Crónicas nóctambulas #810 - Cercenado
Mientras la noche fría consumía cada pedazo de sus huesos, la escarcha cristralizaba sus nervios y le hacía sentir que los músculos parecían glaciares. Se movía a través de una helada, tan monumental como un pilar recién sincerado que se despedazaba estallando mármol en sus costados. Como buques de metal negro atravesando el ártico hacía su avance, lento y tortuoso era la travesía con sus extremidades más pesadas que el plomo y a pesar de estar inmerso en una bóveda de hielo, entraba en combustión con el oxígeno que la sangre bombeaba violentamente. Su mirada, tres horizontes hacia adelante, no se despegaba del norte y lo perforaba con tal determinación que parecía abrir una muesca en el aire, el cual le cortaba la frente, su saliva producía estalactitas y estalagmitas que cruzaban el aire a un ritmo constante, soplos de vaho abandonaban su mandíbula y se perdían en un cielo diurno de luz metalica, la luna emitía rayos de mercurio se esparcían y reflejaban por todo el bosque manchado con pinos de un verde oscuro.
-¡¡¡AAAAAAAABNIIIIIIIIR!!!-. Escuchó.
Soltó un suspiro desgarrador y cayó de bruces. Sabiéndose muerto, no quedaba más remedio. Se palpo con el dedo índice y el medio la yugular en el cuello y fiero como un felino se rompió la tráquea. Grito como maldito y se convulsionó en la nieve echando chorros de sangre hirviente por la boca, los chorros pintaban y derretían el hielo que encontraban. Su garganta no dejo de pasar aire a los pulmones que, lo expulsaban en forma de alaridos ahogados por la sangre atorada en su laringe, los gritos no se detuvieron hasta haberle cercenado la cabeza. El aire se deformaba al rededor de su recién destazado cuello y se llevaba los gritos mudos. Una lanza de metal, corroída por el sarro y oxidada por la sangre, atravesaba transversalmente desde la mitad de su mandíbula para salir por la parte más alta de su cráneo. La boca de Abnir se abría en una "O" mientras sus extremidades eran el festín de las bestias de búsqueda, eran manchas de un negro hipnótico que contrastaba con la nieve, una ventizca removió los jirones manchados de sangre que tenían por pelaje.
Más determinación en el mundo no pudo haber como la que Abnir sintió al intentar tal proeza y aún así, falló. Más ganas de vivir no existieron nunca como las de Abnir mientras cruzaba aquel desierto helado y aún así, murió.