Mientras las niñas duermen (extractos)
2014
27 DE MARZO
Ya nacimos y la felicidad pesa 3-5 kilos y mide 47 centímetros. Este día durará toda la vida.
15 DE ABRIL
Desperté de madrugada. De un lado dormía Ricardo, del otro tú, hija. Yo llevaba varios días sin poder dormir. Todo había sido intempestivo, tu llegada, mi sangrado después del parto, tus días en el hospital, las desveladas, el dolor en los senos cada que mamas. Me despertó una inquietud: «¿Cuál es el sentido de hacer familia?», le pregunté a Ricardo. 0 creo que sólo lo pensé. Ricardo dormía y yo no insistí, porque no sé si buscaba una respuesta. Me quedé en la oscuridad, en el silencio, acostada entre ambos, con una duda hecha de cansancio, desconcierto, arrepentimiento, angustia. No lo sé. Me encontraba ahí, en medio de ustedes, pero me sentía sola. No sólo para responder esa pregunta sino sola en la inmensidad de la vida, de mi vida y la tuya, hija. Nuestra pequeña eternidad. Sola en esa vastedad de tiempo. Sola en saber que nunca en la vida dejaría de ser madre y que, en ese momento, me sentía insuficiente. Para mí y para ti.
22 DE ABRIL
Doblar cobijas, doblar chambritas, doblar pañales. Sacar un seno, sacar el otro. Sacar eructos. Y quizá, si queda tiempo, lavarme la cara, mirármela en el espejo.
27 DE ABRIL
Hoy cumples un mes de nacida y yo todavía no te amo. Apenas nos estamos conociendo. He pasado los días mirando tu cara, tus cachetes de luna llena, tus gestos, aprendiendo tu lenguaje. Recuerdo que cuando naciste, Nade me llamó ansiosa para preguntarme si es verdad que con los hijos se siente el amor más grande, incondicional y maravilloso que uno es capaz de sentir en la vida. Le dije que no. Que todavía no. Que es otra cosa: ternura, cuerpo.
29 DE ABRIL
No nací madre. Tampoco me hice madre cuando naciste. Me he ido haciendo poco a poco, cuando me despierto por las noches a que me exprimas el pecho, la sangre, la energía. Cuando lloro porque tú lloras. Cuando me voy de la habitación y te dejo llorar porque no sé cómo calmarte. Y también en madrugadas como esta en que logré dormirte en mis brazos y yo aún sigo viva.
27 DE JUNIO
Hoy cumples 3 meses. Te gusta mirar los árboles y que te miren a los ojos. Te gusta George Harrison, pasear en Chapultepec y columpianos. Yo disfruto abrazar tu cuerpo tibio, pasar mi nariz por tus cachetes y pensar que te está gustando la vida.
8 DE SEPTIEMBRE
Estamos de viaje. Vinimos a Monterrey a la exhumación de los restos de una joven porque su mamá necesita una prueba genética más para confirmar que es su hija. Luego vamos a Saltillo, al albergue de migrantes donde los niños Jonnyy Jared juegan contigo. Jared te cuida, te ofrece cacahuates, papas, dulces chupados; te lleva en la carriola a pasear a las habitaciones. Jared tiene unos cuatro años y está amenazado de muerte. No sé cómo comenzó esta historia, pero creo que su papá mató a alguien antes de que a él mismo lo mataran y ahora los otros quieren matar a Jared. Borrar su herencia de la tierra. Jared es tan niño como tú y amenazado y muerte son dos palabras que aprendió a pronunciar.
2015
13 DE ENERO
Estaba agotada. Te tomé en los brazos, te apreté contra mi pecho como si quisiera ahogarte y te dije: «¿Tienes hambre? Come, come que no voy a hacerte caso mientras llores». Estaba cansada, necesitaba concentrarme 30 minutos para terminar un texto que tenía que entregar.
¿En qué me puedo convertir?
15 DE ENERO
Es casi la media noche. Han pasado dos horas desde que intenté dormirte y no dejas de llorar. No quieres pecho, no te calman los brazos. No aguanto más. Salgo de la habitación y te dejo ahí, llorando, hago tiempo, me ocupo, me pongo a recoger tus juguetes tirados, la cocina. No quiero entrar al cuarto. Enciendo la lámpara, la computadora, intento distraerme. Leo la historia de una mujer que fue una alumna ejemplar y ahora ha abandonado a sus tres hijas, la más pequeña de 31 días de nacida. Tú sigues llorando en la habitación. Al final de la página hay un link a otros casos de mujeres que en los últimos años han sido condenadas por matar a sus hijos. Los leo. Me parecen escabrosos, pero poco a poco van cobrando otra dimensión. No sé si siento empatia con ellas, pero creo que hay cosas que las noticias no cuentan. Puedo imaginar miles de momentos de delirio: en sus casas, en el baño, en las habitaciones, solas. Solas. Una puede perder la cabeza en cualquier momento, volverse loca, querer salir huyendo. Ahora soy yo la que no para de llorar.
24 DE ENERO
Platiqué con un amigo sobre la paternidad. Para él su hija vino para ser útil en el mundo, para su pareja, la niña vino para ser feliz. Yo tengo varios sueños para ti, pero mejor me los guardo. No quiero que te pesen.
27 DE MAYO
Estamos en el parque. Tú duermes y yo leo la historia de una mujer que tiene a su hijo desaparecido. La última vez que ella habló con él, más bien la última vez que lo escuchó, fue durante una llamada con los secuestradores para negociar. Él le dijo «mamá, sácame de aquí, ayúdame» y ella alcanzó a decirle «todo va a estar bien hijo». El secuestrador cortó la llamada y ella no alcanzó a decirle que lo amaba.
Tu duermes y yo leo de nuevo «todo va a estar bien, hijo».
Aquel día que te tuve que dejar en el hospital, en manos de otros, cuando cerramos la puerta de la sala de incubadoras pensé en ellas. En las mamás de los desaparecidos. Pensé en esa imposibilidad de cuidarlos. De cuidar de ustedes, hijos.
26 DE SEPTIEMBRE
Estamos en Xalapa en una conferencia sobre periodismo y violencia. Alguien del público ofreció cuidarte mientras participo. Tú reniegas, te sueltas y caminas entre el público hasta el escenario, te subes a mis piernas, me levantas la blusa, me sacas el seno y te sirves. Yo intento poner atención a los relatos de cuerpos inflados sobre las planchas de los semefos y tú me hablas, me metes el dedo a la nariz, te ríes de tu travesura. ¿Cómo hablar de muerte, si tú?
ALGÚN DÍA DE DICIEMBRE
Naira se fue de vacaciones con su abuela, Ricardo está en el trabajo y yo estoy sola en casa, esperando el nacimiento de nuestra segunda hija. Repaso el diario intentando recordar qué fue tener una bebé en casa. Me detengo en el día que lastimé a Naira camino a la guardería. Lo que recuerdo ahora es que no se quería vestir, que se quitó la ropa tres veces, que se nos hizo tarde, que perdí una cita, que la vestí a la fuerza y la cargué a la fuerza y la saqué llorando de casa. Que yo estaba furiosa, que quise hacerle daño. Quizá pensé en pegarle, que quise pegarle, pero no me atreví. La apreté muy fuerte del brazo. Me detengo también en el día que le dije «cochina» y recuerdo que Naira me miraba desde el piso tratando de ponerse sus pantalones. «No soy cochina, mamá, no soy cochina», me dijo desde sus dos años y medio, defendiéndose de mí. La lastimé. Me da vergüenza haberlo hecho y de escribir esto, pero quiero que quede registro. Que no se me olvide.
2017
9 DE ENERO
3:14 a.m. Llegaste a esta familia que es más familia contigo. De madrugada, intempestiva y con un rugido felino. Luego te pegaste a mi pecho y succionaste como si no hubiera mañana. La felicidad viene en molde: 3.5 kilos y 47 centímetros.
29 DE ENERO
Días de guardar. Dormir entre dos crías con olor a leche.
5 DE FEBRERO
Naira escogió tu nombre. Te llamarás Emilia.
9 DE MAYO
Escribo esto cuando he podido tomar un poco de aire. Escribo porque es necesario que no lo olvide. Que lo recuerde en algún momento del futuro. La última semana, en las madrugadas, mientras Emilia se revolcaba de dolor por la comezón, pensé en por qué tuve otra hija. Me arrepentí de tenerla. Por qué tener otra hija. Para qué.
12 DE MAYO
Mi relación con Emilia es a través de su enfermedad. No la acaricio, le pongo cremas y pomadas. No la abrazo, la envuelvo en sábanas para que no se rasque. No la beso, tiene las mejillas llenas de eccema.
8 DE JULIO
Hoy es mi cumpleaños.
Siempre quise ser madre.
Me acuerdo cuando era niña y jugaba a la mamá con mis muñecas; me acuerdo de jugar a ser la mamá de mi hermana menor y hacerle papillas y cantarle nanas. Me acuerdo de mi mamá contenta entre nosotros, de sus malteadas de fresa y el huevo crudo con jugo de naranja todas las mañanas para salir a la escuela, alimentados, a pesar de las prisas; me acuerdo de los campamentos en el jardín de la casa, de los viernes en que nos permitía hacer todo lo que quisiéramos: comer con las manos, sorber el refresco, aventamos petardos de servilleta; me acuerdo que cada día de cumpleaños ella nos despertaba con caricias y con el relato del día de nuestro nacimiento; me acuerdo que a la menor provocación hacía maletas y nos trepaba al carro lo mismo para ir de día de campo que para andar carreteras y llegar a un pueblo en Michoacán o una playa en Jalisco. Me acuerdo de que era una mamá feliz. Si estaba cansada, si nos regañaba, si nos dio con la chancla, seguramente dijo cosas hirientes, ahora no las recuerdo, pero era una mamá feliz y a nosotros supo hacemos y criamos como niños felices. Me acuerdo de que aún en la crisis del 94, cuando su sueldo como maestra no alcanzaba para llegar a la quincena, ella cocinaba con lo que tenía en la despensa y les inventaba nombres a los platillos. Mi mamá fue una mamá feliz.
Mi familia siempre fue de muchos niños, mi mamá tuvo 6 hermanos y mi papá tuvo 9 hermanos, las casas siempre estaban llenas de niños que iban y venían, de mamás embarazadas, de mamás cargando niños, de mamás corriendo tras los niños. La vida era con los niños, en las casas, en las fiestas, en algunos trabajos (conocí todas las oficinas y escuelas donde trabajó mi mamá y a los conserjes, secretarias, alumnos y compañeros. Tuve un tío fotógrafo que nos dejaba acompañarlo a las fiestas, otro que construía carreteras y nos llevaba a hacer días de campo mientras él y los trabajadores colocaban pavimento. Mi papá me llevaba a los juzgados, a las asambleas de las comunidades indígenas donde llevaba los casos agrarios).
Para mí era normal ser mamá, era parte del ciclo de la vida. Incluso, a mis 22 años cuando aborté de manera clandestina en una clínica de Veracruz, supe que quería ser madre, pero no en ese momento. En ese momento tenía demasiado miedo, estaba demasiado sola y había demasiados sueños sobre mí.
Leo en las redes, en los periódicos, en los libros, escucho entre mis amigas los debates recientes sobre el ser o no ser mamá, debato con ellas, les sugiero no serlo si no están dispuestas a ceder gran parte de su vida; dispuestas a saber que la libertad, a partir de ese momento, siempre es compartida. Nunca les he mentido del cansancio que representa cuidar a uno o dos hijos. De la frustración. Pero, ¿qué cosa no exige de nosotros desvelos, compromiso, voluntad y dejarnos un poco de lado, por momentos? ¿No exige eso, por ejemplo, la vida en pareja, las amistades?
Leo a Federici decir que nuestro cuerpo se transformó en un territorio político para alimentar al capital, leo a Meruane decir que los hijos son impuestos para devolvernos a las casas. Pero, ¿y las que sí quisimos ser mamás? ¿Y las que estamos intentando otras formas de cuidar, de cuidarnos?
Siempre quise ser mamá.
O, más bien, nunca me detuve a pensarlo.
¿Cómo he sido pensada para asumir que quiero ser madre?
Daniela Rea en Tsunami, 2018











