Manuel sintió que su novio ponía algo en su mano izquierda, pero no podía apartar los ojos de la pantalla, aquella película bélica había captado completamente su atención, amaba todo lo relacionado con la milicia; por ello amaba con locura al submarín argentino que tenía por pareja, aunque ya le estaba cansando que jugara con su mano.
Molesto, apartó sus ojos de la pantalla para advertirle de que su paciencia no era ilimitada, pero entonces aquel rubio de ojos verdes esmeralda le robó un profundo beso que le alborotó la cabeza, no sabía si decirle mil garabatos o continuar con ese beso hasta quedar ambos sin ropas.
Al final solo abultó sus labios y volvió su vista a la pantalla.
Alzó su mano izquierda para acomodar sus cabellos, pero notó que había algo diferente en ella; trató de darle forma, pero la poca luz que había en la sala no le dejaba ver de que se trataba, pero de pronto se hizo la luz, su novio había encendido un velador.
—¿Qué me pusiste, weón? —Le cuestionó divertido mirándole por un momento, luego volvió su vista a su siniestra para por fin saber que tenía puesto, gracias a luz eso no fue un gran problema, y pronto sus ojos miel se llenaron de lágrimas.
—¿Te queres casar conmigo, che? —Preguntó su novio notablemente relajado pasando su brazo por sus hombros.
—Martín… rucio qliao… eso no se pregunta po. —Decía entre lágrimas el chileno mirando aquel anillo de compromiso en su mano. —Obvio que quiero, weón… Te amo, rucio. Te amo como te imaginai… —Respondió abrazándose con fuerza a su torso, era sin lugar a dudas el momento más feliz de su vida.
Esa noche Manuel se perdió en los brazos de su prometido importándole poco el mañana, si fuera por él, hubiera congelado el tiempo justo en ese mismo instante; ese instante cuando ambos se miraron a los ojos y no necesitaron palabras para decirse cuanto se amaban.
Pero el tiempo avanzó, y tuvo que verse despidiendo a su novio en el puerto de Mar de Plata. Martín, su prometido, pasaría nueve meses en alta mar, y al volver habían acordado casarse. Al menos se distraería planeado la boda en lo que esperaba su regreso.
Se abrazó así mismo mientras veía desaparecer a Martín en al ancho mar argentino, esa madruga marplatense estaba más fría que de costumbre, podía jurar que hasta un escalofrío le recorrió la espalda, y antes de poder notarlo, una lágrima se hizo camino por su mejilla derecha.
Secó aquella lágrima al notarla, y sonrió imaginándose como sería su boda. Ya era un hecho que sería en la playa, Martín volvería en noviembre, confiaba en que el clima sería lo suficientemente bueno para una boda al aire libre.
Los días pasaron, los meses por igual.
Y Manuel sonreía a más no poder, porque sabía que cuando el computador sonara, sería la última video llamada con Martín, porque cuando volvieran hablar, sería cara a cara, y por fin podría darle todos los besos y abrazos que en esos nueve meses había guardado para él.
—Solo me queda un patrullaje más en el ARA SAN JUAN que me dejara en Mar de Plata, por fin voy a poder hacerte el amor, flaco. —Decía el rubio con exagerada ilusión, Manuel no pudo evitar reír a carcajadas por el calentón de su novio, nunca cambiaba y así le gustaba.
—Te amo, rucio. —Le dijo por aquella pantalla led, Martín sonrió y con ojos de enamorado respondió con un “yo también” y tras unas palabras más, la comunicación debió ser cortada, debía abordar el submarino rumbo a la base naval de Mar de Plata.
Manuel se miraba sonriente a un espejo de cuerpo completo, el traje blanco para su boda le sentaba perfecto, al fin estaba listo. Sus amigos no dejaban de elogiarlo por lo bien que se le veía, pero a él solo le interesaba los elogios de hombre que se encontraba en alta mar, pero pronto estaría en sus brazos.
Su teléfono sonó sacándolo de sus pensamientos, lo atendió y tras escuchar unas cuantas palabras, cayó de rodillas en el piso llorando sin consuelo alguno.
Quería creer que todo era una pesadilla, que ese “perdimos contacto” era una simple falla técnica, que ni era algo para alarmarse, que ni debieron llamarlo, que ni debería estar llorando, pero una opresión en su pecho le decía todo lo contrario.
Las horas se habían vueltos tan largas como días, y los días tan largos como meses. Y entre más pasaban, más lejos de Martín se sentía, no quería apartarse de la costa de Mar de Plata, tenía la esperanza de que el submarino ARA SAN JUAN emergería de las profundidades y su argentino lo abrazaría y le diría te amo tantas veces como para cansarlo.
Pero dos semanas pasaron, y el ARA SAN JUAN jamás emergió…
Un capitán de la naval argentina pidió disculpas y dio su sentido pésame a las familias de 44 héroes.
Manuel sentía que todo pasaba en cámara lenta, que en algún momento iba despertar y encontrarse con Martín durmiendo a su lado.
Pero, Manuel no despertó…
Prendió una vela en un muelle; muelle donde aquel rubio le había pedido convertirse en el amor de su vida. Aún no podía creer, luego de cuatro años, que había aceptado. Tal vez fue el uniforme de Marín lo que lo convenció, pero…
Pero ahora ahí, estaba más que seguro que se hubiera enamorado de Martín aunque no hubiera sido Marín. Porque su rucio, era su rucio sin uniforme o con uniforme. Y por ese instante, como hubiera agradecido de que Martín nunca haya sido submarín.
Pero solo fue un instante, porque luego sonrío orgulloso entre medio de sus inagotables lágrimas; orgulloso porque sabía lo que se había esforzado Martín por llegar a donde había estado, y que después de él, lo que más amaba era la marina y a su país.
Era un héroe…
Era su héroe.
_________
Dedicado a los 44 héroes desaparecidos del ARA SAN JUAN.
Había escuchado demasiadas historias sobre esos sombríos lugares de niño. Lugares que poco a poco pasaban a ser “viejos”, no por la infamia o el culto sino por la gente y el dinero.
Porque morir era un negocio en la actualidad.
Desde siempre había odiado ir a esos lugares, no por miedo porque no era un gallina, sino por sentido común; ¿quién querría ir a un lugar donde en su tierra había cadáveres?
Es curioso como luego los empezaron a embalsamar, y la tierra ya no tenía cadáveres, ahora eran muñecos; unos muy caros hechos con carne para la vista de los parientes que quedaban con vida y lo velaban.
Odiaba a los muertos.
Odiaba mucho más los cementerios.
Y ahora estaba ahí trabajando como sepulturero.
La vida era una ironía difícil de predecir.
Su padre fue sepulturero antes que él. Su abuelo solo había sido un muerto más en las épocas de cuarentena; y así empezó todo, con su adre enterrando a su propio padre de joven y siendo tomando como aprendiz en el oficio de la muerte.
A sus veinte tres años él seguía la tradición. Ahora la muerte pasó de ser un tema sacro para ser otro maldito oficio en la rueda económica del capitalismo. Uno redituable si consideraba lo que valía una parcela. Trabajando en ese cementerio desde hace cuatro años no podría pagarse ni el primer anticipo de lo que costaba yacer en aquellas tierras tétricas adornado en tiempo mejores con estatuas con finos portes angelicales o adustos ceños fruncidos dependiendo de la sección a la que te dirijas.
Y como todo negocio existía su parte aún más oscura, más profunda y mucho más llena de mierda.
En esas franjas oscuras y siniestras conoció a Manuel. Un chileno flacucho con el pelo castaño alborotado que con una sonrisa encantadora le hizo la proposición más espeluznante, enfermiza y a la vez con una promesa firme: salir de esa vida de mierda trabajando con muertos.
Cinco meses habían pasado de aquella oscura y tentadora propuesta, cinco meses donde ya había perdido la cuenta de cuantos cuerpos remplazo por ladrillos y basura. Nunca se imaginó que macumberos, necrófilos y narcotraficantes pudieran pagar tan bien por un simple “pedazo de fiambre” como él le decía de modo tan sutil.
A ojos de Martín el tema de preparar un cuerpo era complejo, y los químicos que se usaban en el proceso le hacían picar la nariz. Pero a ojos de Manuel no era más que un “corto por acá, corto por allá, limpiamos esto, y listo… solo falta un moño si lo queres hacer ver mejor”, le decía con esa sonrisa macabra y seductora que lo venía hace cinco meses trayendo loco.
En otra tarde noche casi noche, mientras se dirigía al subsuelo del cementerio donde se encontraba el castaño preparando los cuerpos. Sintió que algo lo observaba de lejos, sintió su corazón pesado y una terrible culpa presionando en su pecho, pero lo ignoró volviendo a pensar en el chileno y continuó su camino.
Y después de ya casi medio año, no aguantaba ver a Manuel solo en aquel horario casi nocturno. Y es así como en la madrugada de ese mismo día, mientras el chileno extraía los ojos azules a un cuerpo masculino recién llegado, se animó abrazarlo por detrás, sintió como el cuerpo ajeno se tensaba entre sus brazos. El castaño aclaró su garganta como esperando a que se explicara.
—Me gustas… me gustas mucho, boludo. —Susurró sobre su nuca, y al chileno se le revolvió todo en su interior, terminó tirando el ojo que había estado sosteniendo en su diestra.
—¡Por la chucha, weón! ¡No nos van a pagar bien si el ojo está sucio! —Exclamó con su cara más roja que la sangre que ensuciaba la camilla donde yacía el cuerpo que estaba diseccionando.
—Como si no tuviéramos bastante plata, che. —Dijo rodando sus ojos, el castaño se dio la vuelta y tomó el rostro del argentino entre sus manos llenas de sangre y viscosidad ocular.
—¿Enserio te gustó po? —Preguntó con ojos brillantes, tan brillantes que Martín ni pudo quejarse que aquel espeso líquido de ojo estuviera ya por sus labios.
—Si, boludo. Me encantas. Me gustas así psicópata, ambicioso, siniestro, sádico… —Y la lista seguía, pero Manuel estampó sus cerezos sobre los ajenos, el rubio le atraía desde la primera vez que se vieron frente a una parcela gris algo agrietada, pero hacía poco que sentía que todo su podrido corazón solo le pertenecía al sepulturero de hermosos ojos verdes.
Martín empujó con su siniestra el cuerpo que yacía en la camilla para sentar al chileno sobre ella, poco les importa a los dos mancharse de sangre y uno que otro pedazo de carne humana, solo podían pensar en sus lenguas encontrándose y en sus manos explorándose mutuamente, pero entonces una pequeña toz los hizo pensar en otra cosa, porque si recordaban bien, eran los dos únicos vivos en aquel cuarto subterráneo.
—Che, todo re lindo esto, pero me alcanzas mi ojo, te sentaste sobre mi mano y no puedo agarrarlo. —Dijo el cuerpo de la camilla tratando de quitarse al castaño de encima de su diestra.
Manuel fue el primero en gritar bajando a los tropezones de aquella camilla, el rubio tardó en reaccionar, pero al hacerlo tomó el bisturí con manos temblorosas, pero el cuerpo de piel griseada y con una cuenca de ojos vacía, soltó una risa macabra y se levantó de la camilla agarrándose el estómago de tanto reír.
—¿Me tenes miedo? ¿Le tenes miedo a un muerto? ¿No están ambos acostumbrados a jugar con muertos y venderlos como un asado para el domingo? —Cuestionó con una ceja alzada con sus manos en su cintura. — Y a ver, pibe. Deja de amenazarme con eso, estoy muerto por si no lo captaste.
El rubio miró el instrumento médico que tenía en manos, miró al muerto viviente y salió corriendo junto a Manuel, pero los pasillos de aquel subsuelo del cementerio no estaban solos como debieran estar, sino que allí todos los cuerpos que habían vendido, mutilado y desechado; todos dirigiéndose hacia ellos, aunque sea arrastrándose si es que sus piernas habían cortado; como gusanos, si todas sus extremidades habían mutilado; y a puro instinto si sus cabezas habían subastado.
Manuel y Martín gritaron al unísono, pero no pudieron escapar, todos los muertos los habían acorralado, y antes de darse cuenta habían comenzado a devorarlos vivos. El rubio gritaba y derramaba lágrimas de sangre no solo por sentir como sus extremidades empezaban a ser despedazadas, sino por ver a Manuel sufriendo al igual que él, en alaridos pedía porque lo liberen y que solo él tuviera que pasar por aquel castigo, pero nadie los escuchaba, como ellos jamás escucharon las suplicas de los cuerpos que vendían a su antojo.
Arrancaron sus lenguas, y arrancaron sus ojos, aunque primero lo hicieron con Martín, Manuel gritaba pidiendo por piedad; y la piedad llegó cuando las cuencas de sus ojos quedaron vacías, le hicieron comerse sus propios ojos antes de arrancarle la lengua como al rubio. Vomitó, y las heridas de su abdomen ardieron el doble por los jugos de su estomago.
Finalmente, los muertos metieron los torsos de Martín y Manuel despedazados en tumbas que llevaban inscritos sus nombres, y pronto fueron enterrados vivos. El cuerpo que antes había estado mutilando el chileno, se encontraba vestido con un antiguo traje de tanguero y bajo la sombra de su sombrero se ocultaban sus brillantes y tenebrosos ojos de zafiro.
—Se metieron con el cementerio equivocado, con mis muertos no se trafica, les di tiempo para arrepentirse… —Murmuró con voz ronca el ser antes de retirarse con todos sus muertos desfilando por aquel cementerio.
Nota: El dibujo fue hecho por @dou-san <3
Los primeros párrafos fueron escritos por Nuriko Hamilton. <3
Oneshot hecho para actividad grupal del fandom ArgChi <3
Acomodándose para sentarse mejor —estoy haciendo... estoy haciendo mucho esfuerzo para decirte esto ahora mismo— la lucha interna contra su orgullo y sus sentimientos habían logrado darle una patada en el culo al orgullo. Y ahora estaba ahí, juntando valor de quién sabe dónde —...así que espero que valga la pena— no sonreía. No sentía ganas de hacerlo. Los ojos le brillaban tanto como nunca lo sabría y su vista estaba en cualquier parte menos donde debería estar. Sin embargo, sentado de forma correcta y manteniéndose erguido ante los ojos de a quien tenía en frente.
—No suelo... no.
—No hago... esto... nunca, con nadie.— tocó sus propias manos, entre ellas, por encima de sus piernas. Dejando salir las palabras sin cuidado pero con control y mucha lentitud.
De un momento a otro una de sus cejas tembló en un extremo... y esa mirada verde se volvió... intensamente triste —Yo...— tragó saliva, un nudo se iba adueñando de su garganta cada vez un poco más. No iba a dejar que una sola lágrima cayera, claro que no. No lo iba a hacer. Sin embargo, era imposible frenar cada una de esas expresiones que, por más que quisiera detener, parecían nacer y morir ahí, solas, en su rostro.
Finalmente esa mueca de sonrisa, mueca nada más, apareció. Viéndose algo torcida, como un consuelo nada más.
Cómo le costaba esto. Puta madre.
—...no te das una idea— su voz le dio risa, así que fue sincero durante un segundo. El mismo segundo que se tomó para relajarse.
—...lo mucho que necesito un abrazo ahora mismo— soltó al final. Clavando profundamente los ojos en Manuel. Cerrando la boca como si hubiera dicho algo que, tal vez, nunca debió haber dicho.
No le había pedido un abrazo a nadie. Nunca. Pero sentía que si no lo decía, nadie se iba a dar cuenta de eso, de su necesidad.
Y consideró... improvisadamente consideró, que así no fuese el amigo que Manuel quisiera. Para él si lo era. Y eso era suficiente.
MANUEL
Nunca, jamás, pero jamás, había visto al argentino de esa forma, la manera en que movía, sus gestos, ese labio que parecía torcer pero que a a milésima parecía cambiar de acto para que no se viera, como si peleara internamente consigo mismo con tal de no mostrar nada más. Se quedó estático, y es que... Se le hacía tan complejo todo, no sabía qué cosa quería el rubio frente suyo.
Manuel estaba con cierta impaciencia, quería que el loco hablara, que dijera que pasaba por su cabeza. ¿Qué le tenía de tal manera? Acaso, ¿Los problemas en su país? Seguramente era eso, aunque Tincho siempre había sido tan... callado con ese tipo de cosas, lo miraba con un gesto preocupado y enojado, era casi lo mismo, rara vez se veía no enojado el chileno.
Acabó por acomodarse mejor en el sofá, llevando de su torso hacia adelante, apoyando de sus brazos en los muslos y esperando una respuesta clara, concisa, que le hiciera comprender lo que había en la mente del trasandino, lo que pasaba por su cabeza.
—Weón... ¿Qué teni?—Preguntó, algo atareado ya, con todo eso, pero entonces el muchacho al fin terminó de hablar, soltando esa dizque bomba nunca antes dicha, lo encontraba tan... extraño, es decir, muchas minas e incluso hombres, se le pegaban al rubio sin más, entonces, ¿Por qué pedir un abrazo si cualquiera se lo daba? Pero bueno, no cuestionó aquello, lo que sí cuestionó fue... ¿Quería un abrazo de él? Es decir, ¿del chileno? —Compadre...—Dijo de repente, terminando por dedicarle una pequeña sonrisa, una sonrisa que jamás dedicaba, menos a un argentino, pero esta vez lo hizo. —Me cai mal...—Dijo, como siempre—Me cai, re-mal... pero no soy nadie para negar un abrazo, no seai weón y ven...—Le jaló de la muñeca, poniéndole de pie.
Le costó, no pudo abrazarle bien o como creía que podía hacerlo, pero aun así poco a poco los brazos del chileno se fueron amoldando a la anatomía del argentino, lentamente sus manos se fueron abriendo y pegó de esas palmas en la espalda del trasandino, lentamente... muy lentamente, fue abrazando al muchacho.
El silencio se hizo presente, los primeros cinco segundos se sentía incómodo, pero el chileno cerró los ojos, lo hizo nada más, y pegó su frente contra el hombro del rubio, no decía nada, las palabras sobraban y el chileno, en sí, no sabía qué más decirle, solamente lo apretaba conforme pasaban los segundos, lo apretaba... lo apretaba... y le hacia notar su presencia, y sentía real al argentino entre sus brazos... Lo apretaba.
Lo abrazaba.
Lo abrazó.
MARTÍN
—...—
Se puso de pie cuando fue tomado de la muñeca e invitado a pararse rápidamente, poco más trastabilló. Se sentía un poco apático y eso habría tenido la culpa de su casi torpe caída. Fue Manuel quien lo estrechó en sus brazos mientras Martín aún los tenía al lado del cuerpo. Sintió cuán efusivo había sido el menor, un calor intenso e ideal dentro de él le envolvió como lo hacían esos los brazos que tanta fuerza imprimían alrededor de su torso. Finalmente, su nostalgia encontró la contención que había estado buscando tanto tiempo una vez más.
Y rodeó ese cuerpo con ambos brazos, curvándose un poco por la poca diferencia de altura. Casi como si subiera su cuerpo sobre Manuel. Suavemente. Con esa lentitud que tiene una persona cuando se encuentra cansada.
A él no le costó nada amoldarse, sus brazos abarcaron perfectos en cada curva de ese cuerpo. Encontraron la comodidad muy deprisa... y allí se quedaron. Imprimiendo una fuerza débil, sin querer. Todo Martín estaba concentrado en esa fuerza que le brindaba Manuel, como si se la entregara a través de ese contacto. Tantas veces lo había abrazado en sus sueños. Había servido de algo, ahora no le costaba nada encontrar el lugar perfecto. Porque ese simplemente, era el que siempre había deseado tocar.
No prestó atención a los primeros cinco segundos,
ni a los segundos siguientes.
Había cerrado los ojos junto con él, y su boca hacía la mueca de un niño a punto de llorar. Todo su rostro lo hacía. Sus cejas, sus párpados, su nariz, sus dientes que temblando asomaban de su boca. Oculto en ese hombro por igual. Una persona cualquiera se preocuparía, una persona cualquiera comenzaría a preguntar ¿por qué? ¿qué te pasó? ¿cómo te sentís?, una persona cualquiera rompería el abrazo ahora, ya una vez dado.
Martín necesitaba esto.
Que nadie le preguntara nada.
Que le dieran fuerza en un abrazo sentido y contenido como ese.
Martín necesitaba que fuera Manuel.
Porque Manuel sabe bien que hacer... no hay que indicarle nada.
No se movió un centímetro. Sus manos no lo rozaron en demasía, ni lo acariciaron tampoco, ni siquiera sin querer. Solo se posaron en él como un abrazo, como lo que era. Sus labios no besaron ese cuello, ni se concentró en su perfume. Sin aprovecharse de nada. Sacó esa mueca suspirando profundamente, de una forma algo vibrante al principio pero absorbiendo esa fuerza de algún modo y sonriendo apenas con una línea en los labios... apretándolo en ese abrazo como se debe.
Manuel pudo sentir la diferencia. Martín revivía.
—...gracias, flaquito—
Y ahí estaba la prueba. Lo que el chileno necesitaba para asegurarse que Martín estaba sintiéndose mejor, o que por lo menos ese abrazo le volvía a generar la fuerza que necesitaba para guardar nuevamente eso que se le escapaba... dentro de su corazón una vez más. Fuese lo que fuese.
—...jaja..— hasta se sonrojó en esa pequeña risa, sus mejillas ardían. Otro suspiro lo acompaño. Sentía vergüenza, jamás había hecho algo así. Aunque fuera un atorrante, un rey de la coquetería, un nosequé del queseyo. Y todo lo que decían. Aunque así fuera eso no evitaba que Martín pudiera pasar vergüenza ante la inexperiencia de muchas de las cosas que jamás ha hecho.
José Manuel González
«Falta un día para su cumpleaños»
[...]
/Está leyendo en el sofá/.
—¡Conshesumadre!
[...]
Ups.
Martín Hernández
—¡¿Que te pasa?!— se sobresaltó en la cocina, volteando a mirarlo porque ese insulto llegó de la nada...
José Manuel González
—...nh.
Se acomoda nuevamente, intentando pasar inadvertido, pero... bah. Con ese insulto quién no se asusta.
—N-nada... vo' sigue cocinando no má'.
/Se acordó del cumpleaños de la rucia mientras leía pls/.
Martín Hernández
—¿Te estabas quedando dormido o que mierda?
Enseguida regresó a lo suyo.
Ni idea tenía de lo que el flaco había recordado.
—Se me hacía raro tanto silencio...
José Manuel González
Miró la página del libro, iba en la 34 y había comenzado hoy. Mh, siente que ha perdido un poco la habilidad de leer más rápido.
Sonrió por ello, luego miró a la Rucia.
—Jaja... s-sí. Estaba leyendo no má'...
Retoma su lectura.
Aunque, ya perdió la concentración.
—¿Y qué estai... cocinando?—Sus ojos siguen en el libro. Intentando concentrarse.
Martín Hernández
Duda que pueda regresar a su lectura mientras le hable, eso mismo es lo que lo hace sonreír. Pelear por la atención de Manuel con un libro, es una lucha difícil —Milanesa de posho— tenía puesto un delantal. Si, de esos de cocina... él tiene uno y es muy macho con eso puesto (?)
Lo que sucede es que por debajo hay una camisa blanca y un pantalón de jean que además de quedarle bien, son caros.
—¿Querías otra cosa? ¿por eso me preguntás?
Suena a querer discutir, pero nada más está molestando.
José Manuel González
Quinto párrafo, nombres rusos, técnicas, algo sobre el signo. Bah, dejó salir un suspiro de su boca, y es que además no sólo el libro le quitaba la atención, Martín estaba por allá conversando de algo y por interno también pensaba en lo del cumpleaños. ¿Lo celebrarían en Chile? Mh, a él no le agradaría pasarlo fuera de su país...
Oh.
¡Oh!
Cerró el libro y se puso de pie, mirándole antes de irse camino a la habitación y guardar el ejemplar. —Jaja, no no. Oie, yo salgo y vengo, llegaré pa' la cena. ¿Vale? Tengo que ir a la biblioteca, olvidé pedir unas cosas.
Se explicaba, ahora sí, perdiéndose hacia la habitación y ponerse una chaqueta, que no se sabe con el clima que hay.
Martín Hernández
Martín había pensado en regresar mañana, no por nada había charlado con Sombra sobre el asunto y al gato le había parecido lo más conveniente.
(...)
—¿A donde v-?
Tomaba un poco de pan rallado y con el cubría la carne, golpeándola ligera pero firmemente con uno de sus puños. Por suerte no se había puesto a freír. También cortaba papas, porque había ganas de comer papa fritas.
''Tengo que ir a la biblioteca''
Y lo dejó completamente perdido con esa respuesta.
—Bueno, pero dale que sabes que con el aceite no se jode. Y DAME UN BESO, HÉ.
José Manuel González
Se acomodó la chaqueta, cerrándola bien.
En ese momento, buscó algunas cosas, las guardó y ya estaba listo para salir, se cuidaba la garganta con una bufanda que puso con orden allí. Volvió a la cocina y le miró, sonriendo en lo que se acercaba y dejaba un besito en sus labios.
—No te preocupí, si llego rápido.
Le dijo, mirando en ese momento lo que hacía la Rucia. Rico.
—¿traigo algo má'? ¿ensalá tení?—No puede comer nada sin ensalada(?). —Te traigo uno' tomate' pa' que pelí.
Jajaja, se rió en lo que dejaba otro beso en la mejilla y salía a la puerta. Pasando a tomar las llaves que colgaban en la pared.
—No me quemí el depa.
Y diciendo eso, salió.
Martín Hernández
Cuando volvió a tenerlo delante de los ojos también respondió a su sonrisa, con una propia... y un besito en la boca. Ese abrigo más la bufanda lo hacía ver comestible.
—Si tengo pero preparo más que nada para vos, no hace falta más nada— si fuera por él comería sin acompañarlo con nada más. ''Te traigo uno' tomate' pa' que pelí'' le hizo el montoncito, mirándolo y recibiéndo ese último beso antes de verlo salir.
''No me quemí el depa''
—¿Quién te pensas que soy? dale, andá~
Ah. Esperaba que realmente viniera a tiempo... porque no podría esperar demasiado al freír y no era opción recalentar comida que podría comerse en el momento.
Él se quedó poniendo la mesa, mirando programas de chimentos y terminando de cocinar.
José Manuel González
¡Y no demoró demasiado! Y bueno, sí estaba la biblioteca como un destino, sin embargo, también había otros.
—Sí.
——¿Dos?
—Ajá.
. . . . . . . . . . .
——¿De qué color?
—... celestes, por favor.
. . . . . . . . . . . .
Cuando llegó al depa, no entró con sus llaves, y tocó la puerta tres veces.
Martín vería esto frente a sus ojos.
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El rostro de Manuel era... jaja.
Bochorno, pero, la culpa no lo dejaría ser si no legaba con eso al departamento.
Martín Hernández
Martín se tomó un descanso mirando la televisión cuando tuvo todo preparado y listo para freír, más la mesa puesta y la bebida fría. Fue apenas unos segundos atrás cuando se puso manos a la obra, apartando las milanesas hechas en un recipiente con servilletas de papel como base y haciendo las papas también.
Pero en vez de escuchar las llaves en la puerta, lo que se dejó oír fue el llamado a la misma.
—....
Se extrañó.
Estaban por cenar -y que él supiera- no esperaban a nadie... igualmente se hizo a un lado de la cocina, desató su delantal y remangó su camisa antes de abrir. El rostro de Martín estaba algo serio o más bien confundido... hasta que esas rosas aparecieron delante de sus ojos.
Con un muy abochornado y mañoso chileno detrás.
—......¡..!
El sonrojo también se apoderó de él /carajo/ ¿él había...? ¿para qué hacía...? ¿como lo...? ah-...
—Jajajajajaja . . .
Apenas y estiró las manos para recibirlas. Nunca sabría que hacer en esta clase de situaciones.
José Manuel González
Ni siquiera Manuel estaba muy claro con lo que hacía, solamente que cuando pasó frente a esa mujer con la tiendita de flores, se preguntó si... bueno... podría llevar unas cuantas él, quizá con una estaba bien ¿no? Jajaja, terminó eligiendo más de una la verdad y, mh. Sonreía como estúpido en el taxi, mientras miraba el ramo en sus manos. Al lado iba otra pila de libros, que pasó a buscar a la Biblioteca nacional, además de eso, también llevaba otras cosas, pero se las daría a la Rucia en la cena, pensó.
Cuando Martín abrió la puerta, los nervios lo estaban matando. ¡Jamás había hecho algo así con él! Sentía el corazón latiendo a mil, con las mejillas rojas, las orejas por igual, el bochorno, el calor.
Pero todo lo valió al ver esa sonrisa en su pareja, el chileno dio un paso al frente.
—... no digai ná'... jajaja...
Dioses.
Si decía algo el otro, no sabría qué hacer.
Bajo el otro brazo venían tres libros más, uf. Se venía pesado el tema de la U. Caminó hacia el interior, como si no conociera su dept, le temblaban las manos incluso. Ah, se sentía un quinceañero.
Martín Hernández
Había quedado perdido, completamente atontado por el detalle que siquiera había esperado que sucediera ¿por qué le compraba flores? —....— miró las rosas unos segundos más y regresó los ojos a los del dueño de su corazón. Lo había hecho sucumbir otra vez.
''No digai ná'... jajaja...''
—Jajaja...~
Obedeció, por lo menos en lo que duró la entrada de ese chileno con cosas de las cuales entendía poco y nada. Cerró la puerta y descansó su espalda en la misma. No lo siguió, ni se preocupó por llevar la comida a la mesa... es que sus mejillas seguían rojas y su sonrisa gigante.
(...)
—...nunca me regalaron un ramo de flores.
Ninguno de mis amantes.
Ninguno de mis intentos.
Ninguno de mis errores.
(....)
Los ojos verdes brillaron, mientras arrimaba esas rosas a su boca... rozándolas ligeramente con su labio inferior.
—...mi amor...
¿Para qué lo haces?
¿Para derretirme nada más?
José Manuel González
Había sorpresa también, en los ojos castaños del chileno, porque ver a Martín tan... desconcertado.
Eso le hacía sonreír con más nervios. Y mirarlo también, porque todo era nuevo y ah... Martín con ese ramo en sus manos se veía hermoso.
Se encaminó a un sofá, ahí dejó los libros que había traído consigo también, y sacó dos sobres que puso sobre la mesa, justo donde Martín acostumbra a sentarse.
—... oh, ¿en serio?—Preguntó, manteniendo una sonrisa inquieta en su boca. —Jeh... b-bueno, entonce' puedo decir que, en algo soy primero con vo' jajaja...
Llevó su mano a su cuello, masajeando esa zona suavemente.
—... que bueno que te gustaron... cenemo' mejor, ¿no estabai preocupado por esperar?—. Decía, en lo que se quitaba la chaqueta y la bufanda, para ir a la habitación, y no demorar ni treinta segundos en volver, jaja. Dioses, aún tenía las mejillas rojas y no buscaba la mirada argentina como siempre. Fue directo a la mesa.
—Ah... y acá... tengo esto que... mh—. Miraba los sobres, sin abrirlos aún, quería que Martín lo hiciera...
Eran dos pasajes a Buenos Aires, sí, otro regalo más, sabe que es mejor volver a la Argentina.
Martín Hernández
Asomaba una sonrisa entre los pétalos, igual de egocéntrica que siempre /pero/ acompañada de unos ojos brillantes. Alucinados de escucharlo hablar (...) ''...entonce' puedo decir que, en algo soy primero con vo''.
. . .
El cuerpo de Martín se despegó de esa puerta, dando algunos pasos hacia adelante —...tampoco me enamoré en mi vida. Ni me besaron como me besas vos. Ni me quisieron como me querés vos... sos el primero en muchas cosas, flaco— buscó un jarrón. Una jarra de vidrio, lo que pudiera funcionar para proteger el ramo.
Manuel se veía condenadamente tierno estando tan nervioso. Tartamudeando y todo... tenía el control de la situación mejor de lo que él y su confianza podrían, y hasta se daba el gusto de ser coqueto. Ya le había recitado un poema, ya le había entregado flores.
Sueño a sueño, iba Manuel.
Concretandolos.
. . .
En lo que su novio se desabrigó, Martín acomodó las flores en un recipiente con agua... colocándolas en la mesa donde iban a cenar y buscando la comida.
La sirvió, parándose detrás del chileno mientras Manuel volvía a balbucear.
''Ah...
y acá...
tengo esto que...
mh''
El rucio sonrió.
Levantando el mentón más moreno, para alzar ese rostro y poder inclinarse a morderle —....— el labio inferior.
Besarlo, con calor. Con cariño.
¿Que había en los sobres?
—¿...me trajiste algo más?~
Lo susurró...
José Manuel González
«Jajaja»
Se rió por culpa de esas confesiones que Martín soltaba sin más. Pidiendo a todos los dioses que los nervios se le fueran, y que el sonrojo del rostro bajara, parecía inquieto. ¡Estaba inquieto!
Ah.
—... bueno, entonces, jaja, mejor.
No sabía qué decir, la coherencia se le escapó de las manos. Aún no podía creer que había llegado con un ramo de flores para él, parecía más sorprendido que el mismo Martín. Sin embargo, poco a poco y minuto a minuto, comenzó a relajarse y a pensar más en lo que sería el viaje hacia el país vecino. Al menos durante el viaje en taxi, organizó bastante sus cosas e hizo algunas llamadas, todo para no perder las clases y los exámenes, le faltaba tan poco para terminar que, no se perdonaría echarse el año.
. . .
—¡...!
Los ojos del chileno se pausaron en esos ojos verdes, y aunque hacía cierta presión para bajar el mentón y quitarse a Martín de allí, pero... ¿cómo? Si esa boca le consumió el alma enseguida y como buen amante, se dejó llevar.
Sonrió en medio del beso.
—Sí.
Le dejó un beso más, un piquito, succionando esos labios un poco, no se aguantó lamentablemente. Asió los sobres y bueno, los abrió él al final, ahí pegado a la Rucia. —... jeh... es... estem, ya sabí... unos pasajes.
Lo miró, en espera de su sonrisa. Sí, porque le encanta esa sonrisa de mierda que tiene.
Martín Hernández
Muy a lo contrario del chileno, el rucio estaba tranquilo y más que encantado con el detalle que había recibido. Él sí que lo creía capaz, veía a ese flaco como alguien cercano a esa clase de cosas, tan o más cercano que él. Parecía como si mientras Manuel estuviera más nervioso, Martín se sumergiera cada vez un poco más en la calma y la confianza.
''Sí.''
Fue la sonrisa de su novio, el reflejo que respondió de la misma manera... con esa mueca boba de alguien enamorado y perdido en lo que sentía.
/Pasajes/
La sonrisa aquella que esperaba Manuel apareció, ni el propio Martín se dio cuenta cuando lo hizo.
—Ah~ mierda, pensas en todo ¿hé?— ahora pasaba de ser su amante a ser su amigo, porque le despeinaba cariñosa y lentamente esos cabellos más largos... dejando un sonoro beso en su mejilla.
—¿Para mañana por la mañana, los compraste?— tomó uno de ellos. Encaminándose al asiento que le correspondía y leyendo la información que incluía el papel.
—Como siempre, haciéndote cargo de todo. No sé que sería de mi sin vos.
Lo observó.
. . .
No mentía.
Él era un quilombo.
Pero más allá de ese significado, había varios más que iban por el mismo camino: « No sé que sería de mi sin vos »
Manuel está festejando, pero se preocupa por Martín.
Manuel González
Ah.
Es un imbécil, lo sabe. Pero, no puede quitarse esos ojos color verde de su retina y ahora mismo está tecleando tan rápido como puede en el maldito celular.
AGG, patea una piedra que hay por allí.
▶ Rucia...
/Ya tiene alcohol en las venas, por si las dudas/.
▶ ... por la chucha, te echo de menos weón, pero sé que no podí... andar acá y esa weá.
▶ Te...
▶ ... quiero.
▶ Weon.YA.
Necesitaba un descargo, lo envió por wssp.
Volvería al dept, en un tiempo más, la gente en Plaza Italia tenía la pura cagá.
Martín Hernández
Tomó el celular creyendo que podría tratarse del italiano, o tal vez alguna otra persona que se acordara de él en un momento como este. Había encendido el calefactor para calentar un poco el departamento y que ese calor llegara al cuarto porque era ahí donde estaba ahora.
Sentado en la cama al no poder dormir.
—....¿Man...?
Haha... una sonrisa enternecida nació en él mientras leía mensaje por mensaje. Imaginándolo en pedo porque no podía creerlo sobrio y escribiéndole así.
El sonrojo invadió sus mejillas, estaba decepcionado y cansado pero esas palabras le llenaban por dentro.
▶ Flaco
▶ Estoy bien, me voy a acostar
...
▶ Jajajaja
▶ No me extrañes que después venis
▶ Te voy a besar mucho cuando te vea
...
▶ Te amo, mi vida
▶ Pasala lindo
▶ Festeja que tu gente está más que contenta
▶ Los vi
<3
. . .
Ese chileno llegará tarde al dept, borracho y feliz. Pero lo importante es que llegará y Martín estará ahí para recibirlo. [ purochile-manugonzalez ]
Martín Hernández
¿Saben qué? este Martín se caga en toda la mierda que le dicen por alegrarse, por tener dos dedos de frente y entender que Chile fue superior. Es un golpe duro para el argentino, pero se niega -absolutamente- a no festejar con su chico, A su chico, que lo dio todo /tanto/ como él y que hoy tiene su primera Copa.
Si quieren a un Martín que los putee a todos y aborrezca a los chilenos como si fueran lacra, que vayan a buscar a otro..
. . .
Una multitud chilena hay alrededor, los argentinos ya se marcharon y él es el único ahí con su camisa albiceleste y los ojos aguados. Acercándose a quienes festejaban con Manuel, para sonreírle y sumarse con el gusto amargo en la garganta.
Apretujándolo en cuanto lo tuvo al lado, pegándolo a él y besandole la frente entre los demás que saltaban energéticos. Mucho no lo podía molestar ya que todos estaban con él, pero serían los últimos momentos mirando las luces sobre el estadio... después volvería con su gente.
A contenerlos y acompañarlos.
Manuel González
¡UN PARTIDO INFARTANTE!
Y eso se da porque ambas selecciones jugaron bien, teniendo Chile un pequeño chance sobre Argentina, pero excelente el partido y eso José Manuel lo sabe.
LO SABE.
Y cuando vio a la Rucia acercarse...
Conshesumadre.
Ese gesto de Martín acercarse a él fue el que lo terminó quebrando y aguando aún más los ojos. El peso en el estómago, las ganas de gritar.
Lo tomó de la cintura y lo apretó tanto, mierda, tanto que pareció querer quebrarlo en ello y es que la emoción, la emoción le pudo.
No dijo nada, pero con ese abrazo intentó decir más de lo que las palabras podrían expresar.
Y comenzó a temblar en medio de aquel abrazo, escondiendo el rostro en el hombro ajeno.
Llorando.
Martín Hernández
Besó esa frente una vez más, acariciando ese cabello y haciéndolo hacia atrás... para que la transpiración se seque con el frío. Estaban exhaustos los dos y no había fuerzas del lado argentino... no había gente tampoco. No eran personas que felicitaran por el trabajo, por la lucha, eran gente a las que simplemente les interesaba el resultado.
Además... el flaco debía estar con su gente, disfrutando.
—Ah-.a... jaja-h.. felicidades....— es que vio esos ojos castaños brillar tan cerca de sus verdes. Los hombres a su alrededor saltaban y levantaban la copa en alto, no era el mejor lugar para besarlo.
Ya no había tiempo para Martín.
/...
Así que lo soltó, deslizándose de ese fuerte abrazo y corriendo en dirección a su equipo... que ya había desaparecido. Bajando los escalones para ir en búsqueda de su gente... sabía que estaban destrozados, ¿pero que más iba a hacer? ¿que podían hacer?
Culpar al otro, es fácil.
Culparse a sí mismo, doloroso.
Argentina no había rendido lo suficiente.
Pero el mundo no se venía abajo por esto.
Manuel González
No podría jamás exigirle que se quedara. Ahora mismo se separaban y cada uno a vivir lo que le toca.
Ah, José Manuel estaba agotado, con el cuerpo cansado, y la respiración compleja. Lo mismo la tensión que tenía en el estómago donde parecía que sufriría un calambre de la pura emoción.
—Gracia' Rucia-hn...
Le dedicó una última sonrisa. Luego ya podrían conversar otra vez, y volvió a gritar. —¡GRACIA, RUCIA, WEÓN!
Aunque Martín ya se había perdido, entre la gente, entre ese mar.
Sus ojos aguados los secó y corriendo con sus jugadores a la vuelta olímpica, a gritar, a celebrar.
Por fin mierda.
Por fin.
CHILE CAMPEÓN.
║Felicidades a todo Chile, que se lo merecía uvu ~