A veces me detengo a pensar en cómo las cosas cotidianas parecen tan... fáciles para los demás. Como cuando se levantan por la mañana, se visten, se toman un café, y luego siguen con sus vidas. Es como si todo estuviera en orden, como si las cosas no fueran a cambiar en cualquier momento. Pero para mí, todo es más complicado. Y no, no hablo por ser una "chupasangre viviente", aunque eso también tiene lo suyo. Hablo de adaptarme a esta… rutina.
He estado viviendo con los "perritos" unos días, y aunque a veces me cuesta admitirlo, algo de esa normalidad se me ha pegado. Me desperté esta mañana (bueno, más bien, esta tarde, porque eso de dormir por las noches ya no es lo mío) y tuve que hacer una de esas cosas que llaman "hacer la cama". ¡Qué absurdo! ¿Para qué hacer algo que voy a deshacer en menos de 12 horas? Pero allí estaba, en la habitación que ahora tengo, mirándome con sus sábanas arrugadas.
Me senté en el borde de la cama, rascándome la cabeza mientras intentaba encontrar el mínimo sentido a hacer algo tan tonto. Pero, después de un rato, decidí que tenía que al menos intentarlo. No es que me importe mucho lo que piensen los demás, pero parece que a los perros les gusta que las cosas estén en su lugar. No lo entiendo, pero ¿quién soy yo para cuestionarlo? Supongo que la idea de vivir en un lugar organizado, sin caos ni cosas flotando por el aire como si todo fuera un desastre, tiene algo de… acogedor. Aunque no me guste admitirlo, ese orden tiene algo de atractivo. Algo en lo que tal vez me pueda acostumbrar. O tal vez no.
Después, me dirigí a la cocina. Flecha, el maldito hámster, seguía como siempre, durmiendo en su jaula. Me acerqué a darle de comer, aunque sé que no debería preocuparme tanto por un roedor. Pero si hay algo que he aprendido de todo esto es que, de alguna forma, él es el que me mantiene cuerda. Qué irónico. El puto hámster de los cojones en medio de todo esto. Pero lo cierto es que dentro de las disputas entre las diferencias que existen, Flecha es el único que parece vivir en su propio mundo, sin dramas. Y, para ser sincera, a veces lo envidio.
Tomé un vaso de agua y me apoyé en el marco de la puerta de la cocina, mirando el paisaje de la casa. La gente que vivía aquí ya estaban ocupados con sus propios asuntos. Podía oír sus murmullos, sus pasos pesados sobre el suelo, y el olor a tierra fresca y madera que siempre los rodeaba. Había algo casi pacífico en todo eso, en su forma de existir tan… simple. Vivir como si el día a día fuera un ciclo que no tuviera fin, sin preocuparles demasiado por lo que vendrá.
Pero yo no soy así. No soy una de esas personas que simplemente aceptan la rutina sin preguntarse por qué. Yo siempre estoy buscando algo más, algo que me saque de este ciclo repetitivo. Y sin embargo, aquí estoy, enfrentándome a lo mismo una y otra vez: despertarme, comer, lidiar con seguir viva un día más. Y después de todo, no sé si eso es tan malo. Quizá necesite conseguir mi propia rutina. Quizá lo que siempre he querido se esconde ahí, en ser un poco más humana. No quiero decir que lo sea, claro. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me estoy empezando a acostumbrar.
Tal vez pueda intentar hacer algo parecido. Al fin y al cabo, el café quemado no es tan horrible.



















