La ciencia biológica identifica dos factores fundamentales en la base del comportamiento animal. Por una parte, el animal muestra formas de comportamiento innatas, heredadas de sus antepasados. La abeja no aprende a construir celdillas, la araña no aprende a tejer su telaraña; estas ‘capacidades’ son transmitidas hereditariamente por las generaciones precedentes, y más concretamente son transmitidas en forma de especiales estructuras de las alas o del ojo. Estas formas heredadas de comportamiento constituyen un tipo de comportamiento animal y se observan de modo tanto más evidente cuanto más bajo se desciende en la escala zoológica. El segundo tipo de comportamiento es el que el animal adquiere durante toda la vida. Charles Darwin describió el origen de los instintos; I.P. Pavlov, estudiando el mecanismo de formación de los reflejos condicionados, descubrió el origen de nuevas formas de comportamiento que surgen en el individuo. Cuanto más se sube en la escala zoológica, más importante es la adquisición a través de la experiencia personal. El comportamiento del hombre reviste ambas formas. Pero el hombre posee también otra modalidad de adquisición de nuevas experiencias que falta en los animales. Los animales adquieren nuevas informaciones y nuevas capacidades únicamente a través de la interacción directa con el ambiente; ningún animal puede aprender de sus antepasados cómo realizar acciones, ni existen animales a los que se les transmita la experiencia de las generaciones anteriores por medios distintos a los de la herencia directa o la imitación inmediata. El caso del hombre es distinto. El hombre asimila el lenguaje oral y gracias a éste puede asimilar la experiencia del género humano, construida a través de miles de años de historia. Cuando el niño le pregunta a su madre: “¿Qué es esto?” y la madre contesta: “Es un motor” y le explica cómo funciona, el niño asimila lo conquistado por el trabajo de muchas generaciones. Cuando el niño aprender a leer, a escribir, a hacer cuentas, cuando aprende los fundamentos de la ciencia, asimilar una experiencia humano-social, de la que no podría asimilar ni siquiera una millonésima parte si su desarrollo estuviera determinado sólo por la experiencia que puede alcanzarse mediante una interacción directa con el ambiente. A través de la generalización verbal el niño se adueña de un nuevo factor de desarrollo – la adquisición de la experiencia humano-social - que se convierte rápidamente en el factor fundamental de su formación mental. El desarrollo mental a través de la adquisición de la experiencia humano-social por medio del lenguaje es el tercer tipo de desarrollo, que no existe en los animales y que constituye la mayor conquista del género humano. Para los animales sólo hay evolución; con el hombre comienza la historia y, con ella, los tipos de comportamiento que pueden ser considerados como productos de esta historia social, y no como productos biológicos.
Alexander Luria, El papel del lenguaje en la formación de conexiones temporales y regulación del comportamiento en niños formales y oligofrénicos, en Psicología y Pedagogía.
















