Sueño
Yasser escribe sobre sueños que acosan a su protagonista desde hace años, y parecen más reales cada vez. Para cumplir con la consigna 2, utiliza la técnica de caja china: una conversación entre dos amantes en la que el tiempo está detenido, pero a través del recuerdo nos enteramos de una historia interior contada en tres partes y de imprevisto desenlace.
SUEÑO
- ¿Pudiste dormir algo?
Alberto pregunta desde el sofá, sintiéndose cansado después de un viaje de trabajo. Sus ojos acarician la imagen de Sebastián. Piensa que pronto tendrán sexo. El sexo del reencuentro. Esperará pacientemente, disfrutará la demora. Eso también excita. No hacer ninguna referencia, ningún guiño y al final de la noche, entrar al dormitorio y reclamar su cuerpo, arrancando pedazos con sus manos hambrientas. Pero aún es pronto.
Antes de sentarse en otro mueble, Sebastián coloca en la mesita una tabla con láminas granates, dados relucientes, y frutos secos. Una copa de vino para Alberto y una cerveza para él. No hay cena casera. Ha estado ocupado. Afuera, el jardín es un enorme cubo negro.
Alberto humedece sus labios en la copa y el vino se desliza cálido en su garganta. Es una pena lo del sueño. Durante su ausencia, Sebastián le ha contado sobre pesadillas vívidas. Ya de por sí tenía malos hábitos: veía televisión hasta tarde y dormía con la luz encendida, por lo que cada uno tenía un dormitorio propio. Era una suerte que Sebastián trabajara desde casa. Esta forma de convivencia ya tenía un año. Alberto había insistido en una terapia de sueño, pero Sebastián ya lo había intentado antes. Alberto regresa al tema:
-¿Tomaste las pastillas que te dije?
-No… ah, tu mamá me llamó. Dice que está nevando. Que sería bonito que fuéramos una vez vendiéramos la casa. Tu hermana te manda saludos.
Ir a un lugar frío y apartado de la ciudad, es una idea poco provocativa para Alberto. Además, aun tiene que revisar las propuestas de agentes inmobiliarios y costear los arreglos necesarios. La remodelación del jardín es parte del plan. Antes de preguntar por lo del jardín, regresa a lo de las pastillas.
-No volveré a tomar pastillas. Ya te dije que no se trata de dormir, sino de dormir bien. Las pesadillas han regresado desde que empezaron a trabajar en el jardín. Ah, el señor Braulio estaba enfermo, así que envió a su hijo. Resultó ser mi paisano. Qué pequeño es el mundo. ¿No?
Alberto asiente. El señor Braulio era del norte, pero ya vivía en Lima hace mucho. Había sido el jardinero de su papá, y ahora él lo había heredado. Algo había escuchado de un hijo problemático. Qué pena, el señor Braulio tan viejo. Alberto vuelve a lo de las pesadillas. Mientras tanto, el jardín los contempla detrás de la mampara.
Sebastián toma un poco de cerveza, y luego narra escenas en las que Alberto se monta en su espalda, dándole masajes, para luego, de la nada, estrangularlo con una correa. Sebastián se despierta llorando. En otro sueño, Alberto lo acuchilla, dejando la piel rota como bocas abiertas en el torso. En el más terrible, las uñas sucias de Alberto desgarran su cuello y un huayco de sangre sofoca las palabras. Sebastián grita tan fuerte que su cuerpo se incorpora, pero el grito se pierde en el traspaso y en su lugar queda un ruido ahogado.
-En el sueño tenías las manos deformes.
Alberto está sorprendido y está a punto de levantarse para abrazarlo, para protegerlo de la fantasía, pero Sebastián lo detiene con un gesto de la mano:
-Son pesadillas viejas. Ya me había olvidado de ellas, pero no sabía por qué habían regresado.
Sebastián empieza a hablar de lo tranquilo que se había sentido en estos últimos años. De la convivencia, de la aceptación familiar, de grupos de amigos que ellos han unido. Todo lo bueno. Todo lo dulce. Alberto presiente que algo malo está por venir, pero no dice nada. La garganta se le ha secado y tampoco se atreve a moverse. En el frío de la noche, el cosquilleo de los insectos inquieta al jardín.
-Pensé que me estaba autosaboteando ¿sabes? Me puse a pensar en cuánto me había costado llegar hasta este punto de mi vida. Ya sabes que fue jodido ser gay en un lugar donde todos se conocen. Tuve que callar lo que pensaba, pero mi cabeza era como una pecera que siempre se desbordaba. Se llenaba y volvía a desbordarse.
Alberto le dice “amor” desde su sitio solitario en el sofá. “Amor” repite, como un hechizo para detener ese discurso lastimero, pero Sebastián no escucha.
-No podía contar a cualquiera que me masturbaba pensando en hombres, pero sí tuve alguien en quien confiar. Un amigo… que mantenía oculto.
Alberto mira la vida de Sebastián como una película delicada, transparente, a punto de romperse. Ahora tiene miedo de interrumpirlo porque sabe que estas palabras son lágrimas íntimas. No las había escuchado antes en su boca. Sebastián, siempre reservado. El menos sentimental de la relación.
-Se llamaba Gabriel. Gaby como le decía su mamá. Él no tenía miedo de ser gay y afeminado. Justo al terminar la universidad, Gaby conoció a alguien. Vivía cerca de la casa de un militar, y el cabo que la cuidaba le pidió un vaso de agua cuando Gaby estaba en su balcón. Un vaso de agua.
Sebastián se levanta y trae un cenicero. Enciende un cigarrillo y bebe sediento del humo. Había dejado de fumar hace tiempo. Alberto no sabe cómo reaccionar, pero el silencio es lo más seguro, lo más familiar.
-Una vez le pregunté qué mierda hablaba con ese indio. Por entonces, Gaby colaboraba en una investigación de la universidad. Me dijo que el primer tema de conversación había sido su jardín exterior. El cabo sabía cómo cuidar plantas. Tuvieron una relación por unos meses, pero luego hubo una discusión y el tipo desapareció. Entonces Gaby fue a preguntar por él al cuartel. Solo puedo imaginar su figura tan fuera de lugar, tan obscena.
Los ojos de Alberto miran fijos a este nuevo Sebastián. A la cara de Sebastián que siempre estuvo en la sombra. Entretanto, el jardín es un enigma que espera paciente.
-Luego me vine aquí, y Gaby se instaló unos meses después. No compartimos un departamento porque yo ya tenía roommates, pero siempre insistió en salir conmigo, que lo acompañara. Y me negaba diciendo que tenía mucho trabajo, pero en realidad no quería verlo. Me había confesado que llevaría una terapia hormonal. Lo empecé a ver como una caricatura.
Sebastián toma una pausa y su rostro busca esconderse detrás del humo.
-Luego el cabo volvió a buscar a Gaby. Me pidió consejo, pero le dije que ya no me jodiera con ese tema, “no me aburras” le dije. Finalmente lo invitó a quedarse con él. Nunca más volví a ver a Gaby.
El cuerpo de Alberto está rígido. ¿A dónde va con todo esto? Nuevamente lanza palabras cariñosas, conocidas por los dos, para acercarlo a este lado del mundo. El del presente.
-Encontramos su cuerpo cuatro días después. Su mamá me pidió que fuera a buscarlo porque no respondía a sus llamadas. La policía ya estaba allí junto con una amiga de Gaby. Ella me dijo que ya iban a abrir la puerta. Pides un vaso de agua, hablas sobre el jardín y luego hay que abrir la puerta a la fuerza.
La piel de Alberto se eriza. ¿Todo eso guardaba Sebastián? Hace tres años lo había conocido, cuando su papá murió y se quedó solo en la casa. Su amistad hizo el luto más llevadero.
-Ella y yo esperamos en el primer piso. La policía ya hablaba del olor antes de que abrieran la puerta. Yo no sentí nada. Cuando la confirmación llegó hasta nosotros, nos abrazamos. Ella llorando y yo negando lo sucedido. Dije no tantas veces, como si estuviera averiado. Con eso nos protegimos de lo de arriba. O eso creí, porque luego lo que Gaby experimentó en cuerpo, yo lo experimenté en pesadillas.
Alberto siente pena. Sus lágrimas están listas, pero también siente culpa. Cómo saber que el proyecto del jardín iba a remover tanto en Sebastián. El amor de Alberto lo impulsa a sentarse a su lado, pero Sebastián no lo nota, concentrado en encender otro cigarrillo. Alberto quiere abrir la mampara para que el humo no se acumule, pero piensa que sería un gesto superficial. El viento provoca muecas en el jardín que pasan desapercibidas en la negrura.
- Dos meses después, atraparon al cabo. Todo había sido una venganza. En el cuartel le habían hecho la vida imposible, con cosas violentas, por estar con un homosexual. Solo se le ocurrió hacerle pagar a Gaby. Le dieron cuatro años de cárcel porque era muy joven y no tenía antecedentes.
-Sebas… no se que decirte… no sabía que…
-Pero mira… luego te conocí, y me convenciste de vivir contigo en una casa con jardín.
-Amor, lo del jardín…
-El hijo del señor Braulio me pidió un vaso de agua y lo recibió con una mano con dos dedos pegados. No lo había notado antes.
-Olvídate del jardín. Dejaremos ese proyecto. Yo solo quiero que estés bien.
-Yo nunca conocí al asesino. Gaby trató de presentármelo, pero yo rechazaba la idea. Supe su nombre, pero un nombre se olvida fácilmente. Lo que nunca he olvidado fue un comentario insignificante de Gaby: “Me gusta, aunque tenga dos dedos de la mano pegados”.
Alberto no entiende lo último, pero su corazón se agita. Cree que su latido se escucha en toda la sala, haciendo vibrar las cosas. Las preguntas se atiborran en su boca, pero entonces Sebastián camina hacia la mampara e hipnotizado por la oscuridad, recita:
-Yo tenía que conocerte para poder enterrar mis pesadillas. Un sueño largamente deseado.
En el vidrio, la sonrisa de Sebastián y la del jardín es una sola.
AUTOR: Yasser Zola
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