Cuando un elefante se enamora de Davide Cali y Alice Lotti.
Título original: Quando un elefante si innamora
Ah! El amor!
Un bello cuento que habla del amor y todo lo que hacemos por alguien que no sabe que le amamos.
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Cuando un elefante se enamora de Davide Cali y Alice Lotti.
Título original: Quando un elefante si innamora
Ah! El amor!
Un bello cuento que habla del amor y todo lo que hacemos por alguien que no sabe que le amamos.
Ayer pudimos dar un paseo después de mucho tiempo. Al principio, caminamos con la extraña sensación de ir por un lugar que no nos pertenecía (creo que el pequeño, por su cara, también lo pensaba). Finalmente llegamos a la conclusión de que, en realidad, las tierras que habitamos no nos pertenecen. De ese paseo, quedó este microrrelato ilustrado. Puedes leerlo aquí en formato libro: https://www.flipsnack.com/pverdundibujando/0b.html
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EL DÍA QUE VOLVIMOS A JUGAR
Hace mucho, mucho tiempo, en una ciudad muy parecida a la tuya o a la mía, el cielo se volvió gris y se puso a llover... Las personas empezaron a quedarse en sus casas. Nadie hablaba. Nadie reía. Nadie jugaba. En la ciudad ya nadie recordaba por qué un día despejado. Todo estaba oscuro, y no porque fuera de noche, sino porque algo había apagado las luces de sus corazones. En esa ciudad vivía una niña de ocho años, muy curiosa, con unos ojos tan grandes como linternas y una risa que hacía cosquillas en el aire llamada Luma, Vivía con su abuela, Yara, que siempre decía: “La risa es el sol del alma, aunque afuera todo esté nublado”.
Pero hacía tanto que nadie se reía que Luma creía que eso, “el sol del alma” era sólo un cuento. Una noche, mientras jugaba con una caja de botones antiguos, Luma escuchó un “toc-toc” suave en la ventana del desván. Era muy raro: nadie salía durante la lluvia. Nadie tocaba puertas. Y nadie se asomaba al desván. Cuando abrió la cortina, vio a alguien extraño: un chico de unos doce años con una gorra de lata y una mochila brillante, como hecha de estrellas. Se llamaba Oto. Y no venía de otra ciudad... venía de otro tiempo.
“Vengo del mañana”, dijo Oto, con voz bajita, “donde ya nadie juega, ni ríe, ni sueña. Y todo comenzó aquí, en esta ciudad”.
Luma abrió sus grandes ojos. “¿Aquí?, ¿Cómo puede empezar algo tan triste en un lugar tan pequeño?”.
“Porque aquí”, dijo él, “la gente olvidó cómo imaginar”.
Mientras hablaban, Luma notó que en la calle caminaban unas figuras altas y quietas, con rostros lisos como los platos donde la abuela servía sopa desde que empezaron las lluvias. Eran los Apaga-Juegos. Nadie sabía de dónde venían, pero siempre aparecían cuando alguien hacía algo divertido, como pintar, cantar, inventar historias…
“No les gusta el ruido,” dijo Oto. “Pero tampoco les gusta el color. O los abrazos. O los cuentos con dragones.”
“¿Entonces qué les gusta?”, preguntó Luma.
“Que todo se quede igual. Que nadie se atreva a imaginar algo nuevo.”
Luma frunció el ceño. “Eso no es justo”.
“No lo es”, dijo Oto. “Por eso he venido. Porque tú todavía puedes cambiarlo.”
Oto le mostró un botón azul que sacó de su mochila. “Este botón viene del último día en que alguien jugó en Lumina. Guarda una historia. Pero necesita una risa para activarse”.
Luma tragó saliva. Hacía mucho que no reía.
Intentó recordar algo gracioso: la vez que su abuela se quedó dormida con una taza de sopa en la cabeza, o cuando un gato callejero se llevó una bufanda pensando que era otro gato… y, sin querer, soltó una risita.
El botón se iluminó.
En un destello, la habitación se llenó de colores que no veía desde que era bebé. El suelo se volvió pasto, las paredes árboles, y el techo… ¡Un cielo lleno de cometas! Luma y Oto estaban dentro de un recuerdo antiguo, donde niñas y niños corrían por un parque con columpios de nubes.
“Este es el mundo que existía antes de los Apaga-Juegos”, dijo Oto. “Y tú puedes traerlo de vuelta”.
Luma decidió no esconderse más. Tomó una caja de crayones olvidados, su muñeca favorita y una bandera hecha de una sábana vieja. Pintó en ella un sol y una sonrisa gigante. Oto la ayudó a escribir una palabra en letras grandes: “JUGAR”. Salieron a la calle. Al principio, nadie los miraba. Todos tenían miedo. Los Apaga-Juegos los observaban desde las esquinas, sin moverse, con sus cuerpos grises y ojos invisibles. Pero Luma no se detuvo. Empezó a cantar. Al principio bajito, luego más fuerte. Una niña desde una ventana se asomó y aplaudió. Un niño sacó un tambor de cartón. Una abuela se ató cintas de colores en el cabello. Poco a poco, la gente se unió.
Era una marcha de valientes. De quienes no querían olvidar.
Cuando llegaron a la plaza central, los Apaga-Juegos formaron un círculo gigante. Uno de ellos, el más alto, tenía una voz que sonaba como mil relojes.
—“No pueden hacer esto. La calma debe continuar”.
Oto dio un paso adelante. “La calma no es silencio. La calma también puede ser alegría. Puede ser respeto. Puede ser amor”.
—“El juego trae caos”.
—“No el nuestro" —dijo Luma. “Nuestro juego trae igualdad. Porque cuando jugamos, todos somos niñas y niños que quieren compartir”.
Los Apaga-Juegos temblaron. Uno cayó de rodillas. Otro se disolvió en polvo de estrellas. Y el más alto, dio un paso atrás… y se convirtió en un árbol.
Un árbol de colores.
Al día siguiente, la lluvia se detuvo.
Las calles se llenaron de risas, pinturas, historias y canciones. La escuela volvió a abrir, pero esta vez todos podían proponer juegos, construir juguetes, y aprender sobre mundos nuevos e inventados por niñas y niños. La gente recordaba a Luma y a Oto como los dos valientes que no dejaron que la imaginación muriera. Nadie sabía si Oto volvería al futuro. Pero una mañana, Luma encontró un dibujo pegado a la puerta de su casa: era un cohete de papel, y decía:
"Gracias por salvar mi ayer. Hoy sí tengo un mañana."
En la plaza, donde antes estaban los Apaga-Juegos, ahora había una estatua de Luma con una bufanda hecha de cuentos y una sonrisa inmensa. En su base, una inscripción:
“Quien juega, respeta. Quien imagina, cuida. Quien comparte, nunca olvida”.
Y en el corazón de la ciudad, un botón azul seguía brillando, esperando la risa de alguien más.
Un cuento infantil educativo.
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