaban sus pertenencias y donde se guardan las maquinas e insumos químicos para cuidar el césped, y sacó de su mochila una bolsa de papel madera con unas hojas secas. Me la ofreció y me dijo que debía inhalar su humo. Me entusiasmó de entrada. Esa noche experimenté un vuelo nuevo, y alcancé la “inspiración”.
La alarma sonaría al otro día a la hora habitual y, como también era habitual, no la había escuchado. Ocho horas después, cuando mi cuerpo ya comenzaba a sentirse descansado, me desperté pero con el sonido de una llamada. No sería Isabel, ya que me había sentenciado con un “Que te den” la última vez que nos habíamos visto. Amaba cuando se le escapa una gallegueada. En este caso era Julius. Recuerdo su voz y recuerdo que le comenté algunas cosas de las que experimenté con su hierba, pero no pude recordarlas hasta que él mismo me las dijo unos días después: “dijiste algo como que habías sentido un tren, o algo así. Lleno de payasos que iban al infierno. Te hablaban en tono venezolano. Luego me dijiste que eso era un sueño y que después de que terminaras de hacer la cola para pagar me contarías lo de la hierba”. Cuando le confesé que lo había atendido estando acostado en mi sillón, rio por una semana al menos. Qué buen hombre.
Un par de horas después golpearon a mi puerta con furia e insistentemente. Escuché los golpes pero reaccioné con calma; seguramente sería alguien que venía a reclamarme algo o a demandar mi presencia en el mundo de los mortales, despojado de la lírica. Mientras tanto, terminaba de tachar algunas lineas de las que había escrito la noche anterior, por considerarlas demasiado delirantes (si, delirantes incluso para aquel yo). Estas eran producto de un delirio provocado pero controlado (por quién, no sé) con la hierba que me había sugerido Julius. Las palabras habían aflorado de una manera sobrenatural (o subnatural) pero ya lo leerán con sus propios ojos. Una vez que terminé de tachar las líneas que mas me molestaban de esos versos, me levanté y me percaté de que ya estaban tratando de forzar la puerta. Mientras me había encontrado esos pocos minutos tirado en el living tachando con fuerza las líneas perversas, me habían estado observando por ventanas mal cerradas las cortinas pero no me molestó. Habían golpeado puertas, ventanas, con fervor, pero no me molestó. Habían tratado de entrar por puertas, por ventanas, por verja de patio, y no me molestó. Habían tratado de entrar en mi conciencia, me habían… Nada me molestaba como ese verso que decía “nada de esto es real”, y lo taché hasta rayar el piso de parquet. Abrí con toda tranquilidad y con el fuerte dolor de cabeza que me provocaba la luz del sol mezclada por supuesto con el humo de aquello. Las palabras que me escupieron en la cara los dos miembros de la comisión directiva que me fueron a buscar me aturdieron tanto que no pude escucharlas. Mi nivel de volumen estaba tan bajo en mi introspectiva búsqueda del verso perfecto, revolviendo papeles de la noche anterior, que al escuchar gritos directamente contra mi cara, los receptores se saturaron. Les pregunté que querían y me contestaron:
─ ¿¡Es que sos idiota!? Norman está al frente del equipo. Estamos jugando con un partido en este preciso momento, en el que vos te estas despertando, acá, al pedo, en tu casa! ─ La camisa parecía que le iba a explotar, pero la corbata lo ahorcaría primero ─ Subite ya mismo a ese auto que vas a dirigir este partido. Y rezá para que no sea el último.
“Prefiero guardar los rezos para cosas mas importantes” pensé.
Fui a buscar mis cosas, mientras uno de ellos entró y me preguntó:
─ Y… ¿Qué es ese humo? ─ miraba por doquier buscando la fuente del humo, no la encontraría ─ Demonios, está lleno de humo ¿Estás fumando hierba? ¿O es que estás haciendo rituales chamánicos?
─ Dejalo ─ dijo el otro en vos muy baja, tratando de que yo no escuche ─ si esta haciendo un ritual, no tardará en venir con una daga y sacrificarnos.
Ambos rieron. Pero en sus risas había algo que me sonaba extraño. Incluso a mi.
Volví al living con mi bolso de entrenamiento y subimos al auto. Ninguno de los dos hacía ningún comentario, como si estuvieran avergonzados de sus propios actos. No se sentían en condiciones de reprocharme nada. Estaba totalmente invadido por el humo desde la noche anterior, por lo que no pude oler si ellos habían quedado impregnados de ese amargo aroma, pero lo que si pude hacer es ver que de sus ropas se desprendía un suave humo blanco que contrastaba claramente con el tapizado negro del coche en el que íbamos. Íbamos en total silencio.
Era extraño. Esperaba un sermón de todo el camino, o noticias del partido, o directamente una invitación a renunciar, pero nada. Se miraban entre ellos, que iban ambos en la parte delantera del auto, y nada. Solo leves gestos de humor. Todo quedaría claro unas cuadras despues cuando, en una de esas esquinas conflictivas que tienen las ciudades, hubo una fuerte frenada y casi nos estampamos contra una Hammer.
─ ¡Pero qué haces pedazo de imbécil! ─ Gritó mi conductor, mientras el copiloto no podía aguantar la risa ─ Me va a conocer ese idiota.
Y dio media vuelta con el auto, dando un coletazo en medio de la calle y se puso a seguir al Hammer.
─ ¡Pero que haces! Tenemos que ir al partido ─ le gritaba el copiloto envuelto en risas frenéticas y que no podía contener ─ ¡Nos están esperando, tenemos que llevar al míster! Deja a ese imbécil, ya te debe haber escuchado.
─ ¡No! No me escuchó, ¡me va a escuchar!
Se adelantó por el carril contrario y lo siguió a la por varias cuadras, teniendo con un brazo el volante, y abalanzandose sobre su copiloto para mirarle la cara a su perseguido, y gritarle cosas incongruentes, de una ira que no se condecía con las risas de ambos. La situación pasó a ser surrealista. Hasta estaba sintiendo la necesidad de estar lo antes posible en el partido.
Me llamó la atención lo caprichosa que podía ser a voluntad humana. Isabel no se hubiera sorprendido en absoluto, porque lo hubiera atribuido a mis caprichos, no a la voluntad humana. ¿Conveniencia de mi parte? Quizás. Era caprichosa esta voluntad hasta el punto de hacerme faltar a varios entrenamientos en la semana de un partido importante, y ahora empujarme casi desde el interior de mi pecho par ir al partido, a hacer mi trabajo, ahora que me estaban privando de ello. Todo muy adolescente, me dije. Descarté la idea. Me quedé con "lo caprichosa qe podía ser la voluntad humana"
─Hey, señor ─le dije a mi conductor ─apárquese por favor.
─Oh, mira quién habló, el demente del club ─me dijo con sorna, gritando como si estuviéramos envueltos en ruido. La situación lo ameritaba pero mas por el nivel de estrés y frenesí que por el volumen. Un coche de policía nos había empezado a seguir.
─No te lo pregunté ─le grité mas fuerte, tratando de generarle el mayor miedo posible, y si imponerme ─Te lo estoy ordenando. Estaciona a un costado. Tengo que ir a hacer mi trabajo. Estaciona que yo me encargo de la policía.
Dejó el carril contrario y se estacionó como le indiqué, sin objetar palabra. Con la sumisión de alguien que se sabe en un estado de descontrol. Me bajé del auto antes de que terminara de detenerse y le abría la puerta al conductor de un golpe.
─Qué te dije, Samuel? ─le grité, sacando de mi interior al actor que tenía guardado desde las épocas del fútbol amateur ─Cuantas veces te lo dije? Me prometiste que si salíamos a manejar te portarías bien. Tendrás que hablarlo con la doctor Jenkins mañana. No puede ser que siga pasando esto! Con la fortuna que me gasto!
─Perdón, está todo bien? ─preguntó el policía que había estacionado detrás nuestro y ya avanzaba cerca nuestro. Mientras el confundido conductor se bajaba de auto lentamente, en actitud de sumisión.
─Si, oficial ─repliqué de forma mas calmada, acomodando mis cabellos ─es que cometo el error de confiar en mi sobrino, pero siempre me hace lo mismo. No se preocupe, le prometo que no volverá a pasar. Si nos permite nos iremos por donde vinimos.
Se inclinó para ver al acompañante que de milagro estaba conteniendo esa risa convulsa que les había provocado el humo acumulado en mi casa. Miró con desconfianza, pero no objetó razón alguna. Siguió con la vista cómo se subía a la parte de atrás mi supuesto sobrino con problemas psiquiatricos, y me hizo un gesto para que sigamos circulando. Mientras terminaba de sentarme en el coche, me gritó
─Pero que no se vuelva a repetir. Y vaya a la doctora Heather, yo he llevado mi hijo allí por su problemita de... ─e hizo u gesto circular sobre su sien de locura ─y nos ha ayudado un montón.
─Gracias por el concejo ─dije y y me alejaba de allí ya para dirigirme a ganar ese partido.
Los delanteros lo estaban haciendo bien. Recibían la pelota de espaldas y trataban de darse vuelta para encarar el arco contrario. Les dije que se dividieran y que uno de ellos vaya por las bandas. Los volantes lo estaban haciendo relativamente bien, también. Eran cuatro y no tres como planteaba yo en mis prácticas, por lo que tenían mas "material" para trabajar en el medio campo. No pasaban por las bandas, pero al menos los que debían defender lo hacían con entrega. Les grité que activaran la visión de ataque. Estábamos perdiendo 2-0. Los defensas pasaban ahora mas al ataque y quizás eso nos haya dejado vulnerables al volver en los contraataques del rival, y así habíamos recibido dos goles. Les dije que sean conscientes de lo qué hacían sus compañeros de saga, y que actuaran en consecuencia. Todo funcionaba relativamente bien, ahora. Con un par de ajustes el funcionamiento había mejorado en diez minutos. Y aun faltaban veinte por jugar.
No era un partido especialmente trascendente. Nos darían tres puntos por ganarlo, como cualquier otro, y no estábamos ni cerca de la mitad de la temporada, pero el rival era de esos a los que hay que ganarles. La gente pide ganarle a estos rivales. Era un histórico de nuestra categoría y siempre, siempre le ganaba al Port Vale. Nos había eliminado en la última FA Cup, y se fue generando una especie de clásico, o derby, como le llaman ellos.
Así , el marco era especial. Especial como lo es un final inesperado pero lento. Especial como lo es perderse sabiendo que no hay un peligro mas que el de tener tiempo de meditar. Especial como dejar de hablar con alguien que te hacía bien, se quien fuere. Especial como ser el indicado para un trabajo que no podes hacer bien. Así de especial era el marco que rodeaba a mis jugadores, a mi cuerpo técnico y a mi. Los cantos de nuestra hinchada se escuchaban especialmente claros, por la claridad que da pronunciar con fervor las palabras de guerra en medio de la contienda. Había mas banderas, había mas público. El partido era intenso aun estando en su parte final. Los jugadores parecían sentir también esta reciente rivalidad creada, y jugaban en consecuencia. Como si llevaran la bandera del Port Vale. Qué digo, la llevaban. La camiseta que tenían puesta, enteramente transpirada, era la bandera. Y lo estaban dejando todo. Fue mas lo que pude hacer observando y nutriéndome de todas esas sensaciones que tiene el fútbol, que lo que realmente les pude gritar desde el banco. Me limité entonces a contemplar.
Por lo demás, en lo extra futbolístico, el mundo seguía girando y el aire era nocivamente puro. Las palomas seguían haciendo sus cosas de palomas, pero procuraría no mirarlas demasiado. La mujer juez de línea que correteaba por la banda junto a mi, tenía un cabello rubio tirante espectacular y, dependiendo de cómo le diera el sol y el reflejo de unas chapas de un carrito de golf, se le generaban mechones blancos, resplandecientes: mechones de luz. Dos poemas salieron de allí, cuyos nombres me avergüenza recordar. Supongo que mirar al yo del pasado y verlo como alguien patético es parte de un crecimiento. Quizás deba revisar esto mas tarde.
─¿Estás bien, Cristian? ─me preguntaba Norman, ahora sentado en el banquillo.
─Si, ¿porqué? ¿estoy gritando mucho?
─Es que te estás tambaleando. Te sale humo de la ropa. ¿Quieres ir al vestuario?
─Por favor, no exageres, estoy perfectamente. Los jugadores están comprendiendo las directivas.
Me daría cuenta ese día, en ese momento, y de la peor manera, de que así como había muchos simpatizantes del club que me adoraban por lo original y desfachatado, por la impronta fresca y nueva que le daba al banco del Port Vale, algunos me odiaban y no solo pedían mi renuncia o despido, sino que casi que pedían mi cabeza. Y esto a pesar de estar por encima de la mitad de la tabla, cosa que no vivía el club desde hace muchos años.
Mientras estaba señalándole al arbitro la zona en la cual se había cometido una falta que no había visto a nuestro favor, algo me impactó en la cabeza. Era una lata de cerveza vacía que cayó cerca de mis pies. Y no era mía en este caso, y no me la había lanzado Isabel tampoco, ni un simpatizante del club rival, sino un hincha de nuestro club. Me di vuelta para ver de donde había venido, y me alcanzó para evadir una botella de plástico de agua, casi llena, que casi me saca un ojo. La pude evadir. Las papas fritas no, porque vinieron de un costado. La gente comenzaba a sumarse a esa lluvia de comida e insultos. A esa humillación. Nunca sentí sensación tal en mi vida. Nunca me había tocado tener que digerir tal circunstancia. Un montón de gente, mujeres, hombres, ancianos y niños, jóvenes, se agolpaban en las gradas de la platea que daban justo por encima de nuestro banco de suplentes a gritarme cosas horrendas, a invitarme a que me vaya del club. Que el club necesitaba gente seria, que el club no era un neuropsiquiatrico, que tome las pastillas, que me mande a internar, que le deje el lugar a gente sana, que me vuelva a mi país, que el míster del club debía ser inglés, y muchas otras cosas irreproducibles. A la vez que mis oídos se llenaban de esta basura recibía en cara y pecho y en mi alrededores vasos de cerveza, botellas de cerveza de vidrio, de plástico, papas fritas y hamburguesas a medio comer. Y yo, consternado, no dejaba de mirarlos, atónito.
En ese momento pensé en las palomas que parecían gárgolas testigos desde las cumbres de una ciudad de ornamentos góticos. Aquellas mismas espectadoras desinteresadas que giraban sobre su propio eje, dando algo así como pases de baile sobre una estrecha superficie, estarían una vez mas presentes en el espectáculo que tampoco les interesaba, porque sus existencias dependían de otras cosas. Los seres de piedra viva que comenzaban a moverse saliendo de su solidad estaticidad ¿qué preguntarían al ver esta escena en la que me humillaba mi propia gente? Serían testigos pasivos, o quizás pasarían a la acción generando con sus decrepitas alas una especie de barrera que me protegiera de los proyectiles. Era yo la paloma ahora. Pero no me estaba moviendo. Yo era el testigo de la escena que trataba de hacerme protagonista. Pero la piedra que me componía tardaría en volverse carne. Y dentro, el alma se sacudía agrietando en mil hendijas, con mil cosas que decir, explicaciones para repartir, y perdones en general. Un lento modo de vibración comenzaba a despertarse en mis tripas.
Había perdido noción de lo que sucedía en el partido. De hecho, le estaba dando la espalda a la cancha. Evidentemente, al arbitro y a los jugadores no les pasaba inadvertido lo que sucedía a un costado y estaba comenzando a entorpecer el espectáculo, ya que muchas de las cosas que volaban hacia mi, entraban a la cancha y afectaban la carrera de los jugadores. Además de que estaba en riesgo mi integridad física, en ultima, ultimísima instancia. El arbitro se acercó al trote hasta la zona en la que empezaba la alfombra de comida y bebidas, y pitó a la gente para que se detuviera. No hubo caso. Mis players de la cancha se acercaron, aún en la zona en la que podían ser alcanzados por comida (de hecho muchos de ellos los sufrieron en sus caras) y en un gesto de humanidad infinita intentaron calmar a las fieras. Los jugadores con los que había compartido todos esos entrenamientos, los buenos y los malos, los que me habían encontrado en mi mejor forma, y los que me habían visto flaquear y en malas condiciones, ahora me defendían de los hinchas del club que representaban. Tomaban posición del lado del técnico. No podía estar mas orgulloso de ellos. No sería esta la máxima sorpresa del día.
Pero a pesar de ese esfuerzo por parte de los jugadores, la gente no se calmó. Siguieron con los gritos, y el partido fue suspendido por unos instantes hasta que la parcialidad local desistiera de esa actitud agresiva. Ahí fue cuando mis piernas ya no pudieron sostenerme. Mi cerebro dejó de saber lo que debía hacer, y no supo si debía mantenerme en pie o dejarme caer. Mi corazón no sabía si seguir latiendo, o dejarme morir. Caí al suelo mientras la voz del estadio decía "atención, se pide a la parcialidad local que deje que el espectáculo se desarrolle con normalidad, o obligará a la seguridad del estadio a tomar cartas en el asunto."
Apagón.
“Los concejos dirigenciales de los clubes de fútbol, en este nivel de profesionalidad, no pueden desoír la voluntad de sus socios. No se pueden dejar de lado las opiniones que se vienen reiterando asiduamente durante los últimos tiempos. Era una medida que veníamos manejando, pero que un evento en particular le ha dado vía libre para su continuidad. Si, claro que esto es nuestra exclusiva decisión, y no ha tenido lugar antes porque no somos tan matemáticos ni fríos como la gente cree. Escuchábamos a una gran parcialidad de nuestra gente que lo apoyaba, y que estaba esperanzado en su recuperación. Pero, lamentablemente, nuestro club y la seriedad del mismo, sus objetivos a corto y largo plazo, esta por encima de cualquier individualidad, y todos nos hemos tenido que acomodar en diversas circunstancias. Si, está hecho. No hay vuelta atrás.”
─Míster ─ escuchaba una voz lejana, que insistía en hablarme ─ Míster, hey. ¿Estás ahí?
─Tranquilo, ya contestará ─ otra voz sonaba mucho mas relajada, sabia ─ Ha tenido una descompensación. Ha sido un shock difícil para él. Hay que darle aire.
─ Difícil que tenga aire con la cantidad de gente que hay acá adentro.
─No se van, ya les dije ─ me pareció Montaño, el colombiano y su rústico inglés, casi tan rústico como el mio ─ No los puedo obligar. Creo que se lo van a decir ahora. No pueden hacerlo...
─Eso es cierto. No tienen derecho. Creo que tampoco podemos evitarlo.
─Algo se tiene que poder hacer ─ replicó con ternura el moreno.
─Hasta inconsciente sigue haciendo espectáculos y llamando la atención.
─Shh… Se está despertando, ha movido los parpados. Señor Cristian, ¿Me escucha?
De a poco me sentía en condiciones de contestar. Las luces comenzaban a aparecer, y la incomodidad del banco de tablas en mi espalda me generaban deseos de erguirme y ver lo que sucedía al rededor. Un adelanto ya había tenido, pero debía enfrentarme de lleno a la tormenta.
─ Qué… ¿Qué pasó? ¿Ganamos? ─ Me levanté con ayuda de Nathan Smith que estaba allí, y de un doctor que jamás había visto. Montaño estaba también, feliz de verme recuperado. Pude sentarme y contemplar de a poco la escena, adaptándose mi visión a la luz blanca, pura y artificial del vestuario local.
─ Empatamos, míster─ contestó Pope que estaba un poco mas atrás, en el revuelto de gente que intentaba ver mi estado ─ Pregúntele al negro.
Montaño le dio un empujón al delantero inglés, y ambos rieron. ─ Estaba aquí para decirle que metí el gol del empate, míster ─ Dijo tímidamente el moreno, en un español simpatiquísimo, que hacía días no escuchaba ─ No quería perderme su recuperación para contárselo yo mismo. ¿Cómo está?
─ Bueno, ahora que me decís que metiste un gol, puedo morir feliz ─ Solo el y yo reímos, y Pope, nervioso, agregó en cavernícola español.
─ Bueno, bueno, gracias, ingles, por favor, ingles.
─ Dijo que tengas cuidado que te puedo sacar el puesto ─ bromeó Montaño, defensor, con Pope, delantero y goleador del team.
El doctor revolvió los bolsillos de su bata y sacó una de esas linternas pequeñitas.
─ Es bueno verlo de buen humor ─ comenzó diciendo, a la vez que me invitaba a abrir bien los ojos ─ ha sido un momento duro el que ha vivido.
─ Digame que es hincha de los valiants, doctor ─ le dije mientras me apuntaba con la penetrante luz en las pupilas para revisarme.
─ Lamentablemente no. SI le dijera de qué club soy, moriría apaleado dentro de este vestuario ─ sonrió detrás de su tupido bigote entrecano ─ Aunque debo agradecerle su participación en el incendio de mi amigo Christopher, y de su familia.
─ Oh, Dios. Qué puntería la mía. Un hincha del Stoke aquí, devolviéndome la vida.
─ Bueno! ─ dijo el medico poniéndose de pie ─ no me venda de esa forma, señor Pueblos!
─ Tranquilo, aquí no se respiran esos aires de violencia. Nuestro fútbol es diferente─ y mientras decía esto fui bajando la vista, temiendo que mis palabras estuvieran, como nunca, fuera de lugar. Como situadas en un tiempo diferente, en una realidad alternativa. Y extrañamente, fue una sensación conocida.
─ Bueno, lo lamento ─ el semblante del doctor cambió drásticamente, y desde su altura se inclinó hacia la multitud que habitaba el vestuario, de entre la cual salieron dos miembros de la dirigencia del club. Pope y Smith intentaron detenerlos, y al ver que era inútil, se retiraron con gestos de fastidio. Se apartaron para no ser parte de esa canallada.
─ Pueblos ─ comenzó el mas petizo de los dos, mientras me extendía un sobre con el membrete del club ─ ahora que se ha repuesto, tenemos que comunicarle que a partir de este momento deja de ser el director técnico del Port Vale Fútbol Club, dejar de ser parte del fútbol club, del Port Vale fútbol club, y la gente se va yendo, y dejar de ser parte de, dejar el club, dejar en este momento, en este preciso momento, después de empatar, después del gol de Montaño que me espera para decirme que había hecho un gol, al salir, qué pocos autos de jugadores, casi ninguno salvo los que esperaron, la gente no me esperó salvo algunos, salvo los que me felicitaban, y los que me deseaban una pronta recuperación dejar de ser parte del fútbol, dejar, a partir de este momento, y el doctor, que se levanta y se da vuelta, y hace una seña, y los jinetes del sicalipsis ahora son dos, los demás están con la resaca del humo, dejar de ser parte, a partir de este momento, Pope, Smith, Montaño, el colombiano, que puso el empato, no me venda de esa forma, señor pueblos, no me venda de esa forma señor Cristian pueblos que deje de formar parte en este instante, no me venda de esa forma, debilidad, no me vendas, inconstancia, no me vendas de esa forma, esperemos que se recupere, necesita aire, soy hincha del Stoke, gracias por ayudar a cruzar a mi abuela el otro día, porque el incendio no existió jamas, para dejar de ser parte, en este momento, nadie quedaba cuando me iba, no hay autos de jugadores, no hay autos de hinchas, ellos andan caminando, dejar de ser parte, hay que esperar, hay que darle aire, no me vendas medios de comunicación, aquí te espera Michael, de Skybet, Cristian, por favor, no le tengas, rencor, ¿está aquí? Si, te espera para preguntarte sobre… esto, las paredes no van a caerse Cristian, estas listo para algunas preguntitas, solo avisame cuando está grabando la cámara, dejar de ser parte del fútbol, tenemos entendido que le acaban de informar, vos y cuantos mas, ¿perdón? Que vos y cuantos mas tienen entendido, bien, si me deja continuar, que le acaban de informar que acaba de ser despedido, oh por dios, agárrenlo, sos un hijo de puta, sorete, mercenario del sistema, por culpa tuya el fútbol es un comercio de unos pocos, el nuevo circo romano, pedazo de mierda, Cristian por favor, calmate, queda mucha gente aun en el club, unas pastillas, una cada ocho horas, el humo, de qué era, decime, estamos acá solos, decime, tu madre, Cristian, falleció hace muchos años, lo tuyo es, dejar de ser parte del fútbol, dejar de ser parte de nosotros que te toleramos, queremos dejar de ser parte de los que te toleran, no me vendas de esa forma, Michael, no me vendas como el director técnico argentino con trastornos neurológicos, u obsesivos, dejar de ser parte, no me vendas como el pobrecito, los hashtags no aparecen, tienen gente para eso, todos los clubes, el Chelsea, el Manchester, Cristian soltalo, vino a ver si estaba todo bien, lo escuchó por la radio, Cristian soltalo, policía, por favor, se están peleando, dejalo Walcott, el humo era muy amargo, no era marihuana Cristian, vos te querés matar, ahora supongo que sos mas libre, hasta qué hora esta abierto, los papeles, no están, los papeles, ¡Los papeles! Mi cuaderno, no está, hasta que hora, ok, ah, no cierran, si soy yo, no tranquilo, estoy bien, ahora voy para allá, bueno, si, todo el mundo lo vio, creo que no es ninguna sorpresa, ahora lo hablamos, voy para allá, para mi lo de siempre, dejar de ser parte de los alcohólicos de siempre, y dejar de ser parte de los delirios de alguien mas, o dejar de ser parte del fútbol, que es ese delirio de alguien mas que soy yo, ella sigue detenida Cristian, no nos habías dicho nada, el club dispone de fondos para estas cosas, no nos dijiste nada, ella dice que la fuiste a saludar varias veces, pero no nos dijiste que seguía en la comisaría, te tendrían que haber dejado adentro a vos, no sé qé hiciste, me lo dio el canchero, el de la coleta blanca, ese que es descendiente de indios americanos, no se de que hablas, no hay ningún canchero así acá, solo los gemelos, hijos de Pumpkin, el secretario, y esos niños son mas sanos, te digo que el viejo me lo dio, y no te lo habrá dado tu ex, que vino a visitarte hace unos días, no tengo ex, que vino a decirte lo de tu padre, dejar de ser parte de este plano de sufrimiento, donde la gente muere, venimos a informarte que dejas de ser parte del planeta, pasas a ser parte de la eternidad, cajones, lapices, lapiceras, de todo menos los papeles, paredes, cuadros a la basura, si, los tiré, no sé, no recuerdo haberme vendado la mano, el alcohol, que me cicatrice por dentro y por fuera, no tengo fuerzas ni para reírme, todas, si todas las paredes, no dejo nada sin escribir, lo tengo que entregar limpio el mes que viene, si, el club le rescindió el contrato y ellos son los que pagan, todo escrito, no sé esta en español, mi hija que entiende español dice que decía siempre lo mismo, algo como “soy solo poesía” enfermisamente escrito, en diferentes tamaños, con faltas de ortografía diferentes en cada intento, mal escrito y a veces inentendible, en algunas partes escrito, dejar de ser parte del plano real, escrito con furia, remarcado, del plano plano y pasar al plano curvo, como eran esos versos, el libro que te preste, yo le di mi teléfono para que buscara no se que, y lo destrozó, siempre lo vienen a buscar los hinchas del club, a veces los del Stoke, y a informarte también que tenemos una serie de compromisos estipulados de protocolo, Cristian dejalo, Señor Pueblos, déjelo, Dios, mio qué escándalo, no nos va a dejar tranquilos nunca, le está pasando otra vez, estás bien Michael, ese tipo es un imbécil, pero tengo lo que quería, el material para enterrarte definitivamente pedazo de escoria sudamericana, y en la bañera, y en le patio todo lleno de botellas y latas de cerveza, la heladera era un caos, no hay estacionamiento, esta bien, voy solo, otra por favor, si, estoy bien, no nadie, no espero a nadie, que me han despedido, pero dejame llegar a casa que tengo que escribir algunas cosas, le he contestado a tu colega, no estoy para notas, si le haces entrevistas a los técnicos busca uno, yo ya no lo soy mas, y par encontrar ese papel tapiz ahora, era herencia de mi abuela escocesa, no se consigue mas, todo escrito, que desgracia, y parecía tan serio, no le des mas, tengo que servirle, no parece alterado, otra por favor, dejar de ser parte de las expectativas ajenas, dejar de ser parte, pero cuando, cuando fue, porque no me avisaron, y porque me avisas vos, Cristian por favor, estoy de paso hacia argentina, ya sabías que yo vivo en Londres, vos insististe para venir, yo hice lo posible, Laura, andate, no me podes decir, estaba mal Cristian, tus hermanos te estaban llamando, otra por favor, “soy solo poesía” dejar de formar parte, a partir de este momento, y que ademas mañana debes dar una conferencia de prensa, abierta a preguntas sobre tu salida, hemos decidido aceptar tu renuncia, dejar de ser parte, no me vendas como el ladrón bueno, San Dimas, “soy solo poesía” otra por favor, si, doble, porque no me avisaron, ¡mis papeles! No, no me quiero ir, andate, vení! Soy solo poesía, no entendés, Laura, no se de que me hablas, no necesito ayuda de nadie, Andate o te mato, me estas alterando, otra por favor, me estas siguiendo? Si, me acaban de echar, gente! Acá todos están esperándome, sepan que he hecho lo posible pero ustedes vieron lo que sucedió, Cristian por favor, otra por favor, dejar de ser parte, para siempre, del fútbol, ustedes vieron que parte de los hinchas en la cancha, con las gárgolas de testigo y mis players, con nuestro fútbol poético, soy solo poesía, me acaban de decir que me vaya, Cristian, vamos, no hay nadie, y a partir de este momento me han invitado, le esta pasando otra vez, a dejar de ser parte del fútbol, para siempre. Otra. Por favor.
─Le pedí ayuda al comisario ─ decía la voz del barman del Clayhanger, allá muy lejos de mi conciencia ─ y lo trajimos acá. Si lo dejábamos dormir en la barra se iba a caer. Mas vale que se caía de una silla que de una banqueta en la barra, je.
─Gracias, muchas gracias.
Sentí las palabras mas suaves del mundo, y el torbellino comenzaba a frenarse, a disiparse en una brisa que estaba comenzando a amar. No quedaba nada de mi, porque quería ser otro, mas entero, para disfrutar de los encantos de esta voz, y esos besos que me caían.
─ ¿Tomó mucho?
─ Se tomo todo, señora─ y rió como de costado ─ Y yo le tengo que servir, ya sabe como se pone esta gente cuando le dicen que no.
─ Si, entiendo. Gracias de nuevo.
─ No puedo creerlo ─ dije, al darme cuenta de quién eran esos labios, que no podían ser de otra. Nada me importaba de ese momento hacia atrás en el tiempo.
─Estás… oh, por favor… ─ No hubo asqueo en su voz, sino pena ─ Estás hecho un desastre
Isabel rió al ver las servilletas de café pegadas en mi frente.
─ Voy a tratar de caminar… ─ intenté levantarme para ir al baño.
─ Vas a encontrar un hermoso desastre─ dijo el barman desde la barra mientras sacaba unos porrones─ y vos sos el autor. Todavía no vino Kevin, el chico de la limpieza.
─Bueno, no me puede molestar si el desastre es mio, creo.
Isabel intentó atajarme pero vio que me manejaba bien, que tenía estabilidad. El descanso me había hecho bien. Algunas imágenes de las pasadas horas venían a mi cabeza. EL bar estaba lleno de gente, y me llamó la atención. No lo había visto así de lleno nunca. No parecían interesados en mí ni en mis espectáculos. Realmente hubiera esperado que alguno se riera de mi estado, pero ni siquiera parecían percatarse, y eso me tranquilizó.
En el baño había pérdidas por todos lados, típicas en el Clayhanger, y poco mas. Pero quise saber de qué era culpable. Miré en los mingitorios y no había nada fuera de lo común, en los inodoros tampoco. El ultimo estaba clausurado y supe que era el que había padecido de mi ira post-despido. Me agaché hasta el piso y pude ver (y recordar) el porrón de cerveza destrozado junto a un pedazo también destrozado de la taza del inodoro.
Despido. Había olvidado ese detalle, y aun no había caído conscientemente, de que no volvería a entrenar a mis chicos, ninguna mañana. La ira y el alcohol debieron ser graves para hacerme destrozar el porrón contra el inodoro. Me percaté en ese instante de las vendas que tenía en mi mano derecha. Toda la palma envuelta y con un leve tono ferroso, en clara muestra del desinfectante por algún corte. Corte producido por ese impacto seguramente. Nubarrones venían a mi mente de forma poco clara. Di media vuelta y me dirigí al espejo para lavarme la cara. Tenía el rostro en la parte izquierda lleno de baba y aun tenia una servilleta pegada en la mejilla. Me sequé con un papel del baño, y me vi los ojos, rojos, las ojeras, el tono pálido de mi piel, estaba colorado en ambas mejillas, y la barba crecida y afeitada de forma despareja, aunque de esto me daba cuenta solo yo, porque era casi imperceptible (me afeitaba a diario). En resumen: estaba destrozado. Demacrado. Me di pena. Me lavé la cara, pero solo para aclararme la visión y despertarme. No iba a borrar las marcas del devenir de las horas ultimas. Si bien la siesta en la mesa del café había borrado parte de los efectos del alcohol y del shock en el estadio esa misma mañana, aun las ojeras y ojos irritados persistirían. El color en mi piel no volvería por el momento, tampoco. Ni con besos de amor repentinos.
Volví a la mesa y allí me esperaba Isabel, mirando su teléfono. La luz del café estaba disminuida como era habitual en el Clayhanger a estas horas de la noche. Mas bien tarde noche, ya que el sol estaba casi desapareciendo. La luz de su enorme teléfono móvil iluminaba de azul su dulce y suave rostro y lo contemplé durante la infinidad de minutos que transcurrieron desde la salida del baño hasta mi llegada a la mesa: escasos seis pasos. Ese azul luminoso que bañaba su rostro me hizo pensar si acaso estuviera asomada a un portal celestial mirando por encima a toda la existencia de otro universo diminuto, de otro planeta azul como el nuestro, velando por la integridad física de algún otro idiota como yo, que no hacía mas que intentar autodestruirse y no darse cuenta de que…
De que necesita ayuda. Y siempre la necesitó.
Me sentía extrañamente bien, y ella me recibió con toda naturalidad. Como si no acabara de despertarme en un café, después de haberme tomado hasta el agua de los floreros, babeado. Como si no acabara de perder mi trabajo de forma escandalosa. Como si no fuera el hombre del momento (de la peor manera posible) para el micro-mundo del fútbol de las categorías bajas.
Me senté y la miré. Me miró tiernamente y me pidió, sin decir nada, unos instantes par terminar de escribir un mensaje. Aproveché a mirar alrededor la cantidad de gente que había. Me pregunté si había algún show, porque esta cantidad de gente no era habitual, para nada, salvo cuando tocaba alguna banda, por lo general eran tributos a Robbie Williams o Rod Stewart. Le hice un gesto al barman, el gesto de guitarrista, y se rio diciendo que no. No entendía. Lo dejé.
Isabel me preguntó cómo me sentía a la vez que traían un café y un café con leche a ella. Mientras la moza dejaba las tazas en nuestra mesa, mi ex traductora recibió una llamada, y se levantó para atender antes de que yo pudiera contestarle. Cuando la moza terminó de dejarnos todo, un instante después me tocó el hombro y me indicó que mirara a mis espaldas. Me volteé y para mi sorpresa vi camisetas de color blanco y negro en la pantalla del tv del café. Casi sin ser dueño de mi cuerpo, me levanté y me dirigí hacia él. Nadie le daba importancia a la transmisión, pero yo no podía evitar sentirme atraído por esa imagen inusual: Eran todos los jugadores del Port Vale FC parados en línea en una conferencia de prensa, aturdidas sus caras por los flashes de las cámaras, y Pope con el micrófono en sus manos, hablaba. Me di vuelta para pedirle volumen al barman. Pero ya estaba a escasos pasos míos, acercándose, aumentando ese volumen, que nos dejó escuchar:
─ … Y para manifestarnos en contra de la forma en la que se ha tratado a nuestro técnico Cristian Pueblos, en la que se lo ha despedido, y estamos seguros que fue mas por vergüenza mediática, por presión de los medios, que por ineficacia. Nunca ─ comenzó a decir, y miró a un costado para afirmar a un compañero que algo le dijo ─Nunca habíamos oído a un entrenador hablar así, hablarnos así. Algunos de nosotros ya estamos terminando nuestras carreras y hemos pasado por muchos clubes, por muchos entrenadores, y jamás habíamos esperado, ni pensado, salir a la cancha con las ganas y la alegría que salíamos a ganar nuestros partidos. Como si fueran, citando palabras de él, una sinfonía.
No lo podía creer. Pope dijo unas palabras mas y pasó el micrófono a uno de los jovenes referentes de la defensa. Todos estaban vestidos con ropas de civil y se habían puesto, encima de sus ropas, la camiseta del equipo. La bandera.
─ Sinceramente, salimos a jugar el segundo tiempo solo por el honor de nuestra gente, primero, antes que todo, y después por el club y estos colores. Algunos nacimos con esta camiseta, yo por ejemplo, y vamos a morir con esta camiseta puesta. Salimos a jugar ese segundo tiempo hoy, pero si no hubiéramos pensado en nuestra gente nos hubiéramos quedado en el vestuario. Realmente manejamos la posibilidad de no salir a jugar el segundo tiempo. Ya nos habían informado del despido de Cristian Pueblos. Y queremos dejar en claro que repudiamos absolutamente la actitud de las autoridades con respecto a nuestro excelente entrenador.
Se fueron pasando el micrófono entre los que estaban parados en la fila de en medio. La mitad del plantel habló. Siempre, en el plano de las cámaras, quedaban jugadores por detrás, asintiendo, siempre, las palabras del que hablaba. Se invitaban entre ellos a hablar, como sabiendo que todos estaban de acuerdo y que todos tironeaban para el mismo lado en esta cinchada contra las demandas del dinosaurio capitalista. Cinchada donde la demanda era “¿no puede ser exitoso y reconocido un entrenador que se sale de la norma, y cuyas formas son demasiado diferentes a las de la media inglesa?” Medios, empresas, fútbol, y una parcialidad civil contestaban que no. Mis jugadores, y otra parcialidad civil contestaban que si y defendían esa bandera. En algunos planos del canal que veíamos pude divisar a parte del cuerpo técnico que, habiéndome conocido en las peores condiciones también apoyaban esta moción espontanea.
En ese ir y venir del micrófono muchos aprovecharon para contar mínimas anécdotas de mi paso por el club (hoy digo “paso por el club”, pero en ese instante no caía), como por ejemplo la vez en la que los llevé a todos a ver a la orquesta sinfónica de Winchester, para que vieran lo que era “jugar” en equipo. Contaron de forma graciosa cuando ligué algunos impactos en la cabeza con bollos de papel hechos de folletos del programa de la función, porque no paraba de pararme a darles indicaciones a los jugadores, y a dirigirlos en sus butacas como si fueran estas el banco de suplentes, los bancos del vestuario, o el escenario de la orquesta sinfónica del Burslem. Trataba en esa oportunidad de hacerles ver que cuando el violín tiene un solo, todos los demás violines suenan al unísono y que cuando hacen variaciones, estas están pensadas para complementarse y trabajan con la linea de los otros violines y a su vez se ensamblan con el resto de los instrumentos. Así debían funcionar las líneas de defensa, volantes, y delanteros. Creo que lo entendieron.
Recordaron también cuando me introduje con Isabel Peine en el campo de fútbol reducido y contaron la reacción de muchos que no lo podían creer. Isabel me tomó de la mano en ese momento, fuertemente. Con la misma fortaleza que la tomé yo al verla esa mañana llegar al estadio, para empujarla a otra de mis locuras.
Otro de los players nombró episodios como los de la fábrica de vasijas.
─ “Ustedes saben ¿porqué tiene esto su camiseta?” nos preguntó un día ─ dijo el moreno y joven ingles, volante por la derecha, señalándose el escudo de su pecho ─ y muchos dijimos, es el escudo míster, mirándolo de reojo. “Si, es el escudo, pero esto de aquí”, muchos nos acercamos a la vez para ver, sin percatarnos de que el mismo escudo estaba en todos nuestros pechos, pantalones, en las gradas locales del estadio y en todo lo que nos rodeaba, prácticamente. Era una vasija, esta de aquí ─ y extendió el escudo y la señaló, mientras la cámara hacía un plano cerrado a modo ilustrativo ─ Nos dijo “hoy se van a enterar el porqué de esta vasija, síganme” y se fue caminando por el túnel. Muchos de nosotros sabían el porque y en el trayecto nos fuimos enterando. La cuestión es que esa mañana corrimos alrededor de la fábrica de vasijas que está cerca del estadio, y recorrimos las casas de los alfareros, la profesión mas antigua de la región, la mas característica. Nos dijo “Esta gente que viene todos los días, practica una profesión mas antigua que sus abuelas, mas antigua que el fútbol, y es la que le ha dado una identidad a este lugar, a Burslem, lugar que ustedes representan” nos hablaba así mientras corríamos. “¡Háganlo bien! Ustedes están representando estas manos” nos decía mientras le tomaba las manos de uno de los trabajadores, que estaban ahí, y sus manos estaban llenas de arcilla. Algunos no habíamos visto nunca la arcilla, ni sabíamos lo que era. ¿Cómo no vamos a salir a la cancha con otra actitud después de cosas como esta? Ningún entrenador, nunca, nos había mostrado estas cosas.
Contó también que, a partir de ese momento se darían cuenta de la cantidad de referencias que hay en la ciudad al pueblo que trabaja la alfarería. El ejemplo mas claro era el bar en el que estábamos, el “Clayhanger”. Como esa contaron un par de anécdotas mas y mi pecho no dejaba de hincharse y relajarse en suspiros de ese amor que contagian los hombres que se entregan a la sensibilidad censurada para el genero, generalmente. Sensibilidad que en el fútbol es invisible, anulada y castigada. Sensibilidad que había estado presentes en todos, del primer al ultimo entrenamiento de mi etapa en el Port Vale, y que seguiría en los corazones y recuerdos de los jugadores con los que trabajé. Sensibilidad que hacía que mi pecho se inflara y desinflara, para estabilizar el aire en mis pulmones.
Luego de es tarde los dirigentes del club (no volví a oír la voz de Smurthwaite, afortunadamente) me llamaron para tratar de convencerme de volver. Era gracioso para mi, que ya tenía una nueva ocupación, ver cómo se turnaban para llamarme, mañana y tarde, para no parecer demasiado desesperados, y que cada vez que me llamaba uno de los miembros del concejo directivo traía parte de las palabras del llamado anterior, como “me han dicho que dijiste que lo pensarías, bueno, quería saber si has llegado a alguna conclusión” y yo decía siempre que no, que nunca había dicho tal cosa, cuando si lo había hecho. Los volvía locos, creo que les gané por cansancio. Dejaron de llamar a los tres días. Contrataron a otro entrenador sudamericano, un brasilero. Gorginho tenía problemas con el alcohol, pero ademas no lo podía disimular. Qué buena imagen que le dimos a los anglosajones sobre nuestra tierra. En fin, quien quiera una imagen de nuestra tierra que busque en Internet.
La transmisión se terminó cuando aun no podía cerrar mi boca y manoteé desesperadamente el control remoto de las manos del barman para buscar en otros canales. En todas las señales la transmisión terminaba también y los jugadores ya se iban. Los periodistas volvían al estudio sin saber bien qué decir, pero esto ya me importaba poco. Lo mejor ya lo había escuchado. Cuando me di media vuelta no sabía bien dónde estaba ni porque, ni para qué. Mi pecho brillaba por dentro con un fulgor que me quemaba los globos. Enfilé para nuestra mesa automáticamente y me pareció notar que varias de las personas me miraban y hacían comentarios. Creo que el bar, por ese entonces, hubiera podido bien tener mi nombre: su mayor atractivo eran los espectáculos que yo brindaba sin querer. Y cómo no iban a mirarme si habíamos estado viendo, pegados al tv de 50 pulgadas, una conferencia de prensa en vivo en la que los jugadores del plantel profesional del club de la ciudad hablaban de su técnico recién despedido, que estaba por tomarse un café en el lugar. Era difícil abstraerse de esa situación.
Lo que pasó luego no lo recuerdo del todo, para variar. Isabel seguía mensajeando con el teléfono y entre timbre y timbre de su móvil me lanzaba algunos comentarios sobre lo que había pasado. Si hubiera estado consciente al cien por ciento en ese trance, hubiera pensado que algo la turbaba y la ponía nerviosa. Como si algo no estuviera saliendo como ella quería. A mi entender hasta ese momento eramos simplemente nosotros, tomando un café en el Clayhanger, y yo tratando de salir de una resaca final.
─ ¿Cómo que sí? ─ se reía ella, tan dulce ─ te estoy preguntando qué sentís después de lo que acabamos de escuchar. No es una pregunta para contestar si, ¿O si?
─ Perdón, es demasiado todo… ─ no lograba mirarla a los ojos, no sé porqué razón ─ Todo, todo es demasiado. Hay muchas cosas que recordé en estas ultimas horas. Las estupideces qué hice, las cosas importantes que había olvidado. Mi hermana. Mi madre… y cómo saliste de esa situación tan magistralmente…
─ Tenes tus ángeles guardianes, Cristian Pueblos.
Ya lo creía. Su teléfono se iluminaba una y otra vez, sobre todo en un tono azul que, con el sol cayendo, le daban una aura de entidad alada, que surca el cielo tendiendo mantos de cuidado y piedad. Iba y venía. El resplandor azulino iba y venía. Un pequeño puntito blanco también se iluminaba y si uno se fijaba bien, le hacía un destello mas claro sobre la mejilla derecha.
─ ¿Cómo supiste lo de mi madre en ese momento? ─ Estaba a punto de explotar pero el ser de la luz azul me protegía y mantenía unido, no sin algún esfuerzo de mi voluntad ─ Que ella no estaba viva.
─ No lo sabía ─ no me sacaba los ojos de encima, yo apenas podía mirar sus ojos ─ Me di cuenta cuando tomé el teléfono y no estabas hablando con nadie. En las llamadas no había nadie con el nombre “Madre” y la ultima llamada era de esa misma mañana.
Mi madre había fallecido hacía ya cinco años, e Isabel había fingido hablar con ella en ese momento de mi crisis en el entretiempo de aquel partido. Y este gesto es de esos que te abren las puertas del cielo para siempre. No soy católico ni lo era entonces. Pero me gustaba la imagen de los ángeles y del paraíso perfecto para pensarla a ella, siempre amparada por un status quo que acompañe su brindar infinito.
─ Todo esto es demasiado ─ comencé decir mientras me tomaba la cabeza, los codos apoyados en la mesa, ante la visión inerte de las ultimas gotas secas de café en el fondo de la taza. Isabel me hacía preguntas y yo contestaba como podía mientras seguía entrando gente al bar que ya estaba lleno.
─ Parece que hay espectáculo ─comenté, tratando de ver entre mis vidriados ojos.
─ Parece ─ dijo ella.
Algo estaban armando en la parte izquierda del salón, al pie del tv que habíamos estado usando de ventana al club.
─ Así que ahora, a buscarme la vida de vuelta en Argentina. ─ dije, tratando de volver a poner los pies en la tierra ─ Será como volver a la realidad en todo sentido, allá no habría engaño que me impongan mis sentidos. Aunque tampoco tendré ángeles guardianes.
─ Siempre tendrás tus ángeles guardianes, que no tienen nombre y apellido ─ Ella no dejaba de sonreír, pícara ─ Es como si poseyeran a la gente que te rodea. Hoy te rodeo yo, mañana será otra gente. Los llevas con vos y ellos se instalan en otros cuerpos, no hay de qué preocuparse.
─ Como si yo le hiciera bien a alguien…
─ Le haces bien a mucha gente, Cristian, y no me hagas enumerarte las personas que estuvieron tan felices con vos en esta etapa.
Alguien se acercó, alguien de camisa, que no había visto jamás, y le dijo algo al oído a Isabel. Ella asintió con una gigante sonrisa y le hizo un gesto como de “ya voy” a la vez que saludaba a dos personas mas que estaban paradas cerca del tv.
─ Bueno, ya es hora ─ me dijo con la sonrisa mas hermosa que he visto y veré jamás, una que nunca olvidaré, a la vez que se levantaba de la silla ─ ¿Venís?
─ Ya nos vamos? Pensé que nos íbamos a quedar a ver la banda, me vendría bien despej…
─ No nos vamos ─ me dijo ya unos pasos mas allá, señalando el stand que ya estaba armado ─nos cambiamos de mesa.
No entendí. No entendía nada y todo me parecía muy raro. Me levanté dudando y cuando di dos pasos y salimos de atrás de una columna, vi el café entero mirando hacía la mesa a la cual nos dirigíamos que casualmente era la que tenía un par de banners puestos detrás. Todos nos miraban y no era mi impresión esta vez: todos me miraba a mi. Al acercarme mas a estas mesas pude leer el banner y sus letras grandes. Tenía mi nombre y por debajo decía “No Ve, No Arte”. Reconocía este como el titulo de uno de mis poemas. Uno de los poemas que le había mandado a…
─ ¿Isabel? ─ le pregunté pero no me escuchó por los aplausos que ella misma estaba alentando ─ Isabel, ¿qué es esto?
─ ¿Y qué te parece que es?
Miré al rededor de forma cómica seguramente. Creo que di una vuelta entera sobre mis pies mirando todo al rededor y me maree. Mas por el exceso de estímulos que por la vuelta dada. Una pintura de Dalí figuraba como fondo de las imágenes del banner, y al ver que llegaban varias cajas con libros tomé uno. Mientras dos o tres personas dejaron las cajas en las mesas en las que nos sentaríamos, pude ver que el libro tenía en su tapa el mismo diseño que el banner: mi nombre, dicho titulo, y la pintura de fondo de Dalí, esa en la que vuelan gatos negros y un chorro de agua. Rebusqué entre las cajas y todos los libros eran iguales. Todos tenían mi nombre. Todos.
Tomé aire. Gravemente. Abrí el libro. Eran mis poemas. Todos los que le mande al profesor español. La editorial era de Burslem. La ciudad quedaría marcada para siempre. En mi primer libro, y en mi corazón. Compiladores, el profe español y mi ex traductora. Versión en Inglés: la misma mujer, Isabel.
─ Muchas Gracias a todos por estar hoy aquí. Editorial se complace en presentar este libro en un contexto de lo mas peculiar, en un día tan particular para nuestro autor. Esperamos que las desagradables noticias no entorpezcan esta hermosa y cálida velada. Ricardo González e Isabel Peine trajeron, una tarde de lluvia, un montón de papelitos escritos y pensábamos que estaban bromeando. Nos dijeron que eran un montón de poemas de una genialidad y sensibilidad absolutas. Ricardo es profesor de Lengua Hispana en la Universidad de Salamanca, así que no nos quedó otra que creerle ─ el publico rio amablemente ─ Leímos los poemas. Eran geniales de verdad. Pocas semanas después aquí estamos. Orgullosos de poner nuestra editorial al servicio de tan espectacular poeta, y de abrir las fronteras de nuestras letras a otros idiomas. La traducción estuvo a cargo de una “amiga” del autor, Isabel, que supo interpretar muy suavemente las caricias que significaban las letras de Cristian Pueblos. Así es que estamos aquí esta noche, felices de poder disfrutar de la presencia de un poeta nuevo que sale al mundo de la mano de nuestra editorial. ¡Una aplauso por favor para Cristian Pueblos!
Dominguito de dolor de espalda..Ya que no me puedo mover..Al menos, que mi imaginación vuele! Hay que ponerse al dia.#LaTiendaSecreta (parte1) #Capitulo11 ✌La parte 2 el 24. ~Veremos a ver que tal.~ #NoOpinoTodavia #preorder #done 😉 #leeresbueno #IvetteCruztv #ictv #quetulees?! 😊#esperoterminarlahoy😜 Ya tengo cuenta en #goodreads pero llévame suave...😂 #IvetteCruz #kindle y #Amazon mi💖👍😍💰💳💲💸📚😂🌟
Lua senta sozinha no fundo do ônibus em uma poltrona de canto, seus olhos estavam fixos na janela da poltrona vizinha. Através do vidro ela observava um belo pé de ipê rosa, que estava bem distante. Em um quarto de segundo Lua se teletransporta para um flash back. Lua relembra do dia em que conheceu All, era uma manhã fria, o termômetro marcava sete graus, mas com o vento que estava incontrolável, a temperatura parecia estar por volta dos três. Lua estava atrasada para chegar ao colégio, como ela sempre foi toda atrapalhada, ao pegar o celular para conferir as horas, seu gorro rosa é levado pelo vento, ela se vira a todo entusiasmo dando um grande passo para trás, só que ao fazer isto, ela se esbarra em um rapaz que estava vindo em sua retaguarda.
— Meus Deus! Me desculpa moço! - disse Lua com uma voz de desespero.
— Tudo bem moça, acontece. - disse All enquanto se levantava.
— É que o vento levou meu gorro e eu não vi que você estava logo atras de mim.
— A culpa foi minha por estar entretido no celular.
— Não acredito, acho que perdi meu gorro. - disse Lua fazendo um bico de tristeza.
— Não é aquele? - disse All pontando para baixo de uma arvore.
— Onde? Não estou vendo.
All recua para traz e se aproxima da arvore, ao abaixar atras do caule ele se levanta com as duas mãos ocupadas, uma com o gorro da Lua, e com a outra com algo que Lua não consegue ver o que é. All se aproxima de Lua e diz
— É este… - ele faz um leve silêncio e complementa. - Moça do gorro perdido.
Lua sorri. - é sim, diz ela.
Após pedir licença, All coloca o gorro na cabeça de Lua, enfim ele abre a outra mão, era uma linda flor de ipê rosa.
— Uma bela flor, para uma bela dama. - diz All erguendo um puco o lado esquerdo do gorro da Lua e colocando a flor entre sua orelha.
Lua fica toda vermelha e sem reação, All como sempre foi apaixonado por garotas do tipo, ele então toma a iniciativa e pergunta como ela se chamava, me chamo Luana, mas pode me chamar de Lua, All sorri e diz, o brilho dos seus olhos me fez lembrar a lua, pode me chamar de All.
O barulho do ar dos freios do ônibus, traz Lua de volta a realidade. Lua pisca seus olhos três vezes, na terceira levou dois terço de segundo para o abri-los novamente, ela olha a sua volta, e passa a mão ajeitando o cabelo, pois na próxima parada ela desceria.
Chris tentava acalmar Nina, pela terceira vez ele dizia que o pior já passou, e que ela já está bem. Nina se lamenta do outro lado da ligação por morar tão longe da mãe, e diz que irá pegar o próximo voo. Chris desliga a ligação, entrega o celular da Sra. Jobson ao Charlie e diz:
— Vou pra casa, estou exausto.
— Mas, - diz Charlie estendendo o som do “s”, e logo em seguida complementa. - E se ela acordar?
— Bom amigão, só resta eu lhe desejar um ótima sorte, e já ter a resposta que ela te exigiu. - diz Chris dando as costas.
Chegando em casa, Chris liga o home theater e poe para tocar um eletro. Ele pega uma cueca box, entra no suite e se desconecta do mundo.
Na oficina, Jacob estava cheio de serviço, ele então pega o celular para ligar ao amigo, mas ele acaba desistindo e diz em baixa voz - coitada da Sra. Jobson.
Após terminar seu banho, Chris veste sua cueca e vai até a cozinha. Abrindo a porta da geladeira ele pega uma garrafa de leite e sem pensar duas vezes ele destampa-a, fechando a porta da geladeira com os pés, então ele coloca a garrafa de leite sobre a mesa, abre uma das portas do armário e pega um cereal, coloca em uma tigela e come. De barriga cheia e ouvindo sua seleção preferida de eletrônico, ele se joga em sua cama e apaga.
Uma historia com um começo, e um meio, mas cadê o fim?
Capítulo 11 - Florejus e Aniquilou em: Quando as peças não se encaixam mais, é hora de renunciar.
Mesmo não trabalhando mais juntos Luan e Melissa se viram todos os dias da primeira semana de namoro. Os sentimentos recém descobertos em seus corações estavam colocando os dois numa “bolha de amor” que os envolvia de forma intensa. Seu relacionamento não era só de romance, mas era de cheio de algo mais espiritual que os compelia a buscarem juntos mais da presença de Deus em suas vidas.
Melissa não tinha ilusões de que tudo seria perfeito, mas também não esperava que o primeiro “tropeço” no caminho deles chegaria tão cedo.
O culto foi uma benção, a palavra foi sobre Filipenses 4:10-13, e o contentamento no Senhor apesar das dificuldades. Melissa foi chamada para louvar no encerramento do culto e se deparou com Ricardo no último banco da igreja. Tentou se concentrar em transmitir a mensagem do louvor e esquecer-se de ex.
No final ficou conversando com umas amigas enquanto Luan falava com seu pai. Melissa sentia que Ricardo lhe encarava o tempo todo. Despediu-se do namorado e foi para casa com os pais. Chegando lá encontrou Ricardo no estacionamento que disse:
—Oi Seu Roberto, Dona Milena, Sam, Laís... Eu posso conversar a sós com a Melissa um pouquinho?
—Fiquei feliz em te ver no culto Rick. — Falou o pai.
—Só cheguei no final, fui pra falar com a Mel mas ela ‘tava ocupada.
—Tudo bem, vamos deixar vocês à vontade. —Disse e entrou no prédio com a família.
—O que você quer Ricardo? —Perguntou Melissa disposta a acabar logo com aquilo.
—Aquele é seu namorado?
—Sim. Por quê?
—Só queria ouvir de você à confirmação de que realmente as coisas entre nós acabaram.
—Isso você já sabia.
—Mas queria ter certeza. —Nesse momento Ricardo não parecia mais irritado, mas triste. E saiu andando.
Melissa se sentiu até compadecida com Ricardo e resolveu orar por sua vida. “Senhor, tenha misericórdia da vida do Ricardo. Ajude-o a seguir em frente. O Senhor o conhece, sabe o motivo pelo qual ele tem se desviado e agido dessa forma. Mas, por favor, Pai, ajude-o a sair dessa e leve ele de volta para os Teus caminhos. Ensine-o a viver feliz contigo, desfrutando da verdadeira felicidade que é a de estar Contigo. E em Nome de Jesus não permita que ele atrapalhe meu namoro.”
Na noite seguinte, Melissa e Luan estavam sentados abraçados no sofá na varanda do apartamento de dela, quando Melissa resolveu contar sobre Ricardo.
—Já te contei que eu já tive um namorado? —Perguntou tentando disfarçar.
—Acho que não. Mas isso não importa pra mim. ”As coisas antigas já se passaram”, lembra?—Disse ele sorriso e dando um beijinho na ponta do nariz de Melissa.
—É que... Eu preciso contar algumas coisas em relação a ele... A nós dois. —Disse meio insegura.
Luan se afastou do abraço para poder olhá-la enquanto conversavam como sempre fazia. —O que você quer me contar?
Melissa contou sobre seu relacionamento com Ricardo, inclusive sobre o término e o que levou a isso.
—Você achou que isso ia me incomodar? —Perguntou ele.
—Ainda não cheguei na parte que queria contar. —E voltou a contar a história. —Como ele trabalha com meu pai, ele vem muito aqui. E era isso que eu queria saber se te incomoda.
Luan pensou um pouco antes de responder: - Você ainda gosta dele?
—Claro que não!
—E ele?
—Ele diz que sim. Mas o que importa é o que eu sinto.
—Então é essa é a minha resposta: eu me importo com o que você sente! Se você diz que não gosta mais dele, então eu acredito. E independentemente de ele vir aqui ou não, sei que você vai me respeitar.
Melissa começou a sorrir pensando em como tinha feito a escolha certa e agradecendo a Deus por Luan ter aparecido em sua vida.