Aprendí pronto que el rescate no llega, que nadie viene a recoger lo que se rompe por dentro y que esperar solo enseña a encogerse. No nací fuerte, me volví resistente el día que dejé de confiar mi sostén a manos ajenas, cuando entendí que caer no era rendirse sino permanecer y que el abandono dejó de doler cuando dejó de sorprender. La madurez nunca fue virtud: fue supervivencia precisa. El mundo no me quiso verdadera, me quiso útil, intacta, disponible; por eso elegí lo contrario. Elegí ser libre, ser incómoda, ser viva, ser indomable. Dejé de agradar, dejé de explicarme, dejé de hacerme pequeña para encajar. Ya no busco refugio: me sostengo sola, habito mis ruinas sin vergüenza y permanezco dentro de mi nombre hasta que el cuerpo deja de temblar y la luz vuelve a arder. No brillo para ser vista, brillo para no perderme en el regreso a mí. Y cuando la vida me pone de rodillas no ruego: respiro, me levanto con la calma firme de quien conoce su propio eje. No espero ser salvada, porque no estoy perdida. Soy presencia. Soy raíz. Soy la fuerza silenciosa que se elige y se mantiene en pie