Aquella tarde la siesta se resistía. Fuera se escuchaban las chicharras y las olas rompiendo contra la playa. Yo me acababa de duchar, intentando mitigar el calor, y al salir del baño allí estabas tu, desnuda y radiante, tumbada boca abajo sobre las sabanas blancas, mordiendo pequeños trocitos del chocolate con sal de las salinas que habíamos comprado esa mañana en el mercado...
- ¿Está rico? - te pregunté, mientras me secaba el pelo.
- Muy bueno! - me contestaste girándote un poco, dejándome contemplar tu precioso costado. Repasé con la mirada la curva de tu hombro, la perfección de tu pecho. Ese pezón moreno y desafiante, tus caderas y tus interminables piernas - si quieres tendrás que darte prisa; es tan fino que, con este calor, se me derrite en los dedos. Toma - me dijiste, acercándome una pequeña porción entre tus dedos.
Y claro que los cogí: tus dedos llenos de chocolate fueron mi objetivo. Primero el pequeño trozo, luego lo que se había quedado pegado por el calor en tu piel. Extendiendo tu dedo índice y mirándote a los ojos, lo chupé con verdadera dedicación... con todo mi entusiasmo. Lentamente, pasé al dedo pulgar... consiguiendo llamar tu atención...
Fragmento de Chocolate con Sal (#HistoriasdeBar).
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