Primer día de clases, las ansiedades a tope y aquella presentación, dónde su concurrencia diaria en el salón de clase era expuesta a viva voz por parte de quién debía llevar un seguimiento de los alumnos en el último año de estudios, era llevada a cabo. Sus manos jugueteaban para canalizar los nervios con las mangas de su abrigo mientras su irises buscaban algún asiento vacío dónde pudiese hundirse y olvidarse de esa verguenza propia que acaba de padecer, divagando por cada fila, encontró la banca predilecta justo al fondo del salón. Era perfecta, no sentiría la mirada del profesor, y por lo tanto, no estaría condenada a ser uno de los primeros a pasar al frente. Sin embargo, su atención una vez pegó su trasero a la silla fue hacía el muchacho que usaba sus propios brazos como almohada y parecía estar deleitándose de esos exquisitos ‘cinco minutos más’. Era un tanto enternecedor, el semblante tranquilo y sereno, unas ojeras bajo sus parpados cerrados y el mal dormir gobernando en todo su semblante, la voz del profesor perturbó entonces el dulce sueño del muchacho y fue cuando entonces aquellas orbes terminaron llevándose el protagonismo. Su mirada azul cielo fue quién terminó de cautivarla.