“—Caleb... Daniel apoyó una mano sobre el hombro de su amigo y dejó que lo soltara todo. Mejor eso que no retenerlo en su interior y que evolucionara en un sentimiento peor. Le dio un par de apretones amistosos en el hombro intentando transmitirle apoyo y cuando vio que Caleb se serenaba mínimamente, comenzó a hablar. —Caleb, tus intenciones eran buenas y tu propósito de venir hoy aquí con el perdón como garantía era una baza totalmente loable. Entiendo tu decepción pues es lo que yo mismo sentí años atrás cuando puse en marcha los jardines. Mi primera idea con ellos no era tener eternamente a las mismas personas que fallaron en su día aquí. Sin embargo, según pasaba el tiempo, ninguno de ellos demostraba arrepentimiento. Al contrario, se volvían mas erráticos y defendían sus pecados. ¿Qué opción más quedaba que intentar tenerlos controlados en este lugar? No soy nadie para dar muerte a un pecador, pero mucho menos me quedaría la conciencia tranquila sabiendo que están sueltos haciendo el mal al prójimo. De ese modo decidimos que se quedasen aquí —hizo una leve pausa en la que apartó la mano del hombro de Caleb antes de continuar—. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad, dice Juan en las escrituras. Pues bien, eso es algo que está alcance unos pocos. Pero de ellos no” — Daniel Solloway














