Elaborado por: Tania Valentina Gómez Pedroza
Entre las sombras, los encontré
Era viernes 13 de marzo de 2020 y el despertador me gritaba las cuatro de la mañana. Como siempre, en mi tediosa y aburrida rutina, me dispuse a realizar mis actividades matutinas; lo típico, maldecir al despertar por no haber dormido lo suficiente, tomar un baño rápido con agua helada, desayunar con un simple yogurt como si mi cuerpo no necesitara de más nutrientes para poder sobrellevar la mañana y finalmente, salir disparada como rayo a coger el primer bus que se tropezara en mi camino; desde luego, todo esto acompañado de música exquisita. Para mí todos los días en la universidad transcurrían de la misma manera; llegar, entrar, sentarse, escuchar, responder, sentirme agotada, querer dormir, distraerme de mi realidad mientras camino con mis amigos por las calles del centro capitalino y al finalizar la tarde, encontrarme muerta del cansancio frente a la puerta de mi hogar sin prestarle mucha atención a los seres que allí se hallaban.
Sin embargo, ese viernes, lluvioso por cierto, fue medianamente diferente. Santiago me invitó a comer a un lugar cercano a mi casa después de salir de la universidad, era un establecimiento pequeño pero al mismo tiempo plácido y acogedor. Durante la comida nos mantuvimos hablando de todo y nada a la vez, además de agarrar nuestros celulares y revisar las redes sociales cada tanto. En ese momento pudimos notar algo, había rumores, rumores de un virus importado. Internet se inundaba de información tanto falsa como verídica y nosotros, como buenos adolescentes desinteresados, nos divertíamos con los memes y los comentarios de ‘’cómo una exótica sopa de murciélago provocaba una simple gripita en los ciudadanos del continente asiático’’. ¿Quién iba a pensar que ese sería mi último día disfrutando de pasear libremente por las frías calles y rincones de Bogotá?
Desde aquí todo empezó a tornarse gris, oscuro; una nube de melancolía se apoderó de mi cabeza y de mis sentimientos. El domingo 15 de marzo, fue decretado por el gobierno un simulacro preventivo por una rara enfermedad que se esparció desde China al mundo entero. Sí, el virus del que me reía hacía tan solo dos días no se quedó en casa, decidió invadir a la humanidad por completo. ‘’Un par de días sin ir a la universidad, por fin un descanso de las aburridas clases; podría despertar tarde y no tendría que pensar en los largos trabajos que debía desarrollar a diario’’, pensé ingenuamente esa noche tras el anuncio del gran mandato. Error, para mi desgracia, no, no fueron un par de días, estos se fueron convirtiendo en semanas y luego en meses, meses que parecían mil años.
Aquí empezaron a surgir las preocupaciones, los problemas; aquí empezó a surgir el estrés, la monotonía, la tristeza. Cinco días tras el aislamiento, mi madre, una operaria con un sueldo insuficiente para abastecer a una familia de tres, se vio despedida de su empleo debido a la pandemia. En este punto, la angustia era un río caudaloso y la desesperación a la que más recurríamos durante nuestro amargo encierro. Noche tras noche el único pensamiento que se adueñaba de mí era el cómo ayudar a mi madre en esta crisis. Al verla, su cara reflejaba un cansancio de cien vidas, una enorme desilusión e intranquilidad pero, extrañamente, al mismo tiempo se le veía esperanzada y llena de valentía. Durante días, mi madre, al notar mi desasosiego; siempre con su bello rostro y melena negra como la noche pronunciaba cálidas palabras: ‘’Princesa, Dios proveerá’’ y aunque yo no creía en su Dios, lograba creer en ella cada vez que me decía esa frase.
A medida que pasaban las semanas todo se volvía un poco más estresante, pensamientos negativos, trabajos, insomnio, ansiedad, lágrimas, más y más trabajos; adaptarse a las clases virtuales no era sencillo. Mi aburrida rutina habitual de hacía un mes atrás, la cual viví por última vez ese viernes 13 de marzo, se empezó a convertir en una monotonía que no solo me afectaba físicamente sino que además afectaba mi salud mental, estaba encerrada obligatoriamente, y no, no solo en mi casa, estaba encerrada en mi propia mente. Ahora, mi rutina se había convertido en algo peor; levantarme, maldecir por no poder dormir o dormir demasiado, sentarme en la vieja sala de mi casa frente a un computador obsoleto por varias horas y de esta manera, poder adquirir un poco de conocimiento y sentir el acercamiento social que se nos fue arrebatado.
Me sentía abrumada, incluso un sentimiento de añoranza crecía en mi interior; extrañaba las frías aulas de la universidad, las risas de mis compañeros y las explicaciones de los profesores en el tablero. Poco podía hacer, me encontraba encerrada entre cuatro paredes. Aun así, mi madre, el apacible y hermoso rostro de mi madre cruzando la puerta para ofrecerme un desayuno completamente opuesto al de mis días en libertad, lograba hacerme sentir afortunada y en calma. Tan grande era mi fortuna que había un personaje más, uno pequeñito, rubio y bien parecido aunque con mucho pelo en su cuerpo. Un criollo adoptado en el año 2016, Orosh, mi felino de cuatro años y el tercer y último miembro de nuestra familia de tres. Desde que comenzaban mis clases de siete de la mañana hasta que estas terminaban, Orosh estaba ahí, siempre, dormido en mi regazo. Durante las largas noches de insomnio y los extenuantes desvelos por los trabajos derivados de las clases virtuales, él seguía ahí, a mi lado, con sus ojos verdes como esmeralda, sus ojos color esperanza.
Poco a poco notaba que, a pesar del tormento que el exhaustivo encierro me generaba, aún había dos seres majestuosos por los que mi vida tenía algún sentido. Eran mi compañía incondicional en este caos y los únicos que me daban la fuerza para seguir en combate. Hoy, después de tres meses en cuarentena, me he percatado de que el confinamiento ha causado en mí toneladas de pensamientos y emociones a lo largo de semanas de encierro. No ha sido fácil sobrellevar todo este peso de sensaciones encontradas donde cuando quiero llorar, no puedo, pero muchas veces lloro sin querer, donde la ansiedad y la melancolía han estado presentes en todo momento y donde la monotonía se ha apoderado de lo que éramos, de nuestras vidas. Mi familia ha pasado por momentos duros y las cosas requerirán de mucho tiempo para volver a la normalidad, pero, estando los tres juntos… ¿Qué malo ha de pasar?









