Se dice que aquél día la princesa se escapó sola de la torre y del perverso dragón, porque nadie más acudió a liberarla. La reina no fue capaz de rescatarla como su hija tanto soñaba. Mientras las llamas de aquél infierno consumían todo a su paso, temiendo ser devorada decidió tomar la primer oportunidad de escape, y lo logró. El tiempo pasó y así luego de muchos kilómetros de distancia y años de por medio la joven se creyó victoriosa por su hazaña, hasta que supo su cruel realidad. Algo andaba mal, iba muy pesada y abatida, en guerra con todo a su alrededor. No era precisamente alguien feliz como ella había decidido creer que era. Tuvo que aceptarlo y buscar una respuesta. Sumergida en su mundo interior lo descubrió. Su cuerpo físico iba vacío, porque las cadenas siguieron apresando su pobre y atormentada alma al pasado y a pesar de verse físicamente adulta, su esencia no había crecido a la par. Sigue aún su espíritu en absoluto y ensordecedor silencio esperando a su heroína. Ella va dividida de sí misma y fragmentada, confundida y abandonada. Pero aún la reina puede llevar a cabo el rescate, puede viajar en el tiempo y revertir su desamparo. Jamás la princesa se sintió tan esperanzada en su libertad como hoy, teme ser defraudada pero su fe es más grande. Limpió en este tiempo su odio y su rencor, extirpó toda maleza de los jardines de su inconciente y se vació nuevamente de todo mal. Esta vez quiere llenarse de todo lo bueno, pero sólo el tiempo podrá dar algunas respuestas. Mientras tanto deambula por la vida a tientas, llena de nada, esperando que algún día su propia alma regrese a su templo y la complete de una vez por todas. Anhela habitarse a sí misma y soltar para siempre el tormentoso recuerdo de aquél mefistofélico dragón de fuego que tanta desgracia y terror causó en su vida. Un abrazo de la reina y otro de la vida podrán ser el mejor remedio para sus más profundas heridas.













