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Buenos Aires
Un conventillo
Por La Boca #calleirala #laboca #conventillo #architecture #buenosaires #argentina #fotodeldiabsas #esquinasdetuciudad #ig_buenosaires #ig_argentina #fotosdebuenosaires (en La Boca, Distrito Federal, Argentina)
Conventillo
Desde la vereda opuesta se veía un pasado de opulencia. La cúpula, por empezar, aunque descuidada en su mantenimiento, se erguía mansa pero orgullosa entre las alturas de la cuadra. El portón de entrada, por el que aún circulan los fantasmas de las primeras décadas del siglo XX, ancho y de doble hoja, oculta con recato la vida en el interior del edificio.
La ropa colgada en los balcones me distrae con sus colores, y revela un anticipo, quizás, de mujeres que cuidan su prole mientras su compañero se las rebusca en el subte intentando llevar el pan a su hogar. Una bicicleta atada, algunos cajones, un añoso árbol resignado a recibir los orines de los perros que circulan. Buenos Aires tiene magia. Aunque no siempre de la buena. ¿Tendré los conjuros necesarios?
Cruzo la calle, esa calle angosta de gastados adoquines que hacen vibrar a los vehículos amplificando el bullicio de la Reina del Plata. Atravesar el portón y recibir el impacto de un aroma que combina un guiso en preparación, marihuana y la humedad de las paredes es un solo paso.
La luz es tenue en su interior. Una anciana en su silla observa. Dos niños corren a un perro, y este, llamativamente, juega con ellos sin emitir ni un ladrido.
Dando algunos pasos llego a un patio, y me aborda un hombre bajito, de gruesos bigotes. Musculosa blanca, jean y Crocs de un rojo que distrae. “Lo estaba esperando”, dice, con voz apenas audible. “Son dos mil setecientos”, clavándome la mirada. Disimulo mi sonrisa al imaginarme ofrecer el pago con tarjeta de crédito.
Momento fugaz.
Insulto sin hablar por no poder sacar rápidamente los billetes; se pegan y no los puedo separar. Su mirada sigue firme. Pago y me conduce a través del patio, esquivando un triciclo abandonado, llegando al final del recorrido en una puerta que está apenas abierta. “Acá es”.
Entro y lo veo. Ojos marrones demoledores. Tez morena. Delgado. Viste remera surfer y bermudas. Va descalzo.
Algo extraño me sucede: mi ansiedad desaparece en un instante. “La segunda venida fue una poronga”, me encara levantándose de la cama. “Hay otros dioses que dominan el mercado, y yo no puedo competir. Apuestas online, inversiones con cripto, pornografía, drogas de diseño, violencia y fundamentalismo. Papá está desencantado.”
Me senté junto a él y tuvimos una charla que pensé guardar por siempre. Hasta que, de repente, me di cuenta que él, Jesús, estaba drogado. No era efusivo. Es decir, lo era. Pero como consecuencia de su intoxicación.
Me habló de un gran negocio que permitía hacer el bien a mucha gente. Gente en diálisis, esperando un donante. “Vos llegas justo”, me dice acercándose. “Justo.”
Un escalofrío y un carraspeo al intentar decir algo. Seguramente mi mirada era de desesperación al ver entrar al de las Crocs con una jeringa y uno o dos cuchillos, no estoy seguro.
Hoy estoy liviano. Recuerdo vagamente desangrarme en una bañera. Y su mano en mi frente. Quiero y no puedo frenar en la puerta a una turista inglesa, a un muchacho que inicia nueva etapa en la universidad, a un correntino que vino a la ciudad mediante un engaño. Pero no puedo.
Soy como un gas. Algo sin consistencia. Etéreo. Y cada vez que fallo el de las Crocs sale a la calle sonriéndome, con una heladerita de playa y desaparece el doblar la esquina.
mfb, agosto 2023.
Zanjon de Granados #conventillo (en El Zanjón)