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DÍA NO. 18
NecEsItAMOS mAS ArTe De EsTe sHiP
la otp :^)
¿Por qué lo elegí? (DÍA 2. Momento Histórico)
Disclaimer: Arthur Kirkland pertenece a Himaruya y Manuel González pertenece a su respectivo autor en la comunidad de Latín Hetalia. Hago esto sin fines de lucro
Pareja: UKChi
Palabras: 512
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Manuel estaba en dictadura. Manuel estaba destruido, física y psicológicamente. Quería paz, quería que las tensiones con su vecino cesaran, que todo cesara. Quería poder volver a salir y no tener ese fantasma llamado miedo rondándole por atrás. Quería que los viajes al mar, que los vuelos hasta los volcanes se detuvieran para siempre… solo quería volver a la paz. Ansiaba poder volver a oler sus campos, oír a sus habitantes reír con libertad.
Pero los conflictos con Martín no hacían más que aumentar. Y todo por las islas del Sur que ahora quería reclamar el otro. ¿Por qué él no podía contentarse con todo el territorio que ya le había robado? Toda la Patagonia que en algún momento había formado parte de sus límites, y el argentino quería llevar las armas para no darle la salida a los dos océanos. Era ridículo al punto de decir basta.
Realmente, era un dolor de cabeza tras otro. Pinochet, Martín… ¡Que los partiera un rayo a los dos y le dieran su ansiada paz! Porque, pese a que no quería expresar todo eso en voz alta, su paciencia estaba llegando a un límite.
Cuando, como bajado del cielo, llegó Arthur, Manuel sospechó. Los ingleses, los estadounidenses, ninguno entregaba su ayuda sin motivo. ¿Qué podía decir? ¿Que de un día para el otro se había interesado en encontrar un amigo al otro lado del océano? Por supuesto que aquel rubio quería algo a cambio de ayudarlo.
Pero no creyó que ese algo tendría el precio que tuvo. Recibir la ayuda que Inglaterra le enviaría, conllevaba un costo que cargaría a modo de cruz por el resto de sus días. Y es que… si tuviera que volver a aceptar ser recordado como el traidor a la familia, por tener aquel maldito apoyo a cambio… lo aceptaría.
Porque todos sus primos podrían llamarlo traidor, todos sus hermanos podrían darle la espalda en las reuniones si querían. Pero ninguno de ellos había pasado lo que él. ¡Si! ¡La mayoría tuvo las condenadas dictaduras del Plan Cóndor estadounidense! Sin embargo, ninguno de ellos había tenido el desastre económico que el gobierno anterior le ligó. Y lo más importante, ¡ninguno de ellos tenía a Martín robándole tierras en la cara!
Si Manuel hubiera tenido que elegir entre los dos pares de ojos verdes que lo observaban desde posiciones alejadas, volvería a tomar la mano del inglés. Arthur estuvo cuando nadie más lo había estado. El europeo le ofreció todo, solo a cambio de una pequeña ayuda. Y si, Chile tuvo el pequeño sabor de la victoria. Después de los kilómetros cuadrados arrebatados por Argentina, aquellas islas del Sur que el británico anhelaba, no eran nada en comparación.
La República de Chile apoyó secretamente en recuperación de las Falkland Islands, porque mientras todos le dieron la espalda en reiteradas oportunidades, Kirkland lo ayudó. Y podrían irse a la mierda quienes luego lo acusarían de traidor, resentido y todo aquello. Por una vez, él pensó en sí mismo, y en lo bien que quedaba la mano de Arthur al tomar la suya.
Sicarios | (Latin) Hetalia | Segunda parte
Notas: primera parte aquí
- La oreja de Wang Yao. Cumplí con mi parte.
- Y yo con la mía. El dinero está depositado y tienes una comisión, querido, solo porque te encargaste del perro faldero de mon chérie Arthur. ¿Te gusta, Martín, el sabor de la venganza? Hay pocas cosas que conozco que saben tan bien como ella.
Martín sonríe y se bota en el sillón. Le pesa el cuerpo y la cabeza y está inquieto y juguetón. Tiene unas ganas de echar a correr, que a veces se mezclan con sus deseos casi incontrolables de volver a ser vestido, ser peinado, ser maquillado, fotografiado, adorado. Se siente como un gato encerrado en una caja, así de atrapado. Así de libre, de igual manera, pero Martín era un hombre de emociones y si Francis no le daba lo que necesitaba pronto, estaba seguro de que las cosas no irían tan bien. - El suicidio cuenta como encargarme de él, ¿no? Francis pestañó sorprendido. - ¿Se suicidó? ¿Cómo? - Cayó balcón abajo. Le tenía la pistola en la nuca. Se impulsó y se tiró. - ¿Se tiró? –El francés dejó su copa de vino tinto sobre la mesa, pero no le ofreció a Martín- Un cobarde. Aunque no me sorprende, viniendo de Arthur… Crea un nido de cobardes. - ¿Por qué tanto odio contra Kirkland? –preguntó con interés. Francis sonrió con melancolía. - Tú llegaste después y te elegí para que vinieras a reemplazar el lugar que Arthur quemó. Toda mi esperanza está puesta en ti, Martín. No has hecho ahora más que darme alegrías. - ¡Qué labia, Francis! Pero no me contestaste. ¿Qué te hizo Arthur? - Mató a mi hijo. Ese era un dato que Martín no conocía. Y se vio tentado a acomodarse en el sillón y verle curiosamente con las cejas fruncidas. - ¿Tu hijo? ¿Tenías un hijo? - No de sangre, Martín, no. En mis treinta y siete años no he tenido el privilegio de engendrar, pero sí lo he logrado de corazón. Ahí está mi diferencia con ese perro de Kirkland. Que Arthur se haya aprovechado y haya arrancado de mí lo que más pude cuidar, lo que más pude querer, es imperdonable. Me hizo sentir vulnerable. Me hizo sentir solo. Así que ahora yo voy a ser su ruina. Y a través de ti, y de todos mis muchachos, lo lograré. ¡Perfecto, ya diste el primer paso! Mataste al único sicario que le seguía siendo fiel. ¡Y de qué manera! ¡Tan inteligente! ¿Cómo lo supiste, ah? ¿Cómo supiste que te estaba engañando? - Era obvio. Y la vez que nos quedamos juntos en el motel, cuando desperté lo vi arriba mío, apretándome el cuello. Creyó que no lo noté, que no me di cuenta cómo botaba la navaja. –Murmuró explicativo.- Que el coqueteo tan evidente no era porque yo le había gustado, que todo lo había preparado antes. Manuel era un hombre obvio. Muy, muy obvio. –terminó con una leve mueca alegre, pero no le dijo jamás a su jefe que Alfred había sido el artífice de su frustrado intento de homicidio. O O Seis meses habían pasado y Arthur se dio cuenta de que era como si le faltara algo. Seis meses raros, solitarios, acompañado de hienas que no sabían hacer más que pedir y entorpecer su trabajo. Si él solo tuviera un enemigo más grande que su apatía, podría asumir que lo que faltaba en su vida era Manuel. Sus intrépidos y mordaces comentarios, sus quejidos gustosos cuando debía hacer lo que se le daba mejor, simplemente las miradas silenciosas que le entregaba los días en que estaban juntos, callados, fundidos en el calor y el olor fino de los muebles, la privilegiada, la placentera estancia que ahora se hacía humo en sus recuerdos. Poquito a poco, se iba olvidando hasta de la voz de Manuel, ronca y suavecita a la vez, susurrando contra su oído, su aliento, ese sabor a cigarro que le invadía la boca y le consumía entero, era como si hasta su cuerpo completo se perfumara del olor al palillo cancerígeno, ese aroma que se desprendía de él y que lo iba dejando con lentitud. Echaba de menos a su sicario, lo extrañaba en todos los sentidos. No se sentía culpable de su suicidio, pero admite que lo dejó pasar. Tal vez, si lo hubiese escuchado, si hubiese prestado un poco más de atención a lo que Manuel le dijo las cosas irían de otra manera. No tendría el dinero por matar a Wang Yao de todas maneras, porque sabía él ya que Francis y su sicario gozaban de él, pero en este preciso momento no se sentiría tan solo. Arthur era un hombre que se deprimía fácilmente y que mojaba su lengua con alcohol cada vez que la melancolía venía a él como olas, inundándolo todo, y ésta no fue diferente. Anduvo pronto tambaleándose dentro de su exquisito salón, aferrándose de los sillones, cayendo al suelo, suspirando, quejándose, respirando hondamente y dejándolo ir. ¡Su negocio estaba cayendo en la ruina! Los hermanos Vargas nunca habían sido más ineficientes, Alfred estaba condenado en una jaula que se encontraba en su subterráneo, encadenado, sucio y harapiento, y Arthur no esperaba nada más que se muriera de hambre, porque la comida que le daba una vez al día y que consistía en una pasta tan escasa como aceitosa, no sería nunca adecuada para nutrir aquel cuerpo que fue un día esplendoroso. Roderich de pronto desobedecía sus órdenes y Luciano parecía estar en un mundo diferente, ¡y para qué hablar de los otros, de cuyos nombres ni se acordaba! Kiku era la excepción, al menos podía confiarle algunas tareas a él. Pero luego, nada. Aquel próspero empleo que le ofreció una vez las más grandes riquezas, caía hoy deplorado a su fin. Con los sentimientos atolondrados, Arthur se recostó en su sillón, abrazándose las piernas y escondiendo la cabeza en las rodillas. Todo su entorno daba vueltas a su alrededor. Se le subían las náuseas por la garganta, se le entumía el cuerpo, le faltaba el aire. El corazón le latía más lento de lo que recordaba y tenía sueño. Pobre de Arthur, tan desganado estaba que las fuerzas no le daban ni para alcanzar el vaso de cristal que yacía en la alfombra. Y menos estuvo dispuesto a ponerse de pie cuando oyó que tocaban en su puerta. - ¡No estoy para nadie! –gritó sintiendo cómo se le enredaba la lengua y se le desparramaban las babas por el mentón. Pero volvieron a insistir. Arthur maldijo al cielo y golpeó fuertemente con su puño el costado del sofá; en un vago intento por levantarse rodó suelo abajo. Se sentía deplorable, ultrajado, casi agonizante. Quería dinero, quería emoción, quería todo de nuevo, quería ser el dueño de quienes le dieran el placer de acabar con cada uno de sus enemigos, quería ser glorificado, quería ser alabado, quería lavarse la cara, quitarse la ropa sucia y ser el inglés, el caballero inglés que con prestancia demostraba ser el líder del crimen a guante blanco. Elegante, fino, buenmozo, británico, ¡esa facha que tienen los británicos! Arthur quiere volver a ser eso, y a ser más. Él quiere ser el gentleman que conmovió a Londres entero al salir absuelto por un doble homicidio y una redada, el que fingió honestidad, inocencia ante las cámaras con sus bonitos ojos verdes y sus pestañas rubiecitas. El que se libró de un período largo en la cárcel y libró también a Alfred de diez años bajo prisión. Pero ahora, en este precioso instante, Arthur no es nadie. Arthur Kirkland se ha evaporado. Y Francis Bonnefoy ha tomado el control de las muertes por encargo en este lado del continente. Y la puerta vuelve a sonar. Esta vez Arthur quiere ir y abrirla, y se esfuerza duramente por conseguirlo. Inhala, se limpia la boca con los dedos temblorosos y vuelve a suspirar, profundo. Las piernas le parecen de lana, se tambalea y se desploma, pero sigue vigoroso, orgulloso a jalar la perilla que le separa de este curioso personaje que ha venido a molestar en sus momentos íntimos. Se sostiene de ella para mantenerse en pie, se quita los cabellos que le vuelan sobre los ojos, ya basta de mediocridad. Abre la puerta de un tirón. Y se cuestiona si todo esto que ha estado viviendo últimamente no es más que un sueño. Porque su querido sicario está ahí, mirándolo, inexpresivo como siempre, frío como un témpano, aguardando por oírle decir algo. Está sano, ni un rasguño en su cara, no hay en él rasgos de haber sido maltratado, de haber vivido en agonía, de haber huido de un tormento. Se encuentra ahí, callado, reservado y no le pide pasar. Arthur tampoco puede decir algo, lentamente atina a acercar su mano y rozarle con los nudillos el mentón. Está frío, muy frío, parece un muerto. - Hola, jefe. Dos simples palabras. Y los ojos de Arthur se abrieron violentamente. Violentamente también le agarró de los hombros y lo llevó dentro. Manuel ni siquiera pudo decir algo cuando las manos de Arthur ya estaban tocando por aquí y por allá. O O - ¿Cómo lo hiciste? Yo mismo te vi en la morgue, te vi con la cabeza rota, con los huesos rotos. Yo mismo te enterré, todos los sicarios asistieron al velorio, yo reconocí tu cuerpo, ahí, dentro del ataúd. - Algunas cosas son mejor si se mantienen en secreto. Olvidémonos del cómo fue. Estoy aquí, jefe, y dispuesto a retomar el negocio. - ¿En dónde estuviste todo este tiempo? –Arthur quería seguir con las preguntas. El auto dobló a la derecha y mirando por la ventana supo que faltaba muy poco para llegar al club. - En Las Maldivas –contestó con simpleza, agachando los hombros. Kirkland hizo una mueca que Manuel no fue capaz de interpretar. - No tienes vergüenza. El automóvil detuvo su movimiento con una ligera sacudida y el chofer les comunicó que habían llegado. Arthur abrió la puerta, bajando con prestancia. Había vuelto a ser el de antes, sonriente y altanero, el que se roba las miradas de las prostitutas que forman fila para ver si algún narcotraficante, un político o un sicario las elige para pasar la noche, de los hombres dispuestos a dar o recibir con tal de tener la dicha de ser parte del cuerpo de Arthur Kirkland, en fin, de un montón de gentuza sedienta de poder, que él ni nota ni le interesa notar. Manuel se baja después, mirando el reloj de su muñeca. Quedó con Catalina para verse esta noche y espera que sea consecuente. Arthur le distrae cuando le ofrece el brazo, él pestañea y lo acepta, son el blanco de las miradas de todos aquellos que disfrutaron al saber que le negocio de Arthur estaba arruinado, los que ahora los miran asombrados, ardiendo en rabia, sorprendidos de que este incomprendido inglés camine junto a un muerto. Y Arthur les sonríe, ¡hasta les hace ojitos! Cuando entran, Manuel lo suelta y busca con la mirada a Catalina. Bate las palmas contento apenas la ve, y va corriendo a su encuentro. Los que conocen el negocio y estaban segurísimos de su muerte, le ven como una aparición. - ¡Te eché de menos! –grita echándosele al cuello. Catalina mueve su mano contra su bonito rostro, como insinuando que tantos mimos le asfixian. - Pero si nos vimos hace una semana, ¿y no se acuerda de las nochecitas que pasamos allá en las Maldivas? ¡Todavía me duelen las caderas! - ¡Esa boquita, mi amor! –Susurra Manuel y se aleja con lentitud.- ¿Tení trabajo hoy día? - Toda la noche ocupada. ¿Ve a ese hombre, el que está bebiendo un whisky sentado al lado del de sombrero blanco? –le señala Catalina. Manuel mira y asiente- Con él. Pagó bien. Pagó incluso por las primeras horas de mañana. - Pero Catita, ese hueón podría ser tu abuelo –Manuel está sorprendido. Es un hombre mayor, muy mayor, su rostro está lleno de arrugas a pesar de que la prestancia que lo rodea es semejante a la de un rico. Viste de traje negro, sus zapatos están lustrados, sus ojos celestes brillan mientras conversa con el barman. Catalina se encoge de hombros, porque Manuel tiene razón. ¿Cuánto tendrá? Unos setenta, setenta y cinco, y ella es una dulce jovencita de veintiún años. Pero lo importante es la plata. A Catalina no le importa prestarle su cuerpo una noche si a la mañana siguiente su cartera pesa más. - ¿Pero ahora tení que ir con él o podí lesear un rato acá? - ¿Quiere que me quede? ¿Por qué siempre hace tanto rodeo para pedir las cosas? Manuel le sonríe. Ellos saben que la sonrisa es toda la respuesta necesaria. Terminan moviendo sus cuerpos pegados al son de alguna cumbia perdida, bajo la luz de las brillantes esferas que rodaban sobre sus cabezas, entorno al sudor y lo cálido que se había vuelto el aire que respiraban, la estrecha diferencia entre sus rostros perlados, sus labios que se acercaban y se retraían, buscando y perdiendo, alcanzando y abandonando, entrelazándose, separándose… ¡qué gusto era el de tenerse así, tan dulces, apetecibles! Manuel la besa y es como si no existiese nada más. Y Catalina se siente una princesa. Se siente la reina del mundo. Lo abraza, lo acaricia, lo respira todo. Le gustaría a veces, vivir así, le hace pensar. ¿Y si dejo esto? ¿Y si le digo a Manuel que nos vayamos? ¿Y si le digo que lo amo? La única vez que se lo insinuó, Manuel se echó a reír. Se llama calentura, le dijo. Y a Catalina no le quedó más que sonreír tristemente. O O Sus ojos se cruzaron con otros agitados y dilatados, locos de algarabía y borrosos de lujuria. Los suyos demostraron la contrariedad y la curiosa sensación de hallar lo increíble, lo imposible. Fue como si hasta las musas que tenía a su alrededor, aquella de cabello negro como la noche y la otra castaña, casi rojiza a la luz, detuvieran su erótico danzar y le dejaran. Lo vio a él, allí, como un muerto andante, como una aparición, como un ser del otro mundo. Lo vio cogiendo la nuca de una morena y guiñándole el ojo, como invitándolo a jugar de nuevo, molestando, presionando, notó su risa y su sarcasmo, su ironía y lo vio seguir bailando como si nada hubiese ocurrido. Se le derrumbó todo. Martín no podía creerlo. Pues fue el testigo de su suicidio, desde arriba vio cómo la sangre se deslizaba de sus oscuros cabellos, lo miró inmóvil en el suelo, y se escabulló cuando oyó las sirenas de la policía acercándose al hotel. Francis le contó cómo Arthur miró solemnemente su tumba el día del entierro y cómo se quedó quieto y de rodillas hasta que cerraron el cementerio. Era imposible que Manuel hubiese sobrevivido a tal caída. Simplemente no existían posibilidades para que eso fuera correcto, pero sin embargo, ahí estaba, vivo como una cucaracha, arrastrándose como la víbora que era, bailando con su puta personal, besando a Arthur en la mejilla de vez en cuando. Ahí, dejándole impotente. Impresionado, estupefacto. María, la cascada negra, le roza el pecho y le pide que le preste atención, la rojiza Victoria no se queda atrás, y es que él está como abducido. No se encuentra aquí ni tampoco allá, allá donde Manuel toca la nariz de Catalina y se aleja moviendo las caderas al ritmo de la música. Bajo el cabello rubio su cerebro no responde ninguna crítica de estas dos mujeres, pero trabaja a suficiente ritmo como para saber que es su oportunidad de arreglar ciertos asuntos con Manuel. Y Martín no tiene ningún recato en hacerlas a un lado, porque como ahora no las desea, las deshecha, camina a paso rápido entremedio de los cuerpos sudorosos de los grandes políticos, los narcotraficantes más populares que nunca han conocido la prisión, las prostitutas caras, los sicarios, las estrellas famosas, un montón de gente que estorba, persiguiendo con la vista el cabello marrón del sicario de Kirkland perderse lejos de la multitud. A veces se le disipan los pasos, a veces otras personas se cruzan en su camino, pero Martín logra colarse a los interiores de ese club, donde hay habitaciones lujosas para pasar la noche y se encuentra con Manuel a punto de encender un cigarrillo, recostado contra las paredes mostaza, que ni cuenta se ha dado de su presencia. Sorpresivamente, como lo hizo cuando posó aquella arma contra su nuca, le jala de los brazos y hace que su pobre cabecita rebote contra la fría muralla. A Manuel se le escapa un quejido que con facilidad podría ser confundido con uno de lujuria, que hace que le rueden los ojos y que su ceño relajado se compunja. Entre pestañeo y pestañeo cayó en cuenta del hombre que le aprisionaba a la pared. - Fuiste más delicado la última vez –le susurró fingiendo pena. Sus ojos marrones van a colarse por el contorno de su nariz, su pecho y, traviesos, recorren la curvatura de su entrepierna. Se echa a reír por su propio acto, tironeando de sus brazos para tener libertad. - ¿Cómo lo hiciste? - ¿Qué cosa? - Aparecer ahora. Vos te lanzaste de un quinto piso, ¿cómo mierda podrías haber sobrevivido? - ¡Mmm! ¡Adivina, adivina! –responde él con gracia. Intenta irse, pero los dedos de Martín se clavan en sus brazos un poquito más- ¡Ah! ¡Ya! Bueno, ¡lo que pasa es que soy tan cambiante! Me tiré porque quería morir, pero cuando iba cayendo ya no quería, entonces puse todas mis fuerzas para no morir. ¡Y no morí! - Estás enfermo –le susurró con una voz que delimitaba la repulsión y el entretenimiento. - ¿Recién ahora te dai cuenta? - No. Me di cuenta desde el momento en que te sentaste al lado mío y apestabas a ese perfume dulce. - No hables mal de ese perfume, mi querido Martín –ironiza Manuel- Me lo regaló Arthur. Entonces el rubio sonríe. - Como el bonito perro que sos, defendiendo a su amo. Manuel curva el rostro con lentitud, la misma expresión que dio cuando lo miró en una fotografía por primera vez. Sus ojos, siempre penetrantes y fríos, se hunden en los suyos como si fuese una máquina. - ¿Te vas a su cama todas las noches cuando el jefe lo pide? ¡Jugando con su paciencia! - No te queda mucho que hacer, de todas maneras… - Hueón, en serio, yo no tengo paciencia, no juguí conmigo. - ¿Por qué? ¿Te toqué una fibra sensible? - ¿Por qué no te maté cuando tuve oportunidad? Martín lo soltó con brusquedad, y Manuel tocó el piso sintiéndose sucio. Las manos sudorosas de aquel hombre le abandonaron pero era como si siguiesen estando allí, de cualquier forma incomodándole, se rascó el cuello, empuñó las manos, Martín echó vuelta atrás abandonándole. Manuel sintió que nunca le había dolido tanto que alguien le llamara perro. - Simple. Porque sos débil. Y las palabras retumbaron entre las paredes como si alguien las hubiese tallado con profunda precisión. No, no soy débil. Yo nunca fui débil. Se mete la mano al bolsillo y hurguetea en busca de la pistola. Ni revisa si está cargada. Le apunta a la cabeza. A ver si soy tan débil como para no atreverme. Su dedito roza el gatillo, ¡tiene la mano tan transpirada! Como que se resbala. No puede dispararle. Baja el arma mirándole con los ojos tristes. Nadie nunca le había dicho la verdad. La verdad duele montones. O O Catalina estaba acurrucada contra los sillones de cueros cuando él llegó y no le dijo nada. - ¿Cata? –preguntó él, moviéndole del hombro- Oye, Cata. –y la vio llorando. Vio cómo el maquillaje negro se deslizaba por su bonita cara. Su pulgar ayudó a disuadirlo.- ¿Por qué estai’ llorando? - Por cosas muy tontas –responde entonces ella, riendo un poquito- A veces me pongo tarada. - No digai’ eso, tú erí la mujer más inteligente que yo he conocido. De hecho, la única. - Al parecer soy tan banal como todas. - ¿Qué te pasó? –se sienta con ella. Catalina se remueve y se coloca entre sus piernas, sus dulces cabellos caen en el vientre de Manuel. - Nada, Manuelito. - La gente no llora por nada –susurra- O eso me han dicho… - Es que me vienen esos sueños de mujercita… - ¿Qué sueños de mujercita? Catalina sonríe y se arrulla a sí misma. - María se rio de mí, de nuevo. Siempre que me ve con usted, se ríe. Dice que nosotras, las putas, seguiremos siendo putas hasta el resto de nuestras vidas, que nosotras no tenemos oportunidad de nada. Le dije que quería una familia –se ríe suavecito. Manuel frunce el ceño, sin entender mucho- Es el sueño de todas las mujeres. Y a mí me gustaría. Tener algún día un esposo, niños, yo quisiera una bebita… una bebita para ponerle Daniela. ¿Le gusta ese nombre a usted, Manuel? Daniela. - Es lindo. - Es lindo –repite y reflexionando, restriega su mejilla por la remera de Manuel- Yo sería buena mamá… a mi bebita no le faltaría nada, tengo ahorros, ¿sabe? Pero lo más importante, es que yo estaría con ella siempre. Siempre, siempre, siempre. No permitiría que ni la muerte me quitara de su lado. Manuel es pésimo comprendiendo las emociones de los demás, pero le han contado que cuando alguien habla así, en tono bajito, con la voz dulzona, con los ojos ahumados, es porque se está melancólica y para eso, sirven nada más que las caricias en el cabello. Y él se las da, sintiendo como Catalina se relaja y sus músculos dejan la tensión que les invadía hace momentos. Oye su respiración calmada, siente lo húmedo de sus lágrimas en sus muslos y él simplemente la contiene ahí, porque, sinceramente, nunca ha tenido mucho para ofrecerle. Solo con seguir la efímera trayectoria de aquellas caricias a veces frías, a veces cálidas, uniéndola toda, Catalina volvió a verse pequeñita, aferrada a la pollera de su madre, estrechándose ambas entre la multitud uniforme que henchía el interminable puerto que solían visitar para año nuevo, donde se refugiarían las sombras de la noche, mientras arriba, sobre la extensión azul corrían haciendo zigzag los crespos luminosos de innumerables culebrillas de fuego. Sintió otra vez los brazos de su madre cargándola, y sobre la masa del gentío, sus ojos, maravillados ante ese espectáculo de magia seguían con asombro el caprichoso ir y venir de la serpiente que persigue maripositas entre todo el ruido. Su madre tuvo la fuerza para sostenerla en brazos hasta el espectáculo final y al reventón de algunos cohetes aislados desde los barrios cercanos y no oficiales, comenzó el desbande general. Los niños miraban caer chispas por la pólvora como diamantes que se desgranan sobre un abismo insondable. Y se decidieron a caminar, arrastrando los pies, con su poco de pena ante la oscuridad de las calles, después de que llevaban encandilados todavía los ojos por aquella fiesta de hadas que contemplaron de prisma y cuya fantástica gloria de luna deslumbraría sus sueños durante muchas noches… acaso durante una vida entera. Volviendo a ningún lado, de la mano de su madre, aun miró una vez más a la inmensidad tranquila, donde ya solo lucían los destellos de las luciérnagas y los cánticos imperceptibles. Apretó más la mano de su mamá y partieron a vivir solas, como toda la vida. Esa madre, que Dios le había arrancado a los quince años. Que la había dejado a su suerte. Que había cooperado poquito, poquito para ver a su niña convertida en la prostituta actual. La pobre Catalina vivió vulnerable a cualquier mano negra que quisiera jugar con ella. Y hoy es simplemente lo que es. O O - Oiga, jefe, ¿no quiere tomarse un traguito antes de…? - No, no quiero trago. Te quiero a ti. - Ay, tómese esta copita. Mire, es vino chileno, ¡sabe lo rico que es el vino chileno! Tómese un poquito, por mí. - Hombre, yo quiero probar otra cosa chilena. Manuel tira de él en un beso hambriento, y le abre las piernas sin recatos. - Y lo va a hacer. ¡Hace tanto que no nos veíamos! Pero tómese este vinito primero, oiga, si se lo hice con tanto cariño. Tómeselo mientras yo le hago un regalito. - Manuel, Manuel, Manuel, my darling! I had missed you so much! El moreno se retuerce y deja a Arthur sentado en la cama, con la copa de vino en la mano, pero sin beberla aún. Sus frías y blancas manos van a desabrochar el botón del jeans, luego a bajarlo por sus rodillas y repite el procedimiento con la ajustada ropa interior negra. El contraste entre lo cálido de la piel de Arthur y sus congeladas manos es tan extremo que el inglés da un saltito. Después se ríe y pasa sus uñas por los cabellos de Manuel, felicitándolo, porque es un buen perro. - ¿Se tomó la copa? –pregunta él, como hablando con un niño. Oye a Arthur tragar y de reojo lo ve limpiándose la boca. La midazolam debe ahora hacer efecto en cuánto, ¿quince, diez minutos? Manuel se entretiene jugueteando con los muslos pecosos de Arthur, ¡le encantan sus pecas! Le encanta la gente con pecas. Cuando se acostó con Martín, estuvo rozando las pecas de sus hombros toda la noche, ¡no puede evitarlo! Es como un fetiche. Al igual que el pelo rubio, a él le hubiese gustado ser rubio. Nunca ha pensado en tener un hijo, pero si lo tuviera, ojalá fuese rubio. Arthur no hizo más movimientos en exactos quince minutos, tal cual la enfermera le había dicho. Manuel se limpió los labios con elegancia y se puso de pie, dejando que su jefe cayera dormido en sus edredones azules como un infante. Buscó entre los bolsillos de sus pantalones la llave del subterráneo que estaba unida a otra más pequeña, supuso que era la de la jaula en la que Alfred estaba atrapado y con todo en mano se dispuso a terminar con este embrollo. Cuando llegó al lugar oscuro, que solo alumbró con su celular, habían tres jaulas. Dos de ellas vacías. Alfred se encontraba en la última y el olor a muerto era más fuerte de lo que hubiese podido imaginar. - ¿Por qué ese olor, Alfred? –preguntó, pero no hubo respuesta. Manuel podía sentir los ojos azules del gringo fijos en él-. - Deberías saberlo –dijeron por fin. Manuel sonrió. - ¿Arthur te disparó? - Las curaciones a mi pie no han sido suficientes. - Lo siento. Un montón. No, realmente no. En fin, Alfred, hace mucho que no nos veíamos. - ¿A qué vienes? –y finalmente se dejó ver. Manuel observó a un hombre demacrado, sucio, y apestoso.- ¿Me vas a matar por haberle dicho todo a Martín? - No. Yo no soy de tu calaña. A mí no me sirves muerto, Alfred. A mí me sirves vivo. No como tu pololo. Tu pololo era un inútil que no servía para nada, no, supongo que algo bueno tendría que haber tenido, porque, ¿te acordai de sus caderas? Se le movían como… - ¡No te atrevas a hablar así de él, hijo de perra! –gruñó Alfred, apretando entre sus manos los fríos fierros de la jaula. - ¡No, Alfred, no insultes a mi mamá! Mis padres me criaron y me cuidaron lo mejor que pudieron. Yo no los culpo. ¡Y no me seai’ tan pesao’ conmigo tampoco! Yo vine aquí para liberarte –Manuel comenzó a abrir el candado que aseguraba el presidio de Alfred. El rubio lo miró pasmado y desconfiado-. - ¿Por qué harías eso? ¿Qué pasa con Arthur? - Arthur no sabe nada. –contestó concentrado, hasta que consiguió su cometido. Sonriente, meneó el candado de un lado hacia el otro, abriendo la jaula para que Alfred fuese libre. Pero Alfred dio unos pasos con miedo, que luego detuvo y volvió a imitar. Cuando se encontró fuera de la jaula, miró a Manuel fijamente. La sonrisa inalterable en los delgados labios del sicario hizo que se le pusieran los vellos de punta. - ¿Por qué? –cuestionó por vez última. - Esos niños te necesitan –respondió Manuel con naturalidad- Necesitan a daddy Alfred. Mommy Matthew ya se fue al cielo. El gringo se le quedó viendo con la mirada propia de los que temen. Manuel sabía. Él sabía. Y si él sabía, quizás muchas otras personas más también y entonces sus niños… - No te preocupí, gringo, nadie más sabe. Solo yo. ¿Te dai cuenta? Los dos sabemos cosas de ambos que son bien valiosas. Alfred se acarició las muñecas por pura costumbre. Luego echó a correr escaleras arriba. Y ni recordó que su tobillo estaba hecho añicos. O O - Nos llega una noticia de último momento. Hace pocos minutos fue encontrado un cuerpo mutilado en un prestigioso club de la ciudad, correspondiente a una mujer, de edad indescifrable y rostro completamente destrozado. Se hallaron escritos propios a su condición de prostituta en su estómago y sus piernas, y se presume que murió desangrada, debido al corte en su cuello. El cuerpo ha sido llevado al hospital más cercano donde se harán las pruebas necesarias para confirmar su identidad. El caso ha sorprendido en principio por la brutalidad y el ensañamiento. Estaremos informándoles pronto acerca de cómo va evolucionando. Victoria apagó la televisión y Martín le miró apenado. - ¡Adiós a nuestro trío!
Sicarios | (Latin) Hetalia | Primera parte
Notas: Voy a empezar a pasar mis fics antiguos a tumblr. A este le tengo cariño especial. Psycho!Chile y Psycho!Argentina. Hartas parejas.
El problema de sus muchachos siempre había sido el aburrimiento.
Nada más que eso y nada más sencillo.
Estos chicos luchaban contra un aburrimiento gigante, que no podía ser opacado ni por las más altas sumas de dinero, ni por los destinos más paradisíacos, ni por las mujeres más preciosas. El aburrimiento era su principal incentivo. Su motivo más íntimo. Todos sus hombres estaban ahí, junto a él, porque se aburrían, porque la monótona rutina que la gente ordinaria vivía por vivir era una miseria que no podían soportar, incapaces de adaptarse a la normalidad de las situaciones, eran las armas perfectas para su fructífero negocio.
Entre las ventajas de trabajar para él, estaba la constante ocupación. Nunca estarían esperando por algo interesante porque con él todos los días lo eran. Podían trabajar de la manera que quisiesen. Las misteriosas y únicas formas de cumplir con sus pedidos eran producto de la imaginación que él se negaba a controlarles. Le servían libres. Aunque algunos más ambiciosos buscaban ir a combate y llegaban luego heridos de la batalla que acababan de perder. Era nada más que el precio de su tedio.
No hace mucho, Arthur había sido como ellos también, un hombre libre y arrojado a un mundo insuficiente, a uno obsoleto, ignorante, confundido, inútil, que opacó sus fuerzas y sus aptitudes cada vez que tuvo la oportunidad. Es que este mundo no está preparado todavía para dar techo a este tipo de personas, no hace más que debilitarlas y estigmatizarlas por algo en lo que son demasiado buenos. ¿Cuándo había sido culpa de la gente inteligente ser superior a los demás? Arthur luchó contra este terrible aburrimiento toda su vida. Hizo mil y una cosas para superarlo: buscó de todo, experimentó de todo, pero no encontró nada. Tenía un vacío hondo y doloroso en su pecho que no pudo llenar. No es que ahora mismo, mientras está sentado en su sillón de cuero con las piernas cruzadas sea un hombre completo, por supuesto que no es ése el caso, pero resulta que después de su primera incursión en la muerte a guante blanco, este vacío se ha ido colmando poco a poquito de aquella casi felicidad que la gente común tiende a llamar sadismo.
Manuel entra a su despacho cantarín y jubiloso y él puede verlo desde su sillón. Sabe que ese estado placentero en el que se ha sumergido no le va a durar mucho y que en cosa de horas estará pidiendo por más. Y no puede evitar que le encante.
- ¿Me mandó a llamar, jefe? –hasta la vocecilla le suena chistosa. Arthur se pone de pie y le invita a sentarse en la butaca del mismo color que está frente a él. Cuando Manuel acomoda su espalda, él vuelve a tomar asiento.
- Mi querido niño, buen trabajo el de hoy. Me contaron que pudiste desde un kilómetro y medio. Mmm, cada vez mejorando. Aunque siempre fuiste mejor que los otros. ¿Cómo debería pagar yo este pequeño don tuyo?
- El dinero está depositado y pienso irme de vacaciones a las Maldivas. ¿Ha visto esos hoteles que están encima del mar? ¡Yo quiero hospedarme en uno así!
- Pero Manuel –dice Arthur y su voz suena como la de un padre preocupado- ¿qué vas a hacer allá además de dártelas de holgazán todos los días? Eso no es bueno, para nada bueno. Retrasa tus vacaciones y quédate conmigo un rato más. Tengo un trabajo que no se lo confiaría ni a Alfred. Acércate y préstame atención.
- Alfred, Alfred, Alfred, Romeo y Julieta. Dulce Romeo, ¿a dónde se ha ido su Julieta?
- ¿El pequeño Matthew? Quemado vivo. Sus cenizas deben recorrer hoy los vientos de Ottawa.
Manuel sonríe, rápida y concisamente, y se inclina hacia su jefe para ver la fotografía que ha sacado de su traje gris.
- Golpe bajo para Francis –susurra.
- Y uno para Alfred, para que ese hijo de puta no se atreva a traicionarme nunca más.
La historia de Matthew Williams y Alfred Jones había cruzado los límites de los asesinos por encargo. Bajo la mano de dos rivales, se enamoraron como colegialas, excitados en todo lado con la idea del amor prohibido. Tontos los dos, porque los descubrieron y Arthur no dudó ni un segundo en hacer sufrir a Alfred su traición y deslealtad. Se había enredado con un sirviente del enemigo, ¡por el amor de Dios!
- ¿Quién es este? –pregunta Manuel echando una ojeada a la foto de Arthur. Prende un cigarro lentamente. Aspira el humo y después lo deja ir. La nariz de nuestro inglés favorito se dilata y vuelve a apretarse otra vez.
- Francis anda haciendo sus enredadas otra vez. Anda sacando niñitos nuevos. Este es su último cachorrito. Mira qué mono es. Modelo, fue modelo. Pero este era de los nuestros, lucha contra un aburrimiento enorme, como tú, como yo, como todos, Manuel. Se lo llevó con él. El rubiecito había matado a unas cuantas de sus compañeras solo por probar las consecuencias de un veneno nuevo en el cuerpo humano, ¿interesante, no?
- ¡Ah! ¡Un químico!
- Algo así. Pero este muchachito nos está trayendo problemas –suaviza el tono de su voz- ¿Te acuerdas de Yao? ¿Wang Yao?
- ¿El embajador chino?
- ¡El mismo!
- ¿No se lo había encargado a los Vargas?
- Ah, es que Manuel, si todo el mundo fuese tan brillante como tú… -lo adula, para ganarse su confianza. Manuel le mira, sin embargo, con la mirada vacía de los que no pueden sentir nada- pero no puede ser así. Ojalá. Pero no. Fallaron. Esa dupla de ineptos falló. Y yo quiero el dinero por matar al chino. ¿Y no adivinas quién está queriendo robarnos el crédito por la muerte de Wang Yao?
- Francis… -deduce con facilidad.
- ¡Ese franchute! ¡Excelente, Manuel! Se lo ha dejado encargado a su perrito nuevo. Tu labor ahora, querido, es ir tras ese hijo de puta y hacer lo que mejor sabes hacer. A ver, mírame, ¡mira esa carita! Quiero que con esa misma carita te presentes ante este fulanito y le saques las entrañas. ¿Lo harías por mí, Manuel? ¿Me harías ese favor?
- ¿De cuánto estamos hablando? –pide que le entregue la foto, Arthur lo hace. Es de una campaña, posiblemente, de un perfume. Este objetivo es rubio, es de ojos verdes, su mirada compungida y su ceño intrigante hacen que Manuel curve la cabeza como un gatito. Bota el aire contenido, se le escapa entre los labios. Luego vuelve a aspirar su cigarro.
- El doble. El doble de este último. Te pago las vacaciones y para cuando te las tomes, te quedas un mes más. ¿Sí?
- La verdad es que había estado empezando a impacientarme.
- ¡Ese es mi Manuel! –Salta Arthur, sonriendo con alegría- ¡Por eso dejo todo lo que me importa en las manos de mi sicópata favorito!
Manuel se puso de pie, mirando fijamente la fotografía. Enterró la cerilla de su cigarro contra la punta de la nariz del modelo y luego la apachurró hacia un lado y otro hasta que el fuego dejó de existir. El cigarrillo muerto quedó olvidado en el sofá y Arthur lo acompañó hasta la puerta. Con una caricia final en sus pómulos rechonchos, le deseó buena suerte en silencio.
- ¿Cómo se llama mi objetivo?
- MH.
- Amo cuando me dice las iniciales, siempre tengo tanto por dónde empezar…
- Te mando el nombre por mensaje. Y también su ubicación. No creo en la soledad de esta casa. Las paredes escuchan.
Manuel asintió, se dio la vuelta y luego se perdió por el pasillo. Arthur cerró la puerta de su despacho y se sentó en su butaca. El aburrimiento amenazaba con despellejarlo vivo.
Caminando fuera del palacete de Arthur Kirkland, el celular de Manuel alarmó sobre un mensaje recibido. No se le hacía conocido el nombre y se dirigió a su auto lo más rápido que pudo, abrió la puerta, casi se echó de cabeza y miró hacia el frente. La fina lluvia de verano londinense le manchaba el parabrisas despacito y en silencio. A Manuel le gustaba el silencio porque le gustaba sentirse aislado. Se había acostumbrado a esa sensación que se desprendía como larvas entre sus piernas y sus brazos cada vez que era rechazado en cualquier parte. Sus compañeros se lo habían enseñado desde niños, sus novias no habían sido diferentes y sus padres se rindieron cuando lo vieron regresar a casa una noche con las manos llenas de sangre. Le gustaba. El aislamiento le excitaba. Lo tenía todo. No necesitaba él nada más.
- Ay, pero, papito, ¿qué está haciendo usted que no me contesta el teléfono?
La voz. La voz de Ella. Puede que haya una sola cosa mejor que el aislamiento.
- ¡Catitaa! Sorry, negrita, es que estoy un poquito ocupao’, pero, ¿a qué debo el honor de tu llamada?
La muchacha se echó a reír. Manuel se acomodó en su asiento. Le apretaban los pantalones.
- ¿Cómo que a qué se debe? ¿No se ha dado cuenta que hace más de un mes que me tiene toda abandonada? Manuelito, eso no se le hace a una dama. No ve que yo me puedo aburrir y buscar cariño en los brazos de otro…
- No seai’ mentirosa, no lo haríai. –Dice cómplice- Es que Cata, hoy día recién salí de un cachito. Y ya me bancaron otro. Pero no te preocupí, termino con este y te voy a ver corriendo.
- Pero no me ande poniendo después de sus muñequitos, pues. –ruega ella. Manuel no quiere nada más que apretar el acelerador, llegar a la casa de Catalina, y derrumbarla contra la cama, o la pared, o el suelo, o donde sea- Yo a usted siempre le doy preferencia.
- Bonita, yo quisiera pero… ya, mira, perdóname esta vez. Cuando termine con esto, me voy de vacaciones y te invito. A las Maldivas, ¿te tinca? A las Maldivas. Esas playitas afrodisiacas. Catita, te juro que allá te hago de todo.
- Mmm… ¿qué me quiere hacer? Tan juguetón que se pone…
- Ay, negrita, si te contara…
Esta mujer, que se robaba los suspiros de Manuel, sus noches solitarias y sus intrínsecos amoríos que iban y venían como la lluvia inglesa, se llamaba Catalina Gómez. Era una colombiana que les servía como dama de compañía a algunos de los narcotraficantes más respetados de todo Reino Unido. Poseedora de una belleza escultural, muy propia de las latinas, se había encaramado con uñas y dientes para alcanzar el puesto de la reina de cualquiera sea un narco conocido. No había sido capaz de lograrlo totalmente aún, por eso pasaba el tiempo con este sicario que conoció en una de sus alegres juergas de alcohol y drogas (la cocaína era su favorita).
Manuel había considerado por mucho tiempo a las mujeres como seres inferiores que no eran capaces más que de entregar felicidad momentánea a los hombres. Nunca llamaron su atención para algo más que el sexo, pero su retrógrado pensamiento había sufrido modificaciones en cuanto conoció a Catalina y le había ella maravillado con su inteligencia y la manera en que ocupaba su trabajo para conseguir todo lo que se le ponía en mente. Por eso le había nombrado como La Mujer. Esta Mujer era inteligente. Esta Mujer era única. A esta Mujer la quería para él.
O O
El desagradable momento de impactante sorpresa se llevó a cabo mientras Manuel disfrutaba de un buen libro sentado en la mesita más apartada del café literario. Con su cappuccino en los labios y las inquietantes aventuras de Sherlock Holmes y su fiel Watson devorándolo entero, vio al muchacho que había estado comiéndole los sueños desde hace dos noches deslizarse con toda la prestancia y el encanto de alguien que ha caminado por las pasarelas más importantes del mundo para ganarse la vida. Lo observó con ojos inquisidores deslizar la silla cuidadosamente hacia atrás, sentarse y acomodar su espalda en los cojines anaranjados, observó que el mesero se acercaba a él y observó también que le temblaban las rodillas. Ese tipo de reacciones en las personas promedio comúnmente le pasmaban y le dejaban con esa incómoda sensación bajo la lengua, como si tuviese una tableta que se deshace con lentitud, porque por más que se esforzara y tuviera muchas teorías acerca de ellas, no las entendía. La necesidad de encontrar otro ser humano con quién compartir la vida siempre le había asombrado; quizá porque él se encontraba interesante solo a sí mismo. Esos deseos ridículos y prehistóricos eran, lamentablemente, los que se interponían entre la estupidez congénita y la brillantez expresada en poquísimos seres.
A primera vista, no creyó que este chico que le sonreía al mesero cuando el pobre enclenque se daba la vuelta y respiraba profundamente unas cuantas veces, fuera uno de ellos. Manuel era muy bueno leyendo a la gente, pero no pudo ver nada que se pareciera a lo que había visto en sus ojos cuando conoció a Arthur, o a Alfred, o a los hermanitos Vargas, o a La Mujer. Ellos tenían un no sé qué que le hizo sentir que ahí era a donde pertenecía, a su lado; pero ningún rasgo en el rostro, o en las muecas o en las iris verdes de su objetivo MH le hacía creer que este modelo retirado pensaba de la misma manera que él, y lo más importante, que se aburría de igual forma. Hubo un par de segundos en los que Manuel pensó que Arthur le había estado jugando una broma, pero como broma era extraña porque esto parecía ser un chiste y Arthur nunca se reía de él.
Decidió entonces Manuel dejarse de dudas y echar a andar el negocio. Coquetear con un hombre nunca había sido difícil para él. En la mañana despertó junto a Catalina en su casa y le pidió que le sirviera el desayuno mientras él se hundía en la bañera y después revisaba sus cajones de ropa desnudo y mojado. Los brazos de la colombiana le rodearon la cintura y sus senos morenos, calientes y firmes (Manuel sentía que podía refugiarse en ellos y yacer ahí y no se aburriría y no le importaría nada) se apretaron contra su espalda, poniéndole el pecho hasta para sostenerlo. Ambos sabían que un hombre y una mujer que trabajan para los magnates más peligrosos del mundo, y si no eran ellos igual de peligrosos, eran una mezcla explosiva, excitante y un desastre completo, porque, quizás en cualquier momento, Manuel se aburra de follar con Catalina y Catalina se aburra de ser siempre un plato de segunda mesa y ahí se va a quedar, quién de los dos se mata primero y qué triste, qué triste, esta minita me gusta de verdad, no creo que pudiera encontrar a una parecida ni en un millón de años.
Pero Manuel se miró al espejo, finalmente, y Catalina se reía atrás de él, con su sweater negro y largo que le llegaba hasta los muslos (una talla más grande) y esos bluejeans azules, la parte más seductora de su cuerpo siempre han sido sus piernas y él lo sabe. Tiene unos zapatitos negros y está a punto de ponerse una boina pero mejor no porque, ¿no será demasiado? No, si usted se ve guapito con lo que se ponga, le contesta a los pensamientos Catalina. Pero en fin, que no se colocó la boina y se perfumó el cuello, las muñecas y detrás de las orejas.
- ¿Funcionará? –preguntó al espejo.
- Funciona conmigo.
- Todo funciona contigo.
Dejó a Sherlock y a John en su propio pequeño apocalipsis y se puso de pie, siempre vigilando a su objetivo, que parecía distraído hojeando una revista. Tomó su cappuccino en su mano izquierda, en la otra cogió el libro, y caminó como el más inocente de los muchachos de veintitrés años a través de las chicas y los chicos recostados en las bonitas mesas adornadas con motivos literarios. Colocó en su blanco rostro una de esas sonrisas que se le daban tan bien y apareció frente a él con los hombros gachos y el deseo de quedarse ahí. Al verlo y pestañar, MH le sonrió confundido.
- ¿Está ocupado?
El hombre rubio niega.
- ¿Te molesta si me siento contigo?
- No, dale.
Manuel se muestra contento. Tira la silla hacia atrás y deja el libro en la mesa al ladito de su cappuccino, pone una pierna sobre la otra y se inclina hacia adelante, curioseando como lo haría un niño la revista que MH sostiene en las manos; pero él no le da gran importancia y Manuel entiende pronto que las cosas no servirán así. Entonces se decide por ignorarlo, por beber de su café y observar fijamente algún punto lejos del local, construyendo en su palacio de la memoria cada uno de los detalles que le están rodeando y que actúan en él imperceptiblemente.
- ¿Te gusta leer?
¡Bingo!
- Mucho. Mucho, realmente. Paso todo el tiempo libre que tengo leyendo –le muestra los dientes. El tipo en frente le sonríe débilmente.
- Sherlock Holmes…
- ¿Tú lo has leído?
- No –admite- Prefiero otro tipo de lectura.
Manuel abre la boca fingiendo sorpresa, pero no se atreve a pronunciar nada más. Se toma un sorbo de cappuccino limpiando con su lengua los restos dulzones que le manchan la comisura de los labios; es casi un gesto provocativo natural que se expele de él con graciosa sinfonía.
- ¿Cómo te llamas? –decide empezar él esta vez.
- Martín, ¿y vos? –contesta. El muchacho le ve y parpadea, pues le ha dicho su nombre real.
- Benjamín.
No alcanza a decir, sin embargo, más, pues el mesero llega con el café de Martín tambaleándose hacia los lados y alcanzando a salpicarlo. Le mira él con el ceño fruncido y los ojos oscuros, quitando un par de servilletas y limpiando las gotitas azucaradas de su impecable chaleco negro. ¡La incompetencia!
- Gracias –susurra Martín, dejando en la mano del mesero una propina. El joven agradece de vuelta y los deja solos, tan solos como el principio.
Manuel había pensado en estrategias para impedir que su primer encuentro con aquel hombre que iba a morir en sus manos cayera en la monotonía. Lo había previsto y se había formado un mapa mental con los recursos a los que debía recurrir en caso de que la palabrería se acabara de golpe o se le secaran los labios, como ahora. Ocupar su labia y sus mejillas gordas, mirarle de cierta manera, entrecerrar los ojos, mostrarse sorprendido por todo. La manipulación. Manuel era un hombre manipulador, era alguien capaz de manejar a todos a su alrededor con tal de obtener lo que quería. Y esa tarde, sentado junto a Martín y bebiéndose un café caliente, no fue la excepción.
En poco tiempo, se hallaron los dos hablando hasta el cansancio acerca de un montón de cosas que de pronto tenían en común: la afición por los viajes, el fútbol, la escritura, la soledad, la inmigración, ¡hasta los animales! Que Manuel adora a los perros pero Martín prefiere los gatos. Bueno, pero no importa, los perros y los gatos se complementan. Y su sueño es ir a Dubai. A Manuel le encantaría ir a Dubai. Martín se muere por pisar tierra cubana. Es que deberíamos juntarnos y recorrer Cuba y Dubai.
A Manuel le cambió la cara cuando oyó a Martín sugerirlo.
Porque supo que había mordido el anzuelo.
Fueron los últimos en partir del café literario, cuando ya los muchachos de allá limpiaban las mesas con paños húmedos o pasaban las escobas entremedio de sus pies, quitando los papelillos y la mugre y la tierra que se acumulaba siempre en los rincones. Habían caído en un cómodo silencio después de contarse sus sueños y desventuras y esperaban ahora simplemente que los jóvenes trabajadores se alejaran mirándose a la cara con fijeza. ¡Qué fácil había sido hacer caer a este tipo! Manuel no creyó que fuese como ellos; si le contaba sus secretos a un extraño a los minutos de conocerse, debía de ser tan vulgar como todos.
Y allí recayó siempre su problema. Lo subestimó.
- Uh, ya se fueron todos… como que nos fuimos conversando –susurró con timidez, tomando en su mano el libro.
- Pero fue una buena conversación.
- Mmm…
Manuel miró a la mesa e hizo un atisbo de levantarse que Martín imitó inmediatamente. Juntaron las sillas y llevaron las servilletas sucias en sus palmas.
- ¿Tenés… tenés algo que hacer mañana en la noche?
Al instante de escucharlo, Manuel corrió la mirada y sonrió con lentitud. Siempre sumiso, siempre tímido, siempre dulce. Siempre todo lo opuesto a su complicada personalidad real. Había sido esa su arma constante para hacer caer en pedazos a los hombres de su calaña.
- Pucha, sí. Tengo clases mañana… pero, igual al día siguiente no tengo nada que hacer, ¿por?
- No sé, juntémonos. Salimos a bailar o a tomar algo o a comer… lo que vos quieras, yo te invito.
- ¿Enserio? ¡Ya! Dale, ehm, igual podríamos ir a todo eso que dijiste. Dame tu número y de ahí nos ponemos de acuerdo, ¿te tinca?
E intercambiaron números y se besaron las mejillas y se despidieron, con la esperanza de verse otra vez.
El día que eso se cumplió fue uno de los más bizarros que Manuel había tenido en la vida.
Los recuerdos que tiene más claros son los acontecimientos pasados después de ir a bailar. Llegar corriendo al motel más cercano, refregarse furioso contra el cuerpo de Martín en apenas una muralla, botar la llave de la habitación incapaz de descubrir dónde está la chapa, caer a la cama y dar vueltas hasta perder el sentido de lo que existe y lo que no. Poseer y pertenecer. Devorar y ser devorado. Llegar al éxtasis y caer profundamente en la desesperación, casi al abismo. No había estado tan vacío y a la vez tan completo desde hace mucho tiempo, no se había sentido dos y al mismo tiempo uno desde años. Increíblemente, sentía la melancolía de las relaciones fugaces, la sentía comiéndose su negro corazón y escupiendo todo dentro.
Todas esas escenas de la noche se presentan en el espejo como un corto. Manuel las mira fijamente y luego observa su celular, mensajea a Arthur: Me acosté con él. You owe me. Quita después de su pantalón una navaja y sale de la habitación sin ningún tipo de sentimiento corriendo por su cuerpo. Allá en la cama Martín duerme ajeno a cualquier sorpresa, Manuel lo observa atentamente por unos segundos, mira su cabello desordenado, su pecho que sube y baja envuelto en las sudorosas sábanas blancas y se pone a horcajadas sobre él para evitar que el tiempo se le escape. Decidido a terminar con todo, coloca sus manos delgadas de dedos largos alrededor del cuello del hombre dormido y presiona con suavidad. Está a punto, a punto de volver a sentir ese maravilloso estremecimiento: cómo la vida abandona un cuerpo caliente, cómo se va y deja que todo lo demás se pudra. Y él es el causante. Lo más impresionante, ¡que es él! ¡Solo él!
Pero algo debía estar pasando para que las cosas no salieran como Manuel lo esperaba. Y es que Martín se removió incómodo abajo suyo y pestañó soñoliento y confundido, y el pobre Manuel, que apenas alcanzó a botar la navaja al suelo, comenzó a tiritar entero. Separó las piernas, quitándose de encima con suavidad como si fuese un juego, a la vez que Martín se incorporaba sin entender mucho.
- Te desperté, disculpa. –se lamenta. Martín niega con la cabeza y le jala de los hombros, por lo que termina con la oreja pegada al pecho lampiño de su objetivo, sorprendiéndose gratamente con la frecuencia del latido de su corazón.
- No importa –susurra metiendo sus dedos por el cabello chocolate, aspirando el olor de su pelo.- ¿Cómo amaneciste?
- Bien. ¿Y tú?
- Con hambre –confesó y ambos rieron.
Después de un momento de silencio, Manuel habló.
- ¿Llamo para que nos traigan el desayuno?
- No, salgamos afuera. Tengo ganas de comer medias lunas.
- ¡Me encantan las medias lunas!
- ¿Rellenas con manjar?
- En verdad no…
Pero en fin, que fueron a desayunar a un restaurant de estos que potencian la finura de los ingleses. Y la cuenta esta vez la pagó Manuel.
O O
- ¡Me lo debe!
Arthur se volteó con una sonrisa sobre sus rosados labios.
- ¿Te lo debo?
- ¡Sí!
- Ah, my dear Manuel, ¿por qué debería deberte algo que disfrutaste?
- ¿Y quién le dice a usted que yo lo disfruté?
- ¿Cómo fue? –salta Arthur, poniéndose de pie, se mueve hasta quedar nariz con nariz, con el movimiento propio de los reptiles.
- ¿Cómo fue? ¿A qué se refiere?
- Who fucked who?
- Nos turnamos.
- ¡Ah! I adore watching you as a bottom, boy. ¿Y qué posiciones usaron?
- ¿Por qué quiere saber eso? Es super morboso de su parte.
- Me gusta imaginarte de todas las maneras posibles.
- Yo lo culié a lo perrito y él me culió con las piernas en sus hombros. Supongo que asume que cambiamos entre medio. ¿Contento?
- Te quiero follar, Manuel –admitió más serio que de costumbre, pero Manuel se alejó negando con la cabeza.
- Fue raro…
- Te creo que fue raro. Martín no es necesariamente gay.
- ¿A qué se refiere con que no es necesariamente gay?
- No es gay. No le gustan los hombres. Eso lo sabe todo el negocio.
Manuel se le quedó mirando entre asustado y confundido.
- Pero si no le gustan los hombres… ¿por qué se acostó conmigo?
- Mmm… no lo sé… -ironizó Arthur con la mano derecha en su mentón afeitado- ¿Tal vez porque tu encanto le sedujo a tal extremo que se dejó coger y se te metió adentro como un gracioso espadachín?
- No… -murmuró el moreno comenzando a caminar por el pasillo del salón del jefe y Arthur se dejó caer en su sillón de cuero. Manuel era muy bueno usando el sarcasmo, pero incapaz de notarlo cuando otra persona lo ocupaba.- No, eso es imposible. ¿Cómo hetero curioso? ¡No, no! Tiene que ser por otra razón, pero cuál, cuál… -y pensaba y pensaba Manuel, y nada corría por su mente más que la experimentación. Martín se acostó con él porque, bueno, porque le llamó la atención y quiso probar. Qué se siente hacerlo con otro hombre. ¿Y le habría gustado? Quedaron para verse de nuevo. No, tiene que haber gato encerrado, es obvio. Nadie se entrega simplemente así. Manuel no es tonto, tiene que existir otra razón. Cuál, cuál.
Entonces se detuvo de golpe en el centro del salón. Se le iluminó la vista y sus labios formaron una línea recta en su rostro.
- Sabe.
- ¿Qué? –preguntó Arthur, a pesar de que había oído perfectamente.
- Sabe, jefe. Él sabe. Por eso se acostó conmigo. Sabe, sabe quién soy. Sabe todo. Todo.
- ¡Hombre, por Dios, no seas paranoico! ¡Nadie más sabe de esta operación! ¡La he mantenido entre tú y yo! ¡Y yo no se lo he dicho a nadie!
- ¡De alguna manera se tuvo que enterar! ¿O si no para qué se hubiese acostado conmigo, si no fuese solo para seguirme el juego? ¡Es obvio! Conchetumadre, conchetumadre, qué voy a hacer… –se lamentó agarrándose de los cabellos. ¡Era una obviedad! ¿Cómo no pudo darse cuenta? ¿Él, que es tan inteligente? ¡Y cómo Arthur se atrevió a mandarlo a eso! Le vio con los ojos ardiendo en furia. Arthur entendió de inmediato.
- ¡Tú fuiste quién aceptó esto! ¡Y ahora asume las consecuencias! Martín no sabe nada. ¡Nada! ¡Yo me encargué de que nadie supiera de esto! ¡Así que devuélvete a trabajar, cógetelo las veces que sea necesario, destrípalo y mándale el corazón a Francis! Te quiero con las manos rojas en tres días. ¡Si no, verás las consecuencias! ¡Nunca me has fallado antes, Manuel y no quiero que esta sea la primera vez! ¡No me obligues a ser duro contigo!
Y Manuel huyó de aquel palacete despavorido. Cuando se metió a su auto se refregó la cara una y otra vez. ¿Qué otra explicación tenía acerca del comportamiento de Martín? Cerró los ojos con fuerza.
Ni una más.
O O
- Es más bonito que el motel al que fuimos la otra noche –empezó Martín, abriendo la puerta de una suite lujosa. Manuel miró con desconfianza y tragó saliva, sonriéndole por obligación.
- Por lo menos el otro tenía desayuno a la habitación…
- Este tiene más que eso. Mucho más –le dijo al oído, mordisqueando juguetonamente el lóbulo de la oreja de Manuel. Su boca húmeda bajó por su cuello dulce, lamió y se quedó succionando hasta arrancarle un gemido suavecito. El sicario lo hizo a un lado con rapidez, agarrando su ropa para tirar de él en un beso apasionado. Y así estuvieron por unos segundos, hasta que Manuel se alejó de él jadeando.
- Voy al baño –musitó apenado. Martín asintió a regañadientes, dejándolo libre y asegurándole que estaría esperando, pero que no se demorara mucho, que era impaciente por naturaleza. Manuel le guiñó el ojo y entró al baño bonito lleno de cerámica y diseños árabes, cerró la puerta con pestillo y le mandó un mensaje a Arthur.
‘’Ready to start’’
O O
- Cambiaste el tapiz. No me habías contado, Arthur –Alfred Jones entró al despacho de Arthur Kirkland como quién va a visitar a sus muertos, con la elegancia, el desplante, la soltura del que sabe que nada puede alterar su condición actual, a pesar de Arthur, que arrugó el entrecejo a penas le vio venir.
- No recuerdo haberte invitado –le gruñó. Pero Alfred no hizo caso y rodeó el escritorio del inglés sin importarle las silenciosas advertencias que su mirada desprendía.
- No, ¿verdad? Porque no lo hiciste.
Arthur se puso de pie.
- ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué quieres?
- El negocio ha estado en reposo en estos días… -comenzó, mirándose los dedos de las manos- No he tenido trabajo.
- Te dije que tenías prohibido entrar aquí.
- Solo Manuel. Manuel siempre fue tu favorito, ¿o no?
- Porque él me trata con respeto. Y me es fiel. Leal. Una palabra que tu inservible cerebro no conoce en lo absoluto.
- ¿Pero por qué me tratas tan mal… -y su tono de voz era seductor, era encantador, era tal cual se vieron por primera vez- cuando yo soy el único que puede evitarte un sufrimiento tan grande?
El inglés enarcó una ceja. Luego sonrió burlón.
- ¿Y qué sufrimiento sería ese?
Entonces Alfred sonrió.
- A ti no te gustaría ver a Manuel como yo vi a Matthew… ¿verdad? No… no te gustaría.
La otrora mueca expresiva e irónica de Arthur pasó de todo a nada. Pasó de ser mordaz a convertirse en una de incertidumbre. Arthur odiaba la incertidumbre cuando tenía sospechas de que no le favorecería en nada, y recordó cada palabra hablada con Manuel días antes.
- ¿Qué estás insinuado, Alfred? –le dijo con rabia- ¿Qué mierda estás insinuando?
- Yo podía sentir… yo podía sentir y tú también puedes, ¿y sabes qué? Voy a aprovecharme de eso.
- Alfred, tú…
- Adoraba a Matthew, así como tú adoras a Manuel. Y tú vas a sufrir por tu sicario, como yo sufrí por el amor de mi vida.
O O
Manuel se miró al espejo por última vez. Le gustaban sus ojos grandes. Grandes le servían más. Grandes eran más expresivos, grandes eran más vivarachos, grandes eran adorables y cariñosos. Cariño que él no sentía y que no había poseído nunca, pero que intentaba aparentar detrás del marrón que a la luz lucía como la miel.
Consideró que estaba listo, y guardó la navaja bajo la manga de su capuchón rojo. Se arregló un mechoncito de pelo que hacía que le picara la nariz y salió decidido a acabar con su misión. Coqueto y rebuscado, se lamió los labios listo para volver a tener en su boca a su objetivo, pero Martín no estaba por ninguna parte.
- ¿Martín? –llamó con voz dulce. Los minuteros del reloj fueron la única respuesta que obtuvo. Manuel miró confundido su alrededor, la cama recién hecha, el guardarropas cerrado, el gran espejo en la pared y el balcón.- ¿Martín, dónde estai’? –volvió a decir, pero nada otra vez.
Se aventuró a cruzar el umbral del baño y a mirar dentro del closet. No había nadie. Si esta era una broma, no le estaba divirtiendo. ¿A dónde se podría haber ido ese hijo de puta? Se acercó Manuel al balcón pequeñito que daba de cara a los cimientos del hotel. Un quinto piso.
O O
- ¿Qué sientes si te digo que se va a morir hoy? ¡Dime qué sientes! ¡Dime qué mierda sientes!
Arthur tragó saliva.
- ¡No eres más que un chiquillo mentiroso, un bastardo resentido, una escoria! ¡Debí matarte junto con la puta que tenías por amante! ¡Qué le hiciste a Manuel! ¡Qué le hiciste! –gruñó agarrándole de la chaqueta. Alfred se estaba riendo, pero sus mejillas estaban empapadas de lágrimas y Arthur fue incapaz de entender su dualidad.
- ¡Yo nada! ¡Martín resultó ser excelente! ¡Sí! ¡Eso es! –Gritó al ver el rostro de espanto del inglés- ¿Creíste que iba a quedarme como si nada? ¿Que te seguiría siendo fiel aun cuando arrancaste de mí lo único que en mi vida fui capaz de amar? ¡Qué poco me conoces, Arthur!
Kirkland lanzó a Alfred contra el rincón de la pared, con toda la fuerza que pudo. Se llevó la mano empuñada hasta la boca, viendo hacia nada en especial, como perdido, como flotando. No tuvo ni la mínima noción de cuándo sus ojos comenzaron a lagrimear y cuando Alfred empezó a escupirle mierda por la boca. Él solo podía pensar en Manuel. En Manuel encerrado con ése asesino que sabía todo, en Manuel siendo devorado por perros, en Manuel siendo incinerado, en Manuel siendo asesinado.
Alfred se aferró a su chaqueta fuertemente, lloriqueando como un niño pequeño.
- ¿Entiendes ahora lo que se siente? ¿¡Lo entiendes!?
- ¡Cállate!
Arthur sacó la pistola de su pantalón y no dudó en disparar directo al tobillo de Alfred, que gritó de dolor, retorciéndose en el piso, gritando constantemente: ¿entiendes ahora? ¿Entiendes ahora?
- ¡Contéstame, hijo de puta! –le chilló Arthur al teléfono, mensajeando a Manuel. He knows. He knows. Pero nada venía de vuelta. Lanzando el teléfono al piso, donde se hizo pedazos, se tapó la cara con ambas manos. Todo su cuerpo estaba en llamas. Todo su cuerpo comenzaba a fracturarse por completo. Todo él estaba incompleto.
- ¿Sientes? ¿Sientes ahora?
Y la sangre se escurrió libertina por el piso alfombrado y llegó a mancharle sus zapatos de cuero negro.
Pero a Arthur eso ya no le importó.
O O
Manuel miró por el balcón, inclinándose. Nada. Ni un alma. Nada en lo absoluto.
¿A dónde se había ido? Tenía esa extraña sensación en el estómago. Esa rara amargura de que algo no va a salir como lo espera.
Entonces quiso darse la vuelta y partir.
Pero cuando hizo el esfuerzo, no pudo.
Hacían años que una pistola en la nuca no le producía semejantes calosfríos como los que sentía ahora. Años. Muchísimo tiempo. Por muchísimo tiempo no tuvo miedo de morir. Tampoco es que lo tenga ahora, simplemente se ha sorprendido.
¡Curiosísimo!
Subestimarlo. Desde el principio, su gran problema.
Oyó Manuel entonces la pistola siendo preparada y soltó un largo suspiro. Sus ojos iban seguidamente desde el cielo hasta el suelo, desde donde estaba inclinado, desde los bajos fierros hasta el suelo. Incesante. De aquí para allá, y no pensó en nada más que en lo circular de la vida.
¿Podría conocer Dubai algún día?
Se quedó meditándolo.
Por lo menos hasta que oyó la voz cantarina de Martín susurrarle al oído:
- Fue un placer conocerte, Manu.
Y le fue imposible no sonreír.
¡Siempre supo que no podía ser la única persona en el mundo que se aburría!
La Reina que dejó a su Rey (por un Alfil) | (Latin) Hetalia
Notas: UKChi. Siempre creo que Manuel ama más a Arthur, en esta historia Arthur ama más a Manuel.
Las manos que recorren su cuerpo son lentas, indecisas. Se sienten frías e inexpertas, esos labios llegan a su boca pero no hay nada de pasión en ellos, hay melancolía y pena. Las piernas se envuelven alrededor de su cintura, tratando de incitar más calor pero este simplemente se resiste a venir. Arthur suspira porque es imposible, lo que había entre ellos parece haberse desvanecido tan rápido como se había iniciado. Él es capaz de admirar las pecas que cubren su nariz ariscada cuando Manuel se incorpora en la cama y suspira de cansancio.
Esto es solo otra noche más, pero Manuel se está cansando y no hay nada que Arthur pueda hacer al respecto. Él toma su ropa interior de entre las sábanas de la cama y cubre su desnudez y solo quiere huir de ahí, volver al hotel, a la habitación que comparte con Martín y no salir hasta que el día vuelva a comenzar y la reunión se haya acabado por fin.
Sus ojos marrones refulgen en la oscuridad de la noche como ojos de gato, solitarios y necesitados, Arthur está tendido en la cama pero trata de recuperar la respiración y explicarse a sí mismo la razón por la que no podía hacer nada, teniendo a ese cuerpo que tanto necesitaba justo al lado suyo, aspirando su aroma hasta en las sábanas.
Se viste con el pantalón de tela negro que ha quedado a ras de piso y va tras él. No se calzó los zapatos y ni siquiera se puso una camisa encima, ¡pero qué importa la etiqueta! El hombre que había deseado en secreto desde que le vio con ese cabello largo y enmarañado se estaba yendo como todas las noches, y el solo quería tenerle en sus brazos un poco más.
Lo encuentra arrimado al balcón de la terraza que tiene esta habitación en la que yacen. Está solo con su ropa interior y hecho un lío. Tiene una cara que muestra que no hay objeto en esto pero es la única razón por la que Arthur va a su encuentro, porque los nulos deseos de Manuel son lo único que le da a él fuerzas.
- Manuel, ¿podemos hablar? ¿Te sucede algo? -se acerca despacio y le abraza por detrás, pasándole los brazos por la cintura, intentando entregarle algo del calor que él ha reunido y que Manuel parece haber perdido hace años.
- No quiero hablar, Arthur.
- ¿Qué es lo que te pasa? No entiendo por qué te has ido de la cama y has llegado hasta aquí, no sé qué ocurre contigo.
- Eso es lo que está pasando. NI yo sé qué me pasa –dice, como si unos tintes de rabia se esparcieran desde su boca a la atmósfera fuera. El único sonido que hay en la noche sola de Copenhague son sus respiraciones acompasadas; ellos que son incapaces de romper el silencio en el que han caído y el ambiente lúgubre de su relación.
Arthur intenta voltearle, quiere hablarle, que le mire, tan solo que diga algo que rompa el mutismo incómodo en el que ha caído lo que ambos habían tenido y que se había vuelto imposible de nombrar. Manuel le ignora, con el corazón dolorido hace el intento de obviar su presencia, como si ella no existiera. Arthur toca su rostro por unos segundos y Manuel lo mira, finalmente, muy fijo a los ojos.
Sus ojos se ven tristes y fríos.
- No vamos a hacer nada que tú no quieras, ven conmigo, Manuel, está helado. –Manuel no contesta a nada. Sigue viéndolo con esa carita que llamó la atención de Arthur desde que era nada más que un niñito.
Pero para Manuel es complicado. Él cierra los ojos y recuerda con los labios secos que en la habitación del hotel que él ocupa está Martín durmiendo en su cama y que lo está esperando y que él lo ha dejado porque el llamado de Arthur fue más fuerte. Es increíble, Manuel piensa, cómo puede amar a uno y a otro con la misma intensidad, con la misma fuerza.
Quisiera preguntárselo a Arthur, porque confía en él ciegamente y no hay nada que Inglaterra no pueda resolver.
- ¿Por qué tengo que soportar esto?—pregunta sin quitarle los ojos de encima.
- ¿Qué cosa? –responde Arthur, ansioso.
Manuel agacha los hombros.
- Perdón –suelta.
- ¿Perdón por qué? No me pidas perdón, yo te amo…
Manuel levanta la mano y cubre los labios de Inglaterra.
- Y tú estás conmigo por eso… porque también me amas –habla Arthur, aunque Manuel no le ha quitado la palma de la boca.
Manuel agacha la cabeza por unos minutos. Todo lo que está en su mente son los ojos de Martín y su sonrisa y su forma de hablar y luego aparece Arthur, con elegancia y carisma, con prestancia y distinción, Arthur es el gentleman que Martín no es, es el señor que rivaliza con el gaucho que es Martín.
- ¿No me amas? –Arthur pregunta, casi temiendo la respuesta.
- Te amo tanto como lo amo a él.
Ante eso, Arthur lo envuelve en sus brazos y lo presiona firmemente contra su pecho, aspirando el olor de su cabello hasta que le duele la nariz. Lo acaricia suavemente, respira el aroma de su piel y lo escucha dar gimoteos contra él, pegado a su corazón que late acompasado al ritmo de su respiración. Hoy esto es solamente miseria.
- Quisiera solo… que me amaras un poquito más.
Manuel niega con la cabeza y Arthur es capaz de escuchar unas palabras finitas , pero no puede saber qué dicen. Son casi lamentos y se siente tan mal, con tanta pena, de ser el causante de las lágrimas que caen por el rostro de Chile. No hace más que tambalearse de aquí para allá, arrullándolo en sus brazos. No importa si no tienes amor para mí, yo tengo suficiente para los dos.
- Nunca podría olvidar lo que me haces sentir –Manuel por fin habla claro.
- No es fácil olvidarme.
- ¿Realmente eres tan indispensable como crees? –se pregunta Chile, en voz alta.
Arthur no responde esa pregunta.
Manuel mira hacia arriba, sus ojos hinchados y las manchas de su carita se sienten refrescadas ante el aire frío que corre en la terraza de esa habitación. Él trata de ver dentro de sí mismo, intenta entender cómo es que puede amar a los dos, como es que puede siquiera echar a la basura algo que tanto le costó conseguir. El amor de Arthur era algo que siempre deseó y nunca tuvo. Y escucharlo ahora pronunciar esas palabras es inverosímil. Pero Martín siempre ha estado ahí y a pesar de todas las idas y venidas nunca le ha negado nada y es algo tan profundo. Está seguro que lo de él y Arthur podría superarlo, pero se siente muy asustado de dejar ir a Martín por completo.
Él no podría decidir.
¿No podría?
Arthur lo besa y Manuel le responde y luego separan sus labios despacio, aún con los ojos cerrados, los dos sin valor suficiente como para mirarse a la cara y pronunciar ese adiós al que temen llegar. Manuel sabe que nunca podría decirle adiós a Arthur por completo e incluso si él decidiera a Martín por sobre Arthur, Inglaterra siempre sería como un fantasma que nubla su relación.
Pero él está dispuesto a convivir con un fantasma.
Manuel descansa su cabeza en el hombro de Arthur por algunos segundos, hasta que oye su voz romper el silencio.
- Quizás tengas razón, Manuel. Nadie es feliz a mi lado y tarde o temprano todos me abandonan, no sería raro que tú también te fueras.
- Me puedo ir Arthur, pero siempre voy a volver. –es lo último que Manuel dice, antes de darse la vuelta y volver a la habitación.
Arthur lo mira ponerse encima su pantalón y su camisa y después escucha la puerta abrirse y al instante cerrarse otra vez. Se queda solo en la terraza, observando el cielo oscurecido de una noche negra en Dinamarca. Mañana es hora de volver a esa reunión y él no sabe si será capaz de ir allí con entereza. En su interior, solo desea ser más fuerte que lo que les está sucediendo. No quiere darles la razón a los que dijeron que era horrible lo que los unía. Manuel va a volver, siempre vuelve. No va a dejar a este rey por un alfil.
Pocky ukchi ♡






