Me sentía como un mero reflejo dibujado sobre agua: efímero, inocuo, fuera de lugar. Había perdido la matriz que me mantenía en equilibrio sobre mis dos pies y ahora andaba a cuatro patas y dando traspiés. Mi estabilidad mental había empeorado notoriamente y las dosis de medicinas diarias no ayudaban a que me sintiera mejor. Ish. De nuevo ese mareo. En mi subconsciente se acumulaban sueños grotescos en los que se agrupaban gentes peculiares, parloteando, riendo, eyaculando sobre si mismos en una orgía con fondo de colores y conversaciones esotéricas. A veces, también se entremezclaban los fragmentos de libros que leía — porque aún y el malestar, era incapaz de no leer; me negaba, de hecho, a abandonar tal placer para siempre—, y aparecían como intermitentes en mi mente. «¿Para qué sirven las espinas de una rosa?», «Estaba tan orgulloso, —dijo finalmente—creía que había salvado el día», «Llevaba un paraguas de paja para el sol, y uno de seda para la lluvia», «La crepitante llama de la antorcha bailaba sobre las paredes, convirtiendo a las caras en entes semi-vivos, retorciéndolas, cambiándolas». Frases, preguntas, retazos de vidas que no me pertenecían pero ansiaba convertirlas en mías. Nunca había buscado otra cosa en los libros más que el consuelo de no ser el único con una vida desgraciada. Me gustaban los personajes de existencia vaga, que subsistían sin hazañas mayores que el encontrar un cacho de pan con el que comer, tal Lazarillo de Tormes. Me fascinaba la forma en la que alguien que no era nadie, resurgía de entre las cenizas como un Fénix, para morir sin más logros y sin capacidad de retorno. No quería creer que la vida tenía nada más que eso para ofrecerme: nacimiento, subsistencia y muerte. Ya bastaba la historia de que debías conseguir grandes cosas para sentirte lleno. ¿Qué era lo que me llenaba a mí, verdaderamente? ¡Nada! Ya había matado a gente, coaccionado debidamente por una mente retorcida como la mía y no había obtenido nada. Me daba miedo pensar, eso sí, que no había sentido ni pizca de compasión por aquellos personajes con vidas mediocres que se habían cruzado en mi camino por azares del destino y a los que había tenido que terminar yo mismo. La medicación no hacía su efecto, tal vez. O a lo mejor ya era el muñeco roto definitivo. Ya me colgaba un brazo y el algodón sobresalía de entre las costuras. Abollado oso de peluche, sucio, anodino y pueril, que mira con sus ojos hechos de botones negros —de camisas dispares—; se dedica a mirar, desde el brillo que se corta en seco, cómo la vida pasa, y cómo esta le ignora. Déjate vencer, pensaba siempre el muñeco, déjate vencer. Pero de pronto, el único brillo de esperanza, sacaba la boca fuera y respiraba, ahogado. Tenía la cara de una persona conocida. Su expresión era terrible: una oscura desesperación sin consuelo, sin ánimos de ser apaciguada. Se quedaba mirándome des del lago del que acababa de surgir sin decir nada. Ojos abiertos en sorpresa y espanto, miedo. «Chul». En esos casos, terminaba golpeando la pared con el puño y me aventuraba a tomarme otra pastilla; podía hacerlo, conocía mi caso, conocía perfectamente qué era lo que me pasaba. Por eso mismo, tal vez, quería fingir que lo estaba sufriendo.