Hacía tiempo que tenía ganas de tomarme una cerveza en la parada del ómnibus, a la salida del trabajo. Pensaba que era por mi alcoholismo intermitente, me negaba a hacerlo, pero el deseo continuaba.
La tarde del jueves pasado se tornó negra, habían pronosticado lluvia y yo tenía que trabajar 9 horas. Se me hacía extensa la jornada pero logré cumplir con el horario completo.
En el correr de la tarde estuve hablando con un amigo para coordinarnos y encontrarnos. Llegado el momento él calculó los tiempos y me mensajeo para avisarme que no le daban los tiempos para juntarnos.
Entonces salí de trabajar con una suerte de sentimiento taciturno, puede ser que aletargado por el cansancio de la jornada laboral. Me ganó el deseo y fui al kiosco que está en la parada a comprar cigarros y una lata de cerveza.
Y me quedé parada allí, mientras llovía, debajo de un techito, tomando cerveza y fumando mientras observaba a la gente ir y venir. Dejé pasar tres ómnibus de la línea que me sirve para ir a casa, en ese horario pasan bastante seguidos.
Hasta que miré el celular y mi amigo me dijo que estaba cerca, coincidimos y nos encontramos en un techito en una de las avenidas más concurridas de la ciudad. Me compré otra lata de cerveza mientras hablamos de varias cosas.
Él es una persona con una mentalidad abierta por lo que podemos tratar varios temas.
Aunque llovía pasamos un lindo momento, diría que fue perfecto, estuvimos hablando por dos horas y luego me fui para casa.
No fue un día espectacular ni fuera de lo común.
Hablé con una persona real de situaciones simples de la vida.
Sin voces ni alucinaciones, sin angustia ni paranoia.
Fue un buen día, vienen siendo buenos días, con estabilidad mental y conciencia corporal.
Estoy acompañada y no me falta nada.
Así da gusto vivir.










