El imperativo posmoderno de la felicidad me rompe un poco las bolas, pero también me da risa. (En cierta forma hasta me hace feliz.)
Si el veinte por ciento de la gente que hoy habita este chiquero, realmente creyera el cuento de que vinieron a ser felices, y que merecen la abundancia y todas esas pavadas del pensamiento positivo, mañana mismo tendríamos una revolución irreversible.
Pero en el fondo nadie lo cree. Estamos insertos en el dispositivo judeo cristiano capitalista, todo nuestro software está programado para sufrir. Y no sufrir de cualquier forma, no señor; sufrir con culpa, en silencio, vergonzosamente, depresivamente y hasta con un cierto gozo de mártir, que supuestamente nos abrirá las puertas del cielo, de un otro mundo, del paraíso, la vida eterna, la promesa de un cielo en el que los ricos no entran fácilmente, pero en el mientras tanto, aquí y ahora ¡Cómo nos joden los cabrones! Y casi todos la pasamos como el orto, casi todos somos explotados y, no digamos ya nuestro progreso o nuestro bienestar, sino que nuestra misma supervivencia está puesta en duda y en riesgo.
La felicidad, especialmente en este contexto es un engañapichanga, se compra y se vende todos los días en cuotas, es una trampa para bobos, una zanahoria en la punta de un palito.
Soy el hombre nuevo, el que deserta de las formas alienantes del trabajo y del consumo, desertamos de la religión, de esperar la llegada de alguien que haga las cosas que no tuvimos coraje de hacer por nosotros mismos, desertamos de la forma mercantilizada de la política, desertamos de la procreación de traer al mundo seres, que serán la mano de obra cada vez más barata para la explotacion, la guerra y el hambre.
Desertamos y no estamos solos.















