Crónica de una visita a Casa Franca
Era martes, día atípico para visitar cualquier centro que permanece cerrado de día y abierto de noche.
Colocada exactamente en la esquina de Álvaro Obregón y Mérida, Casa Franca parece club secreto con una entrada sórdida.
Pero contrario al resto de los speakeasy que se esconden en el subsuelo o detrás de cortinas de fiesta privada, la también apodada Casa Mérida, invita a encontrarla de refugio.
No hay preguntas de reservación o aires de exclusividad, este lugar en el nombre lleva la penitencia y sin más preámbulos, te abren la puerta y pasas directamente a unas escaleras que te conducen a la segunda planta de una casona con tintes de arquitectura francesa.
Todo está a media luz, la barra, las diferentes habitaciones que vas a encontrar en tres de los cuatro puntos cardinales. Hay un pequeño escenario que en esta ocasión es ocupado por una artista norteamericana armada con su voz, una guitarra y lo que parece un gin tonic.
Todavía no arranca la semana y las mesas tienen más gente de lo esperado, unos aguardando por la presentación en vivo, otros abstraídos en la conversación grupal o en un diálogo uno a uno, éste guardado para los más románticos.
La cantante en turno va advirtiendo con el transcurrir del setlist la naturaleza del jazz: a veces alegra, a veces ahoga penas.
Aquí comida y bebida no pasan desapercibidas. Las opciones de tapas y pizzas para acompañar la velada son variadas y deliciosas.
La carta de mezclas es extensa, porque nada combina mejor que un buen jazzecito y un buen cóctel en un ambiente de lo más íntimo.
Casa Franca se diferencia del resto de sus homólogos jazzeros de la Ciudad de México, sobre todo, por un aspecto en particular: sus terrazas.
Dos de sus ventanales permanecen abiertos para los ansiosos de matar un cigarro o los curiosos de tener de frente a Álvaro Obregón de noche, una escena que, aunque conocida, se siente lejana en esos balcones.
Avanza la noche y vienen las últimas canciones, un pequeño encore y el anuncio de que la interpretación llegará a su final. La gente aplaude pero permanece en el lugar. El jazz en vivo ha terminado en Casa Franca pero no la noche.
¿Te quedaron ganas de ir? Conoce este lugar que te invita a acurrucarte en una silla, tomar un trago y dejarte seducir con la música.













