Era un momento crucial para la vida del Hijo de Hermes, y por esos momentos las dudas llegaron a él. Su misión era suicida. Cronos, el Titán le había solicitado albergar su alma en su cuerpo mortal, pero para ello debía hacerla inmortal. El rubio ansiaba vengarse de los dioses, pero en un momento de lucidez comprendió que ese asunto no terminaría bien, ni para él ni para nadie. Entregarle su cuerpo a aquel ser era lo mismo que entregarle la vida, así que se replanteó la situación y se preguntó si realmente valía la pena destruir el mundo, pero no halló las respuestas con facilidad, su padre lo merecía, su madre no tenía remedio alguno, no le importaba el Campamento Mestizo, y menos aún la vida de los humanos. Sólo una vida le interesaba realmente, y esa podía ser su esperanza para retractarse. Por ello, aprovechó que el Templo para Cronos se ubicaba en San Francisco para visitar a Annabeth, siempre había admirado su inteligencia y aunque su relación no estuviera en su mejor momento, deseaba verla, hablar con ella, saber que había esperanza para él. Por ella, sería capaz de abandonar su plan malvado y cambiar su forma de ver la vida.
Se escabulló en medio de la noche luego de dar instrucciones a sus subalternos para mantener vigilada la guarida, el ejército estaba creciendo cada día que reclutaba más semidioses y monstruos. Reconoció la casa cuando estuv a algunos metros de distancia y avanzó dubitativo y temeroso hacia el porche de la vivienda, sus manos temblaron cuando tocó la puerta, incluso lo hizo una segunda vez, ya que a la primera sus golpes fueron suaves y vacilantes. Se dijo así mismo que si en diez segundos nadie abría daría media vuelta y se marcharía.