CURADORA DE ALMAS PERDIDAS.
La noche ardía con un fuego sobrenatural, tiñendo el cielo de un rojo intenso. Entre las llamas y el humo, se erguía una figura que parecía salida de una antigua leyenda. Era una mujer de cabellos rojos, su vestido blanco contrastando ferozmente con el caos que la rodeaba.
Su expresión era una mezcla de éxtasis y dolor, como si cada flecha que la atravesaba la acercara a una verdad profunda y misteriosa. Cada flecha llevaba en su punta una rosa negra, simbolizando promesas rotas y traiciones de un amor que alguna vez fue puro. Las estrellas brillaban débilmente a su alrededor, testigos silenciosos de su sacrificio.
Las llamas no parecían tocarla, aunque danzaban a su alrededor con una intensidad voraz. Parecía más una diosa que una humana, alguien que había trascendido el dolor físico y estaba en comunión con fuerzas más allá de la comprensión mortal.
Mientras la figura se mantenía firme, el mundo a su alrededor comenzaba a desvanecerse en cenizas. El viento llevaba su nombre, un susurro que resonaba en los corazones de quienes la observaban desde lejos. Era ella, la curadora de almas perdidas, la mártir de un amor imposible.
En ese momento, se revelaba el verdadero significado de su existencia. No era la salvación ni la venganza lo que buscaba, sino la redención a través del sufrimiento, la belleza eterna en medio del caos. Y así, mientras las llamas la envolvían, cerró los ojos, aceptando su destino con una serenidad que solo los inmortales podían conocer.














