Y siempre que me dice:
Yo te escucho.
Yo pienso…
SAAALE CULIAO, QUE VAY’ANDAR ESCUCHANDO WEAS.
seen from France
seen from Netherlands
seen from Netherlands

seen from France
seen from Japan

seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from Ecuador

seen from Australia
seen from France

seen from Spain
seen from Russia
seen from France
seen from United States

seen from United States
seen from Germany

seen from Canada

seen from Germany
seen from France
Y siempre que me dice:
Yo te escucho.
Yo pienso…
SAAALE CULIAO, QUE VAY’ANDAR ESCUCHANDO WEAS.
La Y que me hizo imaginar.
Lo vi… y algo en mí se desordenó completo.
No era solo él.
Era todo lo que creí que podía pasar.
Por un segundo quise correr y besarlo,
como si ya fuera mío,
como si todo lo que dijo antes hubiera sido real.
Pero no.
Ahí estaba él… distante, normal, ocupado.
Y yo, tragándome las ganas,
preguntándome en qué momento confundí palabras con intención.
Porque sí… me dijo que me extrañaba.
Que quería verme.
Que quería besarme.
Y yo… lo sentí de verdad.
¿Tan fácil es hacerle creer a alguien algo así?
¿Tan fácil fue conmigo?
Me da rabia… pero más me da pena.
Porque mientras él jugaba con la idea,
yo ya estaba sintiendo.
Yo no lo veía como un rato.
Lo veía como una posibilidad.
Y eso es lo que más duele:
darle valor a alguien que nunca estuvo a tu altura emocional.
Porque me encanta, sí.
Me encantan sus ojos, su piel, su boca…
pero no alcanza.
No alcanza cuando no hay intención.
Cuando no hay claridad.
Cuando no hay ganas reales de estar.
Y yo ya no soy esa mujer que se queda esperando a ver qué pasa.
Ya no.
Ya pasé por demasiado como para aceptar migajas disfrazadas de “quizás”.
Hoy quiero que me elijan.
Sin dudas.
Sin excusas.
Sin juegos.
Porque aunque me duela admitirlo…
yo sí fui real.
Y tal vez cuando se dé cuenta,
cuando entienda lo que tuvo al frente y no supo sostener…
ya no voy a estar.
Y ahí sí,
la va a haber embarrado.
Maternidad neurodivergente
Dicen que hay personas “difíciles de amar”.
Y durante mucho tiempo, pensé que yo era una de ellas.
Crecí siendo una hija neurodivergente sin contención,
aprendiendo sola a entender un mundo que muchas veces no me entendía a mí.
Hasta que un día sentí lo que era que alguien se quedara…
y también lo que era que se fuera, como todos.
Y ahí volví a pensar lo mismo:
quizás soy demasiado,
demasiado intensa,
demasiado difícil,
demasiado todo.
Pero hoy soy mamá.
Y cuando mi bebé de cuatro meses llora,
lo abrazo fuerte.
A veces me desespero,
a veces siento que su llanto incomoda a otros,
a veces solo quiero que pare…
pero no porque me moleste,
sino porque no quiero que sienta ni un segundo
lo que yo sentí.
Quiero que sienta amor.
Aunque yo todavía esté aprendiendo lo que eso significa.
Y en medio de todo eso entendí algo:
quizás nunca fui difícil de amar…
quizás solo fui una niña que necesitaba más amor del que recibió.
Y hoy, con mis brazos,
estoy intentando cambiar esa historia.
Dudas.
Hay una parte de mí que ya lo sabe, aunque me cueste admitirlo.
No es falta de amor… es falta de claridad. Y la claridad también es una forma de amor.
Me descubro esperándolo en silencios que no dicen nada,
en gestos que nunca terminan de llegar,
en palabras que imagino, pero que él no pronuncia.
Y entonces me pregunto si soy yo,
si estoy pidiendo demasiado,
si amar así —con ganas, con intención, con verdad—
es algo que simplemente aún no me toca.
Pero en el fondo… no se siente así.
Se siente más bien como estar sosteniendo algo sola,
como intentar leer un lenguaje que nunca fue escrito para mí.
Porque cuando alguien quiere, se nota.
No perfecto, no ideal… pero se siente.
Hay presencia, hay intención, hay un “aquí estoy” que no necesita traducción.
Y lo que hay aquí, en cambio,
es un vaivén que me desordena,
una cercanía que no se queda,
una duda que se repite demasiado.
Tal vez no es que yo no esté lista para amar.
Tal vez es que estoy lista para algo que él no sabe —o no quiere— ofrecer.
Y duele… porque yo no quería un momento,
no quería un juego,
no quería ser un gusto pasajero en la historia de alguien más.
Yo quería quedarme.
Quería construir.
Quería ese tipo de amor que no se esconde ni se duda.
Quizás la respuesta nunca llegue en palabras.
Quizás ya está aquí, en todo lo que no hace, en todo lo que no dice.
Y aunque una parte de mí quisiera seguir esperando,
hay otra —más silenciosa, pero más sabia—
que empieza a soltar.
No porque no sienta,
sino porque empiezo a entender
que también merezco ser elegida sin confusión.
Y tal vez…
ese sea el verdadero comienzo.
Tengo miedo que sea solo carnal y eso conmigo no va.
Oficializamos los cuatro meses.
Qué intenso ha sido todo. Siento que el tiempo no avanza en línea recta, sino en oleadas: cada mes, cada semana, incluso cada día, trae algo nuevo que me remueve, me enseña y me cambia.
Mi hijo crece. Está más despierto, más presente, más él. Y yo lo miro entre dos emociones que conviven: la nostalgia por ese recién nacido que ya no está, y la admiración profunda por quien se está convirtiendo. A veces también aparece la incertidumbre, esa sombra silenciosa que se instala cuando no hay respuestas claras sobre su salud. Y en medio de todo, sigo, esperando claridad, aferrándome a la calma cuando logro encontrarla.
Yo también he cambiado. He caminado por lugares oscuros, de esos que cansan el alma, y por otros llenos de luz donde todo parece tener sentido. Hoy me siento más viva. Más consciente. Cerré una etapa emocional que, aunque dolió, era necesaria. Lo sé porque mi corazón, de a poco, se siente más liviano.
Tengo ganas de crecer, de construir algo propio, de avanzar en lo profesional. Hay impulso, hay intención. En lo emocional, en cambio, avanzo distinto: con más cuidado, con más criterio. No estoy cerrada, pero ya no me conformo con lo incompleto.
El cuerpo también habla. Estoy cansada. Hay dolores nuevos, un desgaste que no puedo ignorar. No sé si es la maternidad, la historia que cargo, o ambas entrelazadas. Probablemente ambas.
Tengo muchas dudas y pocas certezas. Pero esas pocas… son firmes. Y hoy elijo sostenerme en ellas.
Cuatro meses después, no soy la misma.
Y aunque a veces no sé exactamente hacia dónde voy, sí sé que estoy avanzando.
ABRIR Y FLUIR
Llegó marzo, y Salvador ya va camino a sus 4 meses… 🌿
Y con este mes, también llegaron nuevas sensaciones.
Hoy me siento lista para salir al mundo. Siento que todo lo que viví estos últimos días vino a recordarme mi valor, como persona y como mamá. Porque sí, me ha costado… pero lo estoy haciendo bien. Y hoy, desde la calma, lo puedo reconocer.
Estoy tranquila. Me siento mucho mejor.
Me estoy reencontrando con algo que había olvidado: mi libertad.
Y me estoy enamorando de ella.
Hace mucho tiempo no dormía así… hoy descansé, y mi hijo estuvo conmigo en cada momento, acompañándome, creciendo. Está tan grande… y es, sin duda, lo más hermoso que le ha pasado a mi corazón.
Con todo esto, también renacen en mí las ganas de volver a independizarme, de abrirme al mundo, de conocer personas. Porque ahora tengo claridad: sé lo que quiero, sé lo que necesito, sé dónde estoy… y hacia dónde voy.
Me lleno de amor.
Me lleno de orgullo.
Me abrazo en todo lo que soy hoy.
Y también me abro al aprendizaje, incluso en lo que todavía incomoda… porque ahí también hay crecimiento.
Hoy, desde la paz, puedo decirlo:
Al fin, cierro un ciclo. ✨
Floreceremos
En algún momento, sin hacer ruido, la vida empezó a cambiar.
Hoy desperté distinta. No fue algo evidente, no hubo fuegos artificiales ni anuncios, pero sí una calma nueva, una energía suave que me recorrió el cuerpo como si por fin pudiera respirar profundo. Como si algo dentro de mí, que llevaba mucho tiempo en tensión, por fin se soltara.
Mi hijo está bien. Está mejor. Avanza, sonríe, florece frente a mis ojos… y en su risa hay algo que me devuelve la vida entera. No sabía cuánto necesitaba verlo así hasta que lo vi.
Y yo… yo también estoy sanando.
Hace unos días sacaron de mi cuerpo algo que no debía estar ahí. Y hoy lo siento: no solo fue físico. Es como si junto con eso se hubiera ido un peso invisible, una sombra que ya no me pertenece.
¿Cómo no va a ser un gran día?
Siento que vienen cosas importantes. No desde la ansiedad, sino desde una certeza tranquila, de esas que no necesitan explicación. Como si la vida, de a poco, comenzara a abrirse… como un botón de flor que por fin se atreve.
Aún hay cosas por ordenarse, sí. Pero ya no duele igual. Ya no pesa igual.
Porque ahora lo veo: hay caminos que se están abriendo, hay frutos que empiezan a formarse, hay luz entrando por lugares donde antes solo había espera.
Y yo ya no estoy resistiendo.
Ahora estoy aquí… aprendiendo a recibir.
Han sido días difíciles.
No sé cómo empezar, porque cuando el cansancio es tan grande, las palabras también pesan.
El sol cae implacable sobre mi ciudad, como si no supiera que ya estoy ardiendo por dentro. Los trámites me han consumido más de lo que imaginé; he tenido que aprender idiomas que nunca quise hablar: el de las oficinas, el de los formularios, el de defenderme sin temblar. He tenido que sacar fuerzas de un lugar que creí vacío.
He ido a lugares donde jamás pensé estar.
He puesto la voz firme en salas donde por dentro solo quería llorar.
He sostenido papeles con manos que preferían sostener descanso.
Gracias a Dios, mi hijo está bien.
Y cada día lo amo más. Lo miro y me cuesta creer que algo tan perfecto haya salido de mí. Es pequeño, pero es mi gigante. Es mi ancla cuando todo se mueve. Es la razón por la que, incluso rota, sigo de pie.
A veces quisiera que durmiera un día entero. No por huir de él, sino para poder caer yo. Para dormir sin sueños pesados. Para descansar de esta pena que cargo como una mochila invisible.
Enfrentarse a la realidad es un golpe seco.
Volver a empezar es aceptar que la historia no fue como la imaginé.
Y eso duele.
Duele el orgullo herido.
Duele la decepción.
Duele la rabia que no siempre tiene dónde ir.
Pero no me detendré.
Mi bebé ya va a cumplir tres meses. Tres meses de noches cortadas, de lágrimas silenciosas, de aprendizajes forzados. Tres meses siendo más fuerte de lo que creí posible.
Está lo más hermoso.
Y yo, aunque cansada, sigo aquí