Cumplir cuarenta
Que no los demostramos, que estamos mejor que nunca, que somos afortunadas por lograr estar delgadas y más bien saludables aún “a esta edad”, que estamos empezando la década más interesante en la vida de las mujeres, que hay cremas antiarrugas que funcionan de maravilla, que puede ser hora de tinturarnos el pelo para cubrir las canas que tenemos (que en mi caso, no tienen por qué saberlo pero están conmigo desde los 27 años).
Que si no nos asusta estar solas “a esta edad” (leáse estar sin pareja y sin hijos), que si no sentimos que nos “cogió la noche” con el tema del matrimonio, que puede que estemos en el límite de tiempo para realizarnos como mujeres (¿?), que deberíamos encontrar a un hombre pronto porque a las mujeres a cierta edad les entra el afán por vivir con alguno, más o menos el que sea, pero con alguno!
He escuchado esto y otras cosas que seguro se me olvidan en este momento. Y se me olvidan por supuesto más voluntaria que involuntariamente. Son comentarios espontáneos sobre las mujeres que cumplimos cuarenta años y que van desde lo más simpático, bonito, generoso, especial, hasta lo más ridículo, odioso, godo o absurdo.
Cumplí los cuarenta el 28 de diciembre pasado. Y definitivamente no me desperté el 29, como por arte de magia, como una mujer radicalmente distinta. La que estaba ese 27 sigue estando por aquí y no tiene buena parte de las preocupaciones o angustias que se supone, según lo que he escuchado, debería tener.
Lo que sé es que las ganas de vivir intensamente “a esta edad” siguen intactas, sólidas, conmigo. Llego a los cuarenta de manera desprevenida, como si llegara a los 29, a los 34 ó los 38. Para mí es un año más en el que reafirmo cómo quiero vivir-me esta vida, sin que me importen mucho las presiones por la edad o los clichés sobre lo que puede una mujer querer o necesitar cuando llega al “cuarto piso”.
Celebré y celebro la vida, literal y no literalmente. Literal porque por primera vez hice una fiesta por mi cumpleaños en noviembre para lograr reunir a amigos y familiares, a la gente del corazón, cosa que nunca he podido ni podré hacer un 28 de diciembre, de ningún año, ya que todos se desconectan, viajan, están de fin de año… están en sus cosas.
Y no literal, porque recibí el 26 de noviembre, el 28 de diciembre de 2016, y este inicio de 2017, con la decisión de que este nuevo año, como en los 39 anteriores, quiero seguir sintiendo, haciendo y viviendo todo lo que me hace bien; así como huirle cada vez más a pensar demasiado, a moderarme, a ser prudente o contenerme, por las razones que sea, en mis sentimientos o en mis acciones.
Sigo practicando yoga, nado de vez en cuando, experimento con las caminatas, pero nada de eso pasa porque tenga alguna preocupación por mantenerme delgada. De hecho, tener un par de kilos más no me molestaría. En unos meses quizás vuelva y se me ocurra un cambio de look en mi pelo, un corte, una tintura, y eso tampoco tiene nada que ver con que sienta que el tiempo se me vino encima, que se hizo evidente y que como sea hay que esconderlo. Me gustan mis canas y ahí se quedan un tiempo más o para siempre.
Esta soy yo a los cuarenta. Si me ven realizada o no poco me importa. De tía hasta ahora me ha ido bien; ha sido mi decisión estar siempre ahí para los cuatro sobris (Camila, Nicolás, Jerónimo y Salomé), cual mamá pero sin muchas reglas entre nosotros. Amo con el corazón, sonrío, me encarreto con lo que hago, soy curiosa, me meto de cabeza en lo que me resulta más valioso e importante. Y nada de eso va a evitar que también “a esta edad” me equivoque, me lamente, me desilusione, me meta una que otra estrellada y finalmente, como en los años anteriores, aprenda y siga con esta vida que vivo tal y como he decidido vivirla.








