Dhobi Ghat: El lugar dónde los impuros lavan la ropa.
Quien ha visitado la India –más allá de tours turísticos y vacaciones dignas de un marajá– sabe bien que deambular por sus calles es un constante ir y venir de estímulos que azotan bien fuerte la cara del que la visita. Nuestro anestesiado cerebro occidental se resiente al intentar concebir y asimilar tanto alboroto. Tanto desorden. Tanta vida.
Los sistemas de alambrado eléctrico se sostienen por encima de nuestras cabezas desafiando la fuerza de la gravedad, mientras la polución traspasa nuestras delicadas fosas nasales a la vez que carraspeamos evitando poner un pie en falso sobre una camada de escuálidos y enfermos caninos alborotados alrededor de su moribunda madre. O sobre un joven tullido que se desliza sobre una mugrienta tabla de madera con apenas tres ruedas. O sobre un vendedor de cualquier cosa que uno pueda llegarse a imaginar. O quizás no. Todo es posible en un país que supera el billón de habitantes, o lo que es lo mismo, el millón de millones de habitantes.
En nuestro placentero camino por las calles de Mumbai, nos dirigimos hacia una de las lavanderías al aire libre más grandes del mundo situada en los márgenes de la ciudad, en uno de sus incontables slums, en la periferia de la quinta ciudad más poblada del mundo.
Es posible que no supiéramos de antemano con qué nos íbamos a encontrar exactamente. Lo que sí podíamos imaginar era que dada su magnitud, se tratase de un espectáculo para la vista –por hacer referencia a aquello de ver la belleza en cualquier sitio– cómo apuntaba Confucio en uno de sus múltiples proverbios: "Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla".
Y es allí, en medio del más aparente desorden, que se encuentra uno envuelto entre un sinfín de prendas de vestir: camisas, pantalones, sábanas y cualquier otro producto textil siguiendo un riguroso proceso de limpieza. Lavar –o azotear en este caso–, secar, planchar y mandar de vuelta a sus respectivos hoteles y hospitales. Es en estas estrechas y laberínticas callejuelas, por las que corre el agua y la espuma de dudoso color y olor a sosa, dónde se ponen a punto las sábanas dónde los turistas, hombres de negocio y recién casados pondrán fin a una ajetreada jornada por las calles de Mumbai. Un ciclo de limpieza que pasa por uno de los lugares más destartalados de toda la ciudad.
Los Dobhi, la casta de los lavanderos, compone uno de los estratos más bajos en el sistema de castas impuesto en la India desde hace más de 3.000 años y que agrupa de manera no aleatoria a los diferentes estratos de la sociedad hindú en una compleja selección natural de Kharmas y Dharmas, es decir, su trabajo y su religión.
Las castas son, por tanto, una herencia familiar que se traspasa de padres a hijos. Como todas las herencias, estas también vienen cargadas de una serie de derechos y obligaciones, de la cuales los herederos difícilmente podrán desvincularse nunca. Herencia buena, herencia mala.
Las principales categorías en las que se divide a la sociedad hindú son cuatro: Los brahmanes, kshatriyas, vaishyas y shudras. Como es de suponer, la pertenencia a una u otra de estas clasificaciones otorga a quien la sostiene unos privilegios, obligaciones o derechos que varían según su tarjeta de visita. El sistema de castas es tan amplio actualmente, que consta de hasta 3.000 castas distintas –con sus respectivas normas de aplicación y uso– y un total de otras 25.000 subcastas agrupando así, según la ocupación que se practique, a la mayoría del millón de millones de habitantes que tiene este país sagrado.
"Existen más de 3.000 castas diferentes y alrededor de 25.000 subcastas en toda la India"
Este ordenado sistema de estratos sociales, sin embargo, deja fuera a lo que se considera lo más bajo en el ciclo de las reencarnaciones y el Kharma: Los dalits o los intocables.
La casta de los Dhobi, que en hindú significa "Eliminador de suciedad", tiene como principal –y única tarea– la asignación de trabajos relacionados con esta actividad. La suciedad.
Y como era de esperar, pertenecen a una de las clasificaciones del sistema de castas, que por ser tan baja, no entra ni siquiera dentro de la clasificación del sistema de castas. ¿Un lío no?.
Se trata de los intocables o impuros. Graciosa esta asignación cuando hablamos de aquellos que en paños menores se encargan de lavar durante extensas jornadas las ropas de aquellos que, por gracia de Brahma, disponen de más estrellas en la categoría del valor de sus vidas. Aunque la podredumbre la lleven por dentro.