Día 1825
Condado de Skotady Bird, 15 de Junio.
El cielo de Blueberry Cotton se teñía de rojo para dar paso al crepúsculo. El buen tiempo se había adueñado de ese pueblo, el cual solía ser tranquilo y apacible, más ahora, en plenas fiestas estivales solo se escuchaba el bullicio de las personas en la feria, chiquillos vociferando y risas por doquier, acompañados de una música country ensordecedora.
Ese día era especial para la familia González; estaban de celebración por el cumpleaños de su hija pequeña, Ámbar, quien era reconocida en todo el pueblo por sus ojos, a los que hacía honor su nombre: naranja claro que, dependiendo de las circunstancias, se tornaba amarronado o con pequeños destellos amarillentos. Los González ejercían medicina alternativa, y poseían varios terrenos donde cultivaban sus plantas medicinales; aún así vivían humildemente en una casita pequeña de dos pisos de ladrillo negruzco disimulado por desmesurados y salvajes bejucos.
La señora González, Eva, estaba decorando la tarta casera que con tanto esmero había estado preparando todo el día. Le faltaba poner unos pétalos de núrmel, flores silvestres anaranjadas, que había recogido en el campo esa mañana. Su marido, Bren, entró en la cocina con una sonrisa que irradiaba completa felicidad y abrazando por la cintura a Eva la dio un beso casto en la cabeza.
— Cariño te ha quedado estupenda — comentó evaluando la tarta que tenía ante sus ojos, — ¿voy a buscar a la pequeña?
Eva agradecida se echó hacia atrás apoyando su cabeza en el hombro de Bren. Miró su creación y suspiró, a su hija le iba a encantar y eso le hacía muy dichosa.
— Sí, ve a buscarla mientras pongo los...
— ¿Pétalos de núrmel? — inquirió Bren con una sonrisa burlona.
— ¡Sí! Y oye — le dio un pellizco en el brazo, — a Ámbar le encantan a sí que menos sonrisillas tontas.
— ¿Has visto? Aún me atontas mujer — se defendió estoicamente y su boca volvió a torcerse en una medio sonrisa al ver como su mujer ponía los ojos en blanco. Salió de la cocina en busca de su hija y empezó a subir las escaleras que llevaban al segundo piso donde se encontraban las habitaciones.
— ¡Ámbar! ¿Dónde andas, renacuaja? — cantó mientras silbaba la melodía de “Happy Birthday”. Él pensaba que todo el mundo debería celebrar su cumpleaños y ser feliz al menos ese día.
Al no obtener respuesta intuyó que la pequeña se habría dormido, aunque le pareció algo raro teniendo en cuenta el escándalo que se oía por todo el pueblo y retumbaba en las paredes de la casa.
— ¿Ámbar?— Preguntó mientras abría con cuidado la puerta de su habitación.
No había mucha iluminación; La escasa y rojiza luz que dejaba traspasar una cortina, suavemente ondeada por la brisa de primavera, proyectaba una sombra en el suelo. Bren miró hacia arriba hasta toparse con una niña flotando en el aire con los ojos en blanco.
Un grito asoló la casa. Después de unos segundos se unió a él otro más agudo. El silencio se adueñó de la casa de los González mientras los feriantes anunciaban a los ganadores de un sorteo ante la atenta mirada de los adultos y el griterío de niños que se divertían jugando, aprovechando que nadie les vigilaba.









