La pequeña peliverde levanto la mirada, levemente intimidada por el mayor ya que nunca había tenido muy buenas experiencias con ellos… además de que la mirada del mismo era aterrorizante.
Sin embargo, su pregunta parecía ser sincera, así que pensó que en el fondo, él podía ser una buena persona.
— Hum… sí. — respondió, desviando su mirada hacia otro lado. — … En realidad, yo debería estar en casa de mi nueva familia… pero no recuerdo como llegué hasta aquí. — jugueteó con sus dedos, levemente nerviosa.
Sus ánimos no podían encontrarse mejor aquél día, y con buena razón, puesto que durante las prácticas se había lucido de un modo increíble. Sus remates, espectaculares, con un estilo genial. Como un “¡Bam!” fluyendo en cada movimiento ¿Cómo no sentirse feliz? Parecía que su fuerza en la cancha mantenía todo bajo control; disfrutaba enormemente esa sensación de poder responder al máximo en lo que esperaba de sí mismo al jugar. Por supuesto, los elogios de sus compañeros, dando digno reconocimiento a su desempeño era algo que le hinchaba el pecho de emoción pura. Ni siquiera pudo ser consciente de la hora, la práctica había culminado demasiado pronto para su gusto por lo cual estuvo rondando a los otros miembros del equipo a la espera de que alguno accediera o quisiera quedarse para acompañarle a probar un poco más sus remates.
Lamentablemente, no le quedó mayor opción que resignarse cuando todos le evadieron fantásticamente; incluso mientras daba vueltas en los probadores tratando de instigar los ánimos entre comentarios y bromas, no obtuvo resultado. En algún punto llegó a pasar por alto a Akaashi, con quién planeaba marcharse. Para cuando se dio cuenta el de cabellos negros había abandonado los vestidores antes que todos, dejándole con los demás chicos. En voz alta soltó una serie de recriminaciones contra el escurridizo joven mientras se apresuraba a terminar de cambiarse.
Tuvo que correr un buen tramo desde el gimnasio de la escuela, para lograr darle alcance; aunque realmente esto no representó agotamiento alguno para el enérgico, y ahora exaltado, capitán. — ¡Akaashi! — Gritó, llegándole por detrás al más bajo.— ¡¿Pero qué pasa contigo?! ¡Te has ido sin avisar siquiera, eso es de lo peor! Ya te había dicho que quería buscar una película en tu casa… — Sus escandalosos reclamos, se vieron interrumpidos cuando sus ojos se encontraron con la pequeña figura de cabellos verdes. Parpadeó con un brillo curioso en sus grandes orbes. — ¿Y esta niña? ¿Es un familiar tuyo? ¡Wooow! No sabía que tuvieras familia tan adorable, no se parecen ¿Verdad? — Sus aceleradas palabras, fueron seguidas por una leve risa burlona tal vez demasiada alta. Era sorprendente como su voz abarcaba sin problemas el silencio de la calle.
Escuchó la voz casi en murmullos de la pequeña niña, observándola aun de reojo. Al parecer le tenía miedo, lo supo porque la peliverde no se atrevía a verlo directamente a los ojos... Bueno, no le haría mal a Akaashi tratar de hacer una buena acción hoy ¿No? — ¿Quieres que te ayude a-...? —Paro en seco de hablar en cuanto los gritos de su capitán se oyeron a lo lejos. Una gota bajo por su cien, si antes se le dificultaba un tanto poder hablarle a la niña con normalidad, ahora con Bokuto sería mucho más dificil. Para empezar, seguramente ella se asustaría con todos los gritos que daba el enérgico Bokuto ahora mismo. Encima comento diciendo que era su familia o algo así. En serio, ese chico tenía un problema para controlar su energía aunque sinceramente ya estaba muy acostumbrado, solo que ahora trataba de ser cuidadoso porque la infante acabaría demasiado asustada y nerviosa.
— Bokuto-san, no grites tanto. —Suspiró pesado, negando con la cabeza después — No es un familiar mío, es una niña que encontré cuando iba de camino a casa, acaba de confirmarme que está perdida. —El azabache alzó la vista, notando que los rayos del sol bajaban y empezaba a escurecer — Creo que lo mejor es llevarla a mi casa y mañana temprano ayudarla a que pueda volver a su hogar. —Normalmente siempre se mostraba estoico e inexpresivo, pero en el fondo sabía expresar sentimientos mediante acciones. Seguido de decir aquello, le preguntó el nombre a la ajena y extendió su mano hacía ella, intentando que tomara un poco más de confianza con él. — Por cierto, Bokuto-san... Si vas a acompañarnos, dejame pedirte que al menos seas de ayuda para cuidarla. —Lo miró fijamente.
Sí, si estaba regañándolo un poco con la mirada para que no metiera más la pata hasta el fondo.












