Un mago de Pep* #Draws #depepa #dibujo #magia
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Un mago de Pep* #Draws #depepa #dibujo #magia
Noveno y anteúltimo programa de demidiscoteca.cc en su versión radial, emitido el pasado miércoles 2 de octubre de 2013. En él repasamos Pet Sounds, undécimo álbum de The Beach Boys editado por Capitol en 1966.
Amon Düül II Phallus Dei Repertoire, 1969 320 kbps. | 88 MB aprox.
Se nos va, entonces, una nueva semana; vertiginosa ella como todas las otras, agradable, como unas cuantas que nos ha tocado pasar en los últimos tiempos. Sucede que este blog, ese humilde espacio que nació del aburrimiento y las ansias de compartir, crece como si de una criatura viva se tratara, se modifica, cambia, se transforma y evoluciona sin perder jamás su esencia, esa justamente que hizo que hace algo más de dos años comenzáramos este periplo sin saber muy bien para qué lado ir pero con la plena convicción de que la única manera era para adelante, siempre creciendo, siempre viviendo y experimentando para poder llevarles a ustedes esas mismas experiencias, esas vivencias, esas realidades que nos van pasando en la medida en que vivimos y somos música.porque hablamos y disfrutamos de ella desde todos los rincones posibles, explorando todas las posibilidades y haciendo carne -o texto, mejor dicho- todas sus historias. Porque por aquí también, aunque en los últimos tiempos hayan perdido algo de su preponderancia, aparecen reiteradamente las historias como una guía, una luz, una manera de acercarnos al hecho artístico que a su vez facilita la conexión entre ustedes (que vienen buscando las historias detrás de esas músicas) y nosotros (que nos ofrecemos como intermediarios, y a cambio los sometemos a estas palabras reflexivamente innecesarias). Decimos que han perdido su preponderancia porque se han visto reemplazadas, instintivamente -no de manera voluntaria, sino como una expresión del inconsciente- por cuestiones de índole más personal, por las reacciones de quien esto escribe frente a la música que se pone delante suyo y las ansias a su vez de poder transmitir estos sentimientos, estas sensaciones a ustedes para complementar (mas no para guiar, nada más lejos de nuestras intenciones) la experiencia de la escucha que ustedes mismos afrontarán en tanto esa sea su voluntad. Se trata también de un enfoque no menos placentero que el de relatar historias cual si fueran cuentos, con el tono más lejano que podamos del inmundo periodismo que de alguna manera nos vio nacer pero del que como corresponde (?) renegamos dada su tendencia -y esto lo hemos hablado- a caer en el lugar común, en las frases hechas, en una serie de conceptos que se reiteran una y otra vez como mantras que lo único que favorecen es la capacidad de entrar en facilismos y no hacer trabajar lo cognitivo ni lo sentimental; todo ello escondido en el precario y también habitual chamuyo de la objetividad. Irónicamente, nada podría estar más alejado de las formas en las que debería encararse escribir respecto a algo tan sensorial y personal como el arte. ¿A quién le interesa ser objetivo en la descripción de una obra ya sea pictórica, escrita o musical? Es justamente lo que ocurre cuando eliminamos la posibilidad de someter todo lo que nos pasa al tamiz de lo empírico que, después de todo, se nos ofrece (como tanto hemos explorado por aquí) la posibilidad de un verdadero crecimiento espiritual, la chance de hallar un camino a partir del cual construir una sensibilidad particular que florezca atravesada por todas las influencias que sea posible abarcar en un solo inconsciente. Algo de eso, un muestrario de esos influjos, es lo que hay por acá, en nuestras muchas publicaciones, en nuestras extensas y densas columnas, en todas y cada una de las cosas que configuran las muchas particularidades que -quisiéramos creer- distinguen este espacio de los muchos que hay en el amplísimo océano de internet, un lugar insondable pero en el que (justamente por su inmensidad) se hace menester crearse una isla propia, personal y particular. Eso es lo que estamos armando por aquí, y por eso el predominio de lo autorreferencial, de lo biográfico en nuestra prosa: una serie de obsesiones presentadas de la forma más desordenada, caótica, anárquica y antojadiza posible con el objetivo de reconstruir cual rompecabezas, uniendo subrepticiamente las partes que posean tonalidades y formas similares para conformar a través de esa construcción -a la que se arriba con tiempo y esfuerzo, con dedicación y placer por aquella tarea- una imagen más grande, abarcativa y realizada, una visión casi idílica pero que refleje que aún dentro de ese caos que se percibe en el supuesto desorden pueden encontrarse patrones, formas, armazones cuya conformación, al revelarse, destapa un hecho trascendental, fundamental. En este caso, a lo que esperamos arribar es a una aproximación algo reconstruida (cuestión casi imposible; pero así somos, amantes de las utopías) de la mentalidad que aloja a estas músicas, estos álbumes y artistas -y, por consiguiente, las historias que los hacen legendarios- como selectos y atesorados recuerdos, como fragmentos dispersos de una mentalidad, de una conciencia inquieta y de permanente evolución. Es el proceso a través del cual las canciones se transforman en recuerdos el que tratamos de descular por aquí, tan imprevisto e increíble que resulta, y la misión es tan dificultosa como agradable de encarar. Porque nunca habrá una imagen resuelta, una de esas que revelan todo el esplendor de un paisaje, de una mente. Porque la mente es tan compleja que nadie puede divisar sus ramificaciones con la exactitud que nosotros buscamos. Pero, de nuevo, ¿a quién le importa? Porque en el medio, entre que investigamos esta posibilidad y hasta que nos demos por vencidos, hay montones y montones de música por descubrir, de discos por compartir, de canciones por disfrutar y, sobre todo, de historias por contar. Hace rato, por cierto -y por eso arrancamos estas palabras de aquella manera- que no nos sentamos a contarles, justamente, una de esas historias. En realidad no sé si hace tanto rato, si lo pienso bien (?) pero da lo mismo, este es mi blog y tengo ganas de volver a relatarles algo, ansias de compartir con ustedes palabras que armen un retrato y a la vez un paisaje, que contextualicen y los metan a ustedes de lleno en la época en la que fueron producidas las increíbles, oscuras y enmarañadas canciones que hoy nos ocupan. No es casualidad, entonces, que para volver a contarles algo hayamos decidido retornar a uno de los géneros más queridos por quien esto les escribe, uno de esos que fueron en su momento objeto de la suficiente devoción como para ameritar un desdoblamiento de sus características en varias exploraciones que fueron complementando el relato mayor, ese que cual rompecabezas -como decíamos- se va armando en la medida en que unas palabras se complementan alquímicamente con otras y nos pintan ese paisaje que se devela ante nosotros sorprendiéndonos, dejándonos, ahora sí, con el panorama más claro que nunca.
Algo de eso habíamos hecho, hace ya bastante más de un año, con el género que una vez más nos convoca, en esta ocasión para rememorar a una de esas bandas de las que algo habíamos dicho, pero que siempre merecieron, también, aparecer en alguna de nuestras columnas. ¿Por qué no lo hicieron? Pues bien, porque como suele suceder con las obsesiones furibundas, existen momentos en los que también hay que saber olvidar, postergar, dejar de lado para que en ese proceso surjan nuevos sentimientos, nuevas tendencias, momentos renovadores. No hace bien quedarse siempre quieto en el mismo campito, amigos, hay que saber saltar la reja y correr libremente por los amplísimos prados de la música popular contemporánea con la misma fruición con la que lo hacemos por los jardines que nos resultan conocidos. No sólo por los nuevos descubrimientos, saben ustedes, sino justamente por todo lo otro que ocurre cuando nos damos el espacio necesario: reaparece la influencia esa que tanto amamos pero ahora reconvertida en candoroso recuerdo, en acuciante necesidad de complementar aquello que ya hemos contado con los nuevos aspectos que nos damos cuenta que no habíamos recorrido hasta este momento y sobre los que hace falta volver a teclear una vez más, para seguir en pos de esa misión reconstructiva, minuciosamente buscando las piezas restantes de ese interminable rompecabezas para poder luego buscar la manera de encajarlas donde aún hay sólo espacios en blanco. El caso de la banda que es objeto de nuestro post de hoy es, justamente, un pequeño vacío en la reconstrucción de ese estilo al que adherimos con una pasión tan ferviente que volvemos una y otra vez a recorrer sus ya conocidos caminos en busca de atajos que aún no hayamos transitado. Hablamos en este caso de la que consideramos por aquí -con toda la opinión aventurada aunque justificada de la que somos capaces- que es la última gran revolución de la música popular contemporánea, ese movimiento sociopolítico que devino en expresión cultural descentralizada en la convulsionada Alemania de finales de los '60, esa en la que se respiraban aires tan revolucionarios como los que hacían a países como Francia y Estados Unidos volátiles calderos de ideología y de inspiración lideradas en ambos casos por una pujante y convencida, activa y revolucionaria juventud que creía que sería su iniciativa la que vehiculizaría un verdadero cambio para las vetustas formas de gobierno y sus calamitosas y funestas consecuencias. En aquellos días de guerras, bombardeos nucleares, polución, crisis económica y democracia autoritaria, fueron los jóvenes los que entendieron que para poder hacer algo, había que hacerlo en las calles donde el calor de esa necesidad más se respiraba, donde se hacía manifiesto que las cosas demandaban un cambio absoluto y diametral, y lo requerían ya mismo. Habíamos relatado que hacia 1968, este fenómeno desató en tierras teutonas una movilización del estudiantado universitario en pos de la defensa de sus derechos, los que consideraban cercenados, pero más expansivamente en respuesta a lo que consideraban un sistema político tan anticuado como pernicioso para las inquietas mentalidades de una juventud que a su preparación intelectual ahora le sumaba pisotones en las calles, iniciativa, ansias y fuerza de cambio. Quienes más radicalizados estaban, y no es casualidad, eran los estudiantes de arte, que empezaban a traducir en movida las innovaciones estéticas que eran prácticamente una norma del periodo, aprovechando la volada incendiaria para tirarse más aún hacia los márgenes de las diversas extracciones artísticas intentando expiar (y demostrar) su frustración con el estado de las cosas a través de obras que fueran tan distantes de la convención habitual que representaran claramente que algo nuevo estaba en el aire, que se venía la renovación y que todos los viejos preconceptos iban a quedar atrás. Dijimos en su momento que la música fue una de las ramas que simbolizó mejor y eternizó con más exactitud las sensaciones de aquellos días que dieron nacimiento al 68er Bewegung, que así se llamaba esta oleada de jóvenes estudiantes movilizados tomando las calles y enarbolando el sucio trapo rojo la ideología que les permitiera continuar su perfeccionamiento intelectual con la libertad que necesitaban. Tomá estudiante de Puán, vos seguí vendiendo pan relleno nomás (?). Parte de esta responsabilidad la tenían los géneros que estaban en auge tanto para la música popular como para su variante de cámara. En el primero de los campos, tanto la psicodelia como el free jazz ofrecían en partes iguales la traducción de una experiencia sensorial a hecho musical y la eliminación de toda atadura como camino para la creación; y en el segundo, los laburos de tipos como Stockhausen, LaMonte Young o Steve Reich presentaban la posibilidad de expansión de la paleta sonora a través del uso de la electrónica y del cambio de eje del sonido hacia espacios más climáticos, rítmicamente indefinidos. Con estos elementos contaban quienes capitanearon la vertiente musical del 68er, muchos de ellos incluso aprendices del propio Stockhausen, quienes se propusieron canalizar tanto el ánimo revolucionario de aquellos días como sus propias necesidades y ansias en una música con un eje particular: renovar, en tiempos de llamativa sequía cultural, el amplio acervo histórico de Alemania en este sentido creando una manera de hacer las cosas que fuera auténticamente nativa, que no le debiera nada a los yanquis o los ingleses en términos de base y forma. Aquellas exploraciones tuvieron su eclosión durante las protestas que se hicieron en las calles de Berlín, las que eran musicalizadas con extensas y expansivas improvisaciones ejecutadas por conjuntos ocasionales de configuraciones dispares y cambiantes. Una de las agrupaciones que se mandaban en esta idea era en realidad una comuna que vivía en las afueras de Münich, en comunidad, en una finca desde la que propendían una radicalización política que iba bien de la mano con su tendencia estética de avanzada, sin formas ni limitaciones. Se llamaban Amon Düül y fueron los que le dieron origen a la Rote Armee Fraktion, guerrilla urbana de extrema izquierda que tuvo un destacado rol en la vida política alemana, llegando incluso a ser legalmente prohibida para operar como partido. Además de tomar los fusiles, también hacían música, una caótica e improvisada en la que llegaron a grabar 48 horas continuas de música, las que se desdoblaron en años subsiguientes en álbumes que generaron una escisión definitiva en la comuna: mientras los más militantes querían seguir en las sombras, los más músicos se vieron tentados por la oportunidad de hacer algo con eso. Fueron estos últimos los que largaron la vida jipi y armaron una banda a la que llamaron, con una inventiva admirable (?), Amon Düül II. Ellos eran John Weinzierl (guitarra y bajo), Chris Karrer (violín), Renate Knaup (voz), Falk Rogner (teclados) y Dieter Serfas (batería). Para la grabación de su primer disco, expandieron su formación inicial a un decteto y salieron a la calle con un material tan amenazante como genial ya desde su título: se llamó Phallus Dei, "falo de dios" en latín (!) y contenía en su lado B la zapada de veinte minutos que le da título al disco además de cuatro locuras que la preludian maravillosamente, llevando al oyente en un viaje sensitivo que estremece todas las percepciones, deformándolas y abriendo la conciencia.
Buen propósito de viernes ese último, ¿no?
Omar Rodriguez-Lopez Quintet The Apocalypse Inside Of An Orange Infrasonic Sound, 2007 320 kbps. | 140 (!) MB aprox.
Estamos empezando una nueva semana de aventuras, amigos de este humilde espacio cuyo eje, como bien saben, es simplemente compartir con ustedes algo de música en la forma siempre seductora de uno de esos álbumes que en algún momento nos sacudieron la estantería lo suficiente como para volverse necesarios, imprescindibles, omnipresentes en el recuerdo. Para hacerlo, como también saben más que bien, siempre se nos hace necesario que cada uno de los posts que encaramos tenga un propósito, una idea, sea fiel a alguno de los múltiples ejes que desde que comenzamos este blog han crecido hasta transformarse en verdaderos propósitos. Como son auténticas declaraciones de principios, entonces, estos lineamientos hacen necesario que cada palabra que aquí sea dicha (y vaya si son muchas) se incluya en alguno de ellos, responda a una de estas inquietudes y, por tanto, se inscriba en el esquema global al que este espacio responde. Este esqueleto -tras el que puede descubrirse todo el sentido del blog- no fue generado adrede cuando lo que aquí acontece comenzó su periplo allá lejos, pero progresivamente se fue haciendo indivisible de los recorridos que aquí se acometían, que pasaron de ser simples recorridos de tono periodístico por los vericuetos de la carrera de alguna de esas bandas que tanto queríamos a auténticas declaraciones -algunas veces con tonos demasiado autorreferenciales, es cierto- respecto de su importancia, de la necesidad de compartirlas, en fin, expresiones de un inconsciente volcado a estas columnas como un remanso, como una manera de dejar salir todo cuanto puede decirse sin filtro alguno aprovechando no sólo el espacio sino la atención de algunos de ustedes, de esos que todavía se animan a leer y, como también siempre se dice por aquí, agradecemos tanto su atención como su verdadero coraje, el de zambullirse en una aventura tan extraña como lo es seguir estos recorridos hasta su final. Una vez más, entonces, nos encontramos con el figurativo papel en blanco (pues aquí no hay papel, mas sí vacío) y nos volvemos a preguntar desesperadamente para qué lado disparar (?). La respuesta siempre es obvia, pero no por ello debe ser menos reiterada, pues en ella está toda la esencia de lo que hacemos por aquí: cuando no se sabe dónde recurrir, se va siempre al capricho, al ansia sin demasiada explicación, al deseo de compartir por el compartir nomás, a lo que nos gusta porque nos gusta y nos obsesiona, nos vuelve locos, nos morimos por llevarles a ustedes. En ese esfuerzo indisimuladamente personalista siempre vuelve a caerse en uno de los puntos más divertidos en los que se puede incurrir en este blog, el de las obsesiones que ocupan nuestra cabeza, el de esos movimientos o momentos o bandas o álbumes que dan vueltas siempre a través de lo que somos y lo que pensamos como un ánima que se niega a dejar de torturarnos con sus apariciones. Excepto que dichas apariciones lejos están de ser torturas, más bien son placenteras, pues nos determinan un eje, un camino a seguir, una manera de escaparle una vez más a la abulia, al aburrimiento, al quedarse sentado sin demasiado propósito ni nada que hacer. Es esa inacción lo que combatimos aquí con todas nuestras fuerzas, con uñas y dientes, con el denuedo de quien sabe que no puede volver a caer en eso ni puede dejar que nadie caiga allí y también entiende que la música puede salvar del infierno que es carecer de propósito, de sentido, de idea. Afortunadamente, gracias a la estructura misma de este espacio, las ideas fluyen con total libertad, y es allí donde aparecen los propósitos y los sentidos como para cerrar el círculo de la vida, de aquello de lo que está hecha y que queremos compartir con ustedes tanto como la música misma. Por eso existen personajes a los que volvemos una y otra vez por aquí, porque consideramos que sus obras son también lineamientos a través de los cuales perseguir un ideal, un concepto que actúe como una suerte de puntuación entre los diversos momentos que este blog atraviesa. Su presencia, que alguna vez -allá en los inicios- fue casual, vuelve a reiterarse todo el tiempo, haciéndose necesaria, conocida, casi familiar para los que ya están acostumbrados a ver todo cuanto ocurre por aquí. Esto no es adrede, vale decirlo, sino que también es fruto del propio inconsciente del que emanan todas las locuras que van ocurriendo en -y en derredor a- este humilde espacio. Simplemente es aquella presencia de la que hablábamos la que reaparece con recurrencia, se dibuja, se insinúa, fantasmagórica, y vuelve a pedir pista por estos lares con su sonido seductor, su propuesta irresistible ahora convertida en una imposición que además toma en cuenta el factor del conocimiento casi perfecto de la obra musical a la que nos referiremos, que en algún momento fue referencia obligada en nuestras aventuras sonoras y hoy vuelve a serlo para verse inmortalizada en estas columnas, que son a la vez un homenaje y una expresión de amor. Quienes admiren la variedad estilística que también nos caracteriza quizás no lograrán entender el por qué de la reaparición constante de estos personajes, la razón por la cual una y otra vez sus obras son exhibidas y analizadas aquí, pero déjenme decirles, amigos, que esta acción tiene todo el sentido tal como lo tienen todas las cosas que ocurren aquí, guiadas ellas por el eterno antojo sin el que no podríamos vivir. Así como nos conduce la heterodoxia, que nos determina que podemos hacer lo que se nos cante sin temor a los límites, también nos lidera en convencernos de que esta recurrencia lejos está de ser algo pernicioso. Más bien, queridos (y esto es lo que creemos) nos humaniza. Es muy difícil escaparse, cuando se tiene un emprendimiento de estas características, de los gustos personales que son el norte que le dio vida, y por eso desde aquí lejos de huir de ellos, les damos el espacio que merecen como rectores de todo movimiento que acometemos. Dentro mismo de esos gustos está también esta recurrencia, por supuesto, inserta en la forma de un artista -o un par de ellos, generalmente más de uno, desde ya- con el que establecemos una relación particular en la que se identifican idiosincrasias similares, se presiente una conexión que va más allá de la escucha pasiva y hacia la acción, hacia ese lugar donde al final no éramos tan distintos ni tan distantes después de todo. Cuando a través de la música puede lograrse esa conexión, no existe manera de predecir lo que puede pasar, pero algo que sí es decididamente predecible es que nada nos separará de intentar seguir el derrotero del músico en cuestión donde sea que este nos lleve, pues como los escritos aquí publicados, eso también se vuelve una expresión desatada de su inconsciente, de su ansia, de sus deseos de hacer lo que le venga en gana sin preocuparse por las limitaciones que le impongan quienes no comprenden que al talento no pueden ponérsele rejas, hay que dejarlo ser libre, que así logrará estallar.
Algo así pasa con la carrera del muchacho cuyo nombre está escrito con una peculiar tipografía en la no menos estrambótica imagen que acompaña estas palabras. El chico en cuestión se llama Omar Alfredo Rodriguez-Lopez y nació hace 37 años en la bella ciudad de Bayamón, una de las que integran la comunidad de Puerto Rico que es, aún hoy, colonia yanqui. La mayor parte de su vida, empero, la pasó en la ciudad fronteriza y por tanto muy picante de El Paso, allí bien pegadito a México pero del lado en el que no abundan los espaldas mojadas (?). Todo este multiculturalismo, por supuesto, afectó decisivamente su manera de escuchar y, por tanto, de hacer música. Criado en las tradiciones de la música tropical isleña, mamó desde muy pequeño todo cuanto pudo recabar acerca de estos estilos tan rítmicos y peculiares y vio en primera persona la manera en que afectaban la psiquis de aquellos que se hallaban presos de sus influjos y no podían aguantarse las ganas de bailar. Ya mudado a los EE.UU. tuvo experiencias un tanto más crudas. Por supuesto, fue a parar a una ciudad que se caracteriza, justamente, por ser también ella un crisol racial dada su cercanía con el otro lado, el lado latino. Pero con esa variedad de gente e idiosincrasias vienen también la marginalidad, la pobreza, la violencia, los extremos de los que nadie parece estar exento en un lugar de tanta controversia. Suponemos por esta asociación tan particular de la que hablábamos, esa que nos hace pensar que tal vez nuestros inconscientes no son tan lejanos como creíamos en un principio de aquel de la persona que hoy nos ocupa, que fue por esos tiempos que Omar desarrollaría el gusto por el estilo que lo acercó a la creación musical por primera vez, cuando aún era un pendejo. Por esa época, cuentan las crónicas, Rodriguez-Lopez andaba medio metido en la falopa culpa de un viaje mochileando alrededor del país (cero poesía, nada de Chris McCandless por acá, marginalidad pura, papi) y la música podía resultar ser su remanso. Eso pensó, al menos, su amigo de El Paso Cedric Bixler-Zavala, que lo invitó a dejarse de joder con dar vueltas sin rumbo y volver al pueblo con la excusa de formar parte del proyecto que estaba armando allí. Omar, que tenía 17 años, aceptó la invitación y fue durante bastante tiempo el bajista de At The Drive-In, tal el proyectito de Cedric, antes de volver su atención a la guitarra. At The Drive-In es todo lo que puede ser una banda creada por un pibe de diecisiete años adicto a las drogas y con problemas para comprender sus alrededores: excitante, pesada, veloz, machacante pero también irredenta, cambiante, eléctrica a más no poder. Su música poderosa escondía una plétora de sutilezas, una manera de acercarse al estilo mucho más sofisticada y compleja que la de muchos coetáneos, y eso fue lo que hizo que At The Drive-In tuviera una legión de seguidores tan importante a través de los años. Pero en algún momento, las mentes más inquietas necesitan seguir desafiándose para seguir vivas, como si se hubiesen vuelto adictas al cambio, a la ambición de complejizarse, de recorrer nuevos y desconocidos caminos sin tener la menor idea de dónde podría terminar esa exploración pero enfocándose sólo en ella, en la aventura que se alza como rectora. Eso fue lo que le pasó a Bixler-Zavala y Rodriguez-Lopez, a esa altura amigos inseparables, cuando en el mejor momento del grupo, allá por el 2000, decidieron irse de At The Drive-In dejando a la banda acéfala. Obviamente el grupo se separó, pero eso a ellos ya no les importaba. Estaban preparando otro asalto al mundo, uno más elástico, zapado (y zarpado) en el que mostraran aquella salsa y aquel picante de Puerto Rico y de El Paso pero inserto en un estilo indefinible, que tenía tanto de rock como de jazz como de un montón de cosas más: aquella banda explosiva, peligrosamente volátil se llamó The Mars Volta y fue una de las apariciones más refrescantes y originales de la década pasada con sus extensas composiciones que eran a la vez un hardcore enfermizo pero también una rítmica bailable, vadeante, irresistible y una lírica que de tan confusa y compleja, de tan inentendible encerraba una poética necesaria para amainar los ataques atronadores de esa música incomprensible y hermosa. A lo largo de los varios años -casi diez- que duró The Mars Volta, sus configuraciones fueron variando, pero dos cosas se mantuvieron inalterables: la sociedad entre Cedric y Omar (que para los discos finales ya se declaraba como The Mars Volta, omitiendo al resto del grupo) y el ansia de experimentar, de ir por varios lados, de cambiar, de nunca mantenerse quietos en el lugar. Suele hablarse de esta como la época más creativa en la vida de Rodriguez-Lopez, y escuchando sus discos, no es muy difícil estar de acuerdo. Y digo sus discos porque fue el propio Omar el que se dio cuenta muy rápido de que estaba produciendo demasiada música como para lanzarla toda a través del paraguas The Mars Volta y decidió armar diversas agrupaciones con las que editar esos desvaríos y salir a tocarlos una y otra vez por los escenarios del mundo. Dentro de esa idea hay un momento que desde aquí consideramos fundamental. En 2005, el siempre aventurero Rodriguez-Lopez agarró sus petates y se mudó de Los Angeles a Amsterdam, Holanda. Fue allí donde esa creatividad de la que hablábamos explotó definitivamente. Omar metió su cabeza dentro del caldero del jazz y no salió de allí por un buen tiempo, produciendo alguna de la mejor música que se le haya escuchado y eventualmente llegando a su punto cúlmine con la edición de Frances The Mute, tal vez el mejor álbum de Mars Volta. Pero en el medio también grabó varios discos extraordinarios como el que les presentamos hoy aquí, The Apocalypse Inside Of An Orange, que Infrasonic Sound editó recién en 2007 pero que, al igual que Omar Rodriguez y Se Dice Bisonte, No Bùfalo datan de este periodo impresionante, verdaderamente plagado de música maravillosa. En la aventura de The Apocalypse Inside Of An Orange lo acompaña su primer proyecto made in Amsterdam, el Quintet que compone junto a su hermano Marcel, al bajista Juan Alderete, el saxofonista Adrián Terrazas (todos ellos miembros de Mars Volta por entonces) y el tecladista Money Mark Nishita. Juntos encaran una mixtura santanesca (?) de jazz y rock pero también momentos más experimentales, peculiares y volátiles. Hablamos de una de las mejores grabaciones de Omar Rodriguez-Lopez, lo que no es poco, pero también de una de las más escondidas, de esas que en la vorágine de sus muchos lanzamientos ha quedado un poco escondida, pero bien vale la revisitación para descubrir por qué una vez lo quisimos tanto.
Y por qué siempre volvemos a quererlo, también.
Tercer programa de demidiscoteca.cc en su versión radial, emitido el pasado miércoles 21 de agosto de 2013. En él revisitamos Eu Quero É Botar Meu Bloco Na Rua, debut del genial Sérgio Sampaio editado por Philips en 1973.
Primer programa de demidiscoteca.cc en su versión radial, emitido el pasado miércoles 7 de agosto de 2013. En él revisitamos The Hangman's Beautiful Daughter, tercer álbum de The Incredible String Band, editado por Elektra en 1968.
Alexander Skip Spence Oar Columbia, 1969 320 kbps. | 147 (!) MB aprox.
En la entrada anterior, casi sin quererlo -aunque luego abrazándolo como corresponde hacerlo con una temática tan controversial, tan dificultosa pero también tan amplia, tan brillante e interesante- nos metimos con una de esas escabrosas cuestiones que hacen al ser humano el fascinante animal que en realidad es. A través de la música, que es (sabrán ustedes, amigos queridos) el vehículo que nos transporta por una variedad de estadios siempre gratificantes, conduciéndonos de la mano por cada una de las temáticas que van desarrollándose progresivamente inspiradas por dichas tonadas como corresponde con las buenas melodías, esas que nos calan hondo en el corazón con suficiente fuerza como para desatar en nuestro espíritu una revolución (o muchas) pletórica de emotividad y de innovación, llegamos a meternos en uno de los lugares más oscuros, más densos y difíciles de todos los que pueda transitar, justamente, la psiquis humana. Las ásperas y escatológicas líricas de la banda que supimos compartir hace apenas un par de días fueron una sugerencia (pero una bien decidida, pesada, potente), una especie de puerta de entrada, una mirada -como bien dijimos- al oscuro abismo de la locura, de la pérdida de toda identificación, de la disociación de quienes somos con la realidad que nos circunda. Por supuesto que esto último puede parecer un efecto deseable de la inmersión en el intenso y profundo mundo del arte, pero créanme, cuando dicha escisión se convierte en la vida en lugar de reemplazarla momentáneamente es cuando entramos a tener ciertos, digamos, problemitaz (?). Obviamente que, reflexionábamos entonces, esperábamos que hubiese en los relatos que les compartimos cierto componente ficcional que complementara al necesario elemento autobiográfico como un contrapeso que nos hiciera creer que aquello que estábamos escuchando no era, efectivamente, un cruento y sombrío paseo a través de la mente de un desequilibrado y su progresivo y decidido descenso hacia el abismo de la desconexión absoluta. Pensar que esto último es lo que estaba ocurriendo allí resulta una experiencia un tanto más aterradora, aunque refleja perfectamente otro de los valores basales de la obra musical (tal vez una de las más elocuentes en este sentido, de entre todas las artes): su capacidad de expiar aún los más acendrados demonios, aquellos que ya no sólo nos aquejan sino que directamente nos persiguen, nos hablan día a día manejando nuestra vida y nuestro devenir cual si fuéramos, apenas, títeres de una realidad alternativa a la que experimentamos sensorialmente y que sólo ocurre en nuestra cabeza, dando vuelta de campana a todo aquello en lo que creíamos y transformándonos en personas absolutamente diferentes a aquellas que, alguna vez, creímos ser. Esa es, o podría ser, una definición de locura, o tal vez un ensayo por hallar (como lo fue en el post que mencionamos) una palabra para lo impronunciable: se trata de la conversión del ser hacia otro, uno indefinido, escindido, alejado, inmerso tan profundamente en las enmarañadas redes del propio y retorcido inconsciente que ha perdido su camino, que ya no sabe ni sabrá nunca cómo volver. Por supuesto que nunca podremos conocer a ciencia cierta la supuesta exactitud de dicha descripción, pues nuestra tesis carece de un elemento fundamental para su comprobación: estar efectivamente loco y saber si eso es lo que se siente, digamos, y no estamos tan de acuerdo con eso de ponerle el cuerpo a la ciencia, corajudos, sí, pero no boludos (?). Así las cosas, de todos modos, ustedes saben que una de las más importantes e interesantes misiones que tenemos en estas líneas es precisamente la de buscar en nuestros propios inconscientes la explicación a todo aquello que se nos desata cuando conocemos un disco, cuando buceamos en su historia, cuando nos hacemos uno con su factótum y buscamos darle un significado todavía más profundo a aquello que, entonces, se nos antoja como mucho más que apenas una simple colección de canciones. Por eso la tarea de hoy es meternos todavía más adentro de esta controvertida y difícil temática, la locura. Locura como una cuestión clínica, claro, no como el desafío consciente a los límites que nos impone la sociedad establecida sino como una patología que impide el correcto desarrollo de las mentalidades y las capacidades dentro de la funcionalidad de aquel grupo social. Hoy buscaremos, a la luz de lo transmitido por el nebuloso rostro que acompaña estas palabras, saber si realmente lo que pasa en una cabeza cuando esta pierde el norte y queda culo pa'rriba (?) impide, como acabamos de decir, la creatividad y el fluir del innato genio o, por el contrario, se transforma en un peligroso e inflamable fusible para alcanzar, cual Ícaro, el sol de su cenit sin saber que la caída estrepitosa e instantánea no podría ser detenida por acontecimiento alguno. ¿Cuál es la verdad? Pues nos inclinamos a pensar que, en materia de mentalidades destrozadas, no existe tal concepto; la verdad es en sí un valor muy discutible que cobra especial desinterés cuando se aplica a aquello que nos resulta inasible, que no podemos explicar ni definir verdaderamente. No por eso, empero, vamos a privarnos de presentar evidencias que nos conducen, a juzgar por lo que pueden escuchar y que es la excusa para estas palabras, hacia uno de los dos costados posibles (al menos de entre los que hemos elaborado como contexto) en esta historia tan indefinible como apasionante que sucede cuando se entrecruzan la música y la locura, cuando se pierde la mente y surge la creatividad desatada, desembozada totalmente por la pérdida absoluta de todo límite consciente, por el fluir libre y franqueado de aquello que se siente sin ataduras, sin pruritos, sin prejuicio alguno. Se trata de un experimento imposible de concebir hoy en día, pero que en algún momento apareció en el panorama de la música popular contemporánea como resultado de ciertos experimentos (mal dirigidos) con peligrosas drogas psicodélicas, de esas que de tanto alterar la conciencia terminan por transformarse en otra conciencia, alternativa, indescifrable, sinuosa y difícil de describir. Esta, amigos, es la extraña, triste, alucinante y alucinada historia de una de las mayores leyendas de la alocada música de los años '60, uno de sus mitos más ocultos y menos poéticos, un relato lleno de tristeza y de tragedia pero también de genialidad y de locura, la locura que llevó a un joven llamado Alexander Lee Spence pero cariñosamente apodado Skip (o Skippy) a transformarse de un promisorio talento de la música psicodélica a uno de sus más grandes misterios, uno de sus enigmas y, también una de sus peores y más preclaras lecciones.
Skippy nació en la primavera del lejano 1946 en la bella y tranquilísima localidad (como todo el país en el que está sita) de Windsor, en la provincia canadiense de Ontario. Hijo de un ex aviador bombardero -condecorado durante la segunda guerra mundial- reconvertido a maquinista y que tocaba blues en sus ratos libres, muy rápidamente la lista de trabajos ocasionales que Jock (que así le decían a Alexander Spence padre) detentaba hizo que él y su familia debieran cruzar la frontera hacia el hermano mayor del norte, relocándose hacia fines de los '50 en San Jose, California, para que el Spence mayor trabajara en la ebullente industria aeronáutica en la que poseía destacados antecedentes. Fue durante esa época que Skip recibió su primera guitarra, más específicamente cuando tenía diez años, inaugurando un romance que, para él, no tendría límite alguno y sería aún en sus peores años su vínculo fundamental con la existencia terrena. Aquella temprana mudanza probaría, además, ser un contacto clave para nuestro héroe, pues como bien sabemos, durante la década siguiente la siempre soleada bahía de San Francisco y sus alrededores (San Jose incluido, desde ya) sería un hervidero de propuestas que daría pie al consabido -e hipermarketineado- verano del amor y, con él, al hippismo y su voluminosa ingesta de drogas en el marco de una libertina visión sobre las relaciones humanas. Al querido Skippy esto le vino como anillo al dedo, ya que siempre fue un muchacho inquieto y bien predispuesto, y aquella inclinación combinada con su natural talento para las seis cuerdas lo hizo desde el inicio un activo valioso para la escena californiana. Tal es así que hacia 1965, conoció a John Cipollina y Dino Valenti, quienes estaban en proceso de formar Quicksilver Messenger Service (uno de los verdaderos mojones, musicalmente hablando, de la década), y empezó a ensayar con ellos en Matrix, club nocturno propiedad del también músico Marty Balin. Por entonces, Balin era el líder de otra de las agrupaciones señeras del verano del amor, los queridos Jefferson Airplane -ya aparecerán por aquí- quienes habían partido caminos con su baterista Jerry Peloquin, al que no le gustaban mucho las drogas. Pobre (?). Convencido de que la onda de Spence sería perfecta para su grupo, Balin le dio un par de baquetas y le dijo que se presentara al próximo ensayo de Jefferson Airplane con cualesquiera fueran sus capacidades tras los parches. Skip, que no había tocado la batería ni una vez en su vida (!) vio el filón (el de las drogas, suponemos) y aceptó solícitamente. Así nació la primera filiación del gran Skip Spence con la movida psicodélica de los '60 sanfranciscanos. Los Jefferson Airplane ya eran un nombre conocido en la escena, ya que Balin los había hecho tocar intensivamente por toda el área, y tardaron apenas unos meses en asegurarse un suculento contrato discográfico con la RCA, que les adelantó unos inéditos veinticinco mil dolarucos para registrar su primer material. Tras un par de simples exitosos y una continuidad asombrosa de conciertos, el grupo terminó de registrar Jefferson Airplane Takes Off, su álbum debut, en marzo de 1966. Poco después de estas sesiones, Skip abandonó la formación, disconforme con la dirección musical del grupo (y con el despido del manager Matthew Katz, amigo y compañero de juerga) y decidido a iniciar su propia aventura tras haberse hecho él también un nombre entre los músicos californianos. Esta nueva agrupación, la que completaría con varios músicos de orígenes diversos (Seattle, San Diego) quienes andaban dando vueltas por la soleada bahía, se llamaría Moby Grape y probaría ser el definitivo y providencial salto que llevaría a Spence al parnaso de la psicodelia sesentosa. Su luminosa formación de tres guitarras a la Buffalo Springfield, combinada con suntuosas armonías y una juguetona base rítmica, hizo del grupo una sensación inmediata, cuestión que no hizo más que acrecentarse con la edición de su primer disco Moby Grape hacia mediados de aquel providencial 1967. Generalmente sindicado como uno de los mejores debuts de la historia, este álbum es una providencial y perfecta alquimia entre country, glam, psicodelia y pop que elevó la imagen del grupo -y en particular la de Spence, una de sus caras más visibles- considerablemente, metiéndolos directamente en un avión hacia el estrellato pese al estúpido ardid de Katz de persuadir a la discográfica de lanzar cinco simples a la vez, lo que llevó a que Moby Grape se viera como un hype. Por suerte las canciones se sostuvieron bien, y eso hizo que tocaran, por caso, en el festival de Monterey, amén de haber sido una accidentada presentación en un horario poco agradable. Esta situación no haría más que empeorar durante la grabación, en New York, del segundo disco del grupo, hacia finales de 1967 y principios del año siguiente. Allí, la providencial ingesta de drogas que Spence usaba para funcionar e inspirarse se vio acrecentada exponencialmente, especialmente en lo concerniente a la falopa de moda, el popular ácido lisérgico. Esta situación llevó a un notorio y llamativo cambio conductual en Skip, usualmente un jovial y comunicativo ser transformado en un histérico y paranoico, oscuro y extraño individuo. La eclosión de estos cambios sustanciales tuvo lugar una extraña noche de 1968 cuando, tras una fallida y caótica sesión de grabación, el usualmente pacífico Spence irrumpió en el Albert Hotel donde el grupo se estaba quedando blandiendo un hacha con la que destrozó la puerta de la habitación de sus compañeros Don Stevenson y Jerry Miller, presuntamente con la intención de hacharlos a ellos también (?). Cuando no los encontró en el cuarto, Skip prosiguió su ataque psicótico dirigiéndose hacia el estudio de grabación donde la banda había estado hacía apenas horas, donde terminó siendo retenido y llevado a la cárcel The Tombs, en Manhattan. Denunciado por el productor David Rubinson, Spence fue tomado por esquizofrénico y llevado al hospital mental de Bellevue, donde fue tratado con una agresiva combinación de psicofármacos que deterioró todavía más su débil estado de conciencia. Skippy permaneció seis meses en Bellevue, y a su salida se dirigió solitariamente en una moto hacia Nashville, donde Rubinson le había reservado -cola de paja (?)- espacio de estudio para grabar unas canciones que, supuestamente, había compuesto durante su estadía en la institución psiquiátrica que le destrozó la mente. La idea de Rubinson, según sus instrucciones al ingeniero de sonido Mike Figlio, fue dejar play-rec apretado y no parar por ninguna razón. Así nació este desgarrador y bello clásico al que llamaron Oar, que Columbia editó en mayo del '69 y borró de su catálogo al año siguiente. Al escucharlo, uno entiende semejante decisión: se trata de un dificultoso, disperso y apasionado álbum, en el que Skip se pelea con sus demonios munido apenas de una guitarra. A veces ellos lo dominan a él, en ocasiones él logra vencerlos, y cuando lo hace, aparece la luz ("Little Hands", "Diana"). Oar (decorado con una imagen de Spence en sus tiempos de Bellevue) es quizás el manifiesto más descarnado de la mente de un ser extraviado, cuyo único punto de encuentro con la realidad parecían ser aquellas melodías que se desprenden de su alma y vuelan, solitarias, hacia la eternidad.
Los invito a un viaje del que, les aseguro, no se arrepentirán.
Sociedade Da Grã-Ordem Kavernista Sociedade Da Grã-Ordem Kavernista Apresenta Sessão Das 10 CBS, 1971 320 kbps. | 149 (!) MB aprox.
Hace un tiempo, por estos lares, quien escribe estas líneas se dio un gusto de gustos. Cierto es que cada una de las ocasiones en que me siento -sí, voy a escribir en primera persona, bánquensela por un rato (?)- a contarles alguna historia que complemente una de las bandas y álbumes compartidos por aquí (que ya se cuentan, por suerte y esfuerzo, en los cientos) debería, en teoría, ser un gran placer. Y lo es, no me malinterpreten. No existe alegría mayor para mí que estar aquí, en este humilde blog, y que ustedes, mis queridos lectores, recurran a sus páginas para conocer alguna novedad o para recordar uno de esos álbumes eternos a través de mis palabras, las que para algunos -los que se animen a adentrarse en ellas, que uno es consciente que son pocos- resultan significativas como complemento de las músicas aquí exhibidas, que es el fin último de lo que hago por aquí: que los discos sean lo importante, la base, lo fundamental, pero no lo único. Que se transformen en imprescindibles siempre, pero que a su vez la experiencia de escucharlos e incorporarlos a sus vidas a través de los muchos medios disponibles para hacerlo esté complementada por alguna cosa de las muchas que aquí se dicen, cuya búsqueda es amplificar lo que retumba en sus corazones a partir de un análisis que se las da de sesudo (aunque nunca de completo) pero que lo que termina siendo es apenas la palabra de una persona que ama esto tanto como ustedes que entran al blog, queridos. Uno no se la da de nada acá. Por el contrario, lo que menos se hace es arrogarse méritos. Simplemente hay un teclado, un espacio y un álbum. Con esos tres factores se rellenan los días de este humilde escriba, que reflexiona acerca de los sentires que cada música aquí contenida -que son muchas, pero ni por cerca todas las que uno quisiera- le genera, de cada momento compartido con esas canciones y de los recuerdos que aquel fenómeno hace reverdecer, usualmente afectuosas remembranzas de tiempos quizás no tan distantes pero sí algo idílicos, tamizados ellos por el matiz del paso del tiempo. Es así, queridos. Si ustedes pueden encontrar el disfrute en estos discos, en estas líneas, pues bienvenida sea semejante conexión, porque es una de esas deseables aún en esta época hiperconectada en la que la tecnología, como lo dijeron diversas predicciones (mi favorita es la del personaje homónimo de la legendaria El Mariachi, sí, lo sé, acá iba una cita literaria, pero bueno), nos deshumaniza y nos transforma ya no en personas, sino en algo que no se define muy bien. Somos contactos, fans, seguidores, pero pareciera que no somos gente, que no podemos sentir sino expresar débiles remedos de emoción a través de las distintas maneras en que la virtualidad nos lo permite. Es saludable y bello a la vez, como dije, que aún en estos tiempos donde no prima la emoción sino la expresión del gusto por la sobreinformación (el apetito, diríamos) existan conexiones como las que pueden ocasionarse entre ustedes lectores y yo, que lo único que hago es compartir mis sentires desde estas columnas porque quiero, porque puedo y no porque sepa que alguien me lee sino sólo porque lo necesito. Esta inclinación -egoísta, casi ególatra quizás- es complementada perfectamente por el acto de compartir, altruista por definición, que se termina transformando en la excusa perfecta para acometer estas líneas con la fruición y el disfrute que sólo la impunidad de la letra escrita puede generar en quien gusta de ella como una válvula de escape. Agradezco, amigos, la atención, pues habla mucho más de ustedes que de mí que deseen seguir mis desventuras a través de las muchas músicas aquí contenidas, aún cuando ellas nada tienen que ver (en ocasiones) con las canciones en sí. La agradezco particularmente porque influye y mucho en la decisión de seguir haciendo semana a semana esto que hago, seleccionando para ustedes alguna de esas músicas que caló hondo en mi alma y poniéndola nuevamente en juego para recrear esos sentimientos a la hora de convertirlos a la palabra escrita. Así que ya ven, déjenme hablar que atrás de tanto palabrerío sigue habiendo música (?). Sigue habiéndola porque como dije, para mí socializarla, buscar en ustedes los sentimientos que yo he poseído, es tan importante como contárselos; más, en realidad. De allí la definición que ensayé en las palabras con que abrí este párrafo, en particular en un término que en sí lo dice todo, en especial en casos como el del post de hoy: un placer. Placer porque la música en sí es un disfrute, placer porque compartirla libremente es utópico y hermoso, y placer porque existen músicas que deberían ser escuchadas por todas las almas afines que haya allá afuera y que quizás no lo saben, pero estuvieron esperando esas melodías toda su vida tal como las propias canciones los estuvieron esperando a ellos desde el día en que fueron lanzadas a la eternidad. Poder actuar como mediador, como vínculo entre lo intangible de la obra musical y los espíritus que deberían recibir lo inasible dentro de sus corazones, he allí otro placer. Sobre todo cuando aquellos inmateriales se hallan insertos en algo tan hermoso, tan bello como un diamante y tan intocable y bruto, tan puro como ese precioso regalo de la tierra. Recuerdo que en aquel momento, en el que incurrí por primera -y hasta aquí, hasta hoy, única- vez en la obra de aquella alma sensible que tuvo la suerte de existir y que tuvimos (nosotros) la fortuna de que decidiera compartir algunas de sus canciones con nosotros, utilicé ese término para describir sus composiciones. Diamantes, dije. Se me antojó que los diamantes son perfectos como definición: impolutos desde su nacimiento, inmejorables, jamás susceptibles a cambios de ningún tipo pues su perfección es tan absoluta que supera cualquier imaginación, aún la más poderosa, con lo arrollador de su belleza. Así eran, así son, las canciones que tuve la suerte de compartir con ustedes uno de los álbumes más únicos, más hermosos y sencillamente perfectos de todos los que conforman el acervo de este blog. Hablo, por supuesto -los más avezados ya se habrán dado cuenta- del primer y más memorable disco de ese tipo inconmensurablemente bello que se llamó Sérgio Sampaio, Eu Quero É Botar Meu Bloco Na Rua.
Poco más de un año pasó desde aquel día en que ustedes y yo tuvimos la suerte de encontrarnos en este espacio para poder disfrutar de la obra cumbre de este cantautor extrañísimo, de un talento tan enorme como peculiar, tan heterodoxo como inconfundible. Recuerdo amigos de este espacio agradéciendome por haberlos expuesto a la experiencia de las inimitables canciones del bueno de Sérgio, a esa combinación virtualmente imposible -¡pero que ocurría!- de una sensibilidad a prueba de cualquier examen, tan callejera como filosófica, con una pluma digna de la mejor poesía, una lírica refinada hasta el paroxismo pero que sin embargo nunca abandonaba el providencial pie en la tierra, nunca dejaba de identificarse con la humanidad y alejarse de lo sacro, de lo formal. Eu Quero É Botar Meu Bloco Na Rua, álbum maldito incluso en su propia tierra, donde apenas unos pocos (que no han de ser pocos, pero seguramente muchos menos que los que este material merecería) reivindican el valor de las canciones allí contenidas como lo que son -un verdadero testimonio de genialidad auténtica, una verdad incuestionable que nos muestra a un poeta munido de una guitarra andando los caminos de la vida con su corazón en la solapa- no es sólo uno de los mejores discos que se hayan producido allí en Brasil sino también uno de los álbumes fundamentales para cualquiera que guste de la música y de su capacidad de transmitir mucho más que lo formal, de ser más que la simpleza o complejidad de las composiciones, de transformarse en la nostalgia de aquel momento en que no podíamos comunicarnos con palabras y los ruidos guturales y sonidos percusivos que emitíamos apelaban directamente a nuestros sentimientos, a nuestra mente, a nuestro espíritu, a aquella indefinición que llamamos alma. Sérgio Sampaio, responsable de semejante obra, logra a partir de sus canciones aquella identificación; esa que se da cuando escuchamos por primera vez una canción y sabemos que nos acompañará siempre pues hay algo de ella en nosotros, y habrá también algo de nosotros en ella. A esto me refería yo, queridos, cuando hablaba de los pequeños y no tan pequeños placeres que llevar adelante un proyecto como este conlleva, sin querer ir asimismo en desmedro de las demás joyas aquí publicadas. Sucede que la conexión que puede conseguirse con este álbum es una superior, trascendental, de esas que explican todas las pasiones y las locuras que pueden ocurrirle a quien realmente ama la música. Es por eso que regresé, temporalmente, a aquellas sensaciones. Porque siempre queda algo por decir, siempre en la cronología existe un aspecto no revelado o no recorrido en la biografía de un autor y es ese escalón no transitado la excusa perfecta para volver a hablar de él, de su genio y de las sensaciones que su voz y su música nos generan toda vez que las escuchamos, que son (o deberían ser) siempre muchas. Cierto es que también hago un poco de trampa cuando digo que nunca había vuelto sobre la figura del querido Sérgio, pero permítanme la digresión. Algo de verdad hay allí, sí, pero también es real que cuando se lo nombró de nuevo por estas columnas fue apenas tangencialmente, al abordar la también fundamental obra de un tipo no menos importante para su tiempo que, además, logró la permanencia y la continuidad que Sampaio no tuvo, lo que lo alzó entre los músicos más importantes de la historia del Brasil. Ese tipo es -quién si no- Raul Seixas, el mismísimo Raulzito al que Sérgio le dedicaba los últimos segundos de su álbum debut con una divertida viñeta en la que buscaba tributar a ese tipo que le había legado a él también una carrera musical, que había creído en su talento y lo había paseado por las grabadoras hasta conseguirle un merecido espacio. No contento con eso, Seixas ofició de productor y arreglador de las canciones de Sampaio, canalizando toda su locura y toda su genialidad -factores que van de la mano- en un formato que pudiera asemejarse a la idea de lo que aquellas canciones debían generar en el escucha. Y vaya si lo logró. Por eso fue que debimos, forzosamente, introducirnos también en la no menos genial obra de Seixas, una que también habló y mucho de lo que era el Brasil de una controvertida época (recordemos que antes de editar Gita, el álbum que apareció por aquí, Raul y su compadre, el escritor Paulo Coelho, debieron exiliarse a EE.UU. pues su gobierno militar los consideraba terroristas) como fueron los años '70, los que ilustró con precisión de cronista y talento de escritor, con una poesía tal vez no tan fina como la de Sampaio pero con una inventiva que le iba bien en zaga, transformándose él en la figura central del rock brasileño, ramificación a través de la cual se extendieron muchas décadas de música popular en aquella hermosa nación. Hubo en ambas crónicas una coincidencia, la de un grupo que ambos habían formado cuando jóvenes y que, podemos decir, es la gran gema psicodélica de la música brasileña. Antecedente directo de todo lo que hemos relatado, la Sociedade Da Grã-Ordem Kavernista que Seixas y Sampaio integraron junto a la cantante Míriam Batucada y el artista plástico y productor Edy Star es probablemente una de las bandas más legendarias y controvertidas de todo Brasil. Por grabar el único álbum de esta cofradía, este Sociedade Da Grã-Ordem Kavernista Apresenta Sessão Das 10 que hoy les presento, Seixas fue echado de su rol como productor en la CBS. Es fácil entenderlo hoy, más de cuarenta años después, escuchando lo que aquí se contiene. Ni la tropicália, con sus absurdas y dispersas locuras, llegó a una experiencia psicodélica tan pura, tan auténtica. Las plumas combinadas de Seixas (la locura) y Sampaio (la poesía), la voz ronca de Míriam, el empuje de Edy hicieron de este álbum la gran pieza psicodélica de la música brasileña, un disco dificultoso al que muchos, aún hoy, buscan en vano entender. Imposible de comparar con nada producido en el periodo (ni siquiera los resabios de Os Mutantes ayudan a comprenderlo), hablamos de un disco tan brasileño que es imposible relacionarlo con cualquier otra música, pero también tan alucinante que podría ser de cualquier tierra, de cualquier tiempo. He allí la herencia más grande de la Sociedade Da Grã-Ordem Kavernista: partiendo de una idea que muy pocos entenderían (algo de lo que ellos seguramente eran más que conscientes) lograron componer una colección de músicas eternas, a las que no hace falta pensar sino sentir, conectarse y dejarse ir en un viaje que lleva por una variedad de estadios tan bellos como variados, tan seductores como confusos, tan apasionantes como atrapantes.
Disfrútenlo, amigos. No se preocupen por entenderlo. Simplemente experiméntenlo.