Era tan cobarde...
Incapaz de robar un beso, de hacer trampa, de burlar la vigilancia y acercarse...
Tanto que me desesperaba, me causaba disnea, me hacía querer contener una emoción y explotársela en la cara por si es que, a caso pudiese reaccionar de una vez por todas y ser espontáneo.
Se quedó con las ganas, extinguió el fuego, y sus cenizas se esfumaron con el viento sin que el tiempo hiciera el más mínimo esfuerzo. Nunca movió un dedo, nunca apostó a la realidad, no sé si era miedo o desinterés, pero, jamás alzó la cara, y eso es una cobardía rotunda y determinante.
Nadie quiere estar con alguien que no usa sus alas, y yo no quería estar con un avestruz. Por eso arrugué las hojas de sus memorias y las arrojé a ése mismo fuego cuando aún ardía, porque me pareció un final desquiciante: un monstruo que se autodestruye antes de que la obra termine.









