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Sicarios | (Latin) Hetalia | Segunda parte
Notas: primera parte aquí
- La oreja de Wang Yao. Cumplí con mi parte.
- Y yo con la mía. El dinero está depositado y tienes una comisión, querido, solo porque te encargaste del perro faldero de mon chérie Arthur. ¿Te gusta, Martín, el sabor de la venganza? Hay pocas cosas que conozco que saben tan bien como ella.
Martín sonríe y se bota en el sillón. Le pesa el cuerpo y la cabeza y está inquieto y juguetón. Tiene unas ganas de echar a correr, que a veces se mezclan con sus deseos casi incontrolables de volver a ser vestido, ser peinado, ser maquillado, fotografiado, adorado. Se siente como un gato encerrado en una caja, así de atrapado. Así de libre, de igual manera, pero Martín era un hombre de emociones y si Francis no le daba lo que necesitaba pronto, estaba seguro de que las cosas no irían tan bien. - El suicidio cuenta como encargarme de él, ¿no? Francis pestañó sorprendido. - ¿Se suicidó? ¿Cómo? - Cayó balcón abajo. Le tenía la pistola en la nuca. Se impulsó y se tiró. - ¿Se tiró? –El francés dejó su copa de vino tinto sobre la mesa, pero no le ofreció a Martín- Un cobarde. Aunque no me sorprende, viniendo de Arthur… Crea un nido de cobardes. - ¿Por qué tanto odio contra Kirkland? –preguntó con interés. Francis sonrió con melancolía. - Tú llegaste después y te elegí para que vinieras a reemplazar el lugar que Arthur quemó. Toda mi esperanza está puesta en ti, Martín. No has hecho ahora más que darme alegrías. - ¡Qué labia, Francis! Pero no me contestaste. ¿Qué te hizo Arthur? - Mató a mi hijo. Ese era un dato que Martín no conocía. Y se vio tentado a acomodarse en el sillón y verle curiosamente con las cejas fruncidas. - ¿Tu hijo? ¿Tenías un hijo? - No de sangre, Martín, no. En mis treinta y siete años no he tenido el privilegio de engendrar, pero sí lo he logrado de corazón. Ahí está mi diferencia con ese perro de Kirkland. Que Arthur se haya aprovechado y haya arrancado de mí lo que más pude cuidar, lo que más pude querer, es imperdonable. Me hizo sentir vulnerable. Me hizo sentir solo. Así que ahora yo voy a ser su ruina. Y a través de ti, y de todos mis muchachos, lo lograré. ¡Perfecto, ya diste el primer paso! Mataste al único sicario que le seguía siendo fiel. ¡Y de qué manera! ¡Tan inteligente! ¿Cómo lo supiste, ah? ¿Cómo supiste que te estaba engañando? - Era obvio. Y la vez que nos quedamos juntos en el motel, cuando desperté lo vi arriba mío, apretándome el cuello. Creyó que no lo noté, que no me di cuenta cómo botaba la navaja. –Murmuró explicativo.- Que el coqueteo tan evidente no era porque yo le había gustado, que todo lo había preparado antes. Manuel era un hombre obvio. Muy, muy obvio. –terminó con una leve mueca alegre, pero no le dijo jamás a su jefe que Alfred había sido el artífice de su frustrado intento de homicidio. O O Seis meses habían pasado y Arthur se dio cuenta de que era como si le faltara algo. Seis meses raros, solitarios, acompañado de hienas que no sabían hacer más que pedir y entorpecer su trabajo. Si él solo tuviera un enemigo más grande que su apatía, podría asumir que lo que faltaba en su vida era Manuel. Sus intrépidos y mordaces comentarios, sus quejidos gustosos cuando debía hacer lo que se le daba mejor, simplemente las miradas silenciosas que le entregaba los días en que estaban juntos, callados, fundidos en el calor y el olor fino de los muebles, la privilegiada, la placentera estancia que ahora se hacía humo en sus recuerdos. Poquito a poco, se iba olvidando hasta de la voz de Manuel, ronca y suavecita a la vez, susurrando contra su oído, su aliento, ese sabor a cigarro que le invadía la boca y le consumía entero, era como si hasta su cuerpo completo se perfumara del olor al palillo cancerígeno, ese aroma que se desprendía de él y que lo iba dejando con lentitud. Echaba de menos a su sicario, lo extrañaba en todos los sentidos. No se sentía culpable de su suicidio, pero admite que lo dejó pasar. Tal vez, si lo hubiese escuchado, si hubiese prestado un poco más de atención a lo que Manuel le dijo las cosas irían de otra manera. No tendría el dinero por matar a Wang Yao de todas maneras, porque sabía él ya que Francis y su sicario gozaban de él, pero en este preciso momento no se sentiría tan solo. Arthur era un hombre que se deprimía fácilmente y que mojaba su lengua con alcohol cada vez que la melancolía venía a él como olas, inundándolo todo, y ésta no fue diferente. Anduvo pronto tambaleándose dentro de su exquisito salón, aferrándose de los sillones, cayendo al suelo, suspirando, quejándose, respirando hondamente y dejándolo ir. ¡Su negocio estaba cayendo en la ruina! Los hermanos Vargas nunca habían sido más ineficientes, Alfred estaba condenado en una jaula que se encontraba en su subterráneo, encadenado, sucio y harapiento, y Arthur no esperaba nada más que se muriera de hambre, porque la comida que le daba una vez al día y que consistía en una pasta tan escasa como aceitosa, no sería nunca adecuada para nutrir aquel cuerpo que fue un día esplendoroso. Roderich de pronto desobedecía sus órdenes y Luciano parecía estar en un mundo diferente, ¡y para qué hablar de los otros, de cuyos nombres ni se acordaba! Kiku era la excepción, al menos podía confiarle algunas tareas a él. Pero luego, nada. Aquel próspero empleo que le ofreció una vez las más grandes riquezas, caía hoy deplorado a su fin. Con los sentimientos atolondrados, Arthur se recostó en su sillón, abrazándose las piernas y escondiendo la cabeza en las rodillas. Todo su entorno daba vueltas a su alrededor. Se le subían las náuseas por la garganta, se le entumía el cuerpo, le faltaba el aire. El corazón le latía más lento de lo que recordaba y tenía sueño. Pobre de Arthur, tan desganado estaba que las fuerzas no le daban ni para alcanzar el vaso de cristal que yacía en la alfombra. Y menos estuvo dispuesto a ponerse de pie cuando oyó que tocaban en su puerta. - ¡No estoy para nadie! –gritó sintiendo cómo se le enredaba la lengua y se le desparramaban las babas por el mentón. Pero volvieron a insistir. Arthur maldijo al cielo y golpeó fuertemente con su puño el costado del sofá; en un vago intento por levantarse rodó suelo abajo. Se sentía deplorable, ultrajado, casi agonizante. Quería dinero, quería emoción, quería todo de nuevo, quería ser el dueño de quienes le dieran el placer de acabar con cada uno de sus enemigos, quería ser glorificado, quería ser alabado, quería lavarse la cara, quitarse la ropa sucia y ser el inglés, el caballero inglés que con prestancia demostraba ser el líder del crimen a guante blanco. Elegante, fino, buenmozo, británico, ¡esa facha que tienen los británicos! Arthur quiere volver a ser eso, y a ser más. Él quiere ser el gentleman que conmovió a Londres entero al salir absuelto por un doble homicidio y una redada, el que fingió honestidad, inocencia ante las cámaras con sus bonitos ojos verdes y sus pestañas rubiecitas. El que se libró de un período largo en la cárcel y libró también a Alfred de diez años bajo prisión. Pero ahora, en este precioso instante, Arthur no es nadie. Arthur Kirkland se ha evaporado. Y Francis Bonnefoy ha tomado el control de las muertes por encargo en este lado del continente. Y la puerta vuelve a sonar. Esta vez Arthur quiere ir y abrirla, y se esfuerza duramente por conseguirlo. Inhala, se limpia la boca con los dedos temblorosos y vuelve a suspirar, profundo. Las piernas le parecen de lana, se tambalea y se desploma, pero sigue vigoroso, orgulloso a jalar la perilla que le separa de este curioso personaje que ha venido a molestar en sus momentos íntimos. Se sostiene de ella para mantenerse en pie, se quita los cabellos que le vuelan sobre los ojos, ya basta de mediocridad. Abre la puerta de un tirón. Y se cuestiona si todo esto que ha estado viviendo últimamente no es más que un sueño. Porque su querido sicario está ahí, mirándolo, inexpresivo como siempre, frío como un témpano, aguardando por oírle decir algo. Está sano, ni un rasguño en su cara, no hay en él rasgos de haber sido maltratado, de haber vivido en agonía, de haber huido de un tormento. Se encuentra ahí, callado, reservado y no le pide pasar. Arthur tampoco puede decir algo, lentamente atina a acercar su mano y rozarle con los nudillos el mentón. Está frío, muy frío, parece un muerto. - Hola, jefe. Dos simples palabras. Y los ojos de Arthur se abrieron violentamente. Violentamente también le agarró de los hombros y lo llevó dentro. Manuel ni siquiera pudo decir algo cuando las manos de Arthur ya estaban tocando por aquí y por allá. O O - ¿Cómo lo hiciste? Yo mismo te vi en la morgue, te vi con la cabeza rota, con los huesos rotos. Yo mismo te enterré, todos los sicarios asistieron al velorio, yo reconocí tu cuerpo, ahí, dentro del ataúd. - Algunas cosas son mejor si se mantienen en secreto. Olvidémonos del cómo fue. Estoy aquí, jefe, y dispuesto a retomar el negocio. - ¿En dónde estuviste todo este tiempo? –Arthur quería seguir con las preguntas. El auto dobló a la derecha y mirando por la ventana supo que faltaba muy poco para llegar al club. - En Las Maldivas –contestó con simpleza, agachando los hombros. Kirkland hizo una mueca que Manuel no fue capaz de interpretar. - No tienes vergüenza. El automóvil detuvo su movimiento con una ligera sacudida y el chofer les comunicó que habían llegado. Arthur abrió la puerta, bajando con prestancia. Había vuelto a ser el de antes, sonriente y altanero, el que se roba las miradas de las prostitutas que forman fila para ver si algún narcotraficante, un político o un sicario las elige para pasar la noche, de los hombres dispuestos a dar o recibir con tal de tener la dicha de ser parte del cuerpo de Arthur Kirkland, en fin, de un montón de gentuza sedienta de poder, que él ni nota ni le interesa notar. Manuel se baja después, mirando el reloj de su muñeca. Quedó con Catalina para verse esta noche y espera que sea consecuente. Arthur le distrae cuando le ofrece el brazo, él pestañea y lo acepta, son el blanco de las miradas de todos aquellos que disfrutaron al saber que le negocio de Arthur estaba arruinado, los que ahora los miran asombrados, ardiendo en rabia, sorprendidos de que este incomprendido inglés camine junto a un muerto. Y Arthur les sonríe, ¡hasta les hace ojitos! Cuando entran, Manuel lo suelta y busca con la mirada a Catalina. Bate las palmas contento apenas la ve, y va corriendo a su encuentro. Los que conocen el negocio y estaban segurísimos de su muerte, le ven como una aparición. - ¡Te eché de menos! –grita echándosele al cuello. Catalina mueve su mano contra su bonito rostro, como insinuando que tantos mimos le asfixian. - Pero si nos vimos hace una semana, ¿y no se acuerda de las nochecitas que pasamos allá en las Maldivas? ¡Todavía me duelen las caderas! - ¡Esa boquita, mi amor! –Susurra Manuel y se aleja con lentitud.- ¿Tení trabajo hoy día? - Toda la noche ocupada. ¿Ve a ese hombre, el que está bebiendo un whisky sentado al lado del de sombrero blanco? –le señala Catalina. Manuel mira y asiente- Con él. Pagó bien. Pagó incluso por las primeras horas de mañana. - Pero Catita, ese hueón podría ser tu abuelo –Manuel está sorprendido. Es un hombre mayor, muy mayor, su rostro está lleno de arrugas a pesar de que la prestancia que lo rodea es semejante a la de un rico. Viste de traje negro, sus zapatos están lustrados, sus ojos celestes brillan mientras conversa con el barman. Catalina se encoge de hombros, porque Manuel tiene razón. ¿Cuánto tendrá? Unos setenta, setenta y cinco, y ella es una dulce jovencita de veintiún años. Pero lo importante es la plata. A Catalina no le importa prestarle su cuerpo una noche si a la mañana siguiente su cartera pesa más. - ¿Pero ahora tení que ir con él o podí lesear un rato acá? - ¿Quiere que me quede? ¿Por qué siempre hace tanto rodeo para pedir las cosas? Manuel le sonríe. Ellos saben que la sonrisa es toda la respuesta necesaria. Terminan moviendo sus cuerpos pegados al son de alguna cumbia perdida, bajo la luz de las brillantes esferas que rodaban sobre sus cabezas, entorno al sudor y lo cálido que se había vuelto el aire que respiraban, la estrecha diferencia entre sus rostros perlados, sus labios que se acercaban y se retraían, buscando y perdiendo, alcanzando y abandonando, entrelazándose, separándose… ¡qué gusto era el de tenerse así, tan dulces, apetecibles! Manuel la besa y es como si no existiese nada más. Y Catalina se siente una princesa. Se siente la reina del mundo. Lo abraza, lo acaricia, lo respira todo. Le gustaría a veces, vivir así, le hace pensar. ¿Y si dejo esto? ¿Y si le digo a Manuel que nos vayamos? ¿Y si le digo que lo amo? La única vez que se lo insinuó, Manuel se echó a reír. Se llama calentura, le dijo. Y a Catalina no le quedó más que sonreír tristemente. O O Sus ojos se cruzaron con otros agitados y dilatados, locos de algarabía y borrosos de lujuria. Los suyos demostraron la contrariedad y la curiosa sensación de hallar lo increíble, lo imposible. Fue como si hasta las musas que tenía a su alrededor, aquella de cabello negro como la noche y la otra castaña, casi rojiza a la luz, detuvieran su erótico danzar y le dejaran. Lo vio a él, allí, como un muerto andante, como una aparición, como un ser del otro mundo. Lo vio cogiendo la nuca de una morena y guiñándole el ojo, como invitándolo a jugar de nuevo, molestando, presionando, notó su risa y su sarcasmo, su ironía y lo vio seguir bailando como si nada hubiese ocurrido. Se le derrumbó todo. Martín no podía creerlo. Pues fue el testigo de su suicidio, desde arriba vio cómo la sangre se deslizaba de sus oscuros cabellos, lo miró inmóvil en el suelo, y se escabulló cuando oyó las sirenas de la policía acercándose al hotel. Francis le contó cómo Arthur miró solemnemente su tumba el día del entierro y cómo se quedó quieto y de rodillas hasta que cerraron el cementerio. Era imposible que Manuel hubiese sobrevivido a tal caída. Simplemente no existían posibilidades para que eso fuera correcto, pero sin embargo, ahí estaba, vivo como una cucaracha, arrastrándose como la víbora que era, bailando con su puta personal, besando a Arthur en la mejilla de vez en cuando. Ahí, dejándole impotente. Impresionado, estupefacto. María, la cascada negra, le roza el pecho y le pide que le preste atención, la rojiza Victoria no se queda atrás, y es que él está como abducido. No se encuentra aquí ni tampoco allá, allá donde Manuel toca la nariz de Catalina y se aleja moviendo las caderas al ritmo de la música. Bajo el cabello rubio su cerebro no responde ninguna crítica de estas dos mujeres, pero trabaja a suficiente ritmo como para saber que es su oportunidad de arreglar ciertos asuntos con Manuel. Y Martín no tiene ningún recato en hacerlas a un lado, porque como ahora no las desea, las deshecha, camina a paso rápido entremedio de los cuerpos sudorosos de los grandes políticos, los narcotraficantes más populares que nunca han conocido la prisión, las prostitutas caras, los sicarios, las estrellas famosas, un montón de gente que estorba, persiguiendo con la vista el cabello marrón del sicario de Kirkland perderse lejos de la multitud. A veces se le disipan los pasos, a veces otras personas se cruzan en su camino, pero Martín logra colarse a los interiores de ese club, donde hay habitaciones lujosas para pasar la noche y se encuentra con Manuel a punto de encender un cigarrillo, recostado contra las paredes mostaza, que ni cuenta se ha dado de su presencia. Sorpresivamente, como lo hizo cuando posó aquella arma contra su nuca, le jala de los brazos y hace que su pobre cabecita rebote contra la fría muralla. A Manuel se le escapa un quejido que con facilidad podría ser confundido con uno de lujuria, que hace que le rueden los ojos y que su ceño relajado se compunja. Entre pestañeo y pestañeo cayó en cuenta del hombre que le aprisionaba a la pared. - Fuiste más delicado la última vez –le susurró fingiendo pena. Sus ojos marrones van a colarse por el contorno de su nariz, su pecho y, traviesos, recorren la curvatura de su entrepierna. Se echa a reír por su propio acto, tironeando de sus brazos para tener libertad. - ¿Cómo lo hiciste? - ¿Qué cosa? - Aparecer ahora. Vos te lanzaste de un quinto piso, ¿cómo mierda podrías haber sobrevivido? - ¡Mmm! ¡Adivina, adivina! –responde él con gracia. Intenta irse, pero los dedos de Martín se clavan en sus brazos un poquito más- ¡Ah! ¡Ya! Bueno, ¡lo que pasa es que soy tan cambiante! Me tiré porque quería morir, pero cuando iba cayendo ya no quería, entonces puse todas mis fuerzas para no morir. ¡Y no morí! - Estás enfermo –le susurró con una voz que delimitaba la repulsión y el entretenimiento. - ¿Recién ahora te dai cuenta? - No. Me di cuenta desde el momento en que te sentaste al lado mío y apestabas a ese perfume dulce. - No hables mal de ese perfume, mi querido Martín –ironiza Manuel- Me lo regaló Arthur. Entonces el rubio sonríe. - Como el bonito perro que sos, defendiendo a su amo. Manuel curva el rostro con lentitud, la misma expresión que dio cuando lo miró en una fotografía por primera vez. Sus ojos, siempre penetrantes y fríos, se hunden en los suyos como si fuese una máquina. - ¿Te vas a su cama todas las noches cuando el jefe lo pide? ¡Jugando con su paciencia! - No te queda mucho que hacer, de todas maneras… - Hueón, en serio, yo no tengo paciencia, no juguí conmigo. - ¿Por qué? ¿Te toqué una fibra sensible? - ¿Por qué no te maté cuando tuve oportunidad? Martín lo soltó con brusquedad, y Manuel tocó el piso sintiéndose sucio. Las manos sudorosas de aquel hombre le abandonaron pero era como si siguiesen estando allí, de cualquier forma incomodándole, se rascó el cuello, empuñó las manos, Martín echó vuelta atrás abandonándole. Manuel sintió que nunca le había dolido tanto que alguien le llamara perro. - Simple. Porque sos débil. Y las palabras retumbaron entre las paredes como si alguien las hubiese tallado con profunda precisión. No, no soy débil. Yo nunca fui débil. Se mete la mano al bolsillo y hurguetea en busca de la pistola. Ni revisa si está cargada. Le apunta a la cabeza. A ver si soy tan débil como para no atreverme. Su dedito roza el gatillo, ¡tiene la mano tan transpirada! Como que se resbala. No puede dispararle. Baja el arma mirándole con los ojos tristes. Nadie nunca le había dicho la verdad. La verdad duele montones. O O Catalina estaba acurrucada contra los sillones de cueros cuando él llegó y no le dijo nada. - ¿Cata? –preguntó él, moviéndole del hombro- Oye, Cata. –y la vio llorando. Vio cómo el maquillaje negro se deslizaba por su bonita cara. Su pulgar ayudó a disuadirlo.- ¿Por qué estai’ llorando? - Por cosas muy tontas –responde entonces ella, riendo un poquito- A veces me pongo tarada. - No digai’ eso, tú erí la mujer más inteligente que yo he conocido. De hecho, la única. - Al parecer soy tan banal como todas. - ¿Qué te pasó? –se sienta con ella. Catalina se remueve y se coloca entre sus piernas, sus dulces cabellos caen en el vientre de Manuel. - Nada, Manuelito. - La gente no llora por nada –susurra- O eso me han dicho… - Es que me vienen esos sueños de mujercita… - ¿Qué sueños de mujercita? Catalina sonríe y se arrulla a sí misma. - María se rio de mí, de nuevo. Siempre que me ve con usted, se ríe. Dice que nosotras, las putas, seguiremos siendo putas hasta el resto de nuestras vidas, que nosotras no tenemos oportunidad de nada. Le dije que quería una familia –se ríe suavecito. Manuel frunce el ceño, sin entender mucho- Es el sueño de todas las mujeres. Y a mí me gustaría. Tener algún día un esposo, niños, yo quisiera una bebita… una bebita para ponerle Daniela. ¿Le gusta ese nombre a usted, Manuel? Daniela. - Es lindo. - Es lindo –repite y reflexionando, restriega su mejilla por la remera de Manuel- Yo sería buena mamá… a mi bebita no le faltaría nada, tengo ahorros, ¿sabe? Pero lo más importante, es que yo estaría con ella siempre. Siempre, siempre, siempre. No permitiría que ni la muerte me quitara de su lado. Manuel es pésimo comprendiendo las emociones de los demás, pero le han contado que cuando alguien habla así, en tono bajito, con la voz dulzona, con los ojos ahumados, es porque se está melancólica y para eso, sirven nada más que las caricias en el cabello. Y él se las da, sintiendo como Catalina se relaja y sus músculos dejan la tensión que les invadía hace momentos. Oye su respiración calmada, siente lo húmedo de sus lágrimas en sus muslos y él simplemente la contiene ahí, porque, sinceramente, nunca ha tenido mucho para ofrecerle. Solo con seguir la efímera trayectoria de aquellas caricias a veces frías, a veces cálidas, uniéndola toda, Catalina volvió a verse pequeñita, aferrada a la pollera de su madre, estrechándose ambas entre la multitud uniforme que henchía el interminable puerto que solían visitar para año nuevo, donde se refugiarían las sombras de la noche, mientras arriba, sobre la extensión azul corrían haciendo zigzag los crespos luminosos de innumerables culebrillas de fuego. Sintió otra vez los brazos de su madre cargándola, y sobre la masa del gentío, sus ojos, maravillados ante ese espectáculo de magia seguían con asombro el caprichoso ir y venir de la serpiente que persigue maripositas entre todo el ruido. Su madre tuvo la fuerza para sostenerla en brazos hasta el espectáculo final y al reventón de algunos cohetes aislados desde los barrios cercanos y no oficiales, comenzó el desbande general. Los niños miraban caer chispas por la pólvora como diamantes que se desgranan sobre un abismo insondable. Y se decidieron a caminar, arrastrando los pies, con su poco de pena ante la oscuridad de las calles, después de que llevaban encandilados todavía los ojos por aquella fiesta de hadas que contemplaron de prisma y cuya fantástica gloria de luna deslumbraría sus sueños durante muchas noches… acaso durante una vida entera. Volviendo a ningún lado, de la mano de su madre, aun miró una vez más a la inmensidad tranquila, donde ya solo lucían los destellos de las luciérnagas y los cánticos imperceptibles. Apretó más la mano de su mamá y partieron a vivir solas, como toda la vida. Esa madre, que Dios le había arrancado a los quince años. Que la había dejado a su suerte. Que había cooperado poquito, poquito para ver a su niña convertida en la prostituta actual. La pobre Catalina vivió vulnerable a cualquier mano negra que quisiera jugar con ella. Y hoy es simplemente lo que es. O O - Oiga, jefe, ¿no quiere tomarse un traguito antes de…? - No, no quiero trago. Te quiero a ti. - Ay, tómese esta copita. Mire, es vino chileno, ¡sabe lo rico que es el vino chileno! Tómese un poquito, por mí. - Hombre, yo quiero probar otra cosa chilena. Manuel tira de él en un beso hambriento, y le abre las piernas sin recatos. - Y lo va a hacer. ¡Hace tanto que no nos veíamos! Pero tómese este vinito primero, oiga, si se lo hice con tanto cariño. Tómeselo mientras yo le hago un regalito. - Manuel, Manuel, Manuel, my darling! I had missed you so much! El moreno se retuerce y deja a Arthur sentado en la cama, con la copa de vino en la mano, pero sin beberla aún. Sus frías y blancas manos van a desabrochar el botón del jeans, luego a bajarlo por sus rodillas y repite el procedimiento con la ajustada ropa interior negra. El contraste entre lo cálido de la piel de Arthur y sus congeladas manos es tan extremo que el inglés da un saltito. Después se ríe y pasa sus uñas por los cabellos de Manuel, felicitándolo, porque es un buen perro. - ¿Se tomó la copa? –pregunta él, como hablando con un niño. Oye a Arthur tragar y de reojo lo ve limpiándose la boca. La midazolam debe ahora hacer efecto en cuánto, ¿quince, diez minutos? Manuel se entretiene jugueteando con los muslos pecosos de Arthur, ¡le encantan sus pecas! Le encanta la gente con pecas. Cuando se acostó con Martín, estuvo rozando las pecas de sus hombros toda la noche, ¡no puede evitarlo! Es como un fetiche. Al igual que el pelo rubio, a él le hubiese gustado ser rubio. Nunca ha pensado en tener un hijo, pero si lo tuviera, ojalá fuese rubio. Arthur no hizo más movimientos en exactos quince minutos, tal cual la enfermera le había dicho. Manuel se limpió los labios con elegancia y se puso de pie, dejando que su jefe cayera dormido en sus edredones azules como un infante. Buscó entre los bolsillos de sus pantalones la llave del subterráneo que estaba unida a otra más pequeña, supuso que era la de la jaula en la que Alfred estaba atrapado y con todo en mano se dispuso a terminar con este embrollo. Cuando llegó al lugar oscuro, que solo alumbró con su celular, habían tres jaulas. Dos de ellas vacías. Alfred se encontraba en la última y el olor a muerto era más fuerte de lo que hubiese podido imaginar. - ¿Por qué ese olor, Alfred? –preguntó, pero no hubo respuesta. Manuel podía sentir los ojos azules del gringo fijos en él-. - Deberías saberlo –dijeron por fin. Manuel sonrió. - ¿Arthur te disparó? - Las curaciones a mi pie no han sido suficientes. - Lo siento. Un montón. No, realmente no. En fin, Alfred, hace mucho que no nos veíamos. - ¿A qué vienes? –y finalmente se dejó ver. Manuel observó a un hombre demacrado, sucio, y apestoso.- ¿Me vas a matar por haberle dicho todo a Martín? - No. Yo no soy de tu calaña. A mí no me sirves muerto, Alfred. A mí me sirves vivo. No como tu pololo. Tu pololo era un inútil que no servía para nada, no, supongo que algo bueno tendría que haber tenido, porque, ¿te acordai de sus caderas? Se le movían como… - ¡No te atrevas a hablar así de él, hijo de perra! –gruñó Alfred, apretando entre sus manos los fríos fierros de la jaula. - ¡No, Alfred, no insultes a mi mamá! Mis padres me criaron y me cuidaron lo mejor que pudieron. Yo no los culpo. ¡Y no me seai’ tan pesao’ conmigo tampoco! Yo vine aquí para liberarte –Manuel comenzó a abrir el candado que aseguraba el presidio de Alfred. El rubio lo miró pasmado y desconfiado-. - ¿Por qué harías eso? ¿Qué pasa con Arthur? - Arthur no sabe nada. –contestó concentrado, hasta que consiguió su cometido. Sonriente, meneó el candado de un lado hacia el otro, abriendo la jaula para que Alfred fuese libre. Pero Alfred dio unos pasos con miedo, que luego detuvo y volvió a imitar. Cuando se encontró fuera de la jaula, miró a Manuel fijamente. La sonrisa inalterable en los delgados labios del sicario hizo que se le pusieran los vellos de punta. - ¿Por qué? –cuestionó por vez última. - Esos niños te necesitan –respondió Manuel con naturalidad- Necesitan a daddy Alfred. Mommy Matthew ya se fue al cielo. El gringo se le quedó viendo con la mirada propia de los que temen. Manuel sabía. Él sabía. Y si él sabía, quizás muchas otras personas más también y entonces sus niños… - No te preocupí, gringo, nadie más sabe. Solo yo. ¿Te dai cuenta? Los dos sabemos cosas de ambos que son bien valiosas. Alfred se acarició las muñecas por pura costumbre. Luego echó a correr escaleras arriba. Y ni recordó que su tobillo estaba hecho añicos. O O - Nos llega una noticia de último momento. Hace pocos minutos fue encontrado un cuerpo mutilado en un prestigioso club de la ciudad, correspondiente a una mujer, de edad indescifrable y rostro completamente destrozado. Se hallaron escritos propios a su condición de prostituta en su estómago y sus piernas, y se presume que murió desangrada, debido al corte en su cuello. El cuerpo ha sido llevado al hospital más cercano donde se harán las pruebas necesarias para confirmar su identidad. El caso ha sorprendido en principio por la brutalidad y el ensañamiento. Estaremos informándoles pronto acerca de cómo va evolucionando. Victoria apagó la televisión y Martín le miró apenado. - ¡Adiós a nuestro trío!
