Chata e Inés, turistas.
Las primeras turistas que yo conocí se llamaban María Luisa, Chata, e Inés. Ellas eran diferentes a los kampotarras que llegaban a Zestoa cada año. Chata e Inés viajaban. Pasaban sus veranos en las playas del Mediterráneo. Llevaban gafas de sol, bolso y sombrero de esparto, sandalias. Muchas veces un libro en el bolso, para leerlo sobre la arena.
Yo era un niño de doce años aquel verano de 1976 cuando llegaron a mi casa. Las trajo desde Madrid mi hermana, que volvía en sus vacaciones al reencuentro con su familia. Eran clientas del Gran Vuelo, el bar de don Aquilino y doña Oliva. Allí se forjó una bonita amistad que había propiciado doña Oliva y que acabó diluyéndose con el tiempo.
Durante los dos veranos que estuvieron en nuestra casa, se hicieron también amigas de la familia. Así, sin ningún otro mérito que la suerte, me convertí de su mano en un pequeño turista; un turista mascota con dedicación plena a los pequeños placeres que la costa de Gipuzkoa ofrecía entonces. Supongo que ahí me entró el veneno del turismo. Ese veneno nunca se ha ido.
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La estación del tren Urola en Zestoa, Cestona Villa decía un cartel, tenía un parque hermoso de altos olmos. Por el parque se accedía a una puerta que conducía a la casa del jefe de estación y, bajando unas escaleras, a la sala de espera. En las tardes de verano, tardes de playa, a primera hora la chavalería de Zestoa y algunos kampotarras nos apretujábamos en la sala y en los bancos exteriores junto a las vías. Había colgada en la pared una pizarra negra de metal donde se leía en letras blancas las horas y destinos de los trenes que partían de Zumarraga, estación a la que llegaba nuestro Urola. En el tiempo de espera, leía aquellos nombres una y otra vez, preguntándome si algún día yo llegaría a esos lugares. Iban a ciudades que sonaban muy lejanas y que solo conocíamos porque se mencionaban en la escuela o porque conocíamos algún niño kampotarra que era de allí. De Zaragoza, muy frecuente. Pero había otros lugares enigmáticos. Ventas de Baños, Fuentes de Oñoro… Entonces no sabíamos que eran ni donde estaban.
El tren asomaba desde una curva tras cruzar el río y un murmullo nervioso ponía a todo el mundo en acción. Chata e Inés reían y dejábamos que los vagones se fueran llenando. A veces iban de verdad muy llenos. Si hacía buen tiempo, los vagones llevaban unas plataformas abiertas a cada lado, atiborradas de gente joven.
En Zumaia hacíamos transbordo del Urola al Vascongado, que nos llevaba a Zarautz, la playa de mas renombre. Al malecón, mucho mas estrecho que el de ahora, se asomaban hoteles y villas de veraneo, al poco derribadas. Los locales y los turistas, y ya entonces Zarautz tenía un tímido turismo internacional, alquilábamos en la playa uno de sus bonitos toldos de rayas de colores. Los toldos llevaban aparejados un banquito diminuto y una sillita azul. Las horas pasaban largas. Chata e Inés leían Papillon, una novela para adultos, entonces de moda. Los toldos y las sillitas siguen allí, en la playa de Zarautz, siempre ocupadas por bañistas.
Con el Vascongado fuimos también a otros muchos sitios. A Deba. A Orio. A cumplir la tradición de comer besugo en Xixario. Cada vez que he vuelto allí me llega la memoria de aquel día. Las mesas corridas, el mantel a cuadros y el humo del carbón en el calor del mediodía bajo el toldo blanco. El pescado, y el cornete de postre. Xixario, aunque se ha refinado, apenas ha cambiado. Fuimos también a Hondarribia, a su playa. Y a Donostia, como no.
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Una tarde que íbamos en dirección a Azpeitia de visita al santuario de Loiola, el tren Urola, que era un tren eléctrico, se detuvo al poco de pasar la estación Cestona Balneario. Sucedía muchas veces, cuando había algún fallo en la corriente. Podía ser unos minutos de estar detenidos, o un buen rato. Hacía mucho calor en aquellos vagones de metal y madera. La humedad del Cantábrico se hace pegajosa en los días de calor. El aire estaba detenido. En cada asiento se formó la sombra de un doble círculo que no era sino la huella de nuestros traseros en la madera. Poco después el tren echó a andar, tras hacer sonar su sirena, que era como un lamento. Al poco cayó una fuerte tormenta, que aquí llamamos galerna; se producen en verano, tras un día de bochorno, y llegan súbitamente del mar refrescando el ambiente.
Al llegar a Loiola, las piedras grises de la basílica, aún empapadas, brillaban con los reflejos del sol de la tarde.
27/06/2020

















