Los caballos siempre han tenido grandes vínculos con lo sobrenatural, poseyendo connotaciones tanto positivas como negativas. Y, si hablamos de caballos malignos, rápidamente nos vienen varios a la cabeza. Sin ir más lejos el término inglés para pesadilla, nightmare (literalmente “yegua de la noche”), nos da una idea de cómo estos animales vistos hoy como nobles monturas podían ser asociados a los temas más oscuros. Igualmente en Inglaterra habitaban los famosos Kelpies, criaturas acuáticas que se presentaban ante los hombres bajo la apariencia de mansos corceles para luego llevar a las aguas y ahogar a todo el que osaba montarse en ellos. Por España, cómo no, también galopan varios equinos espantosos.
La tradición popular nos habla del Caballo sin cabeza que, según creían los navarros, recorría los montes de Zuberoa y los valles de Vibe, siendo su visión un inequívoco presagio de muerte. Quizá la testa que le faltaba a este era la que tenía de más el Caballo de dos cabezas, criatura bicéfala que tiraba de un carro lleno de troncos por el valle de Aragües (Huesca). Una de sus cabezas era blanca y la otra negra, y cada una quería tomar una dirección distinta dificultando su travesía de manera inimaginable.
Las procesiones de difuntos o cacerías salvajes del norte de Europa también montaban caballos, hecho que en nuestra península toma forma en los mitos de los “cazadores malditos”. En Valencia se hablaba de la Jaca de fuego, un caballo llameante que galopaba por las huertas de Benarrés durante el día de difuntos. Al parecer se trataría de una evolución del mito mallorquín del Conde Mal, que a su vez proviene del legendario Comte Arnau catalán, sanguinario noble que, debido a sus muchos crímenes, fue condenado por Dios a cabalgar sobre un caballo espectral por toda la eternidad mientras persigue una pieza de caza que nunca logra capturar. Este personaje, ya de por sí terrorífico, era a menudo utilizado como asustaniños. Sin movernos de Cataluña, concretamente en el cabo de Creus (Girona), encontramos a otro animal equino y terrible con el que se amenazaba a los niños díscolos. Se trata del Cavall tonto (“caballo tonto”), un caballazo enorme y oscurísimo que tenía un método de lo más peculiar a la hora de capturar chiquillos desobedientes. El Cavall tonto acudía a la casa donde vivía el niño en cuestión y comenzaba a llamar con su morro a la puerta. Se trataba de un animal incansable, pues repetía esta acción incesantemente hasta que alguien le abría. Cuando esto ocurría, el caballo agarraba a los muchachos con sus dientes y los montaba en su grupa, para luego salir disparado hacia su morada, ubicada en una caverna de la montaña de Sant Pere de Roda. Una vez allí, y por si fuera poco tras la infernal galopada, devoraba a sus jóvenes jinetes. En resumidas cuentas, un animal encantador.