TECNOCRACIA: La ciencia como herramienta de poder
Existe una falsa dicotomía entre ciencia y política. El conocimiento es una herramienta y, como tal, debe estar disponible para lo que el conjunto de la sociedad, decida en un debate necesariamente político, qué hacer con su destino. El actual intento de imponer políticas tecnocráticas debe acabar.
Ha llegado a tus manos un artículo científico que, aseguran los autores, demuestras definitivamente que las diferencias entre hombres y mujeres van más allá de las que podemos ver a simple vista: el cerebro de los hombres y las mujeres es fundamentalmente distinto. Lees el artículo completo y los datos parece irrefutables. A partir del momento en el que se termina la lectura de un artículo, ya sea sobre diferencias entre hombres y mujeres, o cualquier otra temática donde la política (la ciencia de la resolución de conflictos y del poder) y la ciencia (el resto) pueden pasar básicamente dos cosas: I) si el artículo apoya aquello en lo que crees, automáticamente pasa a ser una “prueba científica” de que estás en lo cierto. Tu ideología tiene, afortunadamente, una base científica. Te sientes fuerte y tu orgullo se inflama. II) Si el artículo no apoya aquello en lo que crees, buscas inmediatamente otros que, al menos, no apoyen las conclusiones del artículo. Los encuentras. Siempre hay investigaciones que apoyan, aunque sea de forma tangencial, un punto de vista u otro. Se repite el proceso de inflamación egocéntrica. Una vez llegados aquí, tomes la vía I o la vía II, el resultado final es la autoconfirmación de tus ideas. Exclamas con orgullo que tus prejuicios (aunque no los reconozcas como tales) están apoyados en sólidos argumentos científicos y que esa es la única verdad. Estás satisfecho. Cierras la web, el periódico o la revista en la que has encontrado el artículo (o los artículos que lo rebaten) y te vas a tomar un refrigerio. Te lo mereces porque has estado haciendo algo de provecho, ¿no? ¡No! ¡En absoluto!
Normalmente, cuando uno busca información sobre cómo realizan la fotosíntesis las plantas; cuan eficiente es la encima más importante en el proceso fotosintético (la RuBisCo); cuando uno busca artículos sobre qué tipo de dieta lleva una determinada población de vertebrados terrestres o qué hábitos de actividad sigue dicha población; cuando se busca algo de luz sobre cuan resistente es una determinada cepa bacteriana a un determinado conjunto de antibióticos, o si posee, o no, genes de otras bacterias que le confieren, o no, resistencia a dichos antibióticos. Cuando, en definitiva, realizas este tipo de búsquedas técnicas, no sueles encontrar demasiada información contradictoria. Es cierto que, en no pocos asuntos, se pueden hallar dos o tres conjuntos de hipótesis claramente diferenciadas y, cuyas conclusiones, en caso de verificarse a lo largo del tiempo (en lo que algunos autores han denominado “competencia de las hipótesis”), serán las hegemónicas y se convertirán en el consenso predomintante.
Y, pese a que cuando están todas las hipótesis en fase documental (en términos jurídicos) o, en otras palabras, cuando todavía no se han reunido suficientes evidencias de su veracidad o no se han aglomerado suficiente corpus teórico de consenso que las respalde, todas son plausibles y recibirán su apoyo, es habitual que, cuando la balanza se ha decantando hacia una de las hipótesis, las otras se abandonen o entren en lo que algunos autores llaman “las fronteras de la ciencia”: un lugar donde las hipótesis y cuerpos teóricos que las acompañan no han obtenido todavía respaldo empírico, pero aún conservan los métodos de la ciencia y someten sus nuevas investigaciones a los sistemas de control de calidad propios de la ciencia (Michael Shemer, en su libro homónimo Las fronteras de la ciencia).
Quizá uno pueda pensar que esto es exactamente lo que ocurre, también, en otros asuntos. Es decir, que es un proceso general ,tanto en la academia, como en la sociedad. Discrepar es saludable en sociedades democráticas y, poder hacerlo, expresarlo, argumentar e intentar persuadir de tus hallazgos y posicionamientos, es el núcleo de la libertad política. Pero hay algo especial que ocurre con ciertos asuntos. Asuntos a los que, normalmente, la academia suele, en primer lugar, mostrarle poco interés (en el sentido de sentir un impulso fuerte hacia la investigación y/o plantearse un cuerpo a cuerpo argumental e indagatorio con otros colegas y/o la sociedad). En segundo lugar, existe un pequeño número de científicos que sí les presta atención, y son muy activos en este asunto. No son los autores de las investigaciones, si no una especie de “relaciones públicas” de la ciencia, que glosan los hallazgos hechos por diversos investigadores en esta área y, por último, y lo que es el rasgo definitorio de estos asuntos, en tercer lugar, son temas que conciernen a toda la sociedad: por eso la mayor parte de científicos sufre alergia a adentrarse en estos asuntos (son espinosos y, sean cuales sean tus conclusiones, caerán sobre ti críticas e injurias que no convienen a una “prometedora” carrera investigadora); por eso existen los “relaciones públicas” (científicos que ejercen de representantes documentados de una determinada postura acerca de ese asunto): por eso son temas sobre los que todo el mundo puede, y debe, opinar. Son, al fin y al cabo, asuntos que nos conciernen a todos porque nos afectan directa, o indirectamente. El porcentaje de ciudadanos preocupados por la composición específica de las simbiosis liquénicas es muy bajo (nunca perderé la esperanza de que esto cambie). Es un hecho: los conocimientos que influyen poco sobre la sociedad, en general, y el individuo, en particular, movilizan poco, o nada, la opinión pública. Por otro lado, es completamente comprensible. Sin embargo, todo el mundo tiene una opinión sobre si las mujeres y los hombres son iguales, ya sea biológicamente hablando, desde el punto de vista del cerebro, en inteligencia, en la fuerza física, en los roles sociales, si esto debe cambiar, o no, etc. ¡Todo el mundo tiene una opinión! ¡Todo el mundo tiene derecho a tenerla, por poco fundada que esté! Esto es, lectores, la definición de política. La resolución de problemas que nos afectan a todos. Al menos, esta es una de las formas de entender la política desde Aristóteles. La diversidad de virus en el agua marina no es política (al menos, a priori). La producción agrícola en base a organismos modificados genéticamente, sí lo es. El comportamiento reproductor de los escarabajos cerambícidos, no es política. El comportamiento reproductor humano sí lo es.
Es muy común encontrar en el argumentario de ciertos “relaciones públicas” de la ciencia, a la postre, proselitistas de la tecnocracia, y de gobiernos de corte aristócrata, que las decisiones políticas deben tomarse de forma “científicamente informada”. De hecho, las posiciones más extremistas llegan a postular que toda decisión política toma “en contra” de argumentaciones “científicamente informadas” son ilegítimas. En realidad, estamos delante de una guerra de ideas. Aquellas ideas susceptibles de cambiar el statu quo son atacadas por considerarse poco científicas, mientras que aquellas que no lo alteran sí que gozan de un apoyo fundamentado pese a que, en rigor, todas las propuestas basan sus postulados y acciones en resultados avalados por publicaciones científicas revisadas por pares. Obviamente no hablo de propuestas pseudocientíficas que van más allá de las fronteras de la ciencia, si no de propuestas políticas que abogan por cambios de paradigma del sistema productivo. Por ejemplo, cuando se argumenta en favor de un modo de producción agrícola capaz de alimentar a todo el mundo se abren enseguida dos propuestas: I) la producción biotecnológica y II) la producción agrícola. La primera, mediante el actual sistema económico y de propiedad intelectual, favorece el oligopolio productivo, el aumento absoluto de insumos en los campos y las emisiones de CO2, mientras que el segundo simplemente no es posible en un sistema productivo capitalista donde la concentración de la tierra es enorme (la concentración de la tierra impide la creación de lindes, necesarias para la existencia de depredadores naturales que ayuden a controlar de forma orgánica las plagas) y donde la necesidad de un aumento exponencial de la producción es una ley del propio sistema (ley incompatible con la conservación de los ecosistemas). Las dos propuestas son posibles. Ambas tienes resultados en el sistema productivo diametralmente opuestos. Ambas son capaces de alimentar a la actual población del planeta (aunque forma parte del desprestigio tecnócrata habitual de las técnicas orgánicas de culto asegurar que esto no es posible, pero varios trabajos de la FAO, entre otros, demuestran lo contrario). Pero, ¡oh, sorpresa!, los principales divulgadores científicos afirman que la alimentación ecológica “no tiene base científica”.
No debe de extrañarnos esta confrontación. El conocimiento científico, a medida que se hace más y más grande, también se hace más complejo. El mecanicismo newtoniano que atribuía a la naturaleza propiedades de máquinas perfectas las cuales eran absolutamente cognoscibles ha muerto. Las interconexiones entre diferentes partes de los organismos, de los ecosistemas, de las sociedades, las hacen sistemas complejos difíciles de predecir. Por ello, estudios parciales sobre subsistemas dentro de estos sistemas complejos puedan dar lugar a conclusiones diferentes sobre el devenir del todo. Y esto, a su vez, puede dar lugar a debates políticos sobre cómo ser resolverá el futuro de dicho sistema. Y, tampoco es de extrañar que ciertos profesionales de la ciencia, sintiéndose parte de una élite que los utiliza para mantener su poder, decidan hacer buena la cita de Karl Marx y Friedrich Engels de 1848 en La ideología germánica
“Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes. Es decir, la clase que constituye la fuerza material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza intelectual dominante. La clase que tiene los medios de producción material a su disposición tiene al mismo tiempo el control de los medios de producción mental, de modo que, hablando en general, las ideas de aquellos que carecen de los medios de producción mental están sujetos a ella. Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”.
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