CAPITULO 5: ELEAZAR, CORRIENDO LA MARATON DEL NARCISIMO PT 2
Ahí, parado entre la multitud, una inquietante claridad lo golpeó: no era parte de esa historia.
No importaba cuánto se esforzara, cuánto amor estuviera dispuesto a dar o qué tanto se entregara al otro… Eleazar ya estaba corriendo su propia carrera, y no solo la del maratón. El viajero, apenas un espectador, noto que el nunca lo busco entre la multitud, nunca pregunto si estaba bien, en ese momento el viajero había confundido el acompañamiento con pertenecer.
La música estridente, los aplausos, los gritos, el murmullo constante de los corredores y sus familiares no lograban opacar ese pensamiento que lo desgarraba desde dentro mientras caminaba para encontrarse con Eleazar. ¿En qué momento su deseo de ayudar se convirtió en una excusa para no quedarse solo? ¿Y por qué había esperado que su presencia significara algo más? ¿Qué era lo en realidad esperaba en ese momento de el?.
El sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja tibio, el estomago de nuestro viajero gruñendo de hambre, cuando por fin vio a Eleazar aparecer entre los corredores, en la meta. Se veía concentrado, fuerte, feliz, junto a sus compañeros, mientras el se acercaba, Eleazar Ni lo vio.
Se quedó quieto, cargando su mochila llena de las cosas de Elezar como la típica pareja abnegada, con la garganta apretada y una sonrisa fingida, como si al sonreír pudiera engañarse una vez más, tratando de adentrarse a la conversacion para ser notado o al menos que el lo presentara con sus demás amigos, los cuales veían al viajero con recelo y un humor que aparentemente se notaria "amigable". Pero ya era tarde. Las dudas no eran las enemigas: era la verdad la que comenzaba a dolerle.
Después de diez minutos —que se sintieron como una eternidad— escuchando hablar de tiempos, marcas, tenis, y anécdotas del maratón, el viajero permanecía ahí, de pie, intentando sostener su presencia como si no pesara. Fingía sonreír, asentía de vez en cuando, pero por dentro era un eco lo que respondía.
Finalmente, Eleazar se giró hacia él con el rostro encendido de emoción y le dijo:
—¿Puedes tomarnos una foto?
El viajero sonrió, con esa sonrisa blanda que se pone cuando uno quiere parecer útil. Asintió con la cabeza y tomó el celular que Eleazar le extendía. Le tomó la foto a él y a sus dos amigos, que posaban abrazados, victoriosos. Luego, una más de Eleazar solo, con su medalla colgando y esa sonrisa que parecía brillar incluso más que el sol.
En algún rincón discreto de su mente, el viajero imaginó —o quizás deseó con todas sus fuerzas— que Eleazar le diría: “Ahora una de nosotros dos.”
Eleazar simplemente recuperó su celular, agradeció con un gesto breve y volvió al centro de la conversación. Era como si el viajero hubiera sido un extraño amable que pasaba por ahí. Ni una palabra, ni un “¿cómo estás?”, ni una mirada que lo buscara. Nada.
Y ahí volvió a sentir un golpe en el corazón, pero siguió sin darle importancia
El viajero sintió que la tierra se abría bajo sus pies, pero nadie más lo notó. Porque no hubo un grito, ni un reclamo. Solo un silencio devastador, de esos que nadie escucha, pero que pueden partirte por dentro.
Cuatro personas se disponían a ir a desayunar, aún eufóricas, hablando sin parar sobre lo vivido. Caminaban en fila por la banqueta, entre risas, comentarios y planes para la próxima carrera. El viajero iba al final del grupo, todavía cargando la mochila de Eleazar, como lo había hecho desde antes del amanecer. Nadie se lo pidió, pero tampoco nadie se lo agradeció.
Eleazar iba adelante, con uno de sus amigos. Reía con fuerza, contaba algo que todos escuchaban con atención. El viajero los seguía, como una sombra que no encontraba su lugar bajo el sol.
De pronto, uno de los amigos se volvió hacia él y le lanzó una pregunta con tono amistoso, pero sin real interés:
—¿Y tú por qué no corres?
Antes de que pudiera responder, Eleazar se adelantó:
—Ya le dije que tiene todo para dedicarse a las carreras. Está alto, delgado… si entrena, seguro la arma.
El viajero apenas esbozó una sonrisa, sin saber bien qué decir. Ni siquiera sabía si ese comentario venía del afecto o de la burla.
Otro amigo, curioso, insistió:
—¿Y tú, entonces qué haces?
Una vez más, Eleazar contestó por él, sin darle tiempo ni permiso de hablar por sí mismo:
—Según va al gimnasio, pero yo creo que ni hace nada… ni s ele nota que haga algo, ¿verdad?
Una carcajada general estalló entre los tres. El viajero soltó una risa débil, automática, mientras su estómago se encogía en silencio. Era esa risa que uno lanza cuando no sabe si debe defenderse, desaparecer o seguir fingiendo que no duele.
Y entonces, en ese momento, sin entender todavía qué acababa de pasar, algo en él se quebró del todo, sin embargo volvió a visualizar esa sonrisa hipnotizante y prefirió callar.