Todas las brujas llevan mi nombre.
En el espeso bosque, donde los pesados susurros de la naturaleza gemían temerosas profecías, yacía una mujer de blanca tez y ojos dorados. Su pelo negro y nocturno se mecía con los llamados del viento, que azotaba con fuerza su figura. En ella respiraban cientos de historias, y aún más leyendas. La bruja nocturna, la llamaban. Cánticos, espíritus, aposentos temblaban, y la luna la mecía. Los lobos aullaban en su llamado.
En la leyenda se contaba que, de largas uñas y sumergida en sangre victimaria, se arrastraba en cuatro patas para avanzar. Qué nefasta realidad tergiversada; qué agonía la voz dolida y no escuchada. Aquella bruja que murmuraba dulces cantos y se arrullaba con la luna —que con dulzura la tejía en hermandad y la abrazaba en solidaridad— dejaba en su camino sombras que le servían de guía.
Dentro del bosque se adentraba. Animales la rodeaban, y en voces somníferas los llamaba. El alma del bosque respondía, la tierra rugía, y las almas cantaban.
Tanto pecado sumergía su presencia en ojos ajenos, mientras en los suyos llevaba la historia y las voces de cientos que agonizaban: mujeres caídas, mujeres veneradas. Caía en la cortina nocturna, y con apaciguada llama las llamaba. Todas respondían. El dolor generacional se levantaba.
Somos perseguidas. Trataron de dejarnos cegadas. En llamas lagrimeantes nos levantamos. Todas somos una dama.
Se paraba, y danzaba.
Entregada a la misericordiosa leyenda, se dejó llevar por el viento. Pero su cántico feroz aún se escucha, susurrado en voz baja, como intuición en las hermanas.
-Pers.










