A medida que declina el debate sobre las clases sociales, desaparece la apreciación de las causas estructurales del desempleo y la pobreza pasa a ser concebida como un resultado merecido por la mala autogestión. Incluso en regiones en las que el número de desempleados supera significativamente al número de empleos disponibles, sigue manteniéndose que si una persona se presentase un poco mejor, se esforzase un poco más, o simplemente creyese en sí misma, podría encontrar trabajo y salir de la pobreza. Los más pobres de la sociedad son vistos como seres que no han tomado decisiones correctas en la vida, o que han mostrado poca voluntad de asir las oportunidades que la sociedad les ha ofrecido. Se culpa de la pobreza económica a la pobreza de aspiración, y esta continua muestra de actitudes culturales ha permitido a los gobiernos pasar por alto las causas estructurales de la pobreza y el desempleo. En esta nueva elaboración, los principales enemigos no son ya las patologías estructurales de la desigualdad, la escasez de puestos de trabajo y la carencia de empleos atractivos, sino las patologías personales inherentes a la llamada cultura de la pereza, la ayuda social y la dependencia. Aparte de la desgracia personal y la estigmatización que causan, quizá el mayor delito de estas explicaciones culturales sea que mantienen fuera del debate las cuestiones más estructurales o sistémicas de la sociedad. El desempleo masivo debería darnos la ocasión para cuestionar la eficacia del trabajo como base para la inclusión social y la solidaridad, pero el debate que se está produciendo, de hecho, es mucho más miope.
David Frayne, El rechazo del trabajo

















