La cuachalota
A veces, pocas veces, tengo ganas de hacer amigos. Me levanto con el pie izquierdo, no acierto al azúcar en mi café o mi querida no me escribe tan pronto como de costumbre. No importa cuál sea el motivo, lo que realmente importa es quien se cruzará en mi camino. Es más que una moneda al aire, más que un lanzamiento de dados, es una ruleta en la que no soy apostador, pero sí puedo ser ganador.
Así pasó cuando conocí a la norteña, la cuachalota de los pelos morados. Decidí dirigirle la palabra por mero gusto, éramos tan cercanos como lejanos en diversos aspectos. Misma edad en años, diferente en apariencia. Misma independencia, diferentes propósitos. Mismos anhelos, diferentes maneras. Aparentemente podía funcionar y proyectarse tan lejos como hubiésemos querido, pero no, su pensamiento era inconsistente e incierto, tanto como lo era el color en su cabello.
¡Y qué desagradable! aquellas personas aficionadas a la polémica que se integran a tendencias actuales enmascarando y violando su propio pensamiento. Elegí mi salud dental antes que comerme semejante dulce. Hoy es morado, ayer era rojizo caoba y mañana será balayage caramelo. Me gusta la fantasía, me encanta cuando es rosa y cuando está sólo en el cabello, para así acariciarlo, peinarlo y ponerle mis moños.
Seré muy apasionado de lo azucarado, pero eso no significa que la envoltura no sea importante para mí.















