El dorso de mis dedos se desliza por tu mejilla, es una caricia compartida entre yo y el silencio porque tú no te percatas de ella, tu respiración sigue acompasada y calmada porque estás demasiado absorto en el mundo de los sueños para percatarte de lo que sea que suceda al otro lado de tus párpados.
Y sigo el camino deslizando mis dígitos sobre tu piel, repasando los labios y aquella línea que los separa, la que deja escapar tu aliento el cual quiero beber, pero sería demasiado atrevido besarte ahora. Mi mano se pierde en tu cuello, donde descansa y deja caricias mimosas. Mis ojos azules buscan los tuyos a pesar de que sé que están sellados, pero de todas formas se fijan ahí, sobre tus párpados y tus largas pestañas, y noto como sonrío no porque me haga gracia, sino porque soy yo la que está aquí, a tu lado, ahora, velando tu sueño, enamorándome de cada resquicio de ti y de tus horribles imperfecciones que te hacen tan humano y divino.
Soy yo la ahora comparte una cama, un plato, un abrazo, y la que se pregunta si mañana cuando despiertes todavía me amarás.