De cuando estaba en ese lugar que siempre me dije que nunca iba a pisar
Yo no sé cómo carajo llegó, como entró, de qué manera o extraña forma… Yo sabía que no tenía que ir ahí. Estábamos en otro lado, y me mentí a mí mismo que a la 1:30 me iba, “porque mañana tengo que trabajar”.
Y ahí estaba, en ese lugar al que me había (también) mentido que nunca iba a pisar, porque es una porquería llena de las mismas caras de siempre haciendo lo mismo de siempre en el mismo lugar de siempre, por los siglos de los siglos.
Eran las 3 de la matina y ya me había entregado por completo a la noche (noche = puta que se te abre de piernas y luego siempre te termina cobrando algo, aunque sea solo resaca), luego de un ron con cola, una Stella Artois (mi amante por excelencia), y un Jack Daniel’s (de mis mejores amigos),en ese momento tenía un asqueroso fernet que me había invitado mi amiga tan alcohólicamente tierna ella.
He estado en lugares extremadamente dispares: desde boliches cuya puerta uno cruza y siente que ahora está en Miami (esos que te cobran la vida para entrar y que de alguna forma yo logro siempre entrar gratis), hasta verdaderos pedazos desprendidos de quién sabe qué parte del infierno. Recuerdo uno donde un borracho, parado en la barra, se meó en los pantalones como si tal cosa.
Bueno, este pretendía ser como Ibiza (España, no el boliche montevideano), pero se comportaba como el reino de Hades.
Le dije a mi amiga y a su hermana: “Me quejo de los chicos, porque acá hay chicos cuarentones y cincuentones. La puta madre, ya cuando tenés canas en la barba, cuando TODA tu barba es malditamente blanca… yo me siento algo así como incómodo. Deberían pedir documentos, y decirles: No señor, usted está vencido. Si usted entra nosotros tendríamos que llamar a la policía y hacer una denuncia por pedofilia.”
Aquello era infame. Toda la vaginal barra estaba custodiada por cuarentones y cincuentones, mientras la juventud propiamente dicha se dedicaba a mover las cachas en la pista, bien lejos de esta especie humana pedófila, vieja y verde. A tal punto, que cuando fueron a buscar alcohol a la barra un amigo y mi amiga, les dije: “Tengan cuidado, creo que esa vejez es contagiosa. No quiero que vuelvan y verlos de cuarenta años, con panza y canas. No envejezcan, hagan rápido el trámite y vuelvan. No conversen con nadie, no acepten caramelos de ningún geriátrico, ni pijas de extraños abueloides.” Porque obviamente los abuelos no iban a estar bailoteando en medio del agite (por el amor de Dios, sería el colmo del maldito ridículo). Estaban ahí, acodados, como en esos bares de la esquina que tan de moda estaban ANTES que ellos mismos nacieran, la puta madre que peleadores, veteranos del orto.
Y de repente sentimos ese hedor, un olor a mierda que subía desde algún lado. No peste de pedo, nada de gases: era caca, mierda, garco, era olor a bosta aunque no equina, cuyo aroma y sabor es característico e inconfundible.
Y de repente, un tipo cerca de nosotros se agacha y desaparece un segundo; cuando sube, tenía un perro negro entre los brazos. No era de él, simplemente el bicho estaba ahí. Yo no sé cómo carajo llegó, como entró, de qué manera o extraña forma… Yo sabía que no tenía que ir ahí.
No era cachorro, era grande, perro callejero grande y negro como aquella misma noche.
El pobre animal, había cagado en la pista de baile. Y no les voy a mentir, esto me pasó ayer. No el ayer de hoy, cuando ustedes lo leen, sino el ayer del hoy de cuando yo lo estoy escribiendo. Se los digo porque al llegar a esta parte del relato, recuerdo que tengo el mismo calzado que llevaba puesto anoche. Y recién ahora se me ocurre mirar mis suelas a ver si pisé aquella cosa.
Aparentemente no hay rastro. Un poco tarde lo mío.
Hoy mismo volvía del laburo (recuerden, mi hoy, no su hoy, este post es condenadamente viejo) y una vecina en lugar de saludarme me dice: Che que mierda X (tal que X es el boliche y difiere de cero). Ella había ido también, no vio al perro, ni a mí, ni yo a ella, pero ambos estuvimos ahí, y a ambos nos pareció una cagada, algo que el perro se dignó a subrayar con tanto realismo pragmático.
No sé cuál es, pero seguro que tiene una moraleja.
Opiobook: Acostumbrado al fin del mundo