Al cielo, tus estrellas.
Teníamos por lo menos dos cosas un común, una era que nos amábamos y la otra que no sabíamos convivir en el mismo lugar. No sé porque pero nos rechazábamos de forma casi inesperada frente a la vida.
Yo estaba seguro de que no volverías, porque tu cabeza, llena de pájaros, te llevaba volando hacia otra dimensión muy alejada de nosotros. Y yo quería seguirte, pero tuve miedo, nunca antes había volado, ni siquiera me lo había planteado y, a pesar de darte alas, no pude seguir tu vuelo.
Te miraba y te volvía a mirar, estabas perfecta al amanecer, tus caderas remolonean entre las sábanas y tú sonríes. Yo te miraba como despedida, cada vez que volvías me prometía que sería la última y últimamente habíamos amanecido juntos más de tres días por semana.
No teníamos una relación, de eso estoy seguro, al menos no de esas que acostumbra a tener el mayor porcentaje de mortales, nosotros solo íbamos y veníamos, nos moríamos de ganas por quedarnos, pero no supimos cómo hacerlo.
Entre tanto aún me quedaba alguna foto, alguna en la que sonreíamos, en la que se escondían tantas historias... Una vez miramos el cielo mientras conversábamos, nos quedamos ahí parados y tú sonreías, mirabas y me contabas tus sueños, tu cara se iluminaba y yo solo podía pensar en porqué.
Un tiempo más tarde, estábamos a kilómetros de distancia, nos extrañábamos sin saberlo, o sin querer reconocerlo y fue entonces cuando me llamaste, ¿te acuerdas? Me dijiste que estabas bajo el cielo más hermoso del mundo, te veía sonreír en mis recuerdos y seguía enamorándome de tus ilusiones, de tus sueños, de ti.
Ahora miro al cielo y aunque sé que ya no vas a volver, todavía sonrío al ver tus sueños cabalgando entre las estrellas.













