Ella era más linda que el Barolo. Y si pudiera transmitir lo que causó en mi, dudo que pudiera describirlo.
-Belén, una vez que se publique mi libro, quisiera obsequiarte una copia.
-Bueno, si así lo deaseas.
Ella era así, un poco huidiza, o quizás hecha de cristal. Para un varón, tal atributo es un desafio tremendo. Pero yo la tenía como para mí, a mi alcance, era el objeto de mi amor.
El mundo a la verdad va y viene, mas la existencia de Belén detenía el tiempo.
-¿Vamos a ir al recital? - me preguntó ligeramente.
Claro, yo no tenía el dinero para ciertas pretenciones de su madura ingenuidad. Por eso me propuse conseguir un trabajo, uno de verdad, con tal de poder tenerla cerca.
Al mes me encontraba limpiando un baño en "Lo de Carlitos", una waflería en la que pagaban 3.000 pesos al día. Y era cierto, yo quería mantenerme en la zona de amistad con Belén, incluso un poco más, pero de su voluntad dependía toda mi felicidad, y tal peso era para ella como algo liviano.
Cada palabra de Belén fracturaba mi alma, cada mirada era un remanso que me hundía en algo imposible, por momentos a mi alcance. Su beldad y graciosa empatía dejaba mi corazón ardiendo, pero no era posible completarla, era insaciablemente hermosa.
-Belén, este libro que voy a publicar habla de las estrellas, de la aritmética, de los mundos posibles que se entretejen, como el nuestro. ¿Me comprendés?
-La verdad, a veces te comprendo. - decía Belén con un dejo de princesa.
-Es que no quiero que me comprendas, quisiera que me prefieras.
-Ay, Joaquín, ¿cuándo vas a cambiar?
-Es que yo no cambio linda, y si cambio, es para sacarte una sonrisa.
¡Y qué sonrisa! Todo mi presente era pasar tiempo con Belén, que hacía pausas en las que se sumergía en sus propias ideas, cosa que la embellecía.
Belén parecía dueña de sí, mas su complejidad interior penetraba en mi mundo, hasta que un día se cansó de mí.
-Joaquín, lo nuestro me parece que terminó.
-Para vos quizás, yo sigo enamorado, Belén.
-Lo lamento, es así.