CHICK’end
Nos conocimos en el subte. En realidad cuando bajamos del subte. En realidad cuando ya habíamos subido a la calle. Le hablé porque durante el viaje sentí el olor a pollo que salía de su mochila y me hizo acordar a cuando yo viajaba con tupper.
-”¿Vas a trabajar?”, me animé a decirle esperando el semáforo para cruzar la avenida. Giró la cabeza y me miró a los ojos mientras yo recorrí con la vista sus trenzas rojas. Volvió a mirar hacia el frente y justo cerró los ojos porque un 111 pasó muy rápido y cerca. -Te pregunto porque se siente el olor a comida que sale de tu mochila - retomé la conversación inexistente. -¿Qué? ¿Olor a qué? - respondió mirándome con algo de repugnancia. -Olor a pollo - sonreí mostrando mis dientes. Cruzamos juntas y aunque supe que le molestó el comentario no aceleró el paso. Ya del otro lado de la avenida se detuvo, giró su mochila, abrió el cierre con cierta dificultad y sacó unos anteojos de sol que le daban una actitud cool un tanto forzada. Pasó un auto escuchando “La 25″ que me dio coraje para insistir. -¿Es pollo entonces? -Sí, una pechuga con papas ¿qué más querés saber? - contestó y se empezó a divertir. -Si tenés Instagram -Sí -¿Te puedo seguir? -¿A dónde? -A donde vayas -Es un poco raro, ¿no? -Lo raro siempre es excitante, dijo Bukowski - contesté con rapidez y mentira. -Bueno seguime, pero no te quedes con la imagen mía de que huelo a pollo. -No. Lo que tenés dentro huele a pollo, y me resulta raro, por eso te quiero seguir. Porque me excita. El pollo. El pollo que llevás dentro.
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