Me atrasé!! (como siempre) pero bueno, aún no se acaba el año!
Promp 5: our families have been having an unspoken christmas lights competition since you moved here and now I’ve finally meet my rival > Pedro y Alfred. Palabras: 1548
Promp 6: Someone try to make christmas cookies. Someone fails to make christmas cookies > La gran colombia, para tener algo de amor fraternal. Palabras: 1292
Estoy mirando las luces de diciembre.
La familia Jones había terminado viviendo en el barrio latino de la ciudad por puro capricho del destino. Y pura torpeza del padre.
Por algo se hacía reconocimiento del terreno.
Vivir en el barrio latino plus otras familias multiculturales (Alfred había contado unas dos casas italianas, tres chinas y una musulmana), era todo lo que se podía esperar de la globalización. Con Matthew ya habían probado platillos de cuatro continentes distintos, aprendido infinitas versiones de las mismas canciones, y dominado el nivel intermedio de español para que sus vecinos no los dejaran fuera de los planes de juego. Otra cosa interesante eran los días de fiesta.
Por mucho que los Jones, los Brown del siguiente pasaje, los Jackson y las Carter se esforzaran en Halloween con sus casas del terror y los zombies, siempre eran las casas mexicanas las que atraían al mayor número de personas. Además, al ser mayoría podían tomar casi toda la calle para poner sus decoraciones. Así que esa competencia la ganaban ellos.
El 4 de Julio para los vecinos era más de “donde fuerais haced lo que vierais”. Según su madre esa no era una competencia bien ganada.
Pero en lo que sí se enorgullecían sus padres de llamarse los “ganadores” era para la época de navidad. Un año fueron la docena de esferas de nieve que adornaban el techo. Al otro parecía que la casa estaba construida totalmente con luces. Y así y así desde que Alfred recordaba vivir ahí.
Al menos él y Matty disfrutaban cantarle villancicos a todos los que se pasaban a mirar.
Pero todo cambió cuando la nación del fueg-
Todo cambió cuando llegaron nuevos vecinos, y la indiscutida racha ganadora de los Jones se perdió.
La primera navidad con los nuevos vecinos, su padre instaló en el techo un Santa que saludaba ¡Jo jo jo, feliz navidad!. Los vecinos tenían el trineo completo con los ocho renos. El segundo año, los Jones construyeron cuatro casitas para duendes, los vecinos tenían la villa completa en el jardín.
Aquel era el tercer año y su madre estaba como loca de tienda en tienda, buscando nuevas ideas recuperar el honor de la familia.
- This is war, Alfred, and we had already lost two battles… (Esto es una guerra, Alfred, y ya hemos perdido dos batallas…) -Decía mientras revisaba por segunda vez las luces que estaban guardadas en las cajas del garaje. No vaya a ser que por una bombilla se arruinara toda la secuencia.
Alfred de verdad pensaba que necesitaban una nueva estrategia. Por eso arrastró a Mathew con él junto a un par de binoculares detrás de unos arbustos, justo frente a la casa de sus vecinos. Estaba tratando de enfocar dentro de la casa, esperando algo de movimiento detrás de las cortinas. O que abrieran la puerta de su garaje para husmear qué decían las cajas.
- I think this is illegal, Al… (Me parece que esto es ilegal, Al…) -Murmuró su hermano, sentado a su lado con los binoculares colgando de su cuello y abrazando sus rodillas.
- Course not! We’re… ah, playing spy, right in front of their house. (¡Claro que no! Estamos… ah, jugando al espía, justo frente a su casa.)
- Al…
- Hey! Do you want a happy mom or not? Help me out here! (¡Oye! ¿Quieres una mamá feliz o no? Ayúdame aquí)
Matthew terminó por aburrirse luego de dos horas sin que nada pasara, y bajo la mirada traicionada de su hermano se marchó de regreso a casa.
- I’ll bring you a soda (Te traeré una soda) -Pasaron quince minutos y Alfred todavía no veía esa soda.
Sintiéndose valiente, salió de su escondite y caminó sigilosamente hacia la casa, en cuanto llegó se pegó a las paredes, como si hubiera cámaras de las que esconderse. Miró la puerta del garaje, tocó las orillas y trató de ver a través de la ranura inferior, pero nada.
- Hum…
- ¡Guauf!
Dio un salto y con el corazón acelerado miró alrededor.
- ¡Guauf!
Finalmente miró hacia abajo, y junto a sus pies vio al chihuahua más chico y con los ojos más grandes que había visto, rugiendo suavemente y temblando con todo el cuerpo. Era tan feo que hasta le parecía lindo.
- ¡Awww! -Se agachó para tocarlo, pero el perrito le mostró los dientes y comenzó a rugir con más fuerza. Alfred comenzó a ponerse nervioso- Easy, easy…
- ¡Guau guau guau guau! -La pequeña bestia fue a atacar sus pies y tobillos. Alfred tuvo el repentino instinto de patear al perro, pero se controló a último minuto e hizo lo segundo en lo que pudo pensar. Corrió.
El chihuahua corrió detrás de él, enterrando los dientes sobre sus zapatillas, y Alfred huyó a tropezones alrededor de gran parte de la calle, sacudiéndose al perro cada vez que este le enterraba sus dientecitos. Al final, lo mejor que pudo hacer fue subirse a un árbol, donde pasó casi diez minutos mirando hacia el suelo donde el perro seguía ladrando y temblando.
- ¡Taquito, ya párale canijo! -Un chico latino apareció en la escena, recogió al perro de un solo jalón y aunque el chihuahua no paró de temblar, al menos paró de ladrar.
- Thank god! -Exclamó Alfred, sin soltarse aún de la rama en la que estaba.
- No, Pedro -El moreno le sonrió y aunque seguía con el perro en brazos, extendió una mano hacia Alfred, quien seguía arrimado al árbol. Tratando de devolverle el gesto al chico, se fue de bruces al piso.
- ¡Guauf!
- ¡Híjole! ¿Estás bien?
- ¡Hurts, hurts, hurts…! (¡Duele, duele, duele…!)
Pedro lo ayudó a sentarse contra el tronco y tuvo la gentileza de hablar sin parar hasta que la rodilla dejó de retumbarle.
- Taquito es un asesino, no te culpo por elegir escapar -Comentó el otro niño, acariciando al perro en su regazo. Por fin el animal había apartado sus ojos saltones de Alfred, ahora solo miraba una mosquita que volaba alrededor de su cabeza.
- No quería que mordiera mis zapatos -Comentó el rubio, tratando de no verse tan avergonzado. El acento de anglo no se le quitaba a Alfred ni con todos los años que había vivido rodeado de latinos, pero al menos ya dominaba eso de formar frases con sentido.
-Of course -La cara que Pedro le puso mostraba que el niño sabía que esa no era la verdad del asunto, pero lo dejó quedarse con su orgullo intacto.
Peter le estaba agradando bastante, no tanto así su perro.
En cuanto se levantaron del pasto, Pedro dejó a Tacos en el suelo, y luego de olisquearle la base de los pantalones por tres segundos, el chihuahua perdió el interés en Alfred y puso su atención en olfatear el piso.
- ¿No quieres una bandita para tu rodilla? Mi casa está justo al frente -Preguntó el moreno, mirando con interés el pantalón todo rasgado y oscurecido del rubio.
-No se preocupe, mi casa está a poco… -Alfred iba a señalar la dirección de su casa, después de todo todavía podía verla desde donde estaban, hasta que registró las palabras del chico y giró su cabeza para confirmar su sospecha. Justo frente al árbol al que se había trepado estaba el hogar de sus implícitos rivales. En aquel momento recordó que, en esos dos años, nunca se había fijado mucho en los hijos de los vecinos, por muy extraño que fuera. Regresó su mirada a Pedro y al perro con una nueva perspectiva.
Por poco y convertía su vida en un absurdo drama Shakesperiano.
- You alright?
Antes de que pudiera responderle, preferentemente con un extenso y sentido discurso el desperdicio de sus esfuerzos por destruirlos, su hermano Matthew por fin hizo su aparición con la soda.
-Sorry Al, there was nothing on the- Oh, hello! Hola, no recuerdo verte ant…- Antes de que Matty pudiera entablar una verdadera conversación con Peter, tomó a su hermano del brazo y comenzó a arrástralo de vuelta a la casa, sin darle la espalda a su nuevo contendiente.
-This isn’t over, you hear me?! Next time I’ll be prepared! (¡¿Esto no se ha acabado, me oyes?! ¡La próxima vez estaré preparado!) -Agitó el brazo sobre su cabeza y luego apuntó a Pedro, y después a Tacos, para que no creyeran que había olvidado a la bestia.
-Al, what’re you talking ‘bout? (¿Al, qué estás diciendo?)
-Better your house watch his back! (¡Es mejor que tu casa se cuide la espalda!)
-Alfred!
Los gritos de los hermanos Jones se perdieron una vez cerraron la puerta de su casa. Pedro guardó silencio por mucho, mucho tiempo, tratando de comprender qué fue lo que sucedió.
- ¿Qué pasó? -Su hermana, una morena igual que él, por fin se acercó ahora que el niño rubio se había marchado, un tanto intrigada por la cara consternada de su hermano y los gritos sin sentido del otro chico. Traía unos binoculares colgando del cuello y un gorro con diseño de camuflaje.
-Ah… ¿No tengo idea? –Le dio un vistazo a su hermana y por fin notó su aspecto tan extraño- ¿Y tú qué te traes con esa ropa?
-Ya recopilé la información que mamá quería, tampoco nos ganarán este año esos gringos.
Niña, claro que me gustan esas galletas.
Catalina no dejó que su mamá comprara la bolsa de galletas, por mucho que María chillara que las quería. Según la hija mayor, ella iba a hornearlas para sus hermanitos, hasta había apartado una receta de todas las que encontró en internet. Su madre al final le hizo el favor de creer en su capacidad culinaria.
Catalina comenzó a sacar todo lo que necesitaba de los estantes, que ahora que tenía catorce alcanzaba sin mucha dificultad. María y Francisco fueron a espiarla mientras trataba de seguir las indicaciones del blog de cocina.
- ¡María! ¡Deja de soplar la harina! -Vio la sonrisa traviesa de su hermanita, y solo alcanzó a cerrar los ojos antes de que la niña soplara sobre su mano, la harina que descansaba en su palma terminó en las pestañas de Catalina- …menos galletas para ti, bestia.
- Ji ji ji…
- ¡Más chocolate! -El grito emocionado de Francisco llamó su atención. Agarró a tientas uno de los paños de cocina para limpiarse la cara y en cuanto pudo ver, notó al niño de seis añadiendo otra taza de polvo de cacao a la mezcla.
- ¡Fran, NO!
Tomó a su hermanito y lo alzó en el aire. El resto del chocolate cayó al piso y Catalina se estremeció al imaginarse lo que diría su madre.
- ¡Más chocolate! -Volvió a gritar Francisco mientras sacudía los pies.
- No, no, no, suficiente con eso -Tomó todas las bolsas de chocolate y las guardó en el estante más alto que pudo alcanzar.
- Ohhh…
- ¡A mezclar! -María aprovecho que su hermana estaba lejos y vació la harina en el bowl de los huevos, y una nube blanca la cubrió entera- ¡Cof! ¡Cof!
-¡María! ¡Argh!
Amaba a sus hermanos, pero a veces…
Justo cuando estaban por superar su paciencia, apareció la cabeza de Rodrigo asomándose por la puerta.
-¿Y ahora qué hicieron?
- ¡Llévatelos! -Tomó a Francisco en brazos y pescó a María antes de que pudiera poner mano en la masa. Francisco se fue feliz a los brazos de Rodrigo, porque Rodri al igual que Cata hacía muy bien de avión. María se quejó un poco más al ser expulsada de la cocina, pero con la promesa de la primera elección de Netflix la convencieron.
Escuchó el inicio de una de las películas de Disney antes de concentrarse en armar la masa. En cuanto metió las manos sintió la mantequilla embarrándole los dedos, habría sido buena idea cortarse un poco más las uñas. Estuvo moviendo y apretando la masa por unos treinta minutos, quedó con los brazos acalambrados pero al menos terminó viéndose parecida a la imagen en internet.
Como no estaba tan enojada después de todo, dejó que María cortara un par de galletas con el molde de campanas. Rodrigo se adueñó del molde de pino, y Francisco quiso usar el de estrella, así que Catalina quedó haciendo las personitas.
Con cuatro pares de manos se podría pensar que terminarían en un dos por tres, pero esa no es una realidad con tres hermanos pequeños. A María le gustaba hacer figuras con la masa sobrante, y al verla Francisco quiso hacer lo mismo. Rodrigo era un cero a la izquierda con un uslero en la mano, así que el trabajo de estirar la masa era lento, porque Cata no era… experta, en eso de cocinar.
-¡Deja de comerte todo! -Le dio una palmada en la cabeza a Rodrigo, cuando lo pilló comiendo un poco de masa, otra vez.
-Es que tengo hambreee…
Fue largo y tedioso terminar las galletas, pero finalmente pudo prender el horno y meter dos bandejas llenas de galletas.
-No te vas a quedar frente al horno hasta que salgan, ¿Verdad? -Le preguntó Rodrigo con una ceja alzada, una vez que los dos más pequeños se aburrieron de esperar en la cocina y volvieron a la sala a ver películas.
-Ah… -Eso era precisamente lo que pensaba hacer, y la silla que estaba arrastrando hasta el horno la delataba.
-¡Cata!
-Pero… ¿Y si se queman y no estoy aquí? ¿Y si…?
-Guarda esa intensidad para tus hijos, pon el cronómetro y aléjate de ese horno.
En sí no era mal consejo, pero para eso primero hay que conocer el horno, y la masa… y en fin, tener la experiencia y suerte de tu lado. Por su falta de experiencia Catalina no se percató que las bandejas estaban muy bajas, y tampoco sabía que el horno se calentaba más en ciertas partes, o que era mejor bajarle la llama a mitad del tiempo. Y para su mala suerte el cronómetro nunca sonó y siguió viendo la película, ignorando que sus creaciones ardían como brasas.
Hasta que sintieron el olor.
-Parece que hay un incendio –Comentó María, sin despegar los ojos de la pantalla.
-¿Ah?
-Huele a quemado…
Catalina le dio vueltas a la idea por un instante, pero finalmente reaccionó, se levantó de un salto del sillón y corrió a la cocina. Salió una nube de humo del interior en cuanto abrió la puerta del horno, y fue tosiendo a la ventana para disiparlo. Al sacar la bandeja con las galletas se confirmó lo que todos sospechaban, más que galletas parecía que quisieron hornear carbón.
-Ohh… -Suspiró Francisco mirando las figuras rostizadas. María, con una cuchara de palo tomada de los cajones, golpeó un par de ellas a ver si podía partirlas. Estaban duras como madera.
-…
Catalina repasó las miradas decepcionadas de sus hermanitos y sintió los ojos humedecerse. Con pesar tomó las dos bandejas y tiró a la basura todas las galletas. Francisco, María y Rodrigo guardaron silencio mientras la mayor terminaba de ordenar la cocina.
-Vuelvan a ver películas, después voy a comprar un par de bolsas con galletas… -La voz temblorosa de su hermana hizo que el resto intercambiara miradas preocupadas, hasta que Rodrigo se acercó a Catalina y le jaló del brazo.
-Podemos hacer más…
Su hermana sacudió la cabeza y luego de colgar su delantal, se excusó y subió rápido a su habitación. Los tres más pequeños volvieron a mirarse, pero esta vez con aire determinado.
Catalina estuvo alrededor de una media hora sintiendo pena por ella misma y culpándose de ser una pésima excusa de hermana mayor. Estaba sacando sus audífonos del cajón con el objetivo de escuchar algunas canciones deprimentes cuando llamaron a su puerta.
-¿Cata? Fran y María se están tornando difíciles, y ah… ¿Ayuda?
Dio un suspiro cansado, pero igualmente se levantó. Rodrigo la recibió en la puerta, y sus instintos de hermana mayor le dijeron que algo se traía el chico entre manos por cómo se mecía de un lado a otro. Alzó una ceja pero no dijo nada.
- ¡A ver caramba! ¿Qué están haciendo ahora? –Bajó la escalera rápidamente y se cruzó de brazos frente a los dos niños. Ambos la miraban con ojitos grandes y sonrisas en el rostro. Sin abrir la boca señalaron hacia su espalda, hacia la escalera y donde todavía estaba Rodrigo. Con cautela se dio vuelta y quedó tiesa cuando vio lo que adornaba la escalera.
Con plasticina, glitter y un montón de cosas más sus tres hermanos habían adornado un puñado de sus rostizadas galletas y las colgaron como adornos de navidad en la escalera. Nuevamente sintió sus ojos humedecerse.
- ¡Ay! –Exclamó, y se pasó las manos por los ojos antes de que cayera algo. Francisco fue el primero en colgarse de su cintura, le siguió María y luego Rodrigo.
- Ahora les compro una bolsa a cada uno.
-¡Siiii!
Al llegar sus padres se extrañaron por las nuevas decoraciones, pero no tuvieron el valor de quitarlas ni preocuparse por las hormigas frente a las sonrisas orgullosas de sus hijos.