A calm bathing spot in Zestoa (Gipuzkoa) [x]
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A calm bathing spot in Zestoa (Gipuzkoa) [x]
New photo: Shakira and Gerard Piqué at a toll booth in Zestoa (Basque Country), Spain. (May 29, 2021)
Last weekend, Shakira and Gerard Piqué went to the Basque Country with Milan and Sasha to spend a few days. According to some local spanish press, their visit is apparently also related to "professional reasons".
Chata e Inés, turistas.
Las primeras turistas que yo conocí se llamaban María Luisa, Chata, e Inés. Ellas eran diferentes a los kampotarras que llegaban a Zestoa cada año. Chata e Inés viajaban. Pasaban sus veranos en las playas del Mediterráneo. Llevaban gafas de sol, bolso y sombrero de esparto, sandalias. Muchas veces un libro en el bolso, para leerlo sobre la arena.
Yo era un niño de doce años aquel verano de 1976 cuando llegaron a mi casa. Las trajo desde Madrid mi hermana, que volvía en sus vacaciones al reencuentro con su familia. Eran clientas del Gran Vuelo, el bar de don Aquilino y doña Oliva. Allí se forjó una bonita amistad que había propiciado doña Oliva y que acabó diluyéndose con el tiempo.
Durante los dos veranos que estuvieron en nuestra casa, se hicieron también amigas de la familia. Así, sin ningún otro mérito que la suerte, me convertí de su mano en un pequeño turista; un turista mascota con dedicación plena a los pequeños placeres que la costa de Gipuzkoa ofrecía entonces. Supongo que ahí me entró el veneno del turismo. Ese veneno nunca se ha ido.
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La estación del tren Urola en Zestoa, Cestona Villa decía un cartel, tenía un parque hermoso de altos olmos. Por el parque se accedía a una puerta que conducía a la casa del jefe de estación y, bajando unas escaleras, a la sala de espera. En las tardes de verano, tardes de playa, a primera hora la chavalería de Zestoa y algunos kampotarras nos apretujábamos en la sala y en los bancos exteriores junto a las vías. Había colgada en la pared una pizarra negra de metal donde se leía en letras blancas las horas y destinos de los trenes que partían de Zumarraga, estación a la que llegaba nuestro Urola. En el tiempo de espera, leía aquellos nombres una y otra vez, preguntándome si algún día yo llegaría a esos lugares. Iban a ciudades que sonaban muy lejanas y que solo conocíamos porque se mencionaban en la escuela o porque conocíamos algún niño kampotarra que era de allí. De Zaragoza, muy frecuente. Pero había otros lugares enigmáticos. Ventas de Baños, Fuentes de Oñoro… Entonces no sabíamos que eran ni donde estaban.
El tren asomaba desde una curva tras cruzar el río y un murmullo nervioso ponía a todo el mundo en acción. Chata e Inés reían y dejábamos que los vagones se fueran llenando. A veces iban de verdad muy llenos. Si hacía buen tiempo, los vagones llevaban unas plataformas abiertas a cada lado, atiborradas de gente joven.
En Zumaia hacíamos transbordo del Urola al Vascongado, que nos llevaba a Zarautz, la playa de mas renombre. Al malecón, mucho mas estrecho que el de ahora, se asomaban hoteles y villas de veraneo, al poco derribadas. Los locales y los turistas, y ya entonces Zarautz tenía un tímido turismo internacional, alquilábamos en la playa uno de sus bonitos toldos de rayas de colores. Los toldos llevaban aparejados un banquito diminuto y una sillita azul. Las horas pasaban largas. Chata e Inés leían Papillon, una novela para adultos, entonces de moda. Los toldos y las sillitas siguen allí, en la playa de Zarautz, siempre ocupadas por bañistas.
Con el Vascongado fuimos también a otros muchos sitios. A Deba. A Orio. A cumplir la tradición de comer besugo en Xixario. Cada vez que he vuelto allí me llega la memoria de aquel día. Las mesas corridas, el mantel a cuadros y el humo del carbón en el calor del mediodía bajo el toldo blanco. El pescado, y el cornete de postre. Xixario, aunque se ha refinado, apenas ha cambiado. Fuimos también a Hondarribia, a su playa. Y a Donostia, como no.
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Una tarde que íbamos en dirección a Azpeitia de visita al santuario de Loiola, el tren Urola, que era un tren eléctrico, se detuvo al poco de pasar la estación Cestona Balneario. Sucedía muchas veces, cuando había algún fallo en la corriente. Podía ser unos minutos de estar detenidos, o un buen rato. Hacía mucho calor en aquellos vagones de metal y madera. La humedad del Cantábrico se hace pegajosa en los días de calor. El aire estaba detenido. En cada asiento se formó la sombra de un doble círculo que no era sino la huella de nuestros traseros en la madera. Poco después el tren echó a andar, tras hacer sonar su sirena, que era como un lamento. Al poco cayó una fuerte tormenta, que aquí llamamos galerna; se producen en verano, tras un día de bochorno, y llegan súbitamente del mar refrescando el ambiente.
Al llegar a Loiola, las piedras grises de la basílica, aún empapadas, brillaban con los reflejos del sol de la tarde.
27/06/2020
Don Aquilino y doña Oliva, veraneantes
El 15 de junio de cada año llegaban a Zestoa los kampotarras, los agüistas, los veraneantes. Durante todo el verano, animaban las calles y los muchos hoteles que teníamos combinando todo tipo de actividades mundanas con la tarea inexcusable de beber el agua del Balneario, pues ese era el objetivo o tal vez la excusa que les empujaba a llegar a nuestro pueblo chiquito. Los veraneantes nunca lo llamaron Zestoa. Para ellos siempre fue Cestona y para nosotros los zestoarras, todavía hoy, ese nombre tiene el regusto del tiempo del balneario y el veraneo.
Eramos entonces la sensación del valle del Urola.
Yo conocí en mi preadolescencia, a mediados de los setenta, los últimos coletazos de aquellos años. Además del Balneario con su entonces vetusto Gran Hotel, muchos otros establecimientos seguían abiertos, aunque con la clientela mermada. El Gisasola junto a la estación, Blasa en el centro del pueblo, Arocena aún elegante. Irure, Arteche y Asunción anunciando ya la decadencia. Aunque hubo kampotarras que se resistieron hasta el último momento a abandonar el veraneo en su Cestona, los balnearios fueron pasando de moda. La sociedad había cambiado, y la medicina también. Qué cosa ridícula pareció de repente tomar agua cuando con una pastilla todo se soluciona.
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Doña Oliva venía a mi casa muchas mañanas a la hora del aperitivo. Mi madre le sacaba con afán un bitter Kas y unas aceitunas en la mesa de la cocina y las dos se enredaban en una animada charla que lideraba siempre doña Oliva. Era de Madrid, simpática, tenía mundo, producía respeto y sus visitas eran un honor para la casa.
Don Aquilino y doña Oliva venían todos los años a Cestona. Ella necesitaba el agua del balneario para su riñón. Se hospedaban en una pensión pero a las comidas y cenas acudían siempre al bar Herrero, un lugar, casi una institución, muy popular entonces. El bar lo regentaba Perico, grueso, con su pelo blanco, cortado a cepillo, y su hermana Puri. Detrás del mostrador del bar se exhibían oscuras botellas colocadas en un anaquel de madera pintada y tallada con vides. Todas las paredes estaban cubiertas de un plástico verde acanalado y adornadas, de cuando en cuando, por unas macetas con flores y golondrinas, también de plástico. Esta decoración, que recuerdo vivamente, tuvo que ser muy moderna y chic allá por los sesenta.
En el bar Herrero, conocieron a mi hermana Matilde, que era jovencísima camarera. La pareja vio cualidades y cada año le pedían se fuera con ellos a trabajar a su taberna en Lavapiés, el Gran Vuelo. Y Matilde allí se fue unos años, a Madrid, tan lejos. Por suerte mi hermana nos fue devuelta y por desgracia Doña Oliva se fue haciendo mayor y dejó de visitar nuestra casa, y Cestona.
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Una noche de verano, de esas templadas y dulces, se incendió el hotel Blasa. Las llamas se veían en todo el pueblo, pasando por encima de los tejados. Los niños salimos de nuestras casas, los jóvenes del cine, los kampotarras de sus hoteles. Todos quisimos verlo. Supimos que el fuego se había iniciado en la cocina y que las llamas habían corrido por el tiro de la chimenea, dando tiempo de escapar a los espantados clientes. En unas horas no quedó sino cuatro muros calcinados y un hermoso magnolio, ennegrecido por el humo, en medio del jardín.
El Blasa nunca se reconstruyó. Los demás hoteles del pueblo fueron cerrando en las temporadas siguientes.