A veces soñaba que estaba viva.
Aparecía de mil formas y mil maneras. Podía no hablar, o podía que sí; cuando lo hacía, era como si nunca hubiera pasado nada. Su voz la de siempre, sus pensamientos claros, cristalinos, sin nubes que entorpecieran su camino. Raramente hablaba directamente conmigo; con mi madre a lo mejor, o con alguien a quien nunca he llegado a ver.
Pero todos esos sueños hablaban de lo mismo: de que ahí estaba, resucitando con cada uno de mis pensamientos, aún sin el polvo escondiéndolos.
Poco después de que nos dejara le pedí mil veces que apareciera en sueños, que no me dejara nunca del todo, y así lo hizo.
A veces soñaba que estaba viva.
Y al despertar, recordaba la tristeza de no tenerla conmigo.