“En el cine la vida nunca se termina”
Ese día llevaba un vestido de flores estampadas en blanco y negro, largo, un poco más arriba del tobillo, abertura hasta la rodilla, cinturón de la misma tela y bolsillitos adelante. Cabello castaño ondulado y suelto. Zapatillas negras con abertura en forma de triángulo para mostrar dos dedos. Gafas y un habano. Caminamos por el centro de Neiva en búsqueda de un café para conversar. Encontramos “El Manolo”, uno de los cafetines más antiguos de la ciudad ubicado en los alrededores del parque central. “Aquí está bien, este me gusta” dijo.
En el lugar dos borrachos dormían en el piso. Un hombre preparaba el taco de billar mientras otro montón hacía rodar las bolas por el paño o jugaba cartas tras el muro. La música era de despecho. En las mesas había muchas cervezas. La cocina olía a caldo, a carne en salsa, a cebolla, a tomate. Un anciano ofrecía naranjas. Eran las 10:30 de la mañana. Lucrecia Martel pidió un tinto. Más tarde tomó una foto del sitio, le pareció fascinante. La cineasta argentina visitó la capital huilense invitada por los organizadores del Festival de Cine de Neiva Cinexcusa.
Lucrecia Martel nació en Salta, una provincia al norte de Argentina, en 1966. Vivió allí hasta los 19 años, se fue a Buenos Aires a estudiar y volvió para filmar sus películas. “La ciénaga” (2001), ganadora del premio Alfred Bauer a la mejor ópera prima en el Festival de Berlín en ese mismo año; “La Niña Santa” (2002) y “La Mujer sin cabeza” (2008) nominadas en Cannes y coproducidas por El Deseo, productora de Pedro y Agustín Almodóvar. Sus Filmes han sido premiados o nominados en Sundance, Tolousse, La Habana, Lima, Sao Paulo y Quito. Lucrecia ha participado como jurado en los Festivales de Cine de Cannes, Berlín, Venecia, Sundance y Lima.
Es hija de Fernando Martel y Olga Lucrecia Carvajal. Su padre se dedica al comercio, su madre se consagró al hogar hasta que los siete hermanitos Martel estuvieron grandes. Hace poco retomó sus estudios. Débora es la hermana mayor de Lucrecia; están también Agustina, Soledad, María Fernanda, Javier y los Mellizos Gonzalo y Sergio.
¿Cuáles son los momentos que más recuerdas de tu infancia?
Tuve una infancia muy feliz. Compartíamos muchos juegos con mi mamá, yo creo que era una más de nosotros. El hecho de ser muchos hermanos también nos permitió armar como un pequeño clan de niños. Mi abuela (Borré la coma) nos contaba muchas historias, sobre todo de terror, de miedo, esas historias que son tradicionales. Yo creo que de ahí me viene la tentación del relato, de contar.
¿Cuál era el juego que no podía faltar en los ratos de diversión de los hermanitos Martel?
A los cowboys. Andar armados todo el día, arriba de los árboles o en los techos de las casas. Ahora me parece un juego medio violento, pero en su momento era más de estrategia, era yo voy por acá vos vas por allá. Nunca tuve los juegos pacíficos de las niñas en sus casas. Para mi generación los juegos más divertidos y libres eran los de los varones, los juegos de las nenas eran muy encerrados.
Liderabas el grupo de tus hermanos
Sí. Como eran muchos hombres en el juego yo no podía competir en quién saltaba o caía mejor, en eso me ganaban, pero sí en cierta audacia y en mucha paciencia. Si yo encontraba un buen lugar para esperar a hacer mis tiros podía estar media hora callada esperando a que pasara alguno y sorprenderlo. Y era muy mandona, creo que todavía lo soy. En los juegos (Quité: “que son”) de varones cuando participan las mujeres siempre se ponen en posición de mandar, es donde nos sentimos más cómodas.
A los cinco años fuiste a kinder con los zapatos de tu papá y una escopeta de juguete. A los trece te presentaste en el colegio disfrazada de cowboy ¿De dónde sacabas esas ideas?
Era porque jugábamos todo el tiempo a eso. Era como vivir en otro planeta, en un planeta de vaqueros. Te digo que hasta los 15 años yo me levantaba y pensaba ya en qué era lo que íbamos a hacer, cuál era el plan del día, no sé.
Cuando tienes 19 años te vas a Buenos Aires ¿Cómo fue ese cambio de la provincia a la capital?
Pensamos que yo no lo iba a aguantar. Buenos Aires es una ciudad muy grande y yo estaba acostumbrada a vivir con mi familia. La verdad es que cuando llegué y empecé a ver que me organizaba mi vida me dio tanto gusto que no pensé en volver nunca más. No extrañé la familia, la seguridad de la familia, todo eso.
Sientes atracción por lo científico pero también por las humanidades ¿De dónde vienen estos gustos?
Mi papá estudió Ingeniería Química. Desde muy chicos él nos explicaba las cosas con detalle y eso en mi casa se nota mucho. Todos mis hermanos no se conforman con una respuesta, todos quieren la precisión de cómo es que pasa. Creo que eso lo transmitió mi papá. En cambio la parte más literaria, más sin sentido común es de mi mamá.
¿En qué momento nace tu gusto por las cámaras?
Cuado yo tenía quince años, mi papá compró para toda la familia una cámara de video y yo ahí empecé a filmar. Filmaba películas de vaqueros con mis hermanos. Después me gustó saber usar una máquina, y luego empecé a filmar situaciones familiares. Pero nunca me imaginé que iba a ser directora de cine.
¿Cuál fue la primera película que recuerdas haber visto?
En la televisión se pasaban hasta tres películas western los sábados, veía también películas de piratas, todo lo que fuera de aventura me encantaba. Como a los 16 años vi en el canal estatal un ciclo de cine dirigido por periodistas especializados en el tema. Presentaban de un mismo director muchas películas y yo nunca había pensado que las películas eran como los libros que había un autor atrás. Vi una, vi otra; era a Carlos Saura el que pasaban, y empecé a sentir que lo conocía, que podía conocerlo y eso me encantó. Esa es la primera situación que tengo de haber entendido que una película estaba hecha por alguien o básicamente recogía el pensamiento de alguien.
¿En qué momento incursionas en el mundo del cine?
Yo tenía que volver a Salta porque no tenía trabajo en Buenos Aires. Estando en Salta hubo una competencia de cortos en la capital argentina. Un amigo me avisó, me presenté y gané con Rey Muerto. Eso permitió que la gente del cine me conociera y confiara un poco en mí. Luego empecé a escribir un guión de largo y una productora muy importante de Argentina me dijo que lo iba a producir.
Eres considerada una de las líderes del llamado nuevo cine argentino ¿Qué piensas al respecto?
Yo pienso que para que algo sea un movimiento, tiene que haber al menos alguna instancia de discusión política, filosófica, estética y eso nunca pasó en lo que se llama el nuevo cine argentino. Algunos quieren hacer cosas que le gusten a la gente, otros quieren hacer cosas muy personales, otros cosas más políticas, hay de todo en esa idea del nuevo cine argentino, no es tan homogénea vista desde adentro. No digo que cada director no pueda tener su posición política y filosófica respecto al cine, pero no hay un grupo de directores, por lo menos hasta ahora, que se haya puesto a discutir sobre eso.
¿Cómo nace la historia para “La ciénaga” tu primera película?
Creo que es bastante deudora de estas filmaciones familiares que yo hacía de adolescente. En Salta hay bastante racismo, porque hay una clase medio descendiente de europeos y una clase baja más indígena. También se veía mucho conservadurismo, y eso siempre me pareció atroz, entonces en La ciénaga yo lo que intenté fue, en el marco de una familia preponderantemente descendiente de inmigrantes, ver como es esa naturalización de un montón de cosas malas que nos van a hacer daño a todos. No solamente el que es marginado y maltratado sino también el que excluye hace su vida más miserable. En medio de esta sopa de cosas nació La ciénaga.
En todas tus películas hay una o varias familias, ¿Para ti qué significado tiene esta institución en la sociedad?
Yo he sido muy feliz con mi familia pero sé positivamente que la base de la corrupción de todos nuestros países está en la idea de familia que tenemos. Esa idea donde la sangre y la propiedad definen un grupo que tiene que resistir y defenderse, es una idea absurda, inútil, no sirve para armar una sociedad. Lo tenemos que cambiar de alguna manera. Modificar la familia, hacerla más abierta, relacionarla menos con lo material y más con lo afectivo, sin duda para mí, transformaría la sociedad.
Cuando Pedro Almodóvar vio la Ciénaga dijo que experimentó la emoción de encontrarse con una película distinta, única en el mundo y decidió buscarte para coproducir tus filmes. ¿Qué significó esto para tu carrera?
Primero que nada haber tenido la oportunidad y tenerla todavía de conversar con alguien que para mí ha sido definitivo en la cultura del mundo. Yo soy una admiradora de su trabajo y que él se haya fijado en el mío fue muy emocionante e inesperado. El hecho de tener la sensación de estar con alguien que no solamente tiene la capacidad y el poder para poner cosas en movimiento, sino que tiene la delicadeza de la visión es un privilegio enorme.
Las piletas y los niños corriendo son otros elementos comunes en tus filmes ¿Cuál es la razón?
Las piletas no me gustan como lugar para ir a bañarme, pero me gustan como lugar para ir a filmar. Para bañarme prefiero un lago sucio. En cuanto a los niños. Viví mi vida rodeada de ellos, entonces no me imagino una escena en que no haya alguno por ahí dando vueltas y aparte de eso me divierte mucho.
Le robas parte de los diálogos de tus películas a tu mamá, cuéntame un poco eso.
Mi mamá cuando habla tiene una carencia bastante grande de sentido común. Tiene una manera de hablar que a mí me parece muy creativa y muy falta de lógica. Muchas veces dice frases que parecen contradictorias o paradójicas y muy atractivas para mis películas o a veces me dan ideas de escenas.
¿Cómo eliges los títulos de tus películas?
En mis películas siempre hay títulos que parezcan como medio de terror, La ciénaga parece de un monstruo de pantano, La niña Santa es más latinoamericana pero también podría ser una película de terror y La mujer sin cabeza no queda duda.
En la mujer sin cabeza está presente el olvido y la intención de borrar la evidencia ¿Cuál es el sentido que tiene el olvido?
En América Latina la felicidad es excluyente o el bienestar es excluyente. Hay poca gente que la pasa bien y mucha gente que le cuesta mucho la supervivencia. Cómo se hace para vivir así. Tenés que aprender a olvidar y de eso se encarga la escuela, ella preserva la sociedad. En pocos lugares la escuela tiene una intención revolucionaria, en la mayoría de lugares pretende sostener el sistema.
En Salta, se apareció la virgen, La ciénaga recrea estos momentos. Tu mamá y tu abuela la vieron, tú no. ¿Cómo es tu relación con la religión?
En Salta todo el tiempo se aparece la virgen, ahora mismo debe estar apareciéndose. En mi colegio la religión estuvo muy asociada a la dictadura entonces le tengo un rechazo especial a cierta actitud de la iglesia en Argentina. No he sido muy religiosa, en algún momento sí, pero después ya no.
La religión y la insinuación al deseo entre amigas, hermanos, primos, son otras características de tus películas ¿Por qué te interesa mostrar estos mundos tan contradictorios?
Me parece que lo propio de lo humano es ese caldo contradictorio. La tensión entre personas no es algo dominable, eso es justamente lo más animalesco que tenemos. Entonces me parece que ese componente tan desbordado en un marco donde se intenta organizar un montón de cosas: lo religioso, lo legal de la sociedad siempre produce como locurillas y eso me encanta.
La superstición también está presente en tu obra cinematográfica ¿te consideras una persona supersticiosa?
Creo que esto me queda como muy infantil, si bien no creo en los espíritus sueltos y en esas cosas y en los espíritus que vuelven del más allá, creo que le tengo terror a todo eso. Si veo una película de miedo duermo un mes con la luz prendida. Si en mi casa siento un ruido nunca pienso que es un ladrón, pienso: “es un espanto”. Me gusta la oscuridad pero también me da miedo. Hay muchas cosas que a uno le dan miedo que también le gustan.
En tus películas los personajes no son felices, viven historias un poco decadentes ¿a qué se debe?
Yo creo que se puede ser feliz en medio de los problemas. Para mí la idea de felicidad en mis películas se tiene que ver de una manera particular que no es cuando el personaje se ríe sino cuando está haciendo las cosas que le gustan. La ciénaga la veían como una película decadente, pero yo no veo mis películas así, creo que tienen un humor un poco raro, pero nada más.
¿Qué es la decadencia?
A mí la decadencia me parece algo bueno, sobre todo si lo que está decayendo es algo malo. Es una buena señal. De cierta forma si nuestra organización de la sociedad decae, bienvenido, no es una mala noticia.
En todas tus películas hay una caída o una muerte, pero no se ven ¿ Por qué tu gusto por sugerir sin mostrar?
A mí me gustan ciertas herramientas con las que construye el cine de terror y una de ellas es que lo evidente no produce nada. Es bien difícil saber dónde está el mal, dónde está el bien, por eso creo que es mejor no mostrar, para entender mejor, para entrar en otro nivel de comprensión.
La mujer sin cabeza fue abucheada por la prensa en Cannes y Elogiada por la crítica en The New York Times ¿Cómo manejar los elogios y las desaprobaciones?
El que hace cine tiene que estar preparado para eso, uno hace algo que trasciende el periodo de la propia vida de uno. Se va a poner en contacto con infinidad de gente. Hasta que no desaparezcan por completo por una hecatombe todas las copias de mis películas siempre va a haber una relación que a veces va a ser buena, a veces va a ser mala con la película, ese privilegio se paga. A veces hablás con alguien para quien tu película le permitió ver algo, reconocer algo de sí mismo, eso es un privilegio enorme. Si ese privilegio se paga aguantándote que algún periodista hable mal de tu película me lo aguanto.
¿En qué momento empiezas a escribir un guión?
Es un proceso que a mí me lleva mucho tiempo. Elegir qué contar es una cosa muy delicada, eso es relatar. En qué elige uno para representar determinada situación o determinado personaje puede haber una revelación sobre las cosas.
¿Dónde escribes, en un estudio silencioso o prefieres otros lugares?
Prefiero un lugar donde me hablen, escuchar que hablan, en la calle, con la radio. No puedo trabajar en silencio porque crecí haciendo los deberes en la cocina de mi casa rodeada de seis hermanos.
Tus Películas tienen finales abiertos. ¿A qué se debe tu gusto por lo indefinido?
Es que creo que el cine tiene una cosa magnífica y es que podés ver la peor catástrofe de edificios cayendo y es posible que nadie haya muerto, salvo alguna desgracia. En mis películas ha muerto alguna persona pero no ha muerto ninguna. Eso es fantástico. Nada se termina realmente hasta que no se termina la vida de alguien y en el cine no se termina nunca la vida, no se termina, porque el espectador sigue vivo entonces para mí está bien que la película continúe, la película terminará cuando muera el espectador y ya no pueda imaginar más nada.
¿Cuáles son tus nuevos proyectos audiovisuales?
Estoy trabajando paralelamente dos proyectos uno sobre un crimen que hubo en Argentina y el otro es la adaptación de un libro que es una de las obras maestras de la literatura Argentina.
¿Qué te motivó a asistir al Festival de Cine de Neiva Cinexcusa?
Me pareció que los chicos están haciendo una movida increíble, que yo también soy de una ciudad de la periferia de las grandes ciudades de un país y sé lo difícil que es generar situaciones culturales, eventos y poder compartir y traer como noticias de otras partes y a mí me encanta hacer eso.











