[NUEVA COLABORACION]
¿Cómo se cata un vino? Guía para principiantes por Victoria Acosta.
La vista, el olfato y el gusto: los tres pasos claves que todos deben tener en cuenta para aprender cómo se cata un vino un profesional.
La vista, el olfato y el gusto: los tres pasos claves que todos deben tener en cuenta para aprender cómo se cata un vino como un profesional.
¿Qué significa catar un vino? ¿Cómo se hace? ¿A qué hay que prestarle atención? Muchas personas que se acercan por primera vez al mundo del vino, tienden a verlo como un círculo cerrado y secreto de sommeliers.
Sin embargo, cualquier persona que quiera…
Después de un camino sinuoso (como todo camino de la comunicación popular) le pedimos a una amiga y compañera como Cecilia Ceraso si nos ayudaba a mirar hacia atrás y evaluar el trabajo realizado. Acá una análisis implacable sobre de qué hablamos cuando hablamos de comunicación popular.
Por Cecilia Ceraso
Dice Eduardo Galeano “Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame. El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar. El sistema que no da de comer tampoco da de amar: A muchos condena al hambre de pan y a muchos más al hambre de abrazos” (El Hambre/2)
Ya hablamos anteriormente sobre la comunicación popular como lugar fecundo para construir nuevos sentidos.
No hay duda de que la Revista La Mancha, que se define para su creación como una publicación de comunicación popular, es un cauce que en este momento de transición - entre un modelo implotado y la creación de otro modo de estar en el mundo – contribuye a visibilizar muchas acciones creativas que aparecen sobre todo en la cultura y que son los modos de resistir y recrearse que tienen los pueblos.
En un momento de avance de las corporaciones dentro de este capitalismo insaciable en manos de unos pocos, agravado por la reacción autoritaria del modelo hegemónico que está dispuesto a secuestrar palabras y hechos para encerrar en el silencio a la realidad, este cauce reafirma su importancia y se fortalece.
Durante gran parte de 2016 y entero el 2017 La Mancha, que cree que las cosas cambian primero en las prácticas sociales, nos viene acercando profundas reflexiones, experiencias, miradas y perspectivas que protagonizan las transformaciones dando especial valor a la acción colectiva.
Con una potente impronta estética en su diagramación y contenido que también construye su identidad, acompañando la expresión de diversas experiencias culturales siempre atravesadas por la dimensión política que todas las prácticas conllevan, y tomando a la estética como la sabiduría que connota como filosofía de la vida cotidiana, La Mancha se abre camino por las redes no como una acción formativa sino en una acción performativa que nos va mostrando lo que está ocurriendo en movimiento y en el presente.
En este contexto la comunicación popular tiene un rol protagónico que va más allá de la información, es la capacidad dialógica de producir sentidos y de disparar procesos de reflexión y multiplicación de otros discursos que pongan en tensión los discursos hegemónicos y la posibilidad creativa de producir nuevos valores y modos de vivir en sociedad sin repetir las viejas creencias que nos convierten en pasivos rebaños que reaccionan violentamente frente a la amenaza de cualquier transformación.
A la vez nos acerca la alegría de saber que no estamos en soledad, que hay mucha gente con pensamiento crítico que trabaja por la inclusión y la igualdad de oportunidades, porque sea justa la justicia y realmente democrática la democracia.
En este presente avasallante y crítico, donde es muy difícil ver con claridad, La Mancha sabe que no hay proyecto de comunicación popular ni de libertad de expresión separado de transformación social. Confronta porque prefigura otro ordenamiento. El eje de esta perspectiva no parte de los medios sino del territorio de la cultura donde lo comunicativo es clave.
También encuentro en los relatos que manchan la capacidad de sentipensar rompiendo con el racionalismo que reina estático, mostrando a lo real en constante movimiento, aprovechando al máximo los recursos que nos dan los diferentes lenguajes, entrando y saliendo, abriendo y cerrando, multiplicando y expandiendo.
Describir las voluntades que la identifican y que se ven plasmadas en su rica producción nos dan una idea clara de cómo La Mancha nos acompaña generando un mensaje de comunicación transformadora:
Su carácter contra-hegemónico/ su configuración de otro modelo/ su anclaje en la cultura y en las prácticas sociales.
Su lucha por defender la multiplicidad de voces y su vocación por multiplicarlas.
Su empeño por visibilizar lo que está mandado al silencio.
Su entrega al movimiento de construir una comunicación diferente, un camino de comunicación propia.
Una estética mixtura gráfica en movimiento urbana/conurbana
Un predominio de experiencias creativas, des-aprendizajes y aprendizajes nuevos.
La importancia de considerar a la estética como filosofía de la vida cotidiana y a la identidad, la memoria, la cultura y el amor como eje estructural de este proceso emancipatorio.
Estas voluntades imprimen en La Mancha el importante rol que tienen los cauces de comunicación popular, proponiendo la auto-creación social/colectiva y personal y la capacidad de visibilizar el conocimiento que surge de las prácticas sociales y que nos emancipa del conocimiento regulado, envejecido dominante y hegemónico para darnos nuevas pistas de transformación.
En este presente violento y cerrado, donde una vez más intentan imponernos el repetido modelo que nos ahoga y nos excluye de la toma de decisiones, donde predominan minorías que piensan que la tierra no es un hábitat de diversidad sino un lugar donde se hacen negocios; La Mancha nos impregna con el reflejo de la cultura, el proyecto político y el movimiento de la comunicación de muchos colectivos que resisten creativamente y buscan sin cansarse las grietas del sistema alejándonos de la brutalidad.
Cecilia Ceraso es doctoranda en Comunicación y Cultura (FPyCS-UNLP), magister y directora de la Maestría en Planificación y Gestión de Procesos Comunicacionales (UNLP), directora del Centro de Investigación en Comunicación y Políticas Públicas (UNLP), licenciada en Comunicación Social de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. Asesora en Comunicación, territorio y políticas públicas en América Latina.
Trabajo Social y Políticas Sociales: nuevas y viejas formas de nombrar
Andrea Echeverria es la columnista invitada de noviembre y nos trae una nota para pensar las políticas sociales en una época de ajuste y retrocesos sociales. Cuando las formas de nombrar hacen a la vida social.
Por Andrea Echevarría
El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso.
Eduardo Galeano
El Trabajo Social como disciplina tiene una historia de más de 100 años, en la que fue construyendo su objeto alrededor de la cuestión social y la acción del Estado para enfrentarla. Sus intervenciones apuntan a constituir y restituir derechos vulnerados: educación, salud, vivienda, consumos problemáticos, violencia, trabajo, discapacidad, son algunas de las áreas en las que se desenvuelve. Sus intervenciones suelen tener un contenido material, pero también un determinado sentido que todos los actores involucrados le dan a esa acción. Sentido que se define por cómo se comprende la intervención, quiénes pueden acceder a ella, a través de qué dispositivos, sustentados en qué conceptos…
Hoy asistimos con preocupación al (re) surgimiento de viejos discursos “remozados” sobre quién debería acceder a respuestas por parte del Estado (y quién no). Por ejemplo, se ha estigmatizado a quienes accedieron a una pensión por discapacidad, o a quienes integran una organización social que gestione algún recurso del Estado. Se invierten importantes esfuerzos en asegurar que quien accede a una política social acredite una situación de necesidad. Términos como “certificado de pobreza”, “personas carenciadas” o “ayuda” vuelven a aparecer en los discursos oficiales (pueden revisarse las páginas web oficiales del gobierno de la provincia de Buenos Aires o municipios, al respecto).
En este sentido, tal como plantea un documento de la Fundación Germán Abdala, el ser destinatario de las acciones del Estado a través de las políticas sociales aparece mucho más cuestionado que el beneficiarse del mismo Estado a través de otras políticas. Sugerentemente, los autores se (y nos) preguntan: “¿Por qué genera más rechazo explicar el crecimiento económico (moderado) o la salida de la pobreza, a partir de una política de subsidios que explicar el crecimiento económico (exagerado) a partir de la eliminación de las retenciones o el blanqueo de capitales fugados ilegalmente?”[i].
Comenzar a develar esta cuestión nos acercará a comprender cómo y por qué ciertos niveles de desigualdad pueden convertirse en “tolerables” para una sociedad. En este punto, un concepto clave, que acompaña fuertemente la concepción de las políticas sociales en estos tiempos es el del “mérito”.Concepto difuso, del cual tenemos pocas definiciones, el mismo está asociado a un orden moral: el mérito como virtud, como empeño sostenido. Señala Carmen Lera que “el mérito constituye la piedra angular del espíritu del capitalismo, sustentado en la convicción de que el mercado recompensa el esfuerzo y el ingenio depositado en él.”[ii]
De este modo, se extiende socialmente la idea de que las desigualdades sociales (o, al menos, las más visibles) son producto de esfuerzos y elecciones individuales diferenciados y, por lo tanto, aparecen incluso como “razonables”.[iii]
En el campo de las políticas sociales, la idea de meritocraciaimplica, por un lado, la exigencia de un esfuerzo sostenido demostrable por el beneficiario y, por otro, la confirmación de que está realmente incapacitado para resolver su necesidad en el ámbito del mercado. Es decir, acreditar una situación de carencia.[iv] Aquí es importante lo que el concepto omite (más que lo que dice): supone un punto de partida homogéneo, “igual para todos”, como si todos atravesáramos los mismos obstáculos, escondiendo los diversos procesos históricos, sociales, culturales, económicos, por los cuales las desigualdades se conforman en una sociedad.
Por otro lado, abundan los discursos que destacan alemprendedurismo, enfoque fuertemente impulsado por el Banco Mundial a través de sus documentos y recomendaciones, desde el año 2014. El concepto es traído del campo de la gestión empresarial, valora la innovación y el riesgo. Desde esta perspectiva, los logros se visualizan como resultado de una decisión y acción individual (el ánimo de “emprender” e “innovar”), desvinculándolo de las condiciones concretas del contexto que podrían facilitar o dificultar el éxito de aquello que “emprendemos”.
En los dos casos, se trata de: 1) un ocultamiento de las desigualdades de origen de las que partimos; y 2) una exaltación de la búsqueda de salidas y soluciones individuales antes que una propuesta de resolución colectiva. Pensemos que, al mismo tiempo, se ha impulsado un profundo cuestionamiento a las formas organizativas populares, particularmente a aquellas experiencias vinculadas a la gestión de políticas y proyectos. (Por ejemplo, se cerraron centros del programa FINES, se paralizó la entrega de fondos para microcréditos a través de organizaciones sociales, se considera a los cooperativistas del programa Argentina Trabaja como beneficiarios individuales, se persigue a los integrantes de la organización Tupac Amaru…).
Como trabajadores sociales necesitamos problematizar estas cuestiones que son más que un “telón de fondo”. Constituyen límites concretos para los alcances de las intervenciones. No somos espectadores pasivos de un cambio que no quisimos, tampoco los protagonistas exclusivos de los procesos sociales de resistencia que se despliegan. Siguiendo a Freire, somos hombres y mujeres con el mundo. Condicionados por el mundo, pero conscientes de nuestro aporte a su construcción o de-construcción. En este sentido, sabemos cómo se juega la construcción de sentidos (por ejemplo, de derechos o “beneficios”, de emprendedurismo individual o trabajo colectivo) en cada discusión societaria, pero también en cada intervención concreta.
Hago extensiva esta necesidad de reflexión a todos aquellos que, sin ser trabajadores sociales, interactúan con las políticas públicas: militantes políticos, referentes de organizaciones sociales, los propios destinatarios de las intervenciones…
Más que nunca, tenemos que seguir preguntándonos: ¿Cómo pensamos esa idea de derechos? ¿Cómo nos es presentada? ¿Cómo logro personal, basado únicamente en el mérito y el esfuerzo propio? ¿O como conquista colectiva, de una sociedad que en determinado momento de su historia decide reconocerlo y consagrarlo? Y también: ¿qué sucede cuando se pierde de vista esta idea de que los derechos adquiridos requieren de un Estado que los regule, los garantice y los profundice?
Sólo en la medida que avancemos en este debate y este ejercicio permanente de la conciencia crítica, lograremos aportar a la construcción de un proyecto político nacional y popular, profundamente comprometido con la felicidad de nuestro Pueblo.
[i] Arias, Bisaro, Gómez (2016) Apuntes para leer las Políticas Sociales de Cambiemos, Fundación Germán Abdala.
[ii] Lera, Carmen (2017) Mérito y Desigualdad. Algunas cuestiones para pensar las intervenciones profesionales en el neoliberalismo contemporáneo. Revista Debate Público.
[iii] Idea que se ve especialmente reforzada en el marco de proyectos políticos neoliberales, en los que la lógica del mercado y de la competencia se extiende a muchísimos ámbitos de la vida social e, inclusive, de nuestras conductas y nuestras subjetividades.
[iv] Esta situación no es nueva para los trabajadores sociales: ya en los ’90, la focalización de las políticas planteó el problema de la selección indicadores que permitieran identificar a las poblaciones (y territorios) meta de las distintas intervenciones. En los hechos, esto significa que se deje fuera a población de sectores medios y medios bajos, o incluso a población en situación de clara vulnerabilidad por no quedar comprendidos en los parámetros definidos y un enorme esfuerzo invertido en discriminar entre pobres “merecedores” y “no merecedores” de la intervención del estado (Lo Vuolo y otros, 1.999).
Tensiones y crisis en los proyectos nacional-populares de América Latina
Un análisis sobre sobre los proyectos de “derecha”, (neo)conservadores y (neo)liberales, que se presentan como una (imposible) propuesta “neutral” y “pospolítica”. El sociólogo Mariano Indart piensa las posibilidades de los proyectos populares.
Por Mariano Indart
Introducción
Las reflexiones que siguen, fundamentalmente de matriz sociológica, fueron motivadas por los resultados electorales de Argentina 2015, cuando el FpV pierde ajustadamente las elecciones nacionales ante Cambiemos, una coalición con predominio del PRO en alianza con gran parte del radicalismo. En el gobierno desde diciembre del año pasado, dicha alianza viene confirmando, a través de sus iniciativas, que se trata de un proyecto de “derecha”, (neo) conservador y (neo) liberal, quedando cada vez más lejos el relato que utilizó en campaña, donde se presentaba como una (imposible) propuesta “neutral” y “pospolítica”.
Vamos a centrarnos en el análisis de algunas problemáticas de índole cultural/comunicacional que, consideramos, son propias de los proyectos progresistas de América Latina, en particular del kirchnerismo. Nuestra hipótesis es que las mismas operan como limitaciones para el avance de los procesos de democratización, además del papel central que tuvo y tiene el bombardeo constante contra estos proyectos ejercido desde los medios masivos concentrados y dominantes.[1]
Desde al análisis particular de lo sucedido con el kirchnerismo nos referiremos a cuestiones relacionadas con la construcción y consolidación de una identidad política popular que busca convertirse en hegemónica.
La repetición del ciclo acumulación/distribución/ajuste/nueva acumulación/etc. en el que parecen estar entrampados los modelos símil o neo keynesianos desde mediados del siglo XX, se vincula con la persistencia de estas problemáticas socio-culturales vinculadas a la dificultad de los proyectos populares para construir y o sostener procesos hegemónicos, necesarios para avanzar en reformas económicas más estructurales vinculadas con el régimen de propiedad, paso que pareciera inevitable para la profundización de propuestas políticas populares.
Populismo y hegemonía
E. Laclau (2005) considera que para que se constituya un proyecto populista con capacidad de construir hegemonía debe aparecer un liderazgo (que emerge de un programa de demandas particulares) que ocupe el “significante vacío” que, por definición, no está ocupado en la coyuntura.
El kirchnerismo podría ser hipotetizado como el significante vacío ante las demandas producto de la crisis final del neoliberalismo de la última década de los 90’. El macrismo, sin encajar en las dimensiones propias del populismo, podría pensarse, quizás, como el modelo que viene a ocupar el significante vacío para parte de una sociedad que, naturalizando las conquistas de la última década y agitada por un bombardeo mediático inédito y persistente, está cansada de ciertas personas o modos de conducción, o quiere otro estilo, vaya uno a saber[2].
Luego del 2011 y acompañando el fin del crecimiento económico sostenido desde el 2003 avanza el reclamo de una renovación republicana con pretensiones de moralidad institucional y que castigue tanto los actos de corrupción ya instalados mediáticamente en el sentido común, como a los autoritarismos caudillísticos (barones del conurbano, algunos gobernadores provinciales, etc. Todos demonizados como manifestaciones populistas estilo Chavez, Evo Morales, etc..[3]
Esta situación es capitalizada electoralmente por Cambiemos, con una propuesta política donde se mixturan originalmente una serie de factores propios de los modelos (neo) conservadores y (neo) liberales. Al respecto Afirma J. Alemán Lavigne (2015 a), “conviene señalar la emergencia de una nueva "derecha progresista", que en los últimos años ha sabido conjugar una suerte de sincretismo entre los manuales de autoayuda, la desafección por la política, una demagogia del amor, la felicidad y la proclamación de un mundo sin conflictos”.
El tema es hasta cuándo y cuánto se puede travestir en esta especie de grupo de autoayuda pospolítico a un proyecto que contiene al tropel de economistas ortodoxos encabezados por Prat Gay, Melconian y Sturzzenegger… y con Cavallo como trasfondo y referente.
Lo que aquí queremos plantear tiene que ver con dificultades que se presentan cuando una identidad política popular que se está constituyendo pretende construir hegemonía[4]. El proyecto político por necesidad identitaria reafirma lo “propio” como antagonismo de lo “otro”, enfatiza un “nosotros” como distinto a “ellos”, y esto se torna problemático cuando se intenta incorporar nuevos sectores y apoyos pero el “estilo” ya está “sustancialmente” definido, previamente, por la militancia “de la primera hora”. Muchos de los nuevos sectores y sujetos que se necesita incorporar para consolidarse en la sociedad civil parecen no sentirse necesaria y plenamente identificados con esta construcción cultural previa que se autofesteja y autoseduce, con dificultad para detenerse a escuchar otras/nuevas voces. Este orgullo, necesario para la autoafirmación, corre el riesgo de derivar en una especie de soberbia que impide ver más allá de lo autorreferencial. La ironía de 678 en TV fue una muestra de este comportamiento que impide un debate más abierto y enriquecedor con aquellos que, sin ser el enemigo político, no encajan en el molde previamente definido[5].
Es interesante reflexionar en este sentido a partir de la siguiente afirmación de Laclau (1986):
“La universalización y su carácter abierto condenan a toda identidad a una hibridación inevitable, pero hibridación no significa necesariamente declinación a través de una pérdida de identidad: puede también significar robustecer las identidades existentes mediante la apertura de nuevas posibilidades”.
El hecho de no lograr sumar lo suficiente para consolidar la (contra) hegemonía de un proyecto que se pretende popular termina por depender de las coyunturas económicas que canalizan solo intereses inmediatos, fundamentalmente de los sectores medios, los más proclives al cambio de signo político desde posiciones individualistas, consumistas y massmediatizadas.
Además de que lo que se viene mencionando sobre las dificultades de incorporar nuevos actores al proyecto popular, otro problema tiene que ver en cómo convocar la participación activa de ciudadanos que tienen los tiempos diarios formateados entre la vida familiar y el trabajo, en una inercia que invita al consumo televisivo y ahora a las conexiones vía web.
Algunas ideas sueltas: se podría intentar pensar en qué valores y/o principios nos unen y en qué consumos y estilos culturales nos separan; qué idea de conducción política subyace, qué tipo de ciudadanía se pretende para el futuro, qué educación, qué entendemos por participación, qué grado de compromisos colectivos estamos dispuestos a asumir unos y otros, en fin…
No hay porcentaje que permita establecer cuando puede hablarse de hegemonía, pero sí hay un número necesario para ganar una elección. Tener preeminencia en la sociedad política es clave para sostener el dominio ante una crisis de hegemonía. El desafío hoy es cómo se podrán sostener los avances del “buen sentido” en el sentido común de al menos un tercio de los argentinos habiendo perdido momentáneamente el gobierno (actualmente el Poder ejecutivo, el resto habrá que ir viendo…)
(...)
Políticas emancipatorias y políticas de vida
“En la época del capitalismo, en su versión neoliberal, las políticas transformadoras de signo popular tienen la ventaja histórica de haber roto con el círculo del terror sacrificial propio del modo de ser revolucionario, pero a su vez, sus transformaciones se inscriben en un orden donde no existe una totalidad abarcable cómo estructura. Se trata sólo de superficies de nuevas prácticas de lo común, de experiencias subjetivas de invención de nuevos lazos sociales, de distintas formas de anudamiento entre el Estado y los actos instituyentes surgidos de los movimientos sociales surcados por la heterogeneidad y en donde nunca se encuentra la respuesta definitiva sobre el verdadero alcance de la transformación” (J. Alemán Lavigne, 2015).
Los planteos sociológicos de A. Giddens (1997) y Z. Bauman (2005) distinguen dos “programas” de acción política propios de la modernidad: las políticas emancipatorias (PE) y las políticas de vida (PV)[1].
Sus análisis periodizan la modernidad en etapas: la naciente o temprana correspondiente al siglo XIX y principios del XX durante los inicios del capitalismo (la época que analizaron Marx, Durkheim y Weber), la modernidad “sólida”, que se desarrolla durante el siglo XX; entre la primera guerra y la crisis del Estado de Bienestar durante la década del 70’ de ese siglo; toda una época donde se privilegió a una “sociedad de productores- soldados” con una lógica “taylorista-fordista” como trasfondo, y en la cual se consolidaron las instituciones modernas: familia, escuela, Estado, fábrica, etc. . Tiempos en que las identidades y los grupos de pertenencia eran básicamente estables y previsibles.
La tercera etapa que estamos transitando, que coincidiría con lo que otros autores denominan “posmodernidad”, sería la modernidad “reciente” (Giddens) o “líquida” (Bauman), que se inicia con la crisis del modelo de bienestar y la irrupción de la globalización neoliberal, la caída del modelo soviético y la revolución científico tecnológica. Nace la “sociedad de los consumidores” que excluye a los ciudadanos que no están en condiciones de poder ofrecer su propia subjetividad en el mercado; una etapa donde la metáfora de “la liquidez” es utilizada para nombrar a lo que se ha perdido de anclaje, rutina y seguridad propia del siglo XX, y que postula la flexibilidad, el cambio constante, la individualidad mutante y el cuerpo como objeto a ser trabajado; una sociedad que no ofrece identidades “fijas” ni ubicaciones pre-establecidas para ser “ocupadas” por los sujetos.
Las PE se plantearon como programas destinados a acabar con las jerarquías y las desigualdades sociales y nacen desde las ambiciones humanistas- iluministas de la modernidad naciente que se enfrenta con el mundo tradicional que aprisiona e impide surgir a una individualidad subsumida en lo comunitario, desde una justificación religiosa que pasó a ser insostenible. La primera etapa de esta liberación individual origina los “grandes relatos” de la modernidad naciente que, con diferencias, comparten un horizonte discursivo común; postulan una progresiva eliminación de las injusticas y distintas “utopías finales alcanzables”.
La modernidad “sólida” permitió que esos relatos se consolidaran en instituciones, tanto en el capitalismo “de bienestar” como en el socialismo soviético, y que con un marco “productivo” poblado de grandes masas de trabajadores fordistas, el mundo entrara en conflictos bélicos durante todo el siglo XX para buscar finales felices con caminos y resultados diferentes.
Las PE son planteos “exhaustivos”, que involucran a toda la realidad, y que requieren de un compromiso militante y existencial, al estilo de lo que planteaban Benjamin o Sartre, que no termina hasta liberar a los individuos de la opresión, la alienación y la explotación propias de las sociedades modernas. La batalla es constante y el concepto castrense de “militancia” define muy bien el tipo de compromiso asumido.
A partir de los 80’ del siglo pasado y luego de los trascendentes cambios políticos, económicos y culturales mencionados previamente y que ponen en crisis a los “grandes relatos” comienza a tomar forma una nueva etapa, la “líquida”, y se apropian de la escena las PV, programas que se postulan desde demandas particulares, protagonizadas por sectores y minorías no incluidas en los derechos conquistados durante la modernidad “sólida”; planteos de género, feministas, ecológicos, artísticos, vinculados con el trabajo pero no desde el típico sentido “clasista”, “juveniles”, etc. Las demandas se plantean hacia el Estado y la sociedad buscando ampliar, profundizar y/o conquistar nuevos derechos. Afirma Giddens, polémicamente, que ya se habría alcanzado el máximo de libertad individual posible que se viene buscando desde los inicios de la modernidad, y lo que quedaría ahora es materializar los derechos postergados, para “incluir” a aquellos individuos o grupos aún “rezagados”.
La actitud vital en las subjetividades “líquidas” es de constante crítica, de poca tolerancia a la frustración, pero es una crítica que no pretende llegar a ninguna raíz del problema si es que esto significa poner en discusión la totalidad del orden social, sino que busca la atención del reclamo y que las autoridades lo resuelvan. No es una “militancia” en donde se juega un compromiso vital, sino que involucra solo un aspecto o dimensión de la vida, que se pone en marcha y se desactiva una vez conseguido el objetivo.
Intentando incorporar estas conceptualizaciones al análisis que venimos realizando, en particular al kirchnerismo, podríamos afirmar que la épica movilizada, la definición de la militancia y la forma en que se llevaron adelante las políticas públicas permiten pensar en cierta “revisita” de y hacia las políticas emancipatorias. Sin embargo, sería interesante analizar los rasgos de la militancia actual en relación al tipo de vínculo con lo político. Interpretar si se trata de una nueva versión de compromiso existencial o de una nueva forma de relación que, protagonizada por subjetividades que se han constituido entre democracias políticas relativamente consolidadas, dan por sentado que el futuro se dirime en el terreno de la disputa política dentro de “reglas de juego” democrático-liberales, lo que incide en la forma en que es vivida la política.
Si sumamos a esto que varios de los avances en materia de derechos sociales, en estos últimos años, han sido promovidos desde la conducción del proyecto político más que desde las demandas de las bases, como ya se ha analizado previamente, es posible que los sectores involucrados y favorecidos con las mismas hayan incorporado estas conquistas en términos de “políticas de vida”. Esto podría significar que el avance democratizador no haya sido vivido como construido desde un “colectivo” nacional-popular, aunque la errática política comunicacional del gobierno kirchnerista haya apelado a esta figura, sino como consecuencia de logros “particulares”, que no necesariamente se “encadenan” entre sí, como si fueran partes de un sujeto colectivo común, de una comunidad.
Las PV logran, sin duda, cambiar el mundo, en el sentido en que los nuevos derechos pasan a aumentar el grado de participación y una mayor diversidad, logrando, en principio, el empoderamiento desde el avance de nuevos sectores ahora incluidos en el mapa político y en el Estado. Además necesariamente involucran aspectos de las PE, es decir, no son inofensivas para el capitalismo, como afirma Alemán Lavigne (2015 b):
“si estas experiencias populares están tan sobredeterminadas por el reformismo que nunca afecta a la estructura misma de las cosas propias de la dominación neoliberal, ¿por qué tanto empeño en las oligarquías financieras nacionales e internacionales en pagar cualquier precio por arruinar a esos proyectos y contratar a todo tipo de mercenarios mediáticos para destruirlos?”
Pero habrá que ver ahora, teniendo en cuenta las nuevas subjetividades de los militantes, qué grado de resistencia conjunta se puede articular contra las políticas neoliberales que pretenden desmantelar parte de la democratización trabajosamente construida: ¿Pueden esperarse movilizaciones colectivas para defender una conquista o un derecho vivido como particular o sectorial? ¿O solo habrá una solidaridad discursiva? ¿Es posible pensar a las PV como parte de un proceso “contrahegemónico”?, ¿o es que ya el mismo concepto de contrahegemonía es problemático para leer estos procesos?
Esta distinción entre PE y PV permiten incorporar nuevos elementos teóricos para una lectura actualizada de los procesos políticos. Ambas formas no son mutuamente excluyentes. La interpelación al Estado que se realiza desde las PV necesita generalmente tensionar aspectos propios de las PE, y allí está la posibilidad de construir y articular intereses en esta etapa histórica, donde las formas comunicacionales han tomado el centro de la escena y obligan a repensar el sentido de toda participación política.
Para concluir
Las reflexiones previas tienen la intención, como se afirmó al inicio, de incorporar herramientas para el debate dada la coyuntura política que atraviesa América Latina en general y nuestro país en particular. No compartimos la totalidad de los planteos teóricos que hemos utilizado pero sí nos parece que aportan elementos fundamentales para tener en cuenta tanto en los análisis académicos como políticos, de cara al futuro. Ojalá estas líneas escritas rápidamente al calor de los acontecimientos históricos que estamos atravesando, puedan ser el inicio de un intercambio que fortalezca la capacidad de repensarnos como ciudadanos comprometidos con una sociedad más justa, y colaborar con la organización de los sectores populares para momentos tan difíciles y complejos como los actuales y los que parecen avecinarse.
Nuevas luchas feministas: Fútbol de mujeres en la Villa 31
Mónica Santino, trabajadora en la Villa 31 y Presidenta de la Asociación Civil "La Nuestra Fútbol Femenino", nos habla de esta nota sobre una experiencia con mujeres de la Villa 31 organizándose para jugar al futbol. Un texto que nos habla de lucha pero también de disputar los roles socialmente asignados.
Por Mónica Santino
La escena se repite dos veces por semana en la cancha del Barrio Güemes en la Villa 31 de Retiro desde hace nueve años. Llegan las pibas con pelotas, conos y pecheras. Los varones después de un rato se corren. La cancha es de ellas. La pelota va y viene entre gritos, risas, pierna fuerte, abrazos, festejos y broncas. El fútbol empareja, nos hace sentir iguales, nos dignifica, ejercemos derechos, somos más y la cancha se hace gigante, infinita, se estiran las líneas de cal, entramos todas.
La Asociación Civil La Nuestra Fútbol Femenino viene abriendo camino y dando batalla desde la cancha del barrio del Padre Mujica al mundo. Las mujeres de la 31 como en tantísimos otros barrios de Buenos Aires levantaron la cabeza, pusieron la pelota bajo el píe y sostuvieron la mirada con mucha convicción construida a fuerza de paredes, pases y corazones para rebelarse a un destino signado por prejuicios, estereotipos de género, violencia y dominación de los cuerpos.
Ellas como nadie saben que no es lo único que les cabe criar hijos, cuidar los de otras, lavar, planchar, cocinar y atender al compañero. Saben que pueden jugar. Saben que se puede soñar y pensar en cambiar la realidad junto a otras. Saben que existen tantos cuerpos como mujeres hay y que cada una puede vestirse como quiere, desear y ser en ese cuerpo una entre muchas. La fuerza del colectivo empieza a tomar forma. Juntas ganamos partidos. Separadas jamás. Necesito a las compañeras cerca. Para pasarnos la pelota. Para idear estrategias juntas.
El deporte tiene una historia escrita y protagonizada por varones desde sus inicios. Es tan fuerte la identidad masculina y su impronta que al propio movimiento de mujeres y al feminismo en particular le cuesta dar pasos y avanzar en ese terreno durísimo donde el ser varón se celebra de acuerdo a patrones de conducta inscriptos en la cultura y naturalizados desde hace siglos. Fuerza, potencia, virilidad, valentía, coraje, competitividad. Lejos de los idearios y representaciones culturales de las mujeres: paciencia, sumisión, bondad, delicadeza, perseverancia.
El deporte en general y el fútbol en particular por el valor inmenso que tiene socialmente como canal de vínculos, de historias de barrios y de pasión popular pone en tensión los conceptos de qué significa “lo femenino” y lo “masculino”. Cuando una mujer entra a una cancha en pantalones cortitos y botines y transpira la camiseta tira por tierra creencias y formas de ver a varones y mujeres. Nuestro derecho al juego cobra una dimensión de lucha extraordinaria. Decidimos sobre nuestros cuerpos, ejercemos libertad, ocupamos canchas, disponemos de nuestro tiempo y nos juntamos con otras. En un puntapié furioso decimos acá estamos. Y la violencia de género pierde por goleada. Porque entramos todas. Lesbianas, trans, heterosexuales y todas las formas de autopercibirse. Fiesta de la diversidad. Porque derecho a jugar va de la mano de seguir luchando por el derecho al aborto seguro, legal y gratuito. Porque en la cancha hay lugar para todas.
Desde 2014 La Nuestra Fútbol Femenino participa de los Encuentros Nacionales de Mujeres con una actividad ligada a todos los años de trabajo sostenido y a la voluntad política de seguir transformando y ampliando redes con más mujeres que juegan fútbol. El Encuentro Nacional de Jugadoras de Fútbol desde Salta pasando por Mar del Plata y llegando a Rosario hace unos días apenas nos deja una pila de enseñanzas, ganas de seguir construyendo y ampliando horizontes.
Una cancha abierta en una plaza, arcos y montones de mujeres de todos lados dispuestas a jugar. La repetición del ritual que nos llevó a transformar la realidad de un barrio de Buenos Aires. La energía creciente que no nos permite dar ni un paso atrás.
El deporte como parte activa de estas marchas históricas del movimiento de mujeres no espera más. Ya está adentro de la agenda de las grandes batallas que nos faltan librar. Incluye quizás como ningún otro campo de los que hemos sabido conquistar. No deja a nadie afuera. Y una vez que de esa fuerza arrolladora nos apropiemos todas, notaremos que vivimos en una sociedad más justa. Equidad de género en el deporte. Ni una menos en las canchas!!
Comunicación popular: cauces para la producción de nuevos sentidos
Un texto de Cecilia Ceraso que explora la comunicación popular como un territorio para la producción de nuevos sentidos y en el que se pregunta por los usos de las nuevas tecnologías para crear mensajes propios. Un aporte sentipensante desde la mirada de Cecilia.
Comunicación popular: cauces para la producción de nuevos sentidos
Por Cecilia Ceraso[i]
La comunicación popular lugar fecundo para construir nuevos sentidos.
El y la comunicadora popular anidan una expertiz sentipensante diría Falls Borda. Sus saberes intelectuales y tecnológicos son importantes pero no funcionan si la sensibilidad no ocupa un lugar vital en el quehacer cotidiano de entregarse al movimiento. Lo real está en constante cambio.
El/la comunicadora popular miran desde América Latina, la caminan, la aprehenden y son parte, están inmersos en su realidad. Conocen esta realidad para transformarla y construyen condiciones para que emerja colectivamente la emancipación que es en otras palabras la autonomía, la toma de decisiones, la autorganización y la autopiesis de la comunidad y de los sujetos de conocimiento que la integran, este último concepto tomado de Humberto Maturana se refiere a la creación de uno mismo.
La comunicación popular, muchas veces dejada al margen o no reconocida por los mecanismos de autorización de la Academia, viene produciendo conocimiento situado en el seno de un pensamiento político, estratégico, complejo y humano que parte de las prácticas sociales. Es así como aparece la riqueza conceptual de un campo de la comunicación que trabaja conociendo el territorio, la cultura y sus prácticas. Como dijo Foucault, “me propongo mostrar a ustedes cómo es que las prácticas sociales pueden llegar a engendrar dominios de saber que no sólo hacen que aparezcan nuevos objetos, conceptos y técnicas, sino que hacen nacer, además, formas totalmente nuevas de sujetos y sujetos de conocimiento”[1]
La comunicación popular trabaja desde el mundo real para transformarlo, utiliza la planificación como tecnología para transformar y no como herramienta para el control.
Comunicación popular hoy. El encuentro del pueblo con la tecnología.
El advenimiento brusco del capitalismo industrial exigió e impuso desde sus albores un tipo de organización social nueva que prácticamente eliminó las formas comunitarias basadas en la tierra y la naturaleza, cuyas instituciones y costumbres tuvieron características singulares aunque poseían en común modos de producción, de pertenencia a la tierra y la propiedad, de trabajo, de organización y parentesco, así como también modos de enunciación y formas de expresión manifiestas en relatos, mitos, ritos, danzas, gestos, que fueron borrados de la memoria por haber sufrido constantemente procesos de deslegitimación de sus saberes, de sus prácticas y de sus creencias.
En la nueva organización social la referencia a lo comunicacional -dice la antropóloga mexicana Rossana Reguillo Cruz-, “se abre la reflexión a la complejidad, al diálogo interdisciplinario y de manera especial a la posibilidad de construir una sólida teorización sobre los actores sociales que, en el barrio, en la casa, en las pantallas, en los parques, en los periódicos [o] en el mitin, esperan sin demasiada fe en el futuro, una razón que más allá del consumo y de las elecciones, los vuelva reales como ciudadanos, es decir, les otorgue un lugar en un mundo que afina sus garras y sus instrumentos para la exclusión.” (2004)
La gente quiere que los medios opinen, y los medios – como ha venido señalando María Cristina Mata- aparecen como lugares de construcción de sentido, aunque con un discurso poco plural. En el marco de estos procesos las luchas y las resistencias contra la palabra unívoca y la exclusión de las voces, imágenes, relatos y modos de sentir populares fueron dejando huellas y produciendo fisuras en el consenso armónico del dominio. En esta grieta se configuran representaciones mediáticas de los sectores populares organizados o no.
Los excluidos y las excluidas del discurso público en tanto protagonistas de la comunicación (niños, jóvenes, negros, indios, campesinos, obreros, mujeres, etc.) también adquieren y ofrecen elementos y conocimientos sobre diversas formas de lenguaje. En ese sentido la producción de mensajes propios para la emancipación se centra en las matrices culturales, en la estética como filosofía de la vida cotidiana, en los escenarios y los contextos de todos los que ahí habitan, donde se dan los problemas del desarrollo endógeno, que son todos procesos socio-histórico-políticos.
Si ya no es posible negar que estemos rodeados de instrumentos tecnológicos, si ya nadie deja de reconocer la aptitud y la actitud de las nuevas generaciones para relacionarse con y desde la tecnología, ya no se puede desconocer la profunda dimensión que adquieren los lenguajes de comunicación en el marco de estos procesos. Francisco Gutiérrez es claro: “no puede haber ningún cambio tecnológico o físico en los medios de intercomunicación que no sea acompañado por un espectacular cambio social.” (1975)
La paradoja es que en el siglo XXI, en el momento de mayor potencial expresivo (cualquiera está conectado y tiene la palabra en la pantalla), cuando existe una mediática masiva, cuando la tecnología ofrece inmejorables condiciones para poder romper el silencio, en el momento de ser más libres para la expresión, el rasgo de la sociedad es la vigilancia. Así es: la tendencia de la sociedad es cada vez más hacia el control. La relación paradojal entre comunicación y tecnología consiste en que a mayores posibilidades comunicativas mayor represión. Es un momento histórico en el que el pueblo se encuentra con la tecnología para producir discurso, palabra pública, y la cultura dominante lo combate constituyendo así la lucha por los sentidos.
Sobre Comunicación Popular y Ciencias Sociales.
Resulta difícil definir de una sola vez a la comunicación popular, formada, producida y acontecida en las prácticas sociales de comunicación y educación y de comunicación y desarrollo en América Latina, durante estas últimas décadas. Nacida en el seno de la relación dialógica que se establece entre las nociones científicas sobre comunicación producidas en los países “desarrollados” en contradicción, o interjugando con la realidad concreta y excluida de América Latina. Es en ese sitio en el cual los discursos de Freire y Pascuali irrumpieron con fuerza en la historia; el punto de partida de este camino como perspectiva teórica también está fundado en este espacio desde el cual el subalterno discute constantemente con El Hegemón, considerando que el receptor no es una cosa sino un sujeto activo y productor de sentidos.
No hay muchos textos[2] de definiciones teóricas antes de la década del ´80. Andando por el camino de las prácticas sociales encontramos que se le llama Comunicación Popular/Alternativa a distintas cosas. Una manera de pensar lo popular es generar medios que liberen lo invisible, los discursos que fueron mandados al silencio.
¿A qué se opone la comunicación popular o que es lo que la comunicación masiva, concentrada y hegemónica deja afuera?
Encuentro dos miradas acerca de esta concepción: lo que contradice la comunicación popular no es al sistema de medios masivos, contradice al sistema económico y social injusto, que excluye a vastos sectores del control de la riqueza y del Estado. Por otro lado, comunicación popular aparece asociada a un movimiento político cultural de transformación anclado en el pueblo y permanece confrontando el orden social vigente.
Escasamente la comunicación popular fue definida en términos comunicativos, ya que comienza a pensarse desde la dimensión política. “Comunicación Alternativa es igual a Comunicación Alterativa”, decía Fernando Reyes Mata. “Potenciar la construcción de Nuevas Hegemonías”, decía Orlando Martínez, y Máximo Simpson decía que “la Comunicación Alternativa es síntoma de procesos que remiten siempre a la confrontación del poder”. [3]
En un comienzo y creo que ahora también, la comunicación popular aparece como la dimensión cultural de la acción política. La cultura es una dimensión clave para la construcción de nuevos modelos económicos y políticos, por eso la comunicación popular también fue concebida como un espacio para producir sentidos nuevos, para proponer nuevos valores y nociones o un nuevo orden social.
“Estos espacios de anticipación y prefiguración ejercitan un modo de comunicar que preanuncian un nuevo modelo social. Hay un ejercicio de rescate de las formas propias, de la propia cultura”.[4]
El eje de esta perspectiva no parte de los medios sino del terreno de la cultura donde lo comunicativo es clave. La concepción de esta noción pone a los sectores populares como actores en la transformación. Aparece el concepto de subalternidad. No hay proyecto de comunicación popular separado de transformación social. Confronta porque prefigura otro ordenamiento.
Un medio radial, por ejemplo, no es popular desde esta concepción sólo porque ponga música de cumbia o porque una vecina del barrio hable en la radio. Los medios masivos también incorporan estas prácticas en su cultura de total ambigüedad. La cultura masiva tiene una enorme capacidad de absorción de lo “popular” para degradarlo y volverlo un juguete, como dijo Reyes Mata.
¿Pero cuál es el límite divisorio qué hace que una experiencia de comunicación sea popular?
Es el modo en que una práctica se inscribe en un movimiento de cambio profundo y de transformación. En este tremendo momento histórico que amenaza a toda la región de América Latina, donde vuelven a dominarnos los sectores neoliberales y en Argentina la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es vulnerada y ultrajada a la fuerza sin dar explicaciones legales y con la complicidad del sistema mediático- judicial, la comunicación popular emerge y resiste en espacios como “La Mancha” para dar la batalla cultural y recuperar la palabra del pueblo.-
[1] “La verdad y las formas jurídicas” Michel de Foucault.
[2] Crf. Seminario La comunicación alternativa en los ´90, dictado por María Cristina Mata, Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, La Plata, 1990.
[3] Mata María Cristina. Idem anterior.
[4] Ceraso, Cecilia, Arrúa Vanesa y Retola Germán. Jóvenes, transformación y desarrollo, Ediciones de la Unidad de Prácticas y Producción de Conocimiento, La Plata, 2004.
[i] Cecilia Ceraso es doctoranda en Comunicación y Cultura (UNLP), magister y directora de la Maestría en Planificación y Gestión de Procesos Comunicacionales (UNLP), directora del Centro de Investigación en Comunicación y Políticas Públicas (UNLP), licenciada en Comunicación Social de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. Asesora en Comunicación, territorio y políticas públicas en América Latina.-